Fotografía de Paco Sanz.
Imagen habitual de todas los festejos. Los caballos de picar salen al ruedo de esta forma: tapados los dos ojos, cuando el Reglamento Taurino Nacional exige que sea el ojo izquierdo el que quede al descubierto. Esta fotografía y todas las que acompañan este texto fueron tomadas el día 3 de octubre durante el tercer festejo de abono de la Feria de Otoño, una semana después de que un caballo desbocado provocara un grave incidente al salir despavorido por el albero e impactar contra las tablas del burladero. Evidentemente, no se han tomado medidas disciplinarias al respecto.
 
 
 
 
Ciegos y sordos

Los caballos de picar salen con ambos ojos tapados, además de incapacitados para la audición, incumpliendo el actual Reglamento Taurino Nacional y el sentido común. Unas infracciones que no se denuncian, ni se reparan, ni se evitan. Unas irregularidades que pueden provocar graves incidentes en el transcurso de la lidia. Esperemos que no sean irreparables.

 

El pasado 26 de septiembre, durante el transcurso del primer festejo de abono de la Feria de Otoño de Madrid, a punto estuvo de consumarse un desastre anunciado. Un novillo de la ganadería de Montealto descabalgó al jinete. El jamelgo salió despavorido por el ruedo, se estrelló contra las tablas del burladero, quedando casi muerto por la conmoción del tremendo golpe, destrozando el maderamen, y evidenciando el incumplimiento del actual Reglamento Taurino –pues llevaba ambos ojos tapados, cuando la norma exige uno-, además de las irresponsabilidades de las autoridades competentes que permiten, y no evitan, que los caballos estén dentro del ruedo -durante el transcurso de la lidia- en estas circunstancias.

 

El actual Reglamento Taurino Nacional -que aunque con deficiencias- es el que está en vigor a nivel nacional, el que hay que cumplir, y al que hay que respetar, y principalmente al que las autoridades responsables (léase el presidente del festejo, responsables gubernativos, además de alguaciles y empresarios) están obligados a ejecutar y poner en conocimiento del público y de cuantos profesionales contribuyen al desarrollo de las tareas propias de que está compuesta la lidia en espectáculos taurinos. En su texto de introducción se explica que tiene rango de ley, por tanto se aplica con sanción o castigo, y pone en práctica los “instrumentos administrativos que garanticen tanto la pureza y la integridad de la fiesta de los toros como los derechos de cuantos intervienen en los espectáculos taurinos o los presencian”.

Pues bien, quizá lo que se está incumpliendo todos los días, que afecta a dichos derechos y a la integridad del espectáculo, es que los caballos salen con los ojos tapados al ruedo. No es nada nuevo, es algo “seudo institucionalizado”, como aseguraba un representante de la autoridad en una ocasión, haciendo referencia a que como se viene realizando por costumbre, ya se ha traducido con el tiempo en ley.

Precisamente, el hecho mencionado al inicio de este editorial, un caballo desbocado, ciego y sordo, un proyectil equino arrasando sin freno por el platillo, una bomba que se puede llevar por delante en un descuido a los hombres que en este momento estén realizando los pormenores de la brega, puede provocar una desgracia irreparable. Incluso, como se vio ese día, puede desatar un altercado de orden público muy serio y que afectaría a los personajes que hubiere en el callejón y a los demás asistentes al espectáculo. El artículo 72, apartado dos, dice textualmente: “Cuando el picador se prepare para ejecutar la suerte la realizará obligando a la res por derecho, sin rebasar el círculo más próximo a la barrera. El picador cuidará de que el caballo lleve tapado sólo su ojo derecho y de que no se adelante ningún lidiador más allá del estribo izquierdo.”

Según lo expuesto, el incumplimiento y la irresponsabilidad en esta materia, comprobados en este día de autos, ha dejado impasible a quien corresponde tomar cartas en el asunto (presidente del festejo -que es un comisario policial-, empresario de la plaza, Comisión Nacional de Espectáculos Taurinos, Centro de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid, delegados gubernativos, encargado de la cuadra de picar, alguaciles, y muchos otros). Ni una triste multa. Ni un aviso. Ni un guardar las apariencias. Ni  un toque de atención en firme. Ni un tirón de orejas. Ni enmienda. Ni nada.

Es evidente el peligro que supone un animal asustado, que sienta el instinto de defenderse huyendo del peligro que intuye, que se desboque desparramando más de quinientos kilos (no incluida la acorazada que llevan por peto protector) y que arrolle sin impedimentos a cuantos se ponen por delante. Sencillamente porque les han desprotegido de sus defensas naturales. Les dejan ciegos. Pero ciegos de ambos ojos.

Una barrabasada que pone en peligro la integridad del espectáculo, y como se ha podido demostrar, la también integridad física de los profesionales que hay en el ruedo y, por extensión, a cuantos asistentes haya en la plaza. ¿Habrá que esperar a que ocurra una desgracia irreparable para que se tomen cartas en el asunto?
 
 
Y hablando de asunto, de competencias y de oídos sordos, hay que añadir otro dato relevante y que está pasando desapercibido. Los caballos salen al ruedo ahogados en el silencio, además de ciegos. Un lujo de detalles que transforman a los equinos en zombis con riendas. En los conductos auditivos les meten cartuchos a presión, fajos de papel de periódico que taponan cogiendo los apéndices y liándolos con cinta aislante (como se aprecia en la imagen), transformándolos en orejas puntiagudas, como si se tratara de duendecillos perversos, ajenos al clima, las vistas, la música y a cualquier decencia. Cuando verdaderamente los personajes malévolos son los causantes de semejante atropello.
Dichos maliciosos personajes están transformado la integridad de la Fiesta en un simulacro sin disimulo, sin autoridad a quien le interese poner orden y reglamento, sin críticas de los medios de comunicación, sin oficio que respetar, sin sentido común porque se están cargado su profesión y, lo más grave, sin un mínimo de afición o amor a este espectáculo.
Salvando las distancias, los caballos de picar no son los únicos ciegos y sordos. Por lo que se ve.

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