Vigesimotercer festejo de la Feria de San Isidro 2009
29 de mayo

Amores encontrados

Por Paz Domingo
 
El desencuentro se materializó. Por un lado los amores nostálgicos que sienten unos hacia el barroquismo de Frascuelo. El reconocimiento de su toreo clásico ha sido dogma para sus incondicionales, que no han dejado de emplazar su presencia en tardes ya soñadas. La insistencia para la definitiva oportunidad ha forjado un nombre de culto para aficionados exclusivos. Así recibieron algunos a Carlos Escolar, con una gran ovación, con abrazos a un amigo, al que la vida ha marcado con la contrariedad del fracaso inmerecido, con complicidades de toda una vida de toreo.

Para otros, nada de todo lo vivido puede arrebatar a mayo sus flores. No deja de ser Frascuelo un hombre en la edad madura, aunque insistente en la autenticidad de lo que ama profundamente, con una larga vida profesional abultada por una rotundidad que no ha llegado nunca. Que las cosas de corazón van por un lado y las del cuerpo por otra.

Y Frascuelo no pudo superar tan sincero reconocimiento. Un cartel comprometido por la colocación en el espacio y las circunstancias, en el que no se pudo ni justificar, sencillamente porque no pudo. Le tocó el mejor lote, con un segundo animal que resultó el único evidente para el toreo puro. Mientras el diestro dejó un ligerísimo aroma, muchas precauciones, juegos de regate, tiempos muertos, la certeza de que el paso del tiempo es insuperable, y a un maestro “nadando en tablas” cuando le fallaron las fuerzas para tomar el olivo y las piernas para aguantar la repetida embestida del cuarto toro.

Y en este arrebato amoroso transcurrió la tarde, entre miles de imponderables más.

Frascuelo se presentó en territorio amigo como los grandes, con una cuadrilla de lujo sobre el papel. Aunque no todos fueron estelares. Los picadores Álvaro Atienza y Manuel Montiel, legendarios en otra época, en esta actuación se merecieron un buen tirón de orejas, además de una soberbia multa y la retirada de la profesión, como otros muchos que hacen el paseíllo cada tarde. Este despropósito en que se ha convertido la suerte de varas está institucionalizado ya entre el público y los protagonistas -y se hace tan insoportable para los que entienden las barrabasadas tan descomunales que se cometen contra la autenticidad de este espectáculo- que cualquier crítica hecha con valentía al respecto se lleva encima la reprobación de casi todos. No obstante, debía ser al revés. Es decir, los empresarios, ganaderos, diestros que los contratan entre sus hombres de confianza, autoridades, asesores de la plaza, veterinarios y público en general, debían exigir por contrato, y de obligado cumplimiento, la verdadera ejecución de esta suerte, tan fundamental para entender y desarrollar esto que se llama -desde hace siglos- tauromaquia, o si lo prefieren, el mundo de los toros.

También hay que destacar a los peones de confianza del diestro madrileño. Juan Carlos Aranda dejó un soberbio y torero par de banderillas, de otra época. Dejándose ver, despacioso, caminado al encuentro del animal, esperando, para volcarse sencillamente en el balcón, y salir andando de la suerte. Yesteras y Pertel dejaron por su parte un trabajo de mucho respeto al maestro, importante en los tiempos que corren. Respecto a los compañeros de terna pasaron sin pena ni gloria, con idénticas actuaciones irrelevantes, y algún que otro apuro para matar. Rafaelillo y Valverde estuvieron sin más, a merced de las circunstancias, las propias y las ajenas.

El más considerable de los imponderables fue, por ejemplo, la cuestión de los toros. Los albaserradas de Adolfo Martín tenían una buena reputación. Chicos listos, apuestos, con clase, de buena familia, pretenciosos, con carácter, y que se dejaban querer por méritos proporcionados. Pero ya no se comportan igual. Ahora no son lo que eran. Siguen conservando las formas, pero han prescindido de sus buenos modales. Cumplieron escuetamente en el caballo, aunque algunos jinetes del castoreño se emplearon a fondo para fenecer de golpe y porrazo cualquier atisbo de porte o de esencia. Se salva de la quema el citado toro de Frascuelo. Lo demás fue un naufragio entre la flojedad de unos, la tunda que propinaron a otros, y la casta justa del resto. Merece una mención destacadísima a los dos mamíferos que se encontraban en los corrales como sobreros titulares. A uno lo devolvieron. El siguiente también debió correr la misma suerte, pero el desánimo se había hecho el amo de la tarde. Todas las almas sufridoras que allí se encontraban ya no se ven con fuerzas de pedir otra oportunidad. Incluso, muchas están ya muy cansadas de tantas infidelidades. Creen en el amor verdadero, pero el desencanto cada día es mayor. Cuando se parte el corazón desairadamente, difícil es su recomposición. Avisados quedan. Tomen nota los demás.

Ficha del festejo. 29 de mayo de 2009. Las Ventas. Madrid

Vigesimocuarto festejo de la Feria de San Isidro 2009

Toros de Adolfo Martín, justos de presentación, de fuerza, 5º y 6º, y casta, el 4º encastado (con aplausos en el arrastre), y 2º manso (pitado en el arrastre). El 5º fue devuelto. Sobrero de Sepúlveda de Yeltes, escaso de trapío, manso y flojo, fue devuelto. El sobrero de sobrero correspondió a la ganadería de Arauz de Robles, bien presentado, soso y flojo.

Carlos Escolar Frascuelo: 2 pinchazos, pinchazo hondo delantero a paso de banderillas , rueda de peones, 2 descabellos (silencio y algunos pitos); pinchazo hondo, media tendida, rueda de peones, 1 descabello (pitos)

Rafael Rubio, Rafaelillo: 1 pinchazo, estocada caída (silencio); 2 pinchazos, estocada delantera (silencio).

Javier Valverde: 1 pinchazo, estocada (silencio); bajonazo (silencio)

Presidente: Trinidad López-Pastor

Lleno.

A destacar, el par de banderillas ejecutadas por Luis Carlos Aranda, de la cuadrilla de Frascuelo, al cuarto toro de la tarde. Fue ovacionado y el subalterno brindó al cielo, en memoria de su padre, también hombre de plata, Manolillo de Valencia, recientemente fallecido.