Plaza de toros de Azpeitia (Guipúzcoa)
30 de julio de 2010

Toros de Dolores Aguirre para los diestros Morenito de Aranda, Iván Fandiño
y Miguel Ángel Delgado. Segundo festejo de la Feria de San Ignacio

Azpeitia y sus toros
Por Paz Domingo
Azpeitia y sus toros son así. De corazón torero, de singularidad entre tanta dimensión horizontal. Así de sencilla, de vibrante, de frescura verde, de esfuerzo grandioso. La coqueta bombonera aseguró a las almas toreras que buscan refugio entre tanta solemnidad estúpida de prohibiciones, entre tanto baratillo de saldo pordiosero en que han transformado la autenticidad de este espectáculo único y han devaluado hasta el límite la integridad y la riqueza inigualable que supone la esencia brava, una fiesta auténtica. Así, Azpeitia acogió en sus entrañas de arena morena, entre paredes de juego rotundo de rojo y blanco, entre aficionados esperanzados, un magnífico corridón de toros inmensos -en volumen y juego- que dejó perplejos a cuantos privilegiados nos encontramos en su excelsa protección.

No resultaría fácil para algunos ver a los imponentes atanasios que salieron al ruedo. Incluso dirán que fue una corrida dura, o que manseaban. Nada de eso. Todos los toros ofrecieron condiciones extraordinarias (para lo que abunda hoy) en la muleta, con nobleza, entrega, sin retorcimiento, incluso con bondad. Ya se sabe que los toros de este encaste infrecuente son de salida muy bronca, no ofrecen una clara pelea en el caballo, tardan en colocarse en situación, para después ir dejando fijeza en las suertes de banderillas y si hay alguien que les aguante el primer pase, de verdad, en el sitio, se entregan en la muleta al más generoso sometimiento.

Y salieron imponentes de estampa, de cabeza, de trapío, de musculatura desarrollada. Desconcertaron porque no entraron con claridad al caballo, aunque hubo tres ejemplares que ofrecieron una pelea sin recortes debajo del peto. Y estos animales de trasmisión asegurada, de poderío innato, de juego limpio, de belleza rotunda, de singularidad reconocible, se fueron inéditos al desolladero. Intactos de reducción, de enfrentamiento y de apéndices. Todo porque no hay lo que hay que tener, y que en el toreo consiste en aguantar un pase. Ninguno de los tres miembros abordó esta cuestión estratégica. Ninguno de los tres pudo soportar este impulso decisivo, y los tres –según condiciones particulares- estuvieron a la deriva de las rectificaciones, enganchones, distancias remotas, sitios en las afueras, mantazos a granel, desconcierto, carreras, estocadas infames, muertes indignas. Ninguno pudo cumplir con los requisitos mínimos para enfrentarse a un toro de lidia, y es bien seguro que casi todo el escalafón (tan descomunal en rotundidad numérica) sería incapaz de afrontarlo. Ustedes ya sacarán las conclusiones. Los aficionados que supieron ver lo que allí estaba pasando aplaudieron a los toros en el arrastre y les dijeron a los diestros cómo tenían que resolver la papeleta, aunque permanecían sordos y bien aferrados en sus trece, que más bien fueron cuatro: “aquí no pasará nada”.

Los círculos taurinos -tan dicharacheros en citas relumbrantes y tan cobardes para abordar la verdad y amor por su oficio-, asegurarán que los toros que vimos ayer pertenecen al género duro, y que en su lenguaje viene a traducirse como intoreables. Pues bien, ya les digo, que si alguno de los toreros que se enfrentaron a los imponentes toros encastados y poderosos de Dolores Aguirre hubiera aguantado un pase, allí mismo le llevamos flotando por la ribera del Urola hasta los límites del fin del mundo. Si hubieran metido al animal en muleta, sometido abajo y matado arriba volcándose, que aunque con dificultad -era evidente que se podía y se debía- pues les reconocemos dignos de acariciar el valle ignaciano, de surcar las aguas de tan palpitante camino, e igualmente acariciar las altas cimas.

Toros de Dolores Aguirre: Bien presentados, con trapío imponente, bien armados, con cabezas afianzadas (excepto el segundo), con un peso cercano muy posible a los seiscientos kilos, sobre todo los tres últimos, y más de la mitad de los ejemplares eran cinqueños. De juego muy bueno, encastados, nobles (hasta bondadosos) y todos llegaron a la muleta para ejecutar el toreo. Casi todos recibieron dos varas considerables (o descomunales) y algunos hasta tres, especialmente el último animal en salir a la plaza que deslumbró por su imponente porte en alzada, músculo y cabeza. Ninguno se cayó y a todos se les ejecutó unas lidias indecentes e inmerecidas- Igualmente, todos se fueron inéditos. Una pena.
Respecto a los toreros, les ahorro las explicaciones. Ninguno se merece nada destacable, entre otros motivos porque no lo realizaron. Lidiaron mal, no se enfrentaron de verdad y mataron a la usanza garrafal.

Plaza de toros de Azpeitia. 30 de julio de 2010. Más de media plaza.
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