El espectro taurómaco es desconcertante.
Ahora también en Colombia

Toreros y aficionados colombianos se manifiestan en Bogotá para pedir a la Corte Suprema judicial el reconocimiento de la fiesta brava como una expresión artística y no como un espectáculo cruel, según ha propuesto una iniciativa particular

 

La indefensión, la indefinición y la incongruencia en el espectro taurómaco de estos tiempos modernos también ha llegado a tierras colombianas. Los toreros de Colombia se han manifestado ante el Palacio de Justicia de Bogotá para recordar a la Corte Suprema que la Fiesta de los Toros (la fiesta brava) sea considerada como expresión artística y no como un espectáculo cruel. En esos momentos en que se producía la manifestación, estaba reunido el alto tribunal colombiano (28 de octubre)  para debatir una propuesta -promovida por una iniciativa popular- y que consiste en que se incluyan las corridas de toros y las peleas de gallos en la lista de actos crueles, como se integran en el Estatuto de protección Animal.
Se produjeron declaraciones cruzadas entre el representante de la Unión de Toreros de Colombia Fernando Vázquez y Emiliano Castro de la Fundación Proyecto Ética Animal y Ambiental, dejando bastante claro la situación de indefensión en que se encuentra el espectáculo de la tauromaquia, su singularidad, el patrimonio común que representa y la defensa de su existencia, por no hablar de la confusión e ignorancia de estas organizaciones que igualan la fiesta de los toros con el espectáculo de las galleras, despreciando el patrimonio cultural que se ha desarrollado en más de trescientos años de tauromaquia activa en los ruedos, en las sociedad, en la cultura, en la política, en el lenguaje, en el periodismo, en la pintura, en la literatura, en las Bellas Artes en general, y en nuestras almas toreras en particular.

Vázquez refuta con razón que abolir la expresión artística y cultural que supone la tauromaquia, sería un ataque a la libertad de expresión. Hay que añadir que compete a la libertad de decisión, de conservación, de respeto, de bienes culturales, y esto sin hablar al daño que se haría a la cultura y a la belleza en su verdadera y única dimensión. Efectivamente, como aseguran, se perderían muchos puestos de trabajo, muchos oficios y el arte de desarrollarlos y transmitirlos, que se devaluarán los espacios naturales dedicados a la cría de ganado bravo, pero sobre todo se inutilizaría la riqueza de todo lo que lleva aparejada la tauromaquia y que responde a la singularidad de saber transformar la carnalidad de este espectáculo en arte sublime.

Pero lo que no tiene ni pies ni cabeza son los argumentos en contra. No tienen desperdicio, precisamente porque no saben de qué están hablando. Un buen ejemplo es equiparar el espectáculo de los toros con la pelea de gallos. La pérdida de puestos de trabajo es un peaje que hay que pagar según declara esta asociación protectora y se queda tan ancha cuando segura que todo el mundo lo entendería tanto despropósito  como si en Colombia –y compara- se perdieran diez millones de puestos laborales si se acabara con el narcotráfico. ¡Toma ya!

Lo lamentable es que no sean las autoridades las que tengan verdadera conciencia de cuál es su papel y su cometido respecto a los fundamentos del mundo de los toros, a la singularidad de un espectáculo que deben preservar, a la integridad que deben defender, a su autenticidad que deben exigir persiguiendo el fraude, a lo que representa como expresión cultural y social que deben patrocinar, y a su más alta exaltación artística a la que están obligados a desarrollar.

Este papel crucial dentro de la sociedad ha cambiado de manos. Los aficionados son ahora los encargados de abordar esta tarea, que aunque se tenga las ideas claras, poco podrán hacer para defender esta fiesta brava, salvo seguir alimentando su afición. Ni que decir tiene que todo se perderá si las partes institucional y judicial omiten el verdadero sentido de la Fiesta de los toros. La puntilla final sería equiparar por estas instituciones supremas este singular espectáculo, a sus oficiantes y a todos los aficionados, con declarados maltratadotes con alevosía y fanatismo.

Que Dios haga un milagro. Que nos libre de la indefensión, la indefinición y la incongruencia.

Y de paso de la ignorancia.