Las Ventas. 25 de abril de 2010

 

¡Que vienen los 'pablorromeros'!

Por Paz Domingo
 
Los aficionados nos divertimos. Y además, contemplamos entusiasmados que existe una posibilidad que retorne aquella esencia que atesoran los pablorromeros, y que ya dábamos por dilapidada. En dos décadas estuvo perdida la continuidad de este encaste singular -de más de cien años- que atesora en su secuencia genética un prodigio de sabiduría sobre la crianza y selección del ganado bravo. Cien años y se dice pronto. Pasando por todo. Por los buenos momentos, cuando se la disputaban las grandes figuras, y por los más amargos, como la urgencia de la venta que obligó a los propietarios a desprenderse de esta apuesta personal y familiar. Las últimas comparecencias de esta ganadería en Madrid -que se extienden en muchos años- fueron de ponerse a llorar desconsoladamente. Percibimos entonces cómo esta ganadería caía en el más profundo de los abismos, cómo sus bellos animales, trasformados incluso en su tipología, sucumbían a las modas devastadoras que imperan en los ruedos y que se definían en el  descastamiento, la flojedad espeluznante que les hacía desplomarse sin salvación. El más rotundo de los descréditos.

 

Después de la corrida de toros que presenciamos este domingo en Las Ventas se sabe que la sociedad agrícola que gestiona la continuidad de los pablorromeros está buscando una solución que pasa por la búsqueda de lo que se creía perdido. Dicen que quien tuvo, retuvo. Es posible, pero salvar del matadero a estos mamíferos tan especiales parecía tarea irrealizable. Pues bien, lo que presenciamos fue que aparecieron seis toros de tan extraordinaria presentación que a medida que salían por los chiqueros iba aumentando el entusiasmo, pues cada ejemplar superaba al anterior. Tíos soberbios, extraordinariamente hondos, profundos, de badana bamboleante, de desafío altivo, de cabeza imponente, de arboladura espectacular, de sabor antiguo, de presencia intimidatoria, de capas acardenadas hermosísimas, de rotundidad plena de emoción, de nobleza, de casta, de algún apunte de bravura, y también de mansedumbre. Todos habían cumplido los cinco años, algunos incluso sobradamente. Todos llenaron plenamente ese entusiasmo que compartimos y demandamos los aficionados como la esencia verdadera que debe aportar el genuino toro de lidia: la emoción que llene, que trasmita, que aporte, que rabie, que se deje ver, que luche, que despierte, que se oponga, que se deje querer. Y todos despejaron esta demanda, aunque no fuera por igual su comportamiento. Ninguno lo redondeó, pero lo que sí dejaron es constancia de la materia de que se debe contar para criar toros de lidia, pues consiste en dotarlos de esencia verdadera, en preservar su natural resistencia al sometimiento. Después, vendrá su peculiaridad, su genio, su índole.

 

Los seis impresionantes animales, de apellido pablorromero, salieron encastadísimos. Y dentro de su personalidad demostraron querer pelea, fijeza, desarrollo del sentido de los estudiantes enterados, aunque hubo también ramalazos importantes de mansedumbre. Pero ninguno fue tonto de solemnidad. Y ninguno se desparramó sobre destartaladas extremidades, aunque en algunos instantes parecía que la flojedad se manifestaba. Fueron al caballo no con el mismo ímpetu, pero la mayoría no eludió el compromiso. Dieron con maestros jinetes muy escuetos en sabiduría, bastante malos en puntería, y muy resabiados parecieron, pues no estaban por la labor de que les dejaran a los toros en la distancia adecuada, igual podían lanzarse como proyectiles, corriendo el riesgo de aparecer trasladados a los tendidos.

 

El peligro que tenían es que dejaban ver su casta. Tampoco hicieron los pablorromeros muchas cosas extrañas. Lo peculiar era su presencia. Ni por millonadas y millonadas se pondría uno delante de estos mamíferos tan desarrollados. Lo característico era su solemnidad. Y los tres hombres que estuvieron en el ruedo hicieron lo que pudieron, que fue bastante poco, pero al menos estaban allí, y precisamente por la millonésima parte de tantas millonadas que pudieran ofrecer a cualquier figura del momento, y no digamos lo que se ofertaría a cualquier hombre o mujer de este mundo por retar a estos animales. Los tres hombres que se llaman José Calvo, Fernando Cruz y Álvaro Ortega vinieron a Madrid muy poco placeados, con apenas tres paseíllos en la pasada temporada. Esto se nota. Es inevitable. Simplemente no pudieron. Parece irremediable que la tarde de ayer sea un antes y un después en su vida torera. Incluso definitoria. A pesar de todo, estuvieron, bien merece reconocérselo. Si algo se les puede exigir en estas circunstancias es que al menos dejen ver los toros, y al respecto tampoco hay mucho que reprocharles.

 

Lo que aconteció de manera muy interesante en esta tarde es el desarrollo del festejo. El juicio sobre los protagonistas habitualmente se explica en la ficha, que se coloca al principio, o al final, de la crónica y, como es lo verdaderamente importante, paso a detallárselo.

 

Primer toro. Lidiado por Álvaro Ortega, que confirmaba alternativa. Hermoso de presencia. Muy flojo de salida. Muy alarmante era su situación de los cuartos traseros. Derribó estrepitosamente al caballo. Resultó noble, encastado, repetidor, codicioso en las embestidas, que fue aprendiendo poco a poco ante un matador que intentó el sitio pero no colaboró en el dominio. Al final no se cayó. Se vio un pinchazo y una estocada algo desprendida. Gustó el toro y se llevó palmas en el arrastre. Silencio al maestro.

 

Segundo toro. Lidiado por José Calvo. Sorprendió su carácter bravo, en dos arrancadas al caballo y empujando. La primera más impetuosa. Se llevó dos puyazos solemnes, pero traseros. Comenzó cabeceando mucho, pero enseguida buscaba acoplamiento metiendo la cabeza en el trapo. Noble, cien por cien. El matador -que manejaba las poderosas y ágiles embestidas sin mando, sin decisión en los terrenos, y sin mucha claridad de en el temple-, dejó muchos enganchones y muchas dudas. En definitiva, quedó Calvo en evidencia, pues no supo aprovechar la gran oportunidad que se le ofrecía en bandeja. Se despidió al animal con entusiasmados aplausos en el arrastre. El matador tuvo el detalle de esperar con gallardía torera la resistencia del animal a la muerte. Después se retiró a la enfermería con evidente cojera.  Previamente el matador escuchó un aviso y dejó una estocada caída. Más silencio al director de lidia, que pasó a la enfermería, de la cual no salió hasta el final de la tarde.

 

Tercer toro. Manso de salida, de principio y de fin, de todas las suertes y hasta del arrastre. Se llevó por delante al picador con sus bravuconadas, y a punto estuvo de consumar el asesinato del jamelgo. Se quedó entero y verdadero para los tercios siguientes. Hubiera necesitado una vara más. En banderillas esperaba peligrosamente en la querencia de las tablas. A pesar de su ninguna condición de toro bravo, hay que decir que recibió una lidia bastante mala. El encargado de superar este trance fue Fernando Cruz, que intentó desesperadamente sacar al toro de esta propensión. Pero resultó tarea inútil. Como también parecía insuperable que le diera muerte, pues el animal no contribuía a la ejecución. Necesitó cuatro pinchazos, algunas palmas de tango, un intento más que rebotó, una estocada casi entera atravesada, un aviso, un descabello y la intervención feísima de los peones haciendo la rueda. Mucho silencio.

 

Cuarto toro. Sexto en el orden de la tarde, lidiado por Ortega, pues Calvo no había salido de la enfermería, corriendo turno de matador y de res. Manso de salida y picado en el caballo contrario. Debajo del peto del jamelgo reglamentario le dieron de lo lindo. Ya se sabe. La puya atrás. La mano que retuerce. La palanca que actúa. Tampoco recibió buenas clases correctoras para su conducta afeada, pero resultó ser listo y aprender deprisa. Aún así, llegó a la muleta con casta evidente, con clase para intentar el dominio, con sangre para la pelea. Pero Ortega desaprovechó de nuevo la oportunidad. Tiró de péndulo para convertir la faena en puramente mecánica y encimista, para después no sacar nada en claro. Sin intentarlo de verdad. Pasó apuros para colocar al animal en su muerte. Cuando ya se confió, dejó dos pinchazos, una estocada tendida y escuchó un aviso. Silencio.

 

Quinto toro. Salió un ejemplar impresionante. De caja descomunal. El imponente animal se quedó tan sorprendido como el público que le jaleaba, pues miraba altanero al tendido recreándose en los piropos trasformados en ovación. De hondura apabullante, de acardenada brillantez, se soberbia alzada. Se arrancó al caballo sin pensarlo. La gente quería más y mejor. Pedía a gritos la distancia decisiva. Y con toda la razón, pues queríamos recrearnos en la suerte, aunque esta vez la segunda arrancada tuvo poco ánimo. También contribuyó que el maestro jinete hizo rematadamente mal dicha suerte. El animal manifestaba nobleza, metía la cabeza. No nos dejaron ver su verdadera condición bajo en peto, ni en las banderillas. Le costaba humillar, pero metía la cabeza. Y Fernando Cruz no rentabilizó la nobleza, la trasmisión y la seducción de este hermoso ejemplar. Lo intentó, pues sacó algunos buenos muletazos. Terminó sin una idea clara de las distancias que necesitaba el animal y con el parón al natural. Después de escuchar el primer aviso, dejó un pinchazo, una estocada casi entera pero atravesada y un descabello después de una desnaturalizada rueda de peones cansina. Tuvo el tiempo justo de escuchar el segundo aviso. Le obsequiaron con silencio. Y al toro con muchos aplausos en el arrastre.

 

Sexto toro. Salió Calvo de la enfermería a tiempo para recibir a este animal, que si ya los anteriores eran soberbios de presencia, éste era algo así como descomunal. ¡Menuda impresión! ¡Menuda cabeza! ¡Menudo tío! Metía celosamente la cabeza en el capote de Calvo, y de pronto, con la máxima celeridad abandonó al maestro, volvió su largura de un brinco espectacular, enfiló las tablas del tendido nueve, donde se mueven todos los ayudas de campo de los diestros, además de apoderados, fotógrafos, gentes de trasiego taurino, y miles de bultos, para realizar un salto espectacular, caer estrepitosamente sobre aparejos miles, y dar un susto de infarto a todo el que vio venir semejante locomotora voladora de más de seiscientos kilos. El toro salió cambiado de tan peligrosa aventura, pues la costalada le pasó factura y le dejó lesiones en una pezuña. Pero metía la cabeza con decisión, con gusto, con ganas. Y no fue el único afectado, pues el matador también daba síntomas de baja forma. Al noble animal se le realizó una lidia desastrosa. Defraudó en varas y se creció en banderillas. Pero Calvo parecía que arrancaba muletazos buenos, cuando el verdadero arte ejecutor fue para la nobleza y la casta del toro. Dejó muchos enganchones, algún natural deslavazado, mucha asfixia en las distancias, aguantó imprudencias que le comprometieron, pero que a la gente le gustaron. Le dieron una ovación, quizá por su arriesgada entrega. Consiguió una estocada caída contraria, perdiendo la muleta, un aviso, más tres descabellos. Tras la cuarta ovación en el arrastre a un toro en esta tarde de la reaparición de los pablorromeros, saludó desde el tercio y nos fuimos todos bien contentos, pensando que hasta es posible la regeneración de la Fiesta. Hasta es posible.

 

Las Ventas. 25 de abril de 2010

Corrida de toros de la ganadería de Partido de Resina para José Calvo, Fernando Cruz y Álvaro Ortega. Presidente: César Gómez.

No llegó a un cuarto de entrada. Tarde más que primaveral.  

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