Plaza de toros de La Caverina, Calasparra (Murcia), 3 de septiembre de 2010

Vigésima primera edición de la Feria del Arroz. Trofeo Espiga de plata.

Primera de abono. Novillos de Prieto de la Cal para los novilleros Martín Núñez, Jiménez Fortes y Conchi Ríos. Tres cuartos de plaza.

 

Los jaboneros y nuestra nostalgia

Por Paz Domingo

 

Esperaba Conchi Ríos la salida de su primer novillo con la cabeza hundida entre los hombros. Sin levantar la vista. La mirada al suelo. El pelo recogido en una trenza no abundante, iniciada y elaborada con remaches corrientes en rosa uno, en blanco otro. Las manos aguantaban la tensión de la tela, las piernas apenas contenían la tensión y la rotundidad del cuerpo. Aguantó mucho el recogimiento. El novillo se retrasaba. Los ánimos que venían del tendido rompían la abstracción. Salió Ligero con ímpetu, con casta y con más fuerza que sus congéneres. Quería caballo, y no pudimos verle en toda plenitud, pues la cuadrilla, desbordada en el desorden –también por la expectación que acompañaba a la novillera-, realizó una lidia penosa a base de mantazos con retorcimientos que enfadaron al público. El animal le quitó el sitio a la torera en los primeros lances, y aunque intentaba colocarse en terreno verdadero, incluso con genio, resultó que no aguantó ni un solo muletazo, abusando del paso atrás, de todas las dudas para parar y mandar. Volvió la cuadrilla a intervenir cuando Conchi intentaba desesperadamente el descabello, con artilugios envolventes y trapaceros, a pesar de las reprobaciones de la gente, y con esta indecisión e impotencia de la novillera se pudo ver cómo el animal se tragó la muerte resistiéndose al sometimiento final. Fue aplaudido en el arrastre, y los ánimos de los allegados de la torera murciana se fueron diluyendo, hasta provocar furibundas reacciones cuando en su segunda intervención dejó al novillo hermoso, de bella estampa, jabonero para más detalle, a merced de las varas toricidas, perpetrando con alevosía la suerte del deslome. No le perdonaron que olvidara su responsabilidad, que no es otra que dejar ver las condiciones del animal, de su potencial verdadero. Su inhibición le costó muy cara, tanta como una bronca en la que fue necesario la intervención de los agentes del orden del coso. Después de una brega horripilante, intentó la novillera dar algún pase. Imposible. Todo estaba sobrepasado. La expectación, las facultades, y las armas toricidas habían dado marcha atrás, y ya sin disimulo encajó una bronca merecida.

 

Al novillero sevillano Martín Núñez le toco el novillo que había despertado más atención por su comportamiento en el encierro matutino, incluso era el claro favorito entre los asistentes al sorteo por sus ademanes temperamentales, que templaba el mayoral con agua fresca proyectándola desde las alturas directamente sobre el testuz astracanado del hermoso ejemplar. Pronto se despejaron las impaciencias, pues fue el que abrió plaza y feria. No le sentaban bien los pitones que aportaba su presencia, seguramente no merecidos por su propia condición. Le dieron un puyazo, sin hacer gala de su soberbia desarrollada horas antes. Pidió el novillero cambio, y allí nos quedamos con la miel en los labios. Tenía su casta el animal, pero nada definitiva, y se quedó en nobletón, repetidor, colaboracionista, incluso bonachón, a pesar de las distancias erráticas que le administraba el joven matador, con fuerzas suficientes para soportar los abundantísimos pases y que ninguno resultó apropiado de distancia, ni de ajuste. Se puso Núñez encimista en las primeras tandas, desorientando al personal, agotando sin pausa las fuerzas del animal. Entonces decidió qué había que hacer: darle aire, citar de lejos, hacer probaturas con el pitón izquierdo que no le convenció, y confiado -en lo que creía que era ya la dominación- se quedaba descubierto a merced de la condición apocada del novillo, que aunque desorientado, tampoco era bobo, pues se llevó dos sustos el joven aspirante. Este novillero, confundido en las distancias, resultó muy habilidoso encontrando el rinconcito, y disfrutando de una oreja que casi nadie pidió.

Las medidas precisas administradas a un animal en las labores de la lidia quizá sea una de las cuestiones fundamentales en que se sienta el toreo. Esta intuición que se desencadena en el enfrentamiento, el mando y la templanza tiene que ser una asignatura para muchos aspirantes a toreros, para casi todo el escalafón y para qué no se nos olvide de qué va esto de dominar a un animal en un ruedo. Y Núñez necesita aprender todo esto con rapidez. Si se prodigó en la confusión de distancias en su primer novillo de condición encastada, al jabonero que hizo cuarto, flojísimo de los cuartos traseros, que no se cayó porque no se le picó y por la corpulencia del resto de extremidades -sin contar las protuberancias defensivas- el joven novillero sevillano no sabía por dónde debía acometer la faena de un soso, y repetidor novillo, muy al uso de las tontorronas embestidas que nos regalan en esos ruedos globales. Esta vez, el desorientado era el hombre, que no se cansó de entrar a matar, perder los trastos y hacer gestos incontables de contrariedad.

 

Jiménez Fortes parecía tener más seriedad en su estética y ejecución, sin sobresalir, pues las dudas y las indecisiones cuestan superarlas. A él le supuso enterarse en los últimos lances de su segundo novillo, y tan a gusto debió sentirse que dejó una faena desacoplada alargada en exceso. A este animal de condición noble, fuerte de salida, pero ahormado rápidamente con puyazos livianos, intentó distancias contradictorias, lances en las afueras, tiempos largos y muchas rectificaciones. Sin embargo, ensaya el torero más profundo, y debería recurrir a él, precisamente porque tiene gusto y una capacidad de temple muy interesante. Ya en su primer novillo demostró que sabe aguantar los nervios de manera elegante, que desarrolla temple, que intuye el sitio verdadero, pero le cuesta tirar, arrancar,  ejecutar y torear creyendo en esto mismo. Y en este segundo novillo de la tarde, jabonero, ambos, animal y torero, quedaron pronto apagadas sus ínfulas.

 

En fin, destellos de pura nostalgia. Añoranza de este encaste vazqueño que deja en la soledad del campo su singularidad genética, su rareza en pieza de museo, y su belleza en distinción hermosa. Y es que entre estos veraguas sobresalen los ejemplares de capa jabonera, con matices, con brillantez, con altanería. Esta distinción es la que nos impulsa a los aficionados, llamados por esta melancolía. Pero, sucede que este encaste, único ya en la cabaña brava, tiene un comportamiento extraño, complicado, difícil de resolver, complejo de entender, pues su bronquedad se mezcla habitualmente con algún atisbo de bravura. Así, quedamos decepcionados en Calasparra, pues la complicación que esperábamos, la expectación que sentíamos, la casta que intuíamos quedó diluida en la muestra de un ejemplar, y ninguno fue rotundo en bravura. Más bien resultaron nobletones, colaboracionistas buenos en las faenas sin rugosidad, de los aptos para ensayar el torero, pero no para afianzarlo. Con todo lo dicho, no fueron superados por los novilleros.
Todo puede ser una contradicción. Por ejemplo, ver a esta ganadería anunciada es un lujo por la expectación y la extrañeza, pero cuando se deja ver con frecuencia es posible pensar que se aprovecha más de lo que se debiera. De todas maneras, los aficionados seguiremos esperando su continuidad y a sus bellísimos ejemplares jaboneros.

 

Novillos de Prieto de la Cal. Bien presentados excepto por los pitones, la mayoría sospechosos de algún retoque. Salieron tres jaboneros y tres negros. En general resultaron sin complicaciones, nobletones, cómodos, a excepción del tercero que resultó encastado (aplaudido en el arrastre), y un sexto también encastado que resultó masacrado en la suerte del deslome toricida. No se emplearon con decisión en los caballos. Protagonizaron un encierro ajetreado, nervioso, en un recorrido de detalles trepidantes en el que hubo que lamentar dos cogidas, una de ellas grave.

 

Martín Núñez: estocada en el rinconcillo (oreja); dos pinchazos tirándose a los blandos, tres más, estocada casi entera trasera y desprendida perdiendo la muleta (silencio acompañado de gestos contrariados del novillero).

Jiménez Fortes: estocada caída contraria perdiendo la muleta, dos descabellos (saludos desde el tercio); dos pinchazos, pinchazo hondo y el novillo se echa sin necesidad de utilizar el descabello (silencio y algunos pitos).

Conchi Ríos: pinchazo, estocada caída rueda de peones, descabello –aviso- y algunos intentos de descabello, y optó por dejar ver cómo se tragaba la muerte (división de opiniones, pitos y saludos desde el tercio); seis pinchazos, un descabello (división entre el silencio y la bronca).

 

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