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Crónica. Segundo Festejo. Feria de San Isidro 2015

publicado a la‎(s)‎ 10 may. 2015 4:32 por toro aficion

Plaza de Las Ventas. Madrid, 9 de mayo.

Segundo festejo de la Feria de San Isidro 2015.

Toros de Fuente Ymbro para los diestros César Jiménez, Paco Ureña y Octavio García, El Payo.


¿Sabe usted lo que es citar?


Por Paz Domingo

 

Permítanme que Rafael Ortega lo clarifique con instinto y gracia sureña en su dogmática tauromaquia de El toreo Puro. Decía así:

El toreo puro me lo definió muy bien Domingo Dominguín, padre, que fue apoderado mío:

-          “Es como cuando llega un señor y le saludas: “¿Cómo está usted? Muy bien, gracias. Vaya usted con Dios”.

Eso es: citar, parar y mandar. Se le echa al toro el capote o la muleta para adelante, y es el cite. Luego, usted para al toro. Y luego, usted lo manda, lo lleva y lo despide. Yo sé que en la tauromaquia de Belmonte se dice: parar, templar y mandar, y también sé que Domingo Ortega añadió parar, templar, cargar y mandar, que es lo que da pureza al toreo. Pero para mí es importante algo previo, citar, o sea echarle el trapo para adelante al toro. (…) Así que lo que yo veo, para hacer el toreo puro, es esa continuidad: citar, parar, templar y mandar, y a ser posible cargando la suerte.

 

En la segunda corrida de este ciclo de evidencias se clarificó el axioma. Hubo quien lo hizo y se retrató quien no supo hacerlo. Entre los primeros citaremos por su ejemplaridad en la perfección de citar o de echar el trapo –en este caso se trataba de la pica- al toro, contener el impulso del animal, medir la sujeción y desahogar el encuentro permitiendo la salida limpiamente del toro una vez concluido el dominio. Pedro Iturralde y Tito Sandoval mostraron técnica en la sentencia de citar. Y ambos nos dejaron soñar con el toreo puro.

 

Iturralde con el toro ensabanado que hizo el segundo en el orden de lidia, que realizó dos arrancadas majestuosas al encuentro del castigo. Bajó la vara templada; contuvo sublime; paró decidido; y soltó con pulcritud y medición. Dos encuentros, dos lecciones. Con la misma justeza de técnica se puede reseñar la actuación de Sandoval en el sexto, aunque los hurtos a que nos tienen acostumbrados los artífices de viles argucias taurómacas -que pretenden deliberadamente esconder la verdad de las verdades-  solo pudimos disfrutar de un puyado en toda regla pues el siguiente quedó arruinado en la estratagema de embocar con estrépito al animal al derrumbe bajo el peto.

 

Los maestros restantes, a pie y a caballo, escondieron la belleza del cite y que se hizo fundamental en la lidia de los dos toros mencionados anteriormente. El toro ensabanado, ovacionado en el arrastre, casi se va inédito en su glorioso final si no hubiera pasado Iturralde por los últimos instantes de su vida. Hay que tener suerte hasta para ser toro bravo, ya se sabe. Desde luego. En lo primero, influye la familia donde uno viene al mundo y la de Agitador anda enroscada en la mediocridad comercial y descastada. Toro bravo fue, como un garbanzo blanco que nace en la espesura y en la sorpresa hasta para un ganadero que no sabe lo que tiene en la dehesa y posiblemente tampoco le interesa. A Paco Ureña le tocó en su lote. Y después de llamar gentilmente a los medios y de acudir el toro con prontitud, le puso la muleta en el hocico sin despegársela un instante. Tras muchos mediocres pases encimistas, en los perfiles del sitio verdadero; sin llamarle con el cuerpo, adelantar la pierna contraria, poner la muleta en la arrancada; sin conducir el viaje al remate en la cadera; sin hacer caso a las protestas del animal cuando demandaba seriedad; y, lo que fue más grave, sin darle la técnica merecida en su final, dejó un bajonazo escandaloso. Aún pedía justicia Agitador allí mismo en el centro del albero, mientras que Ureña se empeñaba en hacer bonitos los insufribles galletazos que le daba con el verduguillo.

 

No fue el único que mató a la manera garrafal. Los tres matadores están suspendidos en cites, en sitios, en cánones y en estoques. Terminaron por aburrir descaradamente. No hay muchas explicaciones que dar de César Jiménez que no dijo nada salvo que quiere volver a los ruedos y de Octavio García, llamado El Payo en tierras españolas y El Güero en las planicies originarias  mexicanas, dejó verse con mucho empaque en el toreo de salón pero igualmente desnortado en las afueras del sitio necesario. Y si sirve de consejo a este hombre de aparente ganas, no vuelva a esconder a un toro con algo bueno en las entrañas –como en el sexto de la tarde- porque, entre otras cosas, el riesgo de enseñarlo le hará más sabio y los aficionados sabrán reconocérselo. Aunque resulte muy presuntuoso lean El toreo puro y estudien la tauromaquia universal de aquel torero dotado con un sobrenatural instinto llamado Rafael Ortega que contribuyó con su conocimiento a la completa definición de las reglas del arte de torear. Mientras, que el ganadero, como otros muchos, se deje de experimentos vacuos y terroríficos, que si ayer sonó la flauta, el resto de la camada a mansalva que lidia por ahí no sirve ya ni para molerlos a pases, pues ni tienen fuerza, ni tipo, ni agallas.  

 

Por cierto, tres puntualizaciones. La plaza está medio vacía, que no medio llena. Que los presidentes revisen esos relojes que van al ralentí y hasta los más tontos se están dando cuenta de que los tiempos en las faenas no son los que deberían ser. Y la última, déjense de componendas con los sobreros del hierro titular, más propio de pueblos que de la primera plaza del mundo. 

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