Plaza de toros de Valencia

24 de julio de 2010

Toros de La Quinta para los diestros Ángel de la Rosa, Rafaelillo y Tomás Sánchez. Última corrida de toros y penúltimo festejo de la Feria de Julio.

Sin lucero

Por Paz Domingo

No salió el toro lucero, cárdeno y de buenas hechuras, que los carteles de esta feria valenciana -de estío en plenitud- anunciaban como seguro candidato de esta ganadería sevillana. Los aficionados que se concentraban alrededor del tabloncillo, por las alturas de los tendidos soleados, ya le habían echado el ojo en el protocolo del desencajonamiento, así que, deslumbrados por la singularidad de su fisonomía, por el lustre de su pelaje grisáceo, quedaron esperando toda la tarde a su aparición. Las ganas fueron creciendo. Y se quedaron con las ganas. Salieron toros hermosos, bien presentados, con trapío, bien cuajados en general, con un peso medio que no sobrepasaba los quinientos kilos de media, que resultaron nobilísimos, buenísimos, con casta manifestada, incluso alguno con  bravura. Pero, las cosas se quedaron en ganas de las buenas -claro está- porque los animales estaban muy flojos y el torero de firma no se pudo realizar ante la contrariedad de la defensa que nace del agotamiento. Por tanto, los que esperaban permanecían pensativos y remiraban el calendario festivalero en las fotografías que aportaba la revista una y otra vez.

Al toro lucero no le vieron. No salió. Pero se fueron muy contentos del soberbio coso valenciano, tan hermoso como impactante, porque comentaban en tono de voz rotunda que era la mejor corrida que habían visto en todo este ciclo veraniego. Y esto es mucho decir, después de tanto cambio que empezaron a enumerar y casi no acaban, a pesar de que lo resumían con dos palabras las cuestiones. Nuevo empresario. Que va a hacer bueno al anterior. Subida de precios. Comprar para renovar. Abonos asegurados. Becerradas de pago (antes gratuitas). Luego quieren afición. Resultados malos. Carteles mediocres. Reforma de la plaza. Plástico por piedra.

Fue escuchar la palabra reforma y me entró el sofocón que toda la tarde había combatido de manera distinguida, aunque con ayuda de la brisa húmeda mediterránea y de temperaturas benévolas, todo sea dicho. Y me puse a devorar con la mirada cada rincón, cada detalle, cada columna, cada celosía, cada leve punta que sobresalía de la forja airosa, cada cuerpo insignificante del ruedo coqueto, cada matiz de su color maestrante, cada piedra elevada, cada viga de madera categórica, cada número del reloj, cada bóveda de curvatura finísima, cada coqueteo con la vieja estación, cada gaviota que la contempla, cada rincón accesible a otro más hermoso, cada todo, y todo porque sé que ya no la veré igual después que el fenómeno de la comodidad haya hecho de las suyas. Como siempre. Miré con detalle la hora, escapé por los vomitorios de escalerillas dobles, toqué la frescura de su barro, asomé mi curiosidad a los escondidos corrales, pisé su ruedo, jugué al escondite entre burladeros y me marché de Valencia con la seguridad que no volveré a contemplarla tan hermosa como es. Quiera alguien, o Dios, o un milagro, que evite este desconsuelo.

Este tono descorazonador circuló durante todas las horas en su presencia. En unos toros que querían y que no arreciaban en fuerzas; con unos toreros que deseaban contundencia y quedaron nuevamente escondidos; en un público deseoso de vigor y que vislumbraron tímidamente verdad de la buena.

Los tres diestros saborean los soplos mediterráneos, pero las dulces caricias del éxito se han confundido en sus almas toreras. Para Rafaelillo las cosas han rodado algo más, sin duda porque se ha empeñado en su trabajo aguerrido. Este torero funda su convencimiento en su laboriosidad. Así lo viene demostrando y así lo expuso en Valencia. Tuvo a su alcance el triunfo, lo mejor y lo peor pues se congració con el toro más terciado del festejo y no aseguró la grandiosidad de su corazón con el animal bravo y de nobleza que hizo quinto, al precipitarse en el estoque, desbaratando la lógica de una faena bien realizada por la cuadrilla en la lidia, por la ejecución de las suertes sosegadas, por los tiempos bien medidos, por el fervor de las cosas bien hechas, por el corazón pleno. Así es Rafaelillo cuando trabaja, cuando torea. De sitio verdadero, de tesón furibundo, de largura certera, de insistencia, capaz de realizar la sutileza aguantando el aliento del animal que le reta en las distancias inmediatas, para después embrollarse en detalles toscos que no necesita y que no le ayudan. 

Aún así, Rafael mantiene un corazón grande en torería, incansable con su trabajo y al que le asiste la inteligencia de rodearse con hombres de técnica superior que hacen robusta su presencia en la verdad de los ruedos. Entre los seis hombres dieron protagonismo al auténtico espectáculo en la lidia al quinto toro mencionado. Esquivel, picador de turno, enardeció a las almas toreras al llamar con torería gallarda, vistosamente, levantando la puya en paralelo al suelo, por debajo de la axila, con recorridos circulares, citando, mandando, llamando al toro, colocado por el matador murciano en la distancia larga de los medios. Se puntualiza que el primer puyazo no se pareció al segundo descrito, pero este último borró de un plumazo, las malas sombras e hizo liviano el calor. Rafaelillo se perfiló en estatuarios, probó los primeros lances certero, muy oportuno sacó al animal, con tesón le involucró en la tela, con cabezonería peculiar y ajustando retador el cierre con el pase de pecho. Con esta fuerza interior, el torero fue cerciorándose en el cruce y el ejemplar santacolomeño acortaba la embestida con pocas fuerzas. Como el león sigue a su presa, acosaba, porfiaba, medía, rectificaba el diestro. Fue a asegurar, cuando ya no le hacía falta, con una estocada delantera, tan atravesada que los subalternos quitaron rápidamente porque hacía guardia en el costillar. Su particular viacrucis. Lo mejor y lo peor. Y lo mejor se lo dio el segundo toro, anovillado y sin trapío que el correspondió en primer lugar, al que saludó rodilla en tierra con largas cambiadas vistosas y con mucho oficio. El animal perdió las manos a la primera obligación que se le expuso. Templó los primeros lances, porfiaba sin poder rematar por la escasez de fuerza del animal.  Con tesón, a su estilo, con pelea entregada, se vio obligado a los terrenos encimistas para sacar algunos naturales inconexos y dejar la faena resuelta. Concluyó esta primera intervención con un arrebato de éxtasis cuando tiró la muleta y como un gladiador sin tridente tiró la muleta en la cara del toro que doblaba dirigiéndose al ruedo pidiendo trofeo con la mano levantada en gesto provocador. No le hacía falta esta actuación sobrepasada de tan escaso comedimiento porque lo más grande ya lo había hecho, no entendiendo, por tanto, tal empeño fuera de sutileza en el que persevera a menudo este matador de toros de laboriosidad inequívoca y de rotundidad certera.

Para Ángel de la Rosa la responsabilidad de su actuación añadida a sus escasas ocasiones de demostrar su torero de sosiego no le dejaron margen a la confianza en su primera actuación. El animal resultó el más encastado, aunque se defendió en exceso bajo el peto. Demostró las condiciones flojas que traían todos los congéneres de camada y el diestro albaceteño –afincado en tierras valencianas- se centró en las medias alturas, enhebró algún pase bueno. Enganchó en trapo en exceso y también se lo ofreció el matador tímidamente, escaso de confianza evidenciando las distancias de las afueras. Disipó las dudas de la nobleza que derrochaba el animal pero sus piernas no terminaron de confiarse, aunque dejó algunos naturales de mucho gusto sin profundizar y recibió un derrote en la mano que le obligó a pasar por la enfermería.

Se enfrentó a su segundo animal con temple que acompañaba la cadencia del toro. Llevaba con suavidad sin ajustar la distancia y el buen sitio, sin obligar pero con sutileza de muñeca. Concluyó con apuros en la suerte final y sin estar a la altura del hermoso, noble y encastado animal.

El diestro valenciano Tomás Sánchez también arañó un trofeo cuando las claridades se retiraban. Con un bondadoso animal, escurrido de carnes, dejó algunos pases de temple, algunos desacoplados, pero porfiados e insistentes con un exceso de confianza que le condujo a un puntazo seco en la cara posterior del muslo derecho. En su primera intervención no aprovechó la cualidad extraordinaria del animal que se quedó inédito después de recibir una lidia insidiosa y puyazos en la paletilla. Se preocupó en exceso de la ligazón y con técnica encimista y fría porfió en enganchones para terminar sorteando derrotes.  Dejó irse al animal camino del desolladero con la cabeza alta y sin músicas triunfales.

No salió lucero. No sabemos qué aventura corrió. Aunque sí podemos asegurar que tal y como las cosas de este peculiar mundo van desarrollándose hace falta algo más que inteligencia, conocimientos, rigor y sentido común. Se hace necesario que alguien aporte luz. Luz vivificante, clara, templada. Luz que deslumbre. Luz que atraiga. Luz que caliente. Muchas luces, parecen ser. Pero por pedir luz que no quede.

 

Ángel de la Rosa: pinchazo con topetazo en el encuentro del que salió despedido aparatosamente, estocada casi entera -que se traga el animal- delantera y caída. Se pidió la oreja con traca de griterío que el presidente no concedió (saludó desde el tercio); pinchazo, otro con desgana o imposibilidad física, aviso, estocada delantera, tres descabellos y silencio.

 

Rafaelillo: estocada desprendida tirando la muleta (oreja); estocada delantera tan atravesada que asomó por la axila haciendo guardia que los subalternos quitaron con prontitud y entró a matar en dos ocasiones más dejando un pinchazo y estocada casi entera (saludos desde el tercio).

 

Tomás Sánchez: pinchazo, otro, otro delantero hondo, media delantera y tendida (silencio); estocada caída tirándose a lo alto, perdiendo muleta (oreja) y concluyó su vuelta al ruedo descalzo, cojeando y con gran satisfacción.

Toros de La Quinta en general bien presentados, excepto el segundo anovillado y de escaso trapío indiscutible cuando se trata de una plaza de primera, y el sexto al que faltaba remate de culata. Todos mostraron nobleza y mucha bondad, juego bueno, pero imposibilitado por la escasez de fuerzas de todos sin excepción. Destacaron por su casta el primero y tercero, por los aplausos en el arrastre cuarto y quinto, por su bravura el quinto y por su bondadosísima condición el conjunto al completo.

Notas al margen de los protagonistas­. Un tercio de entrada. No tantos turistas como se podría imaginar, aunque algunos se dejaron caer con la bolsa de las toallas en la mano. Las almohadillas son poco negocio en el coso de la calle Xátiva, entre otras cosas porque sentarse en puro plástico, y rondando los cuarenta grados, tiene sus inconvenientes.  Una hora antes del festejo se reunieron diez personas, que megáfono en mano gritaban consignas que se pueden imaginar. Por allí pudimos ver al incansable fotógrafo Cano, abriendo paseíllo y compitiendo con su juvenil entusiasmo con la cámara en mano.