Las Ventas. Madrid. 18 de abril de 2010
Novillada suspendida
Estaban anunciadas reses de Conde de Mayalde para los novilleros Francisco Pajares, Pedro Marín y Pablo Lechuga.
 
A la ocasión la pintan calva. Y no llovía
La suspensión de la novillada es un escándalo, como para no volver jamás de los jamases
 
Por Paz Domingo
Se suspende la novillada en Las Ventas sin justificación, escenificando una retirada alegando consecuencias derivadas del mal tiempo, cuando no cayó una gota en toda la tarde. La verdad de esta triste complicidad indecente entre el presidente, Manuel Muñoz Infante, y el empresario, Manuel Martínez Uranga, era el poco taquillaje que se había vendido. Pero ya estaba todo preparado -cuando se abrieron las puertas de la plaza- pues se disponía de personal bajo mínimos (muy por debajo) para atender al público asistente, que reitero era muy poco. Y traslado a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, como responsable última de la competencia que tiene sobre la plaza de Madrid –la más importante del mundo dicen- que abra un expediente, que se interese por responder ante este atropello, que tome cartas en este asunto, que limpie tanta indecencia en actuaciones de esta naturaleza indeseable –como la de esta tarde nefasta-, que exija a los actuales gestores responsabilidades por estratagemas tan perjudiciales para el crédito que debería ostentar la primera plaza en importancia del orbe taurino. Espero que lo haga. Por los aficionados que cada vez son menos, pues están cansados y escarmentados por tantos atropellos y tanta desvergüenza. Por los que puedan creer que a usted le interesa de verdad la Fiesta de los toros, su continuidad y su desarrollo. Por la integridad y la no especulación de los gestores a los que se les confía la administración de la plaza, porque no deberíamos pensar que sólo a la Presidenta le interesa el canon económico del arrendamiento del coso. Por la autenticidad de este espectáculo tan necesitado de verdad, de decisiones inteligentes, de responsables con ganas de trabajar en el fortalecimiento de la legitimidad. Por el respeto, sin más.

 

Esta suspensión es un escándalo. Es una engañifa con todo el descaro que se imagine, con toda la plenitud que se puede dar una estafa, con toda la dimensión de la cara más dura de cuantos habitan en la indecencia.  La novillada de Las Ventas se suspendió, según explicaron por las inclemencias del tiempo, el ruedo impracticable, y la consulta oportuna a los novilleros que protagonizaban el festejo. Resulta que las motivaciones para la suspensión –que no dijeron nada de aplazamiento- son otras muy diferentes. No caía ni una gota, estaba nublado, es cierto. Había llovido abundantemente durante la mañana de este domingo de temperatura tibia. La lluvia ni apareció en toda la tarde. Ni se asomó.

Aunque las cosas empezaron a resultar demasiado extrañas desde el principio. Las taquillas ya estaban con las colas de últimos minutos, pero no llegaban a ser las de otras tardes. El despiste venía después. Entrar en la plaza, esta vez sin parapetos a los repartidores del programa de mano -exclusivos de esta temporada-, sin bares abiertos, sin vendedores de de almohadillas en plantas superiores (en las inferiores estaban contadas), un universo desangelado y desatendido. Entrar a los asientos, y encontrar la presidencia vacía, ya hacía presagiar -sin ser muy listo- la que estaban preparando los señores empresarios de la plaza de Madrid, auspiciados y parapetados por la autoridad del festejo, el presidente Manuel Muñoz Infante, que ni tuvo la decencia de dejarse ver por el palco. Con todo lo dicho, quiero enfatizar la triste idea de que ya se había dispuesto la suspensión mucho antes, lo que agrava aún más las actuaciones de los responsables, que mantuvieron abiertas las taquillas a hasta las seis y cinco de la tarde.

 

Y todos prepararon bastante bien la estratagema. Tan bien que deberían exportarlo a otros festejos estelares cuando los nubarrones amenacen desde bien temprano las finas entretelas de algunas tardes que protagonizan algún que otro personaje indomable en carteles de renombre. Estuvieron vendiendo entradas hasta el último minuto. Soy testigo de esta artimaña, pues salí de la taquilla con la entrada que acababa de comprar a las seis y un minuto, y al tiempo de entrar, el público ya exigía el inicio del espectáculo ante una autoridad que no apareció por el palco presidencial. Las seis y un minuto. Pasados unos segundos ya anunciaban con urgencia la suspensión del festejo, cuando se supone que esta deliberación lleva un buen rato, pues se realizan consultas por parte del presidente al delegado, a todos los participantes del espectáculo y al empresario de la plaza. De nada sirvieron las protestas, los enfados y las palmas de tango de los presentes. O sea, que ya llevaban urdiendo esta engañifa un buen rato, aunque la decisión es evidente que ya estaba tomada, precisamente por la orquestación en la infraestructura bajo mínimos que acabo de relatar. Abrieron para cubrirse las espaldas de algo ya urdido de ante mano. Un descaro palpable, escandaloso, evidente, especulativo y vergonzante.

 

Porque, ¿cuántos tardes del ciclo isidril se han suspendido aunque estuviera jarreando agua para ahogarnos allí mismo? ¿Cuántas ocasiones para suspender se manifiestan en estos espectáculos de tronío para estar justificadas la drástica decisión de mandar a todo el mundo a la calle? ¿Cuántas veces hemos sido conscientes del los riesgos verdaderos que existían en el ruedo que lo hacían peligrosísimo, impracticable, inservible y con riesgo verdadero de ocurrir una desgracia? Entonces, no se suspendió ninguna. Ninguna. Que lo sepan aquellos que tienen dudas. Ninguna, señores. Y podemos hacer acopio de memoria. Como, por ejemplo, la tarde de Curro Vázquez, aquella que se quitó las zapatillas en el universo de barro que le rodeaba, y arrastraba con su gran y pesadísima muleta ríos de agua; o aquella -única y redonda faena en Madrid- de Finito de Córdoba inmerso en una cortina de agua que daban ganas de ponerse con gusto una escafandra, o aquella tarde que se aplazó veinte minutos el primer festejo de la Feria primaveral, cuando a las siete en punto cayó el mar sobre el albero de Las Ventas, cuando ni los desagües ni drenajes daban abasto a desplazar la lluvia torrencial.

 

Entonces estaba la plaza llena, a rebosar. Hoy no había ni mil personas en los tendidos. Entonces devolver la entrada suponía una ruina más que considerable, e importaba más el dinerito que se perdía que el riesgo a asumir una desgracia. Hoy, reembolsar el taquillaje era muy fácil: dos o tres horas de chaparrón y alguno se irá sin pedir el importe, porque la devolución se hacía con cuentagotas. Entonces, en el panorama taurino se podía encontrar algún valiente que hiciera frente al despropósito de continuar con el festejo en condiciones insuperables. Pero hoy los novilleros no pueden oponerse a nada. A los primeros son capaces de hacerles la pascua, pues quedan vetados (para que escarmienten) para el año siguiente. Que se lo pregunten a Esplá, que sabe mucho de cómo se las gastan los empresarios altaneros. En aquella ocasión, cuando el matador se negó como maestro de lidia a salir al ruedo por las condiciones impracticables del piso, arrastrando a sus compañeros de terna, y celebrando el festejo otro día, le costó más que un disgusto. Aquella decisión muy arriesgada de Esplá le supuso no volver la temporada siguiente a Madrid. Así las gastan los empresarios, cuando pueden, que -como se ve- es cuando se empeñan. Hoy los jóvenes novilleros no pueden ni rechistar, pues son conscientes de que se les carga de culpa, y quizá puedan ser incluidos en los carteles para otra ocasión.

 

Mi gran amigo y compañero de tendido durante muchas tardes, algunas de soberbios chaparrones de agua indescriptibles, recordaba tiempos remotos donde si caía algún aguacero en el tiempo en que se efectuaba el sorteo se decidía suspenderlo, y a continuación se avisaba en la radio de tal eventualidad. O aquel Juan Belmonte, cuando se negó a torear con “inclemencias del tiempo”, y al año siguiente le intentaron vetar, aunque fracasaron en el intento, pues sus propios compañeros –Joselito el primero- se negaron a protagonizar temporada si Juan no estaba. Eran otros tiempos, querido amigo. Eran tiempos para hombres honorables.

 

Ustedes oirán muchas excusas. Tales como que cuesta dinerito abrir simplemente las puertas, que cómo van a ser capaces de hacer la trampa y tantas excusas increíbles. Pues, parece que hay un seguro para accidentes suspensivos que cubrirían los gastos de una suspensión en caso de que se produjera, y por lo tanto, ganancias incluso presumiblemente más considerables de tener en cuenta que el mismo taquillaje. Por cierto, este festejo cuenta como uno más, y por tanto hace bulto en este tremebundo cómputo de festejos comprometidos por los pliegos de adjudicaciones. Y además, se supone que tampoco estarán obligados a pagar el impuesto revolucionario que impone la Mesa del Toro, este organigrama triunfante de la flor y nata del taurinismo oficial, que cobra a sus representados para organizarse y defenderse de lo que consideran las agresiones que sufre la Fiesta. Algo así como que a la ocasión la pintan calva.
El colmo de los colmos, resultó que la suspensión del festejo, anunciado así por la megafonía, resultó que se aplazaba para el mes de junio. Así lo aseguraba la página web de Las Ventas, cuando estuvo más de cuatro horas sin noticia alguna, ni explicación –por supuesto- de la no realización del espectáculo. Se protestó y mucho por parte de los burlados asistentes. Seguirá el cabreo, con toda la razón. Dio y dará igual. Creo, que esta desvergüenza es para no volver jamás de los jamases. Habrá que ir tomando medidas al respecto. ¿No les parece?

 

Muy deprisa va gestándose el final de este espectacular mundo de los toros. Poco a poco nos quedamos sin fuerza para superarlo.

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