Plaza de Toros de Las Ventas. Madrid

Domingo, 3 de abril de 2011

Novillada de Nazario Ibáñez

Para los novilleros Luis Miguel Casares, Jiménez Fortes y Raúl Rivera

 

La muleta de los novilleros

Por Paz Domingo

La muleta de los novilleros goza de sobreabundancia retadora en el estilo al uso corriente y que consiste en mucha exhibición, mucha larga distancia, mucha ventilación, mucha fuerza centrífuga, mucha precaución y mucha prosopopeya. Como diría uno que sabe, mucho de nada. Y es que el poco hay que colocarlo en la comprensión de este oficio, en intentar ejecutarlo, en desarrollar la verdad, o al menos, demostrar que se puede evidenciar. La muleta de los novilleros es un asunto a estudiar, ideal para quien quiera perder el tiempo en sutilezas cándidas, pues esta ciencia cada día adquiere más rotundidad e imposibilidad de superación. Antaño, (quién dice antaño, quiere decir hace nada) hubo novilleros que despuntaban más que las veletas de los campanarios, que arrastraban a los ruedos a más locos nostálgicos que lo hacían las figuras consagradas de alto copete. Esta comentarista que les escribe está habituada con los nombres del panorama taurino y cada día suenan menos en mi cabeza tan afamados aspirantes a la gloria terrenal, (del corazón ni hablamos). Una amalgama nada heterogénea es en lo que se ha convertido la muleta de los novilleros, tan clónicos, tan bien vestidos, tan locuaces, tan irresolutos, tan pretenciosos, tan faltos de oficio, a los cuales el peso del trapo es tan contundente que parecen imposibilitados de ejecución verdadera.

Por ejemplo, los tres protagonistas que debían cumplir con las circunstancias de “dar pasaporte” a la novillada de Nazario Ibáñez (ganadero también empeñado en dar boleto a su empresa explotadora y ganadera de bravo) dejaron de manera palpable un amaneramiento impersonal y extrañamente potenciado. Bullía más Rivera. Se escondía más Casares. Se desbordaba Fortes. Y los tres no resolvieron ni la mínima. La papeleta que portaban los novillos nazarios fue casi también de mínimos, aunque hay minúsculos sobresalientes, como el quinto animal que en otro momento, en otras circunstancias se le hubiera dado una ovación por todo lo alto, y además muy merecida.

Todo bajo un cielo encapotado e inclemente que descargó agua sin parar, que nos dejó húmedos los huesos y correosas las entrañas. Este asunto imponderable pareció importar poco al palco presidencial, que ni se molestaron en comprobar el estado del ruedo instantes antes del inicio del festejo, como hubiera sido preceptivo. Disfrutamos de la luz del redondel, exaltado por la refracción, de la película que impone la lluvia mortecina, de la mirada sideral que alucina con los falses que rebotan sin parar. Sufrimos por el chapapote del ruedo, que por momentos brillaba más que los altos lagos al atardecer.  

En fin, que fuimos a mojarnos. Mientras, la familia preocupada por nuestro grado de locura incomprensible. ¿Será posible que aguanten el remojón? Pues sí. Fue posible.

 

Las Ventas, 3 de abril de 2011

Presidente del festejo César Gómez Rodríguez

Novillos de Nazario Ibáñez. Encastados, bien presentados, aunque desiguales, pues los tres últimos parecían en apariencia toros de edad cumplida, más en el tipo del encaste Núñez al que pertenecen. En general blandearon los tres primeros, más boyantes los tres últimos, y de manera espectacular el 5º. También fue este ejemplar el de condición más bravo, pues fue al caballo para emplearse y empujar, demostró además nobleza verdadera, de transmisión considerable. El 6º y 3º aportaron casta, aunque no rotunda, y el 4º desarrolló sentido y bronquedad. A los primeros se les señaló. A los últimos les dieron varas soberbias al estilo de tundas traseras demoledoras. Casi todos tardearon (excepto 5º), y no expusieron claramente la pelea. Inválido el 2º. Los animales estaban bien armados, pero lucían pitones como las banderas tricolores (el color de la mugre en la cepa y arranque del pitón, seguido de estrecha banda blancuzca, para colapsarse en puntas negras, brillantes y enceradas), muy propias de tocados enfundados que lucen en algún momento de su existencia en las dehesas. Hubo algunos ejemplares con fuerza y casta, a los que hay que asomarse para comprobar tal eventualidad, una característica ya difícil de aventurar en los ruedos.  

El mencionado 5º novillo fue aplaudido en el arrastre.

 

Luis Miguel Casares: Dejó muchas probaturas y mucha inseguridad en los cambios de mano, mostrando poco oficio en ordenar a su propia cuadrilla, la cual no paró al animal que flojeaba, supliendo tal deficiencia con mantazos a discreción. La espada cayó casi entera, tendida, trasera y caída. Y el silencio se impuso. Después, se enfrentó a un novillo más toro por cuestiones compensatorias de sorteos mañaneros (supongo). Pero, resultó manso y con sentido. La cosa no era para menos, pues la cuadrilla se empeñaba en las mencionadas cuestiones subalternas, en hacernos creer que querían, pero con semejante espectro no se podía. Y no le dieron ni uno con la mínima enjundia. Allí, corrió a socorrerles el Picador Saaverdra (afamado, afamado donde los haya) dando una lección de picotazos, cariocas, cacerías certeras, y una a traición con deslome de los buenos. Parece que entró hasta cinco veces al caballo, aunque fuera de cualquier manera y bien pensado nadie entendería que fuera de condición tan mansa, pues más bien podría asegurarse que tenía su casta, que se fue inédito, con muchos mantazos y técnicas toricidas a sus espaldas, entre las cuales podemos incluir la del joven aspirante a matador de alternativa que cumplió con trasteos inseguros, sorteando el revolcón cuando el novillo avisaba por el pitón derecho. Dejó un metisaca en los blandos, un pinchazo hondo y tendido, y pretendía descabellar descabelladamente en tres intentos con estoque dentro. Obtuvo un aviso, más dos crucetazos -con estoque incluido- de igual manera. Quedó desbordado y en silencio.

 

Jiménez Fortes: Con la muleta consumó un estropicio considerable pues le dio por ponerse florido con el flojo novillo, picado en los alrededores de los riñones, que perdía sangre y las manos en incansables resbalones, que se encontró a un presidente que permitió un único soberano puyazo y pasó por alto el segundo reglamentario. El animal repitió cansinamente hasta la agonía, hasta un pinchazo hondo propinado por Fortes, y que el maestro interpretó como situación resuelta. Pero, no fue así. Tuvo que entrar a matar para dejar media trasera y un aviso retrasado. Se mereció una buena bronca porque no pudo aguantar ni medio pase de un novillo encastado, bravo y hermoso que así lo demandaba. Un colorao en Núñez al que a punto estuvo Carlos Pérez de descordarlo con la pica. El inexperto torero le había puesto en distancia al poderoso animal. Derribó al caballista en el primer encuentro, el cual cayó de cabeza, parando con el castoreño el golpe en el barrizal. Subió a la grupa de nuevo y el animal volvió a su larga distancia. Se esperaron sin pasar mucho. Le dio vara y punto. Ya no se puso de nuevo en la suerte, pues se consideró que podía correr peligro la vida del artista. El novillo no parecía rencoroso con tantas tropelías regaladas, porque el animal le iba soplando los sitios, terrenos, secretos, profundidades al joven diestro, circusntancias que pretendía ignorar para desesperación de los aficionados que se refugiaban en las gradas. ¡Esa muleta! Esa muleta de Fortes quedó embarrizada, porque no hubo lance, encuentro decisivo, floritura sin venir a cuento que no quedara volando por los aires y rebozados los vuelos en los rastreros fangos. Mató como lo había hecho hasta ahora. De chiripa, titando la muleta costrosa en el testuz de su víctima -otra vez-, dejó estocada trasera, tendida y contraria, bastante caída, a modo de sartenazo. Tuvo la honradez de quitar el arma toricida, montarla de nuevo para dejar pinchazo (perdiendo la muleta), más un bajonazo en la paletilla con pérdida de los trastos –por supuesto-, descabello y un aviso entremedias. Hubo quién aplaudió. Lo aseguro. Es incomprensible, pero sucedió.

 

Raúl Rivera. Fue el aventurero bullidor. Cosa que se le agradeció hasta que se vieron sus deficiencias con el animal que hizo sexto en la lidia y no pudo dar respuesta a los objetivos planteados (como dicen los modernos). Dejó en vilo al personal con su irresponsabilidad pues le dio por poner banderillas al estilo acróbata entre las condiciones asquerosas del ruedo. Vamos, para haberse matado. Después de la proeza, se quedó Rivera algo desconcertado, pues pensó que iba a terminar con la pana, y no hubo más que cierta gratificación por su espíritu inquieto. Le tocó en primer lugar un novillo de los que llaman ahora buenos, pero optó por estar precipitado y con mucha probatura de torero de salón algo descompasado. También creyó que con un pinchazo hondo estaba resuelta la papeleta suprema, y también constató que lo que pretendía era exhibirse en posturitas de abaniqueo en siete o más descabellos, un aviso, e infinidad de golpes con el filo y punta de la cruceta con muy mal genio. Si en ese momento una servidora es, por un casual, el delegado de la autoridad o presidente del festejo le cae una multa de órdago, sencillamente porque tal depravación no se puede consentir. Salió el sexto, al que le dieron una vara de las que se escriben con ensañamiento. En la columna vertebral se la dejó Rafael Galán, incluso después de rectificar la trayectoria. Se puso floripondio el joven diestro para los palitroques arriesgados, para los brindis familiares, para los miles de mantazos a un novillo no tan claro como el anterior, pero que tenía su faena. Una lástima. No dio ni uno. Dejó bajonazo con mano en jarras. El animal se tragó la muerte y el diestro el aviso. Aunque él a lo suyo. A los descabellos de abaniqueo embarrado y aprovechar los saludos que transformó en vuelta descarada.  

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