Imagen de Iván Fandiño al entrar a matar al quinto toro de la tarde con una estocada impresionante. 

Fotografía de Paco Sanz

Plaza de Las Ventas. Madrid. 1 de octubre de 2011. Tercer festejo de la Feria de Otoño.
Toros de Gavira para Iván Fandiño y David Mora.

Alguien se olvidó de los toros

Por Paz Domingo
La tarde era para los aficionados. Los dos toreros que habían causado revelación en la temporada se anunciaban mano a mano en el cartel. Había expectación por presenciar el duelo de los potenciales toreos que estos dos hombres se han empeñado en demostrar y a los que les falta el triunfo absoluto que les puede dar la plaza de Madrid. El tibio sol otoñal anunciaba que podía tratarse de una tarde mágica. Los  tendidos llenos. Las almas toreras ardientes. La ovación al romper el paseíllo. Los brindis recíprocos que se tributaron ambos diestros en ceremonia antigua. Y salió el toro. Bueno, el toro de pega -más bien-, porque aquello no era toro sino cuarto y mitad de carne bovina sin cara, sin tocado, sin fuerza, sin acometida, sin clase y sin vergüenza. Alguien se olvidó de los toros, de su importancia y trascendencia, y en un ímpetu descarado echaron por la puerta de chiqueros los pollitos sin hacer, descastados, inválidos y aburridísimos, para cumplir con dos ejemplares imponentes. Y fue cuando, precisamente, volvió al ruedo la poca verdad que queda en este artificial mundo taurómaco. Al inicio del festejo se volvía a insistir en la recogida de firmas para que este fabuloso espectáculo se pueda blindar. No me digan que no es una paradoja.

Estos descomunales animales -que hicieron quinto y sexto en orden de lidia- evitaron el fracaso de la tarde, de los toreros y, a buen seguro, que estarán redimiendo a la parodia mediática que hay montada. En los dos se jugaron el tipo Fandiño y Mora, que era lo que procedía tras el interés suscitado, la ansiedad de un toreo rotundo y la hambruna de buenos alimentos con que nutrir el alma torera. Valientes, fuertes de espíritu, concienciados con el deber, arriesgaron. El “negro chorreado listón y salpicado”, decía el programa, salió descomunal, volumétrico -como leía en una crónica hace días-, y encastado era para Fandiño. El torero estaba nervioso, hasta el punto que había desconcertado con su inseguridad en el manejo de la lidia, el orden en la resolución por parte de los subalternos de la cuadrilla y en el consiguiente desbarajuste que se produjo en alguna ocasión. Resultó que el salpicado tenía volumen y casta, además de un pitón izquierdo fantástico. El animal demandaba terrenos hacia las afueras pero Fandiño, más centrado que en sus anteriores intervenciones, se empeñaba en mantenerlo en el tercio. Si la faena empezó con alguna tanda ajustada y de más poder, se fue diluyendo en la precipitación del torero y la evidencia de que al animal se le sometía cada vez menos. La plenitud quedó únicamente esbozada y el exceso de valentía de Fandiño corroborado en la ejecución de una soberbia estocada en la que el torero renunció a la salida de la suerte para quedar encunado entre los pitones, dar de bruces en los lomos del animal herido mortalmente, sentir el gancho del cuerpo resbalar por la pierna, caer de cabeza hecho un ovillo al ruedo, sortear las tarascadas finales y ser atropellado por tan descomunal masa ya moribunda que rodaba sin necesidad de puntilla.

Fue una fabulosa épica, sin duda. Se le concedió la oreja, pero bien podría valer una salida a hombros, pues el regalo que nos hizo Fandiño a los que amamos con desmesura la verdad de este mundo carnal de los toros fue enteramente la autenticidad de la perfección, aquella desnuda y hermosa gloria de entregarse agotando hasta la propia salida de salvamento. La impresionante estocada puso el colofón a otra que realizara a cámara lenta en el primer toro, aunque la elección de los terrenos de la suerte le traicionara con el tercero, al que pinchó y dejó media perdiendo la muleta.

La desenvoltura del diestro era prevención. Desde el primer momento. El primer animal se partió el cuerpo en los encuentros con los petos, y sin saber por qué apareció lesionado correteando su mutilación por el albero hasta que fue retirado. Protagonizó con su compañero Mora unos quites que ya traslucían mucha inseguridad para Fandiño -se cayó en la cara del inválido animal- a pesar de realizar unas cortas verónicas de ejecución ajustada que replicaban al lento y majestuoso capote de Mora. Se empeñó en los terrenos y no concluyó la descompuesta y flojísima embestida del sobrero. No rectificó los sitios que parecía querer el animal que hizo tercero, ni paró su aceptable acometividad, más bien trasmitió su nerviosismo no pudiendo rematar como acostumbra.

Quizá pueda ser la pareja perfecta, la que tiende al complemento de personalidad y carácter. Lo que le sobra ampliamente a Fandiño en la suerte suprema, le falta evidentemente a Mora, que no es capaz de dejar el estoque ni de manera remota, ni de nada. Es una pena, que este torero que va ganando en técnica, en clasicismo, en seguridad, y hasta en el sitio bueno, no mate los toros, que entre otras cosas es una imposibilidad que le está quitando los triunfos que merece, pero también es incomprensible que sea un matador de toros que deje sucesivos pinchazos de ejecución horripilante para después, sin vergüenza y sin nadie que se la reclame-  agarre la cruceta del descabello para apuntillar lo que no ha resuelto de manera primordial.  

A sus verónicas con las manos bajas, lentas, preciosas, emocionantes les sucede un estilo de formas intencionalmente puras, aunque algunas veces no alcance el sitio definitivo. Algo así, sucedió con Mora y su primera intervención. Se sentó en el estribo a la antigua, recibió con una larga a porta gayola –tan ajustada en la misma cara- y dio tres largos lances con el capote llenos de profundidad. Al toro parado le propuso un toreo templado que se diluyó en tiempos muertos y en dejarse el toro sin estoque para rematar con el descabello. Algo parecido sucedió en su siguiente intervención, cuando la expectación se trasformaba en plomo. Sin fuerzas, sin picar, sin toro y sin espada.

David Mora bien puede ser un torero, con algunos sitios que coger y alguna técnica que pillar. Le salió por chiqueros el tren de mansedumbre y de peligro. Con una media verónica puso su brillante capote; con su valentía le recibió de lejos; con su desafío expuso su cuerpo en los derrotes del mismo demonio; con provocación volvía al intento después de ser revolcado; con resolución dejando un bajonazo bien apuntado al rinconcito. Procedía estar inmenso en valentía -sobrada como se vio-, pero también debió dar el oportuno castigo al animal que apuntó sus horripilantes maneras desde su aparición en el albero.

La magia al final no se rompió, sencillamente porque había algo de toro, bueno o malo, pero algo. Alguien se está olvidando de de la esencia taurómaca, la misma que ahora quieren blindar haciéndola cultural. A mí me daría igual que fuera cultural, social, demócrata, marciana o caballeresca, con tal que se diera con la mínima decencia y autenticidad. Alguien se está equivocando en creer que esta es una carrera de máximos, más bien es el aguante en los mínimos. Alguien está explotando la leyenda de los toros y se le va a acabar pues ya no hay quien los aguante.

 

Plaza de Las Ventas. Madrid. Casi lleno. Presidente: Manuel Muñoz Infante.

Toros de Gavira, desiguales de presentación ; los cuatro ejemplares primeros anovillados, blandos, inválidos, inválidos el 1º (que fue devuelto por romperse el cuerno) y 2º, más boyante el 3º y una chota el que hizo cuarto. Todos sin nada destacable en las entrañas. El 5º encastado de hechuras abundantes en carnes y el 6º manso, marrajo, con peligro. El sobrero de Hermanos Lozano inválido, anovillado y al uso anodino.

Una mención destacada merecen los toreros a caballo convertidos en toda la tarde en lanceros de competiciones atrabiliarias, y como siempre abundando en el espinazo trasero, en la descoyunta de esqueleto y en el desafío a la tortura animal.

Los banderilleros Jarocho y Víctor Manuel Martínez cubrieron el expediente muy pobre para las cuadrillas. 

Reportaje fotográfico de la tarde realizado por Paco Sanz


















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