Feria de San Ignacio, Azpeitia (Guipúzcoa)

30 de julio de 2011. Primer festejo

 

El pase

Por Paz Domingo

Azpeitia tiene un pase. Un pase obligado por su fiesta, por su afición a los toros, por la belleza de su río Urola, por el deslumbramiento de sus valles ignacianos. Un lance torero como ninguno. Rotundo de plasticidad, de hondura, de conocimiento, de trayectoria segura, largo y emocionante. Azpeitia y sus toros constituyen un refugio seguro para reconfortar las almas. Allí, al abrigo de monte Izarraiz, es un buen lugar para recomponerse de las noticias decepcionantes que suelen darse por estas fechas. El año pasado, se hablaba de prohibiciones. Éste de trasferencias. Para algunos las vacaciones vienen con un pan debajo del brazo. Para otros, con un mamporro en el ánimo, en bolsillo y que no se entere nadie.
 
El estamento taurino ha dado un pase de los buenos, nunca más apropiado el término. Para recreo propio, porque para la Fiesta y su futuro inseguro, para la afición y sus amores no correspondidos, para la integridad del espectáculo y su sostenibilidad (léase progreso, según se dice ahora), el traspaso de competencias ministeriales es como si a un mulo enfermo, deforme, mal diagnosticado en su gravísima enfermedad y acostumbrado a miles de perrerías le endilgan una larga cambiada (pase torero muy vistoso sin llegar a ser definitivo de mando) en las afueras de las capacidades, sin remediar al desdichado animal de los males endémicos que le perforan la salud, para después conseguir rentabilidades propias en cortos plazos realizados en ventas de bonos basura a precio de oro.
 
El efecto sunami de tan desastrosa medida en estos momentos decisivos parece que es submarino, pues el oleaje descomunal no ha asomado por las ricas playas hawaianas ni por las cotidianas. Más bien se tiene la impresión que todo el mundo aficionado está pasando del intríngulis de semejante aberración política, evidentemente porque todos saben muy bien de qué va esto. Es decir, sin rodeos, han vendido muy caro una mercancía adulterada obteniendo unas ganancias desorbitadas. La derrama de tal trasferencia la seguirán pagando las mismas almas cándidas aunque para que sobreviva dicho animal que precisa de respiración asistida y posterior momificación. Un buen pase, no lo duden.
En esta locura todos sabemos qué medicina hay que aplicar. Aquí no hay ningún tonto. Espabilados muchos. Vividores, unos cuantos. Aficionados cada vez menos, además hartos ya de pagar. Así que buscan reducciones de impuestos y que les propinen la rica subvención.  Pero… volvamos al singular lance torero de Azpeitia, que es el que nos interesa.
 
Se inició Adolfo Martín con sus albaserrada en el ruedo coqueto de la bombonera centenaria. Muy bien presentados, casi todos muy parejos en hechuras y vueltas cornamentas, en pelajes y también en escasez de fuerzas. Flojos, flojísimos. Nobles, nobilísimos. Alguno manseaba. Otro parecía más rudo. Pero a todos les arañaron en los hermosos lomos cárdenos por una única vez. Ni sangraban. Perdían las manos, o las echaban hacia adelante. No empujaron con ímpetu. Se entregaron concienzudamente para que les dieran cuantos pases estuvieran dispuestos los diestros, siempre y cuando sus condiciones anatómicas bovinas se lo permitieran. Les dieron muchos, pero cuanto más repetían las bonachonas embestidas, menos transmitían y menos se toreaba, llegando a la conclusión que también era cuestión de pases.
 
Eduardo Gallo se llevó la sorpresa del primer animal repetidor, bondadoso, colaboracionista con los parejos, pero sin aguantar ni el hierro somero. En su segunda intervención, también quedó asombrado porque no pudo serenarse en tan fácil papeleta. Ni solucionarla. Ni centrarse, Ni pararse. No encontró sitio, y hasta la desubicación se la arrebataron. Medio pase, y medios pases a mansalva concluyeron en un golletazo a modo de metisaca, más un pinchazo y una estocada caída trasera en el saltillo que abrió plaza, que además tenía el honor de ser el primero del hierro anunciado que se lidiaba en esta tierra torera del norte. Después, Eduardo Gallo se dedicó al jugueteo con el inválido que hizo cuarto. Entre pasecitos de acompañamiento se puso a inflarse en los aires destemplados de su muleta, trasladando piruetas en horizontal, en vertical, sin venir a cuento, sin mandamientos certeros. Y se lo creyó –que es lo peor-, pues hizo alarde de lanzamiento de trastos entre arrebatos increíbles antes de dejar pinchazo y estocada de igual posicionamiento que en su anterior ejecución.
 
La soltura y empaque de Fandiño lo vimos levemente, pero algo vimos. Poco, pues los animales estaban para pocas credibilidades de sometimiento, condición que como ustedes saben es sobresaliente en este torero vasco y en sus excelentes momentos profesionales. En su primero demostró temperamento pues quiso darlo todo en la faena sobre un pitón izquierdo más creíble, más dificultoso y también casi imposible por la ausencia de empuje del animal. Eligió encontrarse el torero en esta tesitura, a pesar de que por la derecha estaba facilísimo de resolver el asunto. Sacó naturales largos, pero no ceñidos, ni rematados, pero hay que agradecerle que expusiera su torería –que le define- en la solución a enigmas y no a fastuosas aventuras insulsas. Se equivocó alargando la faena con unas manoletinas que ni efecto levantisco provocaron en el animal, así que, sobrepasado en las fuerzas inexistentes, tuvo que hacerlo todo en el encuentro decisivo. Dejó una estocada desprendida que le valió una oreja. En su pesado oponente que hizo quinto sacó algunos naturales, de uno en uno, a fuerza de ignorar las constantes llamadas a la mansedumbre del animal. No había más para Fandiño, y el torero cumplió con una estocada trasera y un descabello después de oír un aviso.   
 

David Mora tenía el ánimo del público, y quizá fue lo más sorprendente de la tarde. El torero revelación de la desastrosa temporada madrileña fue muy efectista a pesar de que dejaba muchos huecos, rectificaciones, terrenos en la línea divisoria que hace perfil, con abundantes enganchones y alargando los pases con dobleces de cintura y alargamientos de brazos. Se produjeron momentos de confusión. En su faena al primer toro también se iba creyendo que los pases sin cargazón de la suerte en las afueras le autorizaban a ser el patriarca inventor del arte muletero. Hizo parar la música con mucha decisión, circunstancia que muchos entendieron como un desaire, pues si algo es impresionante en esta plaza es el acompañamiento musical que se hace en cada uno de los tercios de la lidia. En el primero, un txistu. En el segundo, la dulzaina es la protagonista. En el último, la banda se arranca por pasodobles sencillamente porque así lo han hecho toda la vida los azpeitarras. Mora siguió con su toreo. El mismo. Dejó estocada casi entera atravesada, con rueda insistente de peones, y se pidió la oreja. En este frenesí (ni la mitad del los tendidos la pedía), la insistencia se recrudeció porque las mulillas pararon para dejar que el zorziko fúnebre sonara como también es de costumbre aquí a la muerte del tercer toro. Todo el mundo se pone en pie. A la vuelta de estos momentos de emoción, las mulillas tan hermosamente adornadas enfilaron sin miramientos llevando en sus vuelos el toro intacto al desolladero. Se ovacionó al torero. Se abroncó a la presidenta. Y David Mora conseguía convencer más a quienes le siguen y acentuar en la misma línea, pero al contrario, los que no hemos visto la rotundidad de su toreo. En su intervención última se mantuvo también alejado, acompañando someramente, enredando la embestida correosa del animal en parones sin mucho sentido, hasta el punto que tiró los trastos en el encuentro decisivo para dejar un pinchazo. Luego endilgó un bajonazo al grito de hombre de la selva. Se le reclamó a los medios para saludar, y algunos, quizá los que se preguntaban por qué tanta movida, protestaron por tantas atenciones sobredimensionadas al diestro.

 

Así pasamos por Azpeitia. Un pase obligado, y esperemos que sea por muchos años. Que las tentaciones no cedan a las modas endebles, que no bajen el listón de sus apetencias toristas, que no rehúyan los enfrentamientos poderosos con olas descomunales a pulmón libre, con hombría, con arrojo, a pecho descubierto, con la seguridad del triunfo, aunque sea en solitario y sin más ánimo que la propia afición.

 

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