Fotografía de Paco Sanz. 
En la imagen, Rafaelillo con el capote al cuarto saltillo de la tarde.

Plaza de toros de Las Ventas. Madrid, 2 de octubre de 2011
Toros de Adolfo Martín para Rafaelillo, Antonio Barrera y Serafín Marín

La espinita
Por Paz Domingo
Se sacó la espinita Adolfo Martín con esta corrida de toros que cierra prácticamente la temporada en Madrid y, de paso, también dejó espoleada a la afición para el año entrante. No estuvo presente el ganadero en la feria de mayo porque, al parecer, sus toros no daban el trapío necesario que requiere la plaza, cuando los animales que ayer iban desgranándose por la salida de chiqueros eran hermosos ejemplares, magníficos saltillos puros algunos, otros con genes ibarreños apreciables, otros de una poderosa planta capaz de provocar piropos a la antigua, igual a su estampa, y también algún otro que bajaba el ritmo altivo con hechuras más cómodas. Y allí estábamos inmersos en la gran fiesta de los toros, del poderío de sus condiciones y también de las dificultades para enfrentarse a unos toros de entrañas creíbles y resistentes al sometimiento.

Únicamente se presentaron dos circunstancias. La primera, la sabiduría de los animales en latín, más muchas otras materias de estudio, y que en este encaste sumado a la edad acumulada representa un avatar extremadamente complejo; y la segunda, es que se buscan hombres capaces del desafío. Apareció Rafaelillo como único combatiente acreditado, empalideciendo a sus otros dos compañeros, Barrera y Marín, ajenos en todo momento a la verdad del toreo, y eso que tuvieron posibilidades para ejecutarlo.

En la soledad del guerrero estará hoy Rafael preguntándose quién fue el que hizo los lotes de los saltillos, y a buen seguro que si se lo encuentra le va a decir unas cositas con recado incluido, porque el destino quiso que se bajaran en el mismo andén los dos enormes toros en poderío y un arrebatado hombre en pundonor, para protagonizar escenas de provocación en gallardía cuando, en los primeros instantes de la tarde, un desafiante cárdeno sembró el desconcierto con sus malas artes defensivas, que se llevó por delante al subalterno de la cuadrilla del diestro murciano, José Mora, propinándole una angustiosa paliza a base de derrotes, atropellos y hasta mordiscos.

Acto seguido, salió el lancero Antonio Muñoz que cogió por banda ancha al demonio con cornamenta retadora dejándole en los lomos traseros, en impropias tapaderas, en venganza con saña, tres palizas tundidoras de auténtico castigo. El animal acusaba el escarmiento, pero no bajaron sus humos de malhechor y siguió dando derrotes persiguiendo a la cuadrilla hasta las tablas. Mellinas dejó un par de banderillas en este trámite de complicada resolución y allá se fue Rafael, que a base de presentar el engaño, de ponerlo insistentemente con valor, hasta que el toro en su bronquedad llegara a tragarse algunos muletazos. Se acordó el animal de su propia maldición –encastada pero imposible al fin y al cabo- y sorteaba las probaturas valerosas del diestro. A una velocidad de crucero aprendía, pero Rafael porfiaba hasta que le dejó una estocada en lo alto que quedó bastante tendida. El altivo ejemplar se tragó la muerte con soberbia -si es que esto es posible definirlo así en la casta bovina-, y fue despedido como se le había recibido, con aplausos. Rafael confundió el gesto, trastocando toda su valerosa actuación en comediante, pues correteaba por el ruedo con espasmódicos movimientos de brazos animando al personal a pedir la oreja. Fracasó en su provocación, aunque consiguiera división de opiniones en los saludos desde el tercio.

Empezó lo bueno con la salida del que hizo cuarto en la lidia. El ejemplar parecía un corsario de siglos pretéritos, con dos garfios por pitones, con la cara alta, con lustrosa armadura, con imponente majestad. Y allí mismo Rafael de dio tres verónicas, una media de factura clásica, más una revolera en la cara del animal que quedó a medias bajo las pezuñas. También le dieron bajo los petos, de lo lindo, al estilo moderno, aunque se vislumbraba un pitón izquierdo con posibilidades. Brindó el diestro a una peña de chicos jóvenes que habían coreado ¡libertad, libertad! en el ecuador de la tarde. Mientras la montera volaba buscando las alturas de la andanada, Rafael intentaba el acercamiento a base de intentos, quizá para cerciorarse que con la izquierda era posible. Con algunas coladas de por medio, el torero se colocaba valerosamente, al mismo tiempo que se descubría en exceso, aprendiendo el animal de las artes lidiadoras los terrenos que le convenían. Cuando aguantaba Rafael con la muleta bien puesta en el desafío del cruce, el animal acompañaba con su peligro innato y con su casta definida; cuando después se la quitaba y enseñaba las cartas, el cárdeno ejemplar le arrebataba el sitio con listeza. En estas tremendas dificultades, en estos retos mayúsculos que imponía el toro de Adolfo Martín, Rafaelillo hizo lo que debía y es ofrecer una pelea con honestidad, en la medida de las posibilidades –las propias y también las bovinas- que quedaron muy por encima de las de sus compañeros en la terna.
 
Pero Rafael tira a lo grande el valor y a la baja el estoque, que cayó en un metisaca en el blandísimo costillar, ofreciendo al colosal animal la oportunidad de una muerte a cámara lenta con la emoción contenida de la casta de este poderoso encaste. Recogió la montera del tendido en un paseo que manifestaba airadamente su contrariedad lanzando puñetazos al aire, y de nuevo el tendido madrileño no se puso de acuerdo en el homenaje, e intercalaba pitos y aplausos al diestro murciano que saludaba en los medios. Cierto es que se Rafael lanzó al abismo la grandeza que había merecido en su valiente intervención pero, si se compara con Barrera y Marín, podríamos calificar sus faenas como colosales. 

El mejor lote fue para Barrera, tanto que era para hartarse a torear con dos ejemplares nobles. Con un toreo de abajo a arriba, con las distancias en las afueras, con el cite retrasado, con la colocación donde no debía, y con extraordinario sentido de imposibilidad. El temple que requería el segundo toro fue trastocado por carreritas hacia atrás y el sitio que pedía el quinto mutó en parón de muleta retrasada haciendo pico y escuadra. ¡Qué le vamos a hacer! Los suaves ejemplares se marcharon en el arrastre con palmas y con sus dos apéndices en el mismo lugar que recibieron al nacer. Obtuvo silencios Barrera, aunque lo que se merecía eran las verdades de pe a pa –del toreo se entiende-.

Tan descubierto de técnica anda Serafín Marín, muy popular como bien sabemos por los acontecimientos de su tierra catalana. Los picas del torero bien pueden emborronar currículos, porque más trasero es imposible picar, obteniendo el mérito de rajar el espinazo a los dos hermosos y bellísimos ejemplares cárdenos, sobre todo el que hizo sexto en la lidia, un saltillo puro, un tío de soberbia arboladura y descomunal trapío. Como decía uno que de castizo debía saber un rato: “de padre y muy señor mío”. Luego no fue para tanto, porque hasta tenía condiciones para humillar en el engaño y que terminó aburrido de tanto regate del Marín que pretendía el acompañamiento, que hizo muro porfiado, que aplicó tanta incapacidad técnica, que dejó muleta retrasada, tanto que fue un despilfarro de casta. Con el tercer animal fue lo mismo, es decir, la desesperación venía por la insolvencia torera. Ni más, ni menos. A buen seguro, en el día de hoy, algunos llegarán a decir que los animales que Adolfo Martín presentó al cierre de la Feria de Otoño no tenían un pase. ¡Ya! Que se den una vuelta por Marte, igual encuentran algo mejor, para variar.

Plaza de Las Ventas. Madrid, 2 de octubre de 2011
Presidente del festejo: Julio Martínez. Casi lleno.
Toros de Adolfo Martín: Muy bien presentados, aunque desiguales, algunos a punto de cumplir los seis años. De cabezas a la antigua, en la que destacaron el primero, cuarto y sexto. A todos les picaron de malas maneras, incluso aguantaron tres varas en los mismos riñones. Fuertes en general, y alguno flojo como el segundo. Hubo dos extremadamente dificultosos (1º y 4º), especialmente el 1º que parecía toreado. Encastados. Fueron nobles el 2º, 3º y 5º, y el 6º -de imponente trapío- que también concluyó con buenas formas en la muleta. Los cuatro se fueron inéditos de toreo. A algunos se les recibió con aplausos, y también algunos recibieron palmas en el arrastre. El 1º, manso encastado (que en este encaste tiene verdaderas dificultades) obtuvo división de opiniones en el ´recorrido final de las mulillas; 2º, noble, aunque flojo –aplaudido igualmente al final; 3º, noble encastado; 4º; complicado, con dificultad desafiante; 5º, noble, de trapío bonito, aunque salió con un crotal prendido, un horror imperdonable (el único); y el 6º, encastado, con muchas posibilidades en la muleta y que se fue inédito, con aplausos en el arrastre.

Rafaelillo: estocada bien ejecutada pero que quedó tendida; división de opiniones cuando saluda desde el tercio; metisaca en los blandos después de escuchar un aviso. Saludó desde el tercio, igualmente con división de opiniones.
Antonio Barrera: pinchazo, media baja y trasera y silencio; dos pinchazos, uno de ellos se quedo curiosamente prendido. El matador pidió permiso para apuntillarlo, una vez que el animal se había echado. Silencio.
Serafín Marín: pinchazo en el costillar que curiosamente no entro y mejor que no lo hiciera; estocada desprendida y quizá atravesada, más varios descabellos. Silencio; media tendida e insufrible rueda de peones (perfectamente sancionable por tratarse de ejemplo de libro de las aberraciones) y varios descabellos. Algunos pitos.

Parte médico de José Mora: Herida en tercio medio de la cara interna del muslo derecho con una trayectoria de 15 centímetros hacia adentro, que causa destrozos en aductores. Pronóstico; menos grave.

Algunos momentos de la emocionante tarde.













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