Las Ventas. Madrid. Novillada. 11 de abril de 2010

 

Los tiempos justos y tonterías las precisas

 
Por Paz Domingo
Los aficionados están sobresaltados y no les falta razón. Su angustia no se refiere solamente a la decadencia de la Fiesta, que ya de por sí es lo bastante elocuente como para no volver más a pisar ruedo alguno. Tiene que ver con la gestión tan descarada que se está haciendo del evidente desastre, de su insoportable exuberancia, de su desvirtuada esencia. Lejos de proponer cordura, buenas intenciones y propósitos de enmienda, los encargados de poner en marcha el funcionamiento del reloj insisten en que el mecanismo está en perfecto estado, se muestran incapaces de admitir que se retrasa, atesoran salero para venderlo con todas las taras, y aseguran que es el futuro en sincronización perfecta. Uno de estos papeles estelares lo protagoniza el director del Centro de Estudios Taurinos de la Comunidad de Madrid, José Pedro Gómez Ballesteros, que no se cansa de repetir -en las declaraciones que hace últimamente de manera copiosa- que la próxima feria de San Isidro y las otras dos –que le preceden y suceden- son gloria bendita, que es “la Feria que quieren los aficionados” y que los carteles fueron aprobados “por unanimidad” por parte del órgano que preside.
 

Y a estos sufridos aficionados, que ya están pasando por taquilla para retirar el abono, (de pagar a buen precio el bodrio de Feria que han diseñado y consentido estos administradores) se los llevan los demonios. Con toda la razón. Y tienen unas ganas inmensas de echarse a la cara al susodicho director para soltarle unas cuantas cosas, que cuando le adivinan en el callejón de la plaza, ya le recuerdan su parecer sobre los festivos carteles que tendrán que disfrutar. Por ejemplo, sucedió un día como el que nos ocupa. Además de otros, que ya vendrán.

Y lo más asombroso es que da todo igual. Lo más rocambolesco es que quien paga no tenga derecho a protestar. Lo más infernal es que organicen la que organicen -quien está haciendo negocio para organizar-, que se consienta esta atronadora programación tan malísima (sin intuición, sin contenido, sin ganado potable, sin aliciente, sin rugosidad, sin interés, sin espectáculo, sin ganas de resolverlo decentemente), y encima que no se asuma la responsabilidad por tanto despropósito en los tiempos que corren.
 

Los tiempos corren. Es evidente. Los tiempos hacen justicia. Ya lo creo. La ecuanimidad se resuelve en la reciprocidad, y desde luego la sutileza antisistema no estará en los debates parlamentarios, ni en los tronos de los políticos. Se circunscribe con toda exactitud a las mismas entrañas, tan dañadas que se hace imposible su recuperación, tan carcomida su columna vertebral que se tambalea peligrosamente su impreciso cuerpo.

La tauromaquia está hecha de tiempos justos, de reglamentación exclusiva, de terrenos certeros, de arte elevado, de esencia verdadera, de pasión ponderada, de devaluación cero, de tonterías las precisas. Es decir, de tonterías nada de nada. No pidan señores administradores respeto por esta falsificación y tanta desvergüenza como gastan, porque el atropello a la afición (a su integridad emocional, a su buena voluntad, a su deseo de disfrutar, a su preciado tiempo, y a su bolsillo) es una circunstancia por la que deberían responder, aunque sea por elegancia. No se ofendan tanto porque no sepan encajar las críticas. ¿Qué esperaban, que les dijeran bonitos?
 
Pero el mundo parece lleno de nuevos napoleones que proliferan como setas, y la mayoría tan peligrosos como el original. Esos personajes que ponen sus ojitos codiciosos en las estepas rusas, más allá de las praderas europeas. Y que uno
-despistado y bonachón personaje de un lugar cualquiera- sin comerlo ni beberlo, ¡zas!, se da de bruces con unos cuantos. Por allí se dejaron ver algunos en esta deliciosa tarde casi veraniega. Sin ir más lejos, Román Marcos, que se hace llamar faraónicamente El Pela, y él sabrá por qué. Pues bien, este novillero de trayectoria irregular, aunque muy sonora y rápida, ha sido capaz de concentrar en un solo año todo su rocambolesco currículo torero. Resulta que ganó el certamen oportunista de Vistalegre, y al año siguiente debuta con picadores, consigue que todo el mundo hable de él, que algunos le tengan por un visionario taurómaco, da una vuelta al ruedo en las nocturnas de Las Ventas y cuando vuelve en la feria otoñal madrileña no es capaz más que de cortarse la coleta (él mismo), en un arrebato teatrero, dejando evidentemente notables muestras de sus modales en genio y figura. Pues así le creíamos, implicándose (como dicen los muy chic) en otras facetas de la vida. Pero allí lo teníamos, allí le soltaron, sin arte que le sustente, sin técnica que enseñe, sin gracia que lo justifique, y jugando al despiste, al humor negro del destino, en un maestro de lidia que tampoco tiene ni idea de los tiempos justos, ni del decoro, ni de la vergüenza torera porque ni fijó a los animales en la adecuada distancia en el caballo, ni falta que le hacía para lo que pretendía ejecutar. Bailar, chillar, corretear y destartalar a sus novillos lo hizo de maravilla. Dio una soberbia lección de la suerte de matar a paso de banderillas para perpetrar estupendamente el superior acuchillamiento por las bajas angosturas, acompañada de infames ruedas de peones. Provocó el delirio en masa ninguna, dejando en el ruedo un reguero de sangre (del toro después de una muerte desgarradora) que hicieron falta dos esportones de tierra para retirarla.  
 
Tanto se lo creyó El Pela que se puso bonapartista aflamencado y al escuchar las palmas de tango se aproximó decidido al tendido que le jaleaba, les hizo una reverencia, se daba golpes de pecho con el puño cerrado, y con la sonrisa les aventuraba la entrega de un corazón conquistado. ¡Anda, vete por ahí!, le dijeron unos cuantos. Claro, que el maestro incomprendido quería decir que se iba sin orejas, pero que la madre de todas las Rusias esperara. Vamos, que se la iba a comer cruda. Nadie le entendió. Ni él mismo. Y como es de costumbre, a los que le tenemos que sufrir no tenemos derecho más que a mostar la pataleta. Debemos callar. Vamos, que estamos para lo que estamos: para no protestar, y punto.
 
Hablando de puntos, uno negro se fijó en la vida de Ignacio González, que es novillero y de Córdoba. Pues va y le sale por chiqueros el animal de su vida, incluso para llevárselo al altar. Se fue el novillo al caballo él solo, embistió sin descanso, derramaba nobleza repetidora, era muy rápido y espabilado, admitía todos los terrenos, ni se vencía ni hacía extraños, desgranaba recorrido incesante, humillaba todo lo que le dejaban y más, se colocaba en la suerte, y rectificaba al maestro. Y va el chaval y no le baja la mano. Un fracaso, señores, porque todo lo que no fuera cortarle las orejas a este novillo era un fracaso. Hasta él mismo se dio cuenta, pues cuando salió para lidiar a su segundo animal se le veía tan afligido que hasta abandonó a su suerte cualquier posibilidad de recomponer aquel vacío. El novillo tenía algo de nobleza, aunque presunta, pues prácticamente se fue inédito, ya que la lidia al uso moderno acabó con él. González por su parte agotó los tiempos muertos del aburrimiento con medios pases, y alguna que otra silueta en jarras. Dejó una estocada de libro, de esas de “rodar sin puntilla”. Un gran acierto que no podrá borrar el punto negro que le salió por chiqueros una tarde abrileña.
 

Gómez del Pilar, nuevo en esta plaza –decía el programa de mano-, se pasó la tarde entre el desconcierto que le provocó el mansurrón tercer novillo, y el apretón del parón sin venir a cuento (en su segunda actuación) salvo para sus réditos ilusorios, pues el arrimón –eso sí muy valiente- le disparó a los tendidos, y éstos le regalaron una oreja. Su primer novillo tenía muchos defectos que corregir. Pero hoy en día esto sí que es un despropósito. Más que enderezar, es reventar cualquier posibilidad, con deslomes generalizados en el tercio de los jinetes inciertos en puntería. Después, los que son de condición avispada, como este novillo, aprenden dónde está el bulto, además de malas artes, convirtiendo la técnica trascendental de una buena lidia en los subterfugios más horripilantes de todos cuantos haya. Y resultó Gómez demasiado verde para tanto trabajo que requiere oficio. Incluso, parecía incomprensible que se empeñara decididamente a usar naturales cuando sus inseguros movimientos hacían obligado el sometimiento primero. Al último novillo también le dieron de lo lindo. Y mucho. Pero el joven maestro tenía preparado el repertorio. Con pases tan arrebatados como bruscos tiraba de muleta en varios tiempos.  Es decir, dejaba arreones y no muletazos buenos. El público confundió la desesperación con la valentía, la imposibilidad con la osadía, y le regalaron el triunfo. Se despidió de la tarde con un arrodillamiento exhibicionista en la cara del toro después de dejar media estocada muy efectiva.   

Tras tantos napoleones que suceden y ruedan por este mundo, es momento de preguntarse ¿cuántos Waterllos hay que improvisar por metro cuadrado? Les aconsejo que se lo cuestionen en la intimidad, no vaya a ser que les confundan con seres con derecho a pagar pero no a protestar. Tengan cuidado, que además les mandan callar. ¡Uf! ¡Con lo mal que sienta!

 

Plaza de toros de Las Ventas. Madrid

11 de abril de 2010

Presidente: Trinidad López-Pastor

Apenas un cuarto de entrada.

 

Novillos de Fidel San Román: Bien presentados, con pitones, cuajados, casi toros por peso y hechuras. Fueron al caballo, y les propinaron desastrosos puyazos por intensidad y falta de puntería. Con nobleza y casta justas. Extraordinario fue el 2º (ovacionado en el arrastre), noble el 1º, manso el 3º, y 4º, 5º y 6º con casta pero de nobleza más incierta. El 1º flojo, fue protestado. A todos les realizaron una lidia penosa.

Román Marcos, El Pela: media travesada a paso de banderillas, rueda de peones, 3 descabellos, -aviso-, 3 descabellos más, quedó desarmado y una vez tocado el novillo en esta suerte ejecutoria, necesitó otros tres descabellos en la últimas desesperadas intentonas, (pitos); un pinchazo a paso de banderillas con pretensiones de acuchillar con alevosía, dos pinchazos más con igual decoro, bajonazo, rueda de peones (pitos y bronca).

Ignacio González: dos pinchazos, aviso, 1 pinchazo más, estocada desprendida (silencio); un pinchazo, estocada que hace rodar espectacularmente al toro (palmas).

Gómez del Pilar: estocada casi entera delantera y perpendicular, dos descabellos, (palmas tímidas y saludos desde el tercio que provocaron una bronca); media estocada en su sitio (oreja).

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