Plaza de toros de Azpeitia (Guipúzcoa). 31 de julio de 2010
Toros de Palha para los diestros Rafaelillo, Alberto Aguilar y Javier Cortés. Tercer festejo de la Feria de San Ignacio

Venimos para quedarnos
Por Paz Domingo
Joao Folque Mendoza, ganadero de las afamadas dehesas portuguesas de Palha, recorría el círculo interior del albero moreno de Azpeitia recibiendo los saludos y enhorabuenas de los aficionados y taurinos que le regalaban entre abrazos efusivos. Alcanzó al mayoral en la puerta de arrastre, que instantes previos había hecho lo propio, desde el centro del platillo. Ambos, se fundieron en esta cortesía. Y todo terminaba en el día de ayer como verdaderamente empezó, recibiendo un premio que la comisión taurina y el consistorio guipuzcoano local entregaron al ganadero por el buen juego del toro Peluquero, lidiado en estas tierras toreras el pasado año. 

Entre complicidad, entre corrillos apretados y espacios mínimos salíamos de la bombonera, avanzando lentamente a ritmo de pasacalles que la banda municipal lanzaba con sonora rotundidad. Y allí, íbamos, con caminar despacioso, llevando nuestra alma torera reconciliada con su pasión más hermosa. A Azpeitia llegamos para quedarnos. En Azpeitia se impone parada y fonda. En este singular rincón quiero recorrer sus verdes recovecos acariciando el Urola, fortaleciéndome en el magnífico templo ignaciano, aficionarme a las estrategias del juego de pelota, a pasear entre inmensos contrastes. Y en Azpeitia quiero estar cuando se den toros. Como los de ayer, por ejemplo. Una corrida en conjunto bien presentada, encastada y poderosa que pilló desprevenidos a los tres diestros, y a punto estuvo de mandar a los tres al hospital. Con Rafaelillo lo consiguieron. Con Alberto Aguilar lo intentaron consecuentemente y terminó la tarde magullado, conmocionado, como un guiñapo, con el traje lo más parecido a un mapa desplegado después de ser estrujado. Y Javier Cortés se escabulló como pudo, beneficiado en la colocación última del cartel. 

Traían los palhas ganas de pelea verdadera, de enfrentamiento consecuente, de toreros inmensos, de valentía sin tapujos, de sitio complicado, de muleta de peso, de piernas de acero. Se dejaron ver en su casta, en su apetencia de caballo, en su fortaleza descomunal, incluso también en algunos atisbos de feas querencias y en algunos pitones que quedaron abiertos. La historia estaba en jugársela en el sitio verdadero, apostar a la valentía, aguantar las boyantes y descomunales, espeluznantes, enormes embestidas y tragar mucho. Ni Rafaelilo lo consiguió, y eso que está acostumbrado a estas difíciles papeletas, y su equivocación le costó bastante cara, pues el primer toro le arrastro y arrolló cuando hacía la suerte definitiva provocándole una conmoción. Facultado por el médico, se dirigió al hospital más cercano para ser atendido de las contusiones. Y la complicada tarde de toros -del afamado ganadero en estas tierras- quedó en manos del pundonor de Alberto Aguilar que puso en su valentía toda la desmesura que no pudo suplir con técnica, hasta el extremo del riesgo desnudo, férreo, obstinado, numantino que se premió con la salida por la Puerta Grande. Eso sí, con muchos huesos doloridos, con revolcones vertiginosos, rozando la terrible cornada, con paso por la enfermería y con alma verdadera. Quedó Cortés sorteando como pudo a estos animales. Posiblemente él les incluiría entre la familia de los bicharracos, y tan peliaguda estaba la resolución del trance que dejó evidencia de mucha juventud, ausencia de poder, falta de pericia que acompaña, muchos alivios, manteos al aire, angustias de no saber qué hacer, de miles de intentos con el estoque, de salir como sea de este apuro. 

Toros de Palha: Bien presentados, encastados, de trapío, bien rematados, con pitones, aunque los tres últimos quedaron con algún pitón escobillado. El que hizo quinto sangraba ligeramente por un asta, pues había estado golpeando las paredes del recinto donde esperaba con golpes secos y rotundos. Parecían que venían peleones, pues en días previos se habían producido dos bajas de los toros titulares y que el ganadero repuso solícito a toda prisa. Se comenzó picando poco, como un puyazo único al primero que le costó a Rafaelillo (el diestro solicitó incomprensiblemente el cambio) una cogida dramática y dejando además a su cuadrilla expuesta al miedo, incompetencia e indefensión. Después todos aprendieron e intentaron hacer las cosas bien medidas debajo del peto, aunque no terminaran de enterarse, que también se dio el caso, y desde luego no lo ejecutaron, ni midieron, como se debía. Dos toros recibieron tres varas, uno una, y les resto dos, y aunque fueran puyas salvajes, los animales hubieran aguantado alguna más, perfecta y sobradamente. Casi todos fueron al peto, excepto el sexto que se dolía del hierro, y todos necesitaron mejor colocación. Entre evidencias de que los animales se quedaron crudos, con cabezas altas, ánimos muy enteros y boyantes fuerzas. Al cuarto toro que correspondió la lidia a Aguilar, se le premio con la vuelta al ruedo, merecida por su casta, triunfante acometida, boyante embestida, codicia, genio, que salió como una exhalación, pero que recibió dos puyas traseras sin emplearse de empuje a fondo. A otros dos ejemplares también se les despidió con aplausos. 

En definitiva, una gran corrida de toros encastados, grandes para un pueblo de afición desbordante, para los esfuerzos de una comisión taurina que se haría necesario imitar, para muchas almas toreras. 

Venimos, para quedarnos. 

Azpeita, 31 de julio de 2010. Casi lleno.
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