Juan Mora durante la faena que le abrió la Puerta Grande de Madrid.
Fotografía de Paco Sanz.
 
Plaza de toros de Las Ventas, Madrid

Tercer festejo de la Feria de Otoño.

Madrid, 2 de octubre de 2010

 

Tres avemarías y un gloria

 

Por Paz Domingo

En los pecados llevamos la penitencia. Hoy, la expiación nos vino del cielo, nos devolvió el alivio a nuestras indefensas almas toreras y nos dejó envenenados para un largo invierno. Con tres avemarías y un gloria reparamos las culpas para quedarnos limpios de maldades, de agravios y actos impuros. Los tres remedios vinieron de tres hombres en una dimensión elevada, siempre encumbrada, en momentos decisivos de superación, de inspiración divina, de arrojo de dar lo que se tiene y lo que no, que espolearon sus ánimos dormidos, que no rectificaron en la verdad, que sacaron el instinto, que lo tradujeron en colosal, que enseñaron la autenticidad. En este gozo quedamos todos, perdonando generosamente los pecados capitales de unos animales descastados en esencia y absolviendo aquellas faltillas veniales de un presidente del festejo que enseñó en exceso los pañuelos.

 

Empezó bien, termino mejor. Llegamos al principio. A un Juan Mora que nos precipitó sin advertencia en el encanto del toreo, con tiempos inusuales, con ritmos extraños. Aún no estábamos sentados, cuando el resurgido diestro se puso a dar capotazos desmayados, medias verónicas al suelo. Muchas precauciones tomaba la cuadrilla ante un toro de nobleza tontorrona, flojo de remos, que distraían sus más de seiscientos kilos. En un visto y no visto, en el primer lance, el toro arrolló al subalterno que quedó tendido con el cuerpo lleno de contusiones, y el resto de la cuadrilla hizo algunos quiebros de cintura con pocas fuerzas dominadoras al tomar el olivo. Circunstancias que no distrajeron a Mora, que galleaba con reboleras, con ayudados con capote arrastrado, que enseñaba con dominio cuando lo transportaba a una mano. Se tomó su tiempo con el brindis, que recuperó el maestro con paso certero dispuesto a una faena que intuía definida, con un cambio de mano magistral, con una tanda de derechazos alargados, hermosos, templados, en terrenos acometidos de dos metros cuadrados, entre las rayas del tercio. Y ya en estado de gracia, desplegaba naturales enganchados mágicamente, con hermosura, con la suficiencia de un experto, con la prestancia de un aspirante, y a la salida de un pase rematado, quedó el animal colocado para la muerte. Sin avisar, montó el estoque, se volcó sobre el animal, dejó una estocada, y el toro se desplomaba ya inerme. El maestro dobló muleta, giró sobre sus talones, haciendo gestos ostensibles de desprecio. El público, no acostumbrado a estas descargas en tiempos breves, reaccionó con la belleza de la escena, con su prontitud, y con un torero que recordaba sus primeras andanzas, que ahora cogía el testigo de un aroma antiguo, de otras épocas, de épica dominadora, también estética, de matiz romántico, de dosis breves, de perfección sin más.

 

Dos orejas paseó Juan Mora por los tendidos impresionados por su torería y por sus detalles, porque en este periplo triunfal le acompañaba un niño, su hijo, que con su emoción e ingenuidad levantaba los trofeos del maestro con absoluta complicidad como si fuera el cáliz sagrado del campeonato mundial de fútbol. Hasta esta anécdota gustó. Este hombre convenció. Eran los tiempos encontrados para un torero de detalle.

 

Tocó el turno a Curro con su empaque y su gusto destellando en algún fogonazo. El toro apañadito de trapío, de preferencias inciertas jugó a la oca con los caballos un buen rato. No se centró Curro con la blandura del animal. El diestro puso clase, mucha cintura, mucha disposición y acabó con la mansedumbre del animal con rapidez y hasta soltura.

 

Desde las primeras correrías del animal que hizo tercero, ya se sabía que flojeaba con sus blanduras, aparte de las sospechas de sus pitones. El presidente parecía que no oía, pero cuando escuchó por fin las demandas de cambio ya habían pasado varios desplomes bajo los petos y algunos pares de banderillas sobre los lomos. Morenito tenía otra oportunidad con el capote, circunstancia que no viene mal el poder atisbar en sus vuelos la calidad con que el diestro lo maneja. Aunque, fue lo que nos quedó por ver del torero de Aranda. Al sobrero de Martín Lorca lo trasteó con mucha elegancia, y también con mucha desesperación, pues el animal se quedaba, no pasaba, no podía. En esta puntualidad tuvo mucho que ver las armas toricidas del picador, además de una cuadrilla despreocupada en las maneras adecuadas.

 

De aquí pasamos a la tercera oreja de la tarde y tercera para Juan Mora. Al jabonero sucio (barroso le llaman también) que le tocó. Posiblemente se había salvado de la quema del reconocimiento -si es que la hubo- por la extrañeza de su capa, pues estaba muy justo de hechuras y trapío. El animal recorrió hasta diez veces el albero, incansable, incluso corría de lado, que ya es caso de estudio. El maestro no le pudo parar, no porque no se pudiera, sino porque el toro tomaba por el mismo demonio a cualquier ser viviente que se encontraba. A saber qué mala experiencia tuvo algún día. Ya ahormado, devuelto a sus flácidas formas congénitas, Mora empezó con tres trincherazos sublimes y un salero despreciativo. Elaboró su faena sobre el pitón derecho, único aprovechable, con redondos rematados, y también algunos descolocados, pero el maestro estaba en inspiración. Muy pinturero, dejó buenos remates, con temple inusual, repitió jugada. Montó estoque a la salida de la muleta, y a medio camino en el recibimiento la espada quedó desprendida. Mora se colocó algo jactancioso, con la mano al cielo, delante del que creía moribundo animal y en un descuido, cuando el matador volvía el cuerpo, el toro le enganchó por la taleguilla, dejándole conmocionado en el suelo después de una voltereta. Le dieron agua. Se espabiló. Cuando pasaban las mulillas -con el animal en el arrastre- el maestro ya consagrado, y ahora recuperado, ataba la toalla al pitón con reverencia y ceremonia.

 

La tarde estaba en estado de gracia. Así la había dejado Juan Mora, para que Curro y Morenito la envolvieran en especial. Aquí se ampliaba la dimensión. Al toraco inmenso, feo de trapío, más feo además porque llevaba colgados de sus apéndices las etiquetas identificativas de plástico, asunto que hacía sospechar en su condición de ganado manso. Y lo fue con ganas. Fue intoreable, por condición genética y por ensañamiento alevoso del picador malévolo que le dejó tullido con dos soberbios varetazos caídos y traseros en los mismísimos riñones. A este animal, imposibilitado para humillar, apalancado en las tablas, le miró Curro con rabia. Se fue a él con celeridad, se colocó entre los pitones, aguantó tornillazos, desafíos. Impedido de sacar algo, este hombre desconocido en este temperamento lidiador, convirtió el momento en un duelo, expuso con desnudez, arrancó pases con la verdad y con las manos bajas, con escalofriante arresto entre los cuernos altivos, con intrepidez porfiadora con los terrenos, intentando el sometimiento de frente. Este ímpetu provocador le arrastró hasta el encuentro decisivo, cuando se volcó por entero, ejecutado soberbiamente sobre el testuz. Compensaron este ardor guerrero. Y bien hecho está. Nunca se había visto a este hombre así. Su capacidad de gran torero ahí quedaba.

 

También quedaba Morenito. Allí sentado en el estribo, con su mente bullendo en pensamientos poderosos y su corazón en ánimos espoleados. Salía de nuevo un animal de mansedumbre pletórica. También, el desconcierto de la cuadrilla que no se hacía con el dominio de la situación. Después de algunos lances certeros de aproximación, vislumbró Morenito el pitón izquierdo, acoplando su torería para hacerla sublime. Cogió la muleta por el medio del estaquillador, desplomada la alargó, con profundidad estructuraba los pases, con rotundidad remataba. Delineaba la silueta alargada, dimensionaba un potencial inspirado, medía los tiempos dejando descansar al animal, enganchaba pases profundos, limpiaba las impurezas del temperamento, cosía con belleza las volandas del engaño, imponía la tranquilidad dominadora, y como colofón trasladó la sabiduría ejecutora en unos escalofriantes naturales de soberbia hermosura. Hasta vio claro la técnica final y colocó al animal en la suerte contraria, que no determinó por erráticas distancias. La espada había caído en las zonas blandas del lomo, y el joven matador -ya consumado en sabio tras su colosal faena- se cubrió el rostro con las manos, escondió la cabeza entre los hombros, hundió sus ánimos espoleados y se sentó abatido en el estribo, llorando su pesadumbre. Juan Mora, el maestro, recogió su montera del suelo, mientras Morenito, incapaz de mirar al frente, se secaba las lágrimas. Los pañuelos aparecieron en el tendido. Se entendió que no era tan importante el número de apéndices cortados. Se entendió que este espectáculo es portentoso, tiene grandeza en las entrañas, es descomunal en la dimensión trascendental de su hermosura. La gravedad la habían ponderado tres hombres con el sincero impulso de fuerza, inteligencia y espíritu. Como tres avemarías que purgan nuestros pecados, las imperfecciones y las mentiras. Un goce que nos mantiene, una gloria que nos redime.

 

Plaza de toros de Las Ventas.

Madrid, 2 de octubre de 2010

Más de tres cuartos de entrada.

Presidente: Muñoz Infante

 

Toros de Torrealta. Cinco se lidiaron. Desiguales en presentación, con diferencias de más de cien kilos. Descastados, huidos, mansos en general en los dos tercios primeros (posiblemente por el temita de las fundas) y la mayoría nobletones y tontorrones en la muleta. Más evidente en plenitud de mansedumbre resultó el 5º. Con deficiencias en trapío, algunos con pitones sospechosos, bien por manifiesta apariencia, o bien por puntas afiladas y, por tanto, muy desnaturalizadas (muy comunes hoy en día). No se emplearon en el caballo, pues todos se fugaban de sus dominios como ángeles que ven al demonio. A los que parecían más boyantes les dieron potestad ejecutora de varas propias del deslome, allí donde más duele: en los espinazos a la altura de los riñones (5º).

Sobrero de Martín Lorca, bien presentado, flojo, descoordinado (posiblemente llevaba mucho tiempo en los corrales) que resultó descastado con esa típica nobleza tontorrona. El picador le masacró propinándole un puyazo en el brazuelo del que se resistió evidentemente.

 

Juan Mora: estocada (dos orejas); estocada desprendida (oreja). Ambas fueron elaboradas sin los tiempos muertos de los preparativos del estoque de verdad, pues el maestro realizó las faenas con la espada montada. Recibió un puntazo después de la segunda entrada, pasó a la enfermería, pero no le impidió salir a hombros por la Puerta Grande.

Curro Díaz: más de media y contraria (silencio); estocada desprendida volcándose y ejecutando los tiempos a la perfección (oreja).

Morenito de Aranda: casi entera desprendida, rueda de peones que hacen caer la toro (silencio); bajonazo (oreja).

 

A destacar: Buen par de banderillas de Montoliu al segundo de la tarde y una brega al complicado y mansurrón quinto.

Parte médico de Javier Palomeque, subalterno de la cuadrilla de Juan Mora: Contusión con erosión de cara anterior de muslo derecho y contusión en el hombro izquierdo.

Parte médico de Juan Mora: puntazo en cara posterior del muslo derecho y contusión con erosión en región nasal. Pronóstico leve que no le impide continuar la lidia.

 
A continuación pueden disfrutar del reportaje fotográfico de Paco Sanz sobre esta tarde hermosa.
 
 
  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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