Plaza de Santa Margarita. Linares (Jaén). 28 de agosto de 2010

Toros de Luis Algarra, para los diestros Morante de la Puebla, Curro Díaz y José Mari Manzanares. Media plaza.

 

Todo el mundo es consciente

Por Paz Domingo

He estado en Linares. Nada tendría de anecdótico este asusto, salvo por esta ola de calor que se ceba incansable a los abrigos de Sierra Morena. He tardado en recuperarme de las inclemencias de los aires incondicionados y pido disculpas por la tardanza de esta reseña. Ocurre a veces. Perdonen también este exceso de presunción, una vanidad que se recrea con los periodistas, muy empeñados en ser los protagonistas de la gran noticia. Pero, es que las estrellas del firmamento taurino -que inundaban -tal día como el que nos ocupa- con su personalidad el bellísimo coso de Linares- no dieron ni un jugoso breve para llevarse al alma torera de la cronista que suscribe esta inmodestia. Dejaron sus ilustrísimos temperamentos toreros evidencia de la asfixia que nos rodea; del camino ya allanado que ahoga cualquier atisbo de redención y de verdad; que deja las bocas sedientas sin un buen trago; y que esquilma el bolsillo, -faltaría más-, atesorando de paso mucha desvergüenza para pedir por la entrada más barata de sombra casi cincuenta euros.

Y sobrevivir a estas circunstancias es la noticia del día a día. Al calor, al tedio, a la estafa, a lo insufrible de este espectáculo bochornoso en que se han instaurado los especuladores taurinos, manoseando vilmente la esencia única y auténtica fundamentada en el toro de lidia, el animal más hermoso de la creación del ser humano. Así, los contados hombres y mujeres, en definitiva algunos pocos aficionados –aquellos que nos reunimos de vez en cuando por los ruedos globales- constatamos una vez más la agonía, además de la impotencia de no atisbar luz en el desierto y de soportar el soberbio ridículo de pagar por este descaro. Se evidencian dos cosas; todo el mundo es consciente de la grandeza que se atesora este desbordante universo, y también se certifica su enfermedad incurable y su consiguiente desenlace fatal.
 

Se abrió el festejo con retraso, con un paseíllo largo, contenido, recordado, silencioso y señalado con claveles sobre los terrenos del tendido uno, los últimos que pisara Manolete, en el infortunado palmo de plaza donde recibió la muerte.

Y a la gloria sucedió el desastre. Empezó el desfile de inválidos. Los picadores recorrían la amplitud del albero a ritmo de feria, sin necesidad de malgastar una caloría. Sucesivamente. Siempre igual. Ni sangre provocaron, ni miedo daban. Uno tras otro. Morteros parecían los inermes animales, no por su presencia, y sí mucho por desparramadas argamasas que se disputaban el premio más concienzudo. Eran hermanos, pero lucían cornamentas con matices. Nada extraño este asunto crucial, salvo que resultó demasiado farragoso edulcorar los cinco desparrames consecutivos del primer toro (un ejemplo, los demás pasaron por lo mismo), incluyendo el último estertor bovino sin necesidad de que Morante dejara desgarro en sus entrañas. Había dejado el diestro sabor en los aires del capote, algunos tanteos de justificación y vanas esperanzas de resurrección, que no amainaron lo más mínimo las protestas del gentío. Vamos, que le dieron cera y una total indiferencia de la prensa local al día siguiente. Este asunto es incomprensible pues no hizo menos que sus dos compañeros, si acaso dejó categoría, con lago de elegancia, porque lo que añadieron Curro y Manzanares fue algo así como chabacanería del montón, aunque se llevaran una orejita cada uno para computar en el escalafón.
 

Y es que estos dos maestros estuvieron escurriendo el bulto (y nunca mejor dicho). Eso sí, con mucha teatralidad, pues se pasaron toda la tarde desautorizando a sus dos peones de confianza, desaprobando su conducta. Sin disimulo. Los dos, quedando ambos como maestros de ordinarias maneras, cuando lo que se proponían era que todos los allí presentes viéramos que no había nada que rascar (cosa que ya conocíamos, desde luego).

Nos habíamos quedado en el turno de Curro, pero esta vez en su tierra y sin su empaque. ¡Qué le vamos a hacer! El público enfureció. No tragó con el segundo de lidia ordinaria. Le devolvieron. El segundón bis era tan parecido al anterior que no hubo más que aguantar. Disimular. A que te pico. A que no. Y no. Curro daba soberanos tirones de capote, de muleta, de estoque. Silenció del público. El mismo gentío que a Morante le recordaban a los mismos demonios.
 

Salía un Manzanares decidido. Bueno, es un decir, pues el tercio de varas fue la repanocha, el de muleta de despeje a las afueras y la hora de la verdad de trámite indiscriminado. Pues esto mismo se lo premiaron. De nuevo un Morante que, en medio de los cuarenta grados a la sombra, intentaba dibujar alguna ilusoria verónica al animal moribundo que pedía a mugidos el final. Quedaron esta vez divididos las palmas y las broncas, algo más real, tanto como las ganas que padecíamos los presentes (también agónicos) por salir a refrescarnos. Curro obtuvo una orejita al quinto animal, que de la misma condición abigarrada, pero con un poco más de recorrido muletero. Se hinchó con el pitón derecho y no terminó de acoplarse. Se pronunció por el izquierdo a base de tornillazos. Y como  no había más protuberancias, se decidió a asegurar el rinconcito. “Que es del pueblo”, le recordaban los paisanos al presidente. Y el final fue de remate. Ya se lo imaginan. Muchos gestos contrariados. Un toro que se cae. Un torero que desorienta. Un matador increíble. Cómo es posible. Vaya suerte. Vaya estampa. Vaya la que nos espera. ¿Esperar? Quiero aire. ¿Acondicionado? Como sea. Pues sea.  

 

28 de agosto de 2010. Feria de San Agustín. Plaza de toros de Santa Margarita de Linares, que tiene un aforo de más de nueve mil localidades, es de segunda categoría y todo el mundo recuerda que en este ruedo, tal día como hoy de 1947, el toro Islero, de la ganadería de Miura, terminó con la vida del diestro cordobés Manuel Rodríguez Manolete. Precisamente, se guardó un solemne minuto de silencio en su memoria.

Toros de Luis Algarra: justos de presentación, más bien pequeños aunque proporcionados, blandísimos, inválidos, moribundos, descastados e imposibles. Todos presentaron condiciones diversas de pitones. Unos del color calcáreo con puntas negras afiladas de sacapuntas. Otros de cornamentas cetrinas y vastas. Otros directamente sospechosos. Se devolvió el segundo. El sobrero también pertenecía a la ganadería titular. A ninguno se le pico. Ni sangre llevaban en los lomos. No hizo falta, ya salían partidos en dos de los chiqueros. Se pitaron el arrastre de casi todos.

Morante de la Puebla: pinchazo, otro a la remanguillé, (protestas del público porque saca cruceta sin dejar espada), dos descabellos (bronca); pinchazo hondo inmisericorde de colocación (pitos y palmas).

Curro Díaz: bajonazo a lo grande en las mismas tablas (silencio y bronca al toro); estocada en el rinconcito (oreja).

José Mari Manzanares: estocada delantera y de trayectoria en vertical que provoca derrame (oreja); sartenazo en estocada haciendo guardia (silencio).

 

Nota. Es indescriptible el calor que pasamos, incluso a la sombra.

Me queda puntualizar sobre la grandeza que atesora este rotundo coso jienense en hermosura. Es sencillamente inmenso, torero, soberbio, contenido.

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