Jesús Manuel, El Cid, fue volteado aparatosamente por el cuarto toro de la tarde sin consecuencias graves.
Fotografía de Paco Sanz.
 
Plaza de toros de Las Ventas. Madrid

Segundo festejo de la Feria de Otoño.

1 de octubre de 2010

 

El toreo blanco

Por Paz Domingo

Los ideólogos de los momentos actuales son geniales. Consiguen con los mínimos recursos, y con todas las tecnológicas artes, inventarse cosas baladíes, insípidas irrelevantes para contextualizar una sociedad del mismo tipo y condición, y además hacer tratados sobre el tema que exportan sin reparos ni vergüenzas. Así, anunciaron la televisión ‘blanca’, la que inunda con gran optimismo y mensajes reconfortantes como claves para el éxito en la actual programación. No me digan que no son unos fenómenos. Claro, que se quedaron un poco cortos, porque como no van a los toros, no saben lo es tomar la tesis intranscendente, manosearla como oro líquido, venderla como el antídoto contra el cáncer, difuminarla hasta hacer irreconocible su esencia, potenciarla a base de fuertes contrastes, insistir en el agotamiento y tirarla a la basura sin contemplaciones cuando la audiencia flojee.  Esta es la Fiesta que tenemos. La Fiesta blanca, inundada de vulgaridad, aquejada de decadencia, inflada de protagonismo insufrible, falta de esencia taurómaca, desvirtuada en su singularidad, fraudulenta al amparo de la desidia, pero, eso sí, con un optimismo irreverente, con mensajitos obscenos, con requerimientos vergonzantes, con un oficiantes sin pudor, con ideología mercantilista. En fin, blancura sin límites, sin soluciones.
 

Los toros no son negros zainos. No se lo crean. Lo parecen. Son blancos, tan blancos que existen en la pureza sin matices. Tanto, como los prototipos de la abundancia de los Nuéz del Cuvillo, de sus texturas preferentes por el elenco de grandes figuras rotundas que abundan el escalafón. Descastados, desnaturalizados, despuntados, enfundados, diseñados para correrías tontorronas en los vuelos de muleta aburridísimos y desesperadamente insulsos.

 

Oliva Soto se metió en este cartel por circunstancias ajenas a la lógica y a lo que mandan las matemáticas farragosas e incomprensibles del pliego de adjudicación, ése que asegura que un torero de categoría A, tiene que ser sustituido por lo mismo. José Mari Manzanares se cayó del cartel por cuestiones de salud (y no es la primera vez), y la empresa se desmarcó en la sustitución con la misma alegría clasificatoria y aleatoria sacándose de la manga rellenos antónimos a los contratos que ellos mismos propusieron para firmar (tampoco es la primera vez, para qué engañarnos). Tiene ganas el confirmante. Natural. Es consciente de lo que tenía la oportunidad milagrosa. Y todo se quedó así porque le pudieron las condiciones de los dos toros más entusiastas en las labores de muleta. Se quedó sin mandar, sin llevar, sin convencer. En su toro de confirmación, muy colaboracionista, abusó de los pasitos atrás, de tandas precipitadas al estilo monótono sin mando, y remató con manoletinas embarulladas y rectificadas, y sobre todo de incapacidades para colocar los toros en la jurisdicción correcta para entrar en el caballo. En su segunda intervención, en el quinto de la tarde (pues había corrido turno pues el Talavante había pasado a la enfermería y no salió en su tiempo) le costó muchos trabajitos conducir al animal al peto, tanto que trasladó su responsabilidad, voluntariosa en todo momento, al subalterno, para evidenciar que ninguno lo consiguió, pues al animal se le había antojado insistentemente en ser deslomado bajo el peto del caballista suplente. Y volvió a desaprovechar una embestida que no era mala y al final no vimos nada.

Respecto al año de recuperación que está viviendo Manuel Jesús, El Cid, ya nadie se lo cree, si vemos lo que vemos a la luz del día y con un ganado sin complicaciones, muy favoritos en las listas blancas del toreo. Recurro a esta definición -aunque me parezca estúpida- tan recurrente para los demagogos actuales y que no quiere decir otra cosa que no es más que nada. También parecía que tenía ganas, pero tampoco llegó, que es su caso es más peliagudo, pues a este torero ya sabemos que ha sido capaz de alcanzar con sobrada capacidad. A su primero, al que no había regalado ni pizca de espíritu le regaló El Cid mucha técnica con sabiduría de alivio, incluso se puso florido para terminar de manera breve por las buenas y con recurso de rinconcillos. A su segundo animal le hizo una faena muy parecida, porfiando en los pases a mogollón, con aires –esta vez- desganados, tanto que en un momento le perdió la cara al toro, que le levantó, arrolló, pasó por encima y lanzó en gañafón en la retirada que se quedó a un milímetro de la yugular del diestro. Una desidia la de este gran torero, que esta vez le pudo costar caro.

 

Alejandro Talavante tuvo sus vaivenes, que es su toreo particular el va es el momento de inspiración sublime y el viene es el plomo a peso. Esto lo hizo, una cosa en cada toro. En la faena de su primer animal, una pieza de museo aborregada, sospechosa de pitones y alegre de movimientos extraños dejó manoletinas y estatuarios a su manera estática, y una de ellas provocó el delirio por lo arrebatadora desafiante y petrificada en el espacio. Cortaba las embestidas insulsas, no manda, no obliga, pero compensó con los momentos de inspiración sublime con su flemática personalidad: trincherazos en la cara del toro cortando la trayectoria del animal, pases de pecho sueltos y agarrados, torero de instantes por abajo, o matar recibiendo. Este destoreo Talavante lo borda en pureza, pero lo que es llevar al toro parece otra historia, pues en el sexto dio un mitin en la profundidad insoportable. No había casta en el animal y tampoco hubo interés en el torero. Por tanto, empatados.

 

Toros de Núñez del Cuvillo. Irreconocibles, pues ni se parecían a la tipología Núñez. Con pitones a los que le han sacado punta afilada con artilugios enfundadores vergonzantes. Descastados, colaboracionistas tontorrones en la muleta. Más espabilados parecieron 1º y el que hizo 5º. A este primero se le aplaudió en el arrastre, y sin motivos rotundos. Recibieron picotacitos al uso, excepto el que hizo quinto en la lidia, al que le retorcieron dos varas, en diferentes caballos, hasta dejarle la pezuña como una pintura anegada de rojo sangre. Algunos sospechosos de pitones, el 3º por ejemplo. Muchos manifestaron falta de coordinación en los movimientos.

 

Manuel Jesús, El Cid: dos pinchazos (perdiendo la muleta en alguna ocasión), casi entera al rinconcillo que quedó trasera y muy baja (silencio); dos pinchazos tirándose a los blandos; estocada caída, también al rinconcillo (silencio y algunos pitos).

Alejandro Talavante: metisaca, estocada recibiendo que quedó caída y contraria (saludos desde el tercio); estocada caída (silencio).

Oliva Soto: (que confirmaba la alternativa) estocada tendida y rueda de peones (silencio); pinchazo, bajonazo –aviso- y un descabello (silencio).

Presidente: Manuel Muñoz Infante.

Casi lleno, con huecos. Antes comienzo del festejo se produjeron colas considerables para la devolución de entradas.
 
 
 
 
Los tres diestros de este segundo festejo de la Feria de Otoño en distintos momentos de la tarde.
Fotografía de Paco Sanz.
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