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Crónica. Primer festejo. Feria de San Isidro 2015

publicado a la‎(s)‎ 9 may. 2015 4:44 por toro aficion

Lo que vio el Rey


Por Paz Domingo


Felipe VI presenció el primer festejo de esta feria taurina y contemporánea, lo que para muchos se entiende como un apoyo desde la real institución a la fiesta, aunque es sabido que el recién proclamado Jefe del Estado no se ha interesado lo más mínimo por entender este espectáculo que constituye por idiosincrasia la fiesta más popular de los españoles. Esta circunstancia no le desmerece porque también ha sido bastante peculiar el paso histórico de reyes que intentaron erradicar la fiesta de los toros con prohibiciones, así como otros que se recrearon, aficionaron y participaron en ella. El gesto de su asistencia le distingue. Si le gustó o no el espectáculo no es de incumbencia aunque es una realidad que lo que vio el Rey es una fiesta hundida en la degeneración como consecuencia del toreo de esfuerzo para fingir la emoción y en el aluvión de trucos para aparentar su insustituible grandeza.


Lo que vio el Rey fue la sucesión de toros impresentables para un festejo taurino en el coso más afamado, incapaces de ofrecer glorias en homenajes reales. Salieron trotones, mansos, descastados pero bien entrenados en apariencias pues más tarde se trasformaron en bichejos sumisos a multitud de pases sin ton ni son. La anécdota que gusta siempre recordar le correspondió a Artillero, segundo ejemplar lidiado –por cierto del también segundo hierro titular de Hermanos Lozano y que como es habitual meten de rondón y viceversa según apetezca-, que circunvaló el albero en trote aeróbico, tomó por obstáculos a los jamelgos, por demonios a los picadores y por ejercicio sublime el arte de cocear como volátiles damiselas charolesas de las que arreaban coces como si estuvieran poseídas. Artillero se portó. Mejor dicho, se comportó como suele ser habitual en estos experimentos de aniquilar la casta y potenciar el instinto ñoño en la simpar agonía del aburrimiento en el tercio de muleta.

  
Fingieron todos. Mentían los supuestos toros; falseaban los diestros que empaquetaban pases como el que enfila bandejas de panes para la cocción en el esfuerzo por no exponerse a quemaduras para después lanzarlas a las profundidades del horno; consentía el presidente en el beneplácito triunfalista; y protestaban los habituales ya escasos aficionados que saben de rosas y molletes.


Los diestros mantuvieron un igualado festival sin capacidad de mando. Adame con su voluntad intacta, esfuerzo sin sitio y contrariedades varias. Pepe Moral en su titánica manera de querer hacer el toreo bonito aunque alejado de la verticalidad. Y Juan del Álamo en una sorprendente capacidad para mostrarse irreconocible en aquel clasicismo que le hizo despuntar en el pasado, e insistió en la vulgaridad, las distancias lejanas y en pases circulares que desesperan más que aburren. Si dio algún lance bueno se lo ponderarán los que quieran. Si le regalaron una oreja no es de justicia ni por su capacidad, que la tiene, ni por la exageración de esta fiesta que se quiere intubar para que siga respirando artificialmente. Y si se llevó un buen susto fue por su torpeza en descubrirse. 


Esto es lo que vio el nuevo Rey en la plaza de toros por excelencia de esta España repleta de pintoresquismo e incertidumbres y que con certeza no es lo que le contarían sus acompañantes en la barrera del tendido. También es lo que vimos los demás, aunque unos lo oculten, otros lo disfracen y el resto lo difundan a su peculiar manera. Esto, señor, es la visión real de una fiesta que pretenden blindar por su pasado pero que se duerme en el presente, un espectáculo que languidece por ocultamiento de la verdad –o el recreo en la mentira, que es lo mismo- y que una vez fue parida en esta piel de toro, suya y nuestra, que creció en grandeza y que está a punto de ser destronada por la idiocia de ser y no ser.


Plaza de Las Ventas. Madrid, 8 de mayo.
Primer festejo de la Feria de San Isidro 2015.
Toros de El Cortijillo (y Hermanos Lozano) para los diestros Joselito Adame, Pepe Moral y Juan del Álamo. 

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