Plaza de toros de Las Ventas. Undécimo festejo de la Feria de San Isidro

20 de mayo de 2011. Toros del Parladé (1º, 2º, 3º y 6º) y Juan Pedro Domecq (4º y 5º)
para Sebastian Castella, José María Manzanares y Alejandro Talavante

 

El torero extemporáneo

Por Paz Domingo

En la plaza emblemática de Las Ventas se ha consolidado un movimiento ya reconocido como 17 M. En el mes de mayo florido, en los tiempos electorales, en los carteles taurinos diseñados para lucimiento de otras figuras, y en ese día de contestación se toreó al natural. La facultad la realizó un torero extemporáneo, de fueros asistemáticos, de peculiaridades heterodoxas. Un hombre tan singular como circunstancial, tan personal como extraño, tan rotundo como quebradizo, tan caprichoso como fabuloso.
 

Al tercer día resucitó por los lugares queridos.

Alejandro Talavante se presentó en los ruedos venteños, en la inspiración de los últimos instantes, para torear al natural, barriendo la exagerada grandilocuencia de las exquisiteces escasamente categóricas que envolvían el espíritu de la concentración social y taurina. Así es Talavante. Un torero que lo mismo se quita que se pone, que no se entiende o que improvisa, que se aleja o que se cruza, capaz de trasladarnos del enfado a la exaltación del alma. Su aire desgarbado, su rostro perdido, sus ademanes flemáticos, sus pensamientos que vuelan, su frialdad estática, su mano ardiente, su muleta que arrastra, su mando interminable, su hondura ejecutada, su corazón que vuelca. Un torero frágil preparado para batallas colosales. Un torero desgarbado que convierte en divina la caricia entregada. Un torero de porcelana que mezcla barros en moldes categóricos. Un toreo que lo mismo se apaga que atiza la llama. Un torero indiscutible en las texturas brillantes y personales. Un torero capaz de lo imposible y del suceso extraordinario. 
 

Y la belleza de este torero fuera del sistema está en la acción inesperada, en la sencillez atendida y en la ejecución más hermosa del toreo al natural. En las querencias de las tablas del último ejemplar de entrañas mansurronas, en la soledad de la imposibilidad, surdió la figura desgarbada, la mano desmayada, la inexplicable templanza, la entrega fulminante. Torea. Habla. Cuenta historias increíbles. Con imaginación sorprendente. Con situaciones irregulares. Con técnica narrativa vibrante. Se vuelve. Enlaza. Requiebra. Sosiega. Tiembla. Enhebra el vuelco del pase de pecho, con molinetes de extraña belleza, manoletinas con naturalidad, con viajes largos o quebrados, con el ritmo cadencioso de la muleta arrastrada hasta el culminante remate.  

 

Y hasta alcanzar la tabla de salvación, nadamos en una escenografía apropiada de un aprendiz que no sabe de terrenos adecuados, de empeños inútiles en los medios de la plaza para ejecutar toreabilidad a masurrones sin apetito. Fue ceder a las evidentes exigencias del animal y cambiar el despropósito en la rotundidad del toreo al natural. Pero, Talavante -en el momento decisivo- mudó el espíritu para renunciar a un extraordinario triunfo. Dio una vuelta al ruedo y podía haberla dado en hombros.
 

También, en estos instantes últimos, cuando el torero anti sistema recorría el albero, se quedaban atrás el desastre ganadero, el triunfalismo sin mérito de Castella y los momentos buenos de mano izquierda de Manzanares, y que no vimos por ningún lado hace dos días en su Puerta Grande. Pero, hasta que al elegante torero de estirpe sacó verdad de la tanda izquierdosa, había pasado por otras dos en las afueras. Le costó llegar, y llegó. Esto posiblemente sea lo importante, aunque debería resolverlo con la misma naturalidad con la que se mueve por el ruedo, con la misma precisión con la que ejecuta la suerte definitiva y con la misma disposición para definir su singular aportación al toreo.

Con su primer ejemplar moribundo y anovillado, Manzanares se alivió todo lo que se puedo. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. De hecho, lo hicieron los otros dos compañeros de terna. Castella en su faceta imitadora de sí mismo cuando algo de enjundia le salía por toriles, y Talavante estuvo en las afueras a dejarlo pasar.
 

Las prisas llegaron con el cuarto toro. El presidente Muñoz Infante (Manolo para algunos de sus amigos cuando coreaban su nombre), el resorte ganadero descastado juanpedro (de entrañas adocenadas y de cuernos enfundados y manoseados), el torero francés de melena informal (que intentó el toreo y lo simuló al final) y el público triunfalista que a estas alturas hacía cuentas de rentabilidad estética y financiera (de los que antes se llamaban isidros, y ahora son más isidros y más estéticos, la divulgación de la tele, ya saben), consumaron el despelote.

Al quinto de la tarde, de desplome inminente, le aplicó Manzanares –ayudado por la cuadrilla- los auxilios de emergencia, suficientes para evitar el descalabro. Le dejó descansar sabiamente y arrancó la enjundiosa tanta por la izquierda, ás una estocada de firma. El siguiente animal, que llegó a los momentos inspirados de Talavante, si tenía algo lo ofreció en su querencia, y su condición de manso no le restó un ápice de condición desorientadora, aunque bastante tontorrona. Me vienen a la imaginación algunos mansos de libro que de tontos no tenían ni media tontería, pero, lo dejaremos para más tarde.
 

Ya me queda únicamente denunciar el desastre ganadero convertido ya en un asunto delictivo. Pido un movimiento social y aficionado contra el sistema imperante y aberrante. Denuncio el despropósito del régimen capitalista en el que está instaurada la sociedad actual y taurina. Pido el no voto a todos los protagonistas establecidos en esta perversión bien estructurada. Demando listas abiertas, una ley electoral justa, una representación real, una participación efectiva de las almas toreras. Yo sigo de acampada. Y protestando. Estoy en twitter…

 

Las Ventas, 20 de mayo de 2011

Madrid. Lleno de no hay billetes.

Presidente: Manuel Muñoz Infante.

Veterinarios: Manuel Pizarro, Cipriano Herrero, Fernando David Fuente

 

Estaba anunciada la ganadería de Garcigrande. Según lo que ha trascendido, no pasaron el reconocimiento los casi veinte ejemplares que mandaron para tan importante cita de expectación. Entre tanto cuerno dieron el visto bueno a uno y el ganadero con las mismas de lo llevó a las correrías de la dehesa. Perdonen este cometario, pero como la situación es de comedia barata, además de una estafa del calibre del nueve, me permito la licencia de advertirles que no se crean lo irresponsable de este movimiento desgarrador de bonos basura. Hay muchos fondos de inversión pululando como lobos hambrientos, y la mandanga se la apropiará quien tenga la mordida más fuerte.

Aún así, los responsables de velar por los intereses del propietario de la plaza, así como de los intereses del público asistente a recibir un espectáculo digno, auténtico, verdadero y honesto, deberían salir de sus parapetos de burladeros, dar una explicación, presentar excusas, y manifestar decentemente si deben o no continuar en el cargo. Claro, que lo bonito es ponerse bonito, decir que la Fiesta está acechada y desacreditar las pancartas que hablan de estafa.

 

Trajeron cuatro toritos parladés, más otros dos juanpedros. Birrias, feos, inválidos, protestados, desnaturalizados de las entrañas, salvando un poco -in memorian- la procacidad infumable el último de la tarde. Eso, si nos pilla descansados de ánimo.

Los tres primeros fueron protestados hasta la ronquera, pero dio igual. El presidente ni lo vio. A la mayoría del público asistente en la plaza les dan cabra por fiera, y van y se lo creen, sacando la vena más macarra para increpar a los de “ese sector crítico” (como lo definía un showman de extraordinaria fortuna) por odiosos y escandalosos. ¡Ay!, pobres todos, si no fuera por ellos…

 

Todos eran descastados. Todos inválidos. La mayoría protestados. Todos habían estado enfundados en intimidades de las dehesas, y el que hizo cuarto era ejemplo de manual por las marcas en sus pitones. A ninguno se le dio vara medianamente decente. A todos, simulacros acariciadores.

 

Sebastian Castella dejó en los lomos de un cabreante animal, protestado, denunciado por flojo, media estocada baja y perpendicular (silencio); la bronca infame la consumó en el segundo de su lote, en el que recibió una oreja regalada, como al que obsequian con una caja de bomboncitos suizos por ir a comprar el pan y encima está duro. Dio tantas enhebradas, pero fuera de toda posibilidad de sitio verdadero. Jugó al “mira que me engancha” y aburrió con su eterno arte muletero basado en incesante péndulo.

José María Manzanares. Muy seguro con el respaldo de una Puerta Grande, dejó dos estocadas en sendas suertes. La primera algo cruzada que provoca derrame, y la segunda en todo lo alto, recibiendo una oreja.

Alejandro Talavante. Dejó pinchazo, estocada contraria y descabello. En la hora de la verdad en el último, tras oír un aviso, pinchó perdiendo la muleta, volvió a la cara del toro para dejar estocada casi entera y atravesada, un descabello, un segundo aviso y una vuelta al ruedo merecida.

 

Por allí volvió a pasar Trujillo y con maestría dejó otro buen par.

 

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