Tarazona de la Mancha (Albacete)
22 de agosto de 2009
Toros de la ganadería de Herederos de Baltasar Ibán para los diestros Vicente Barrera, Miguel Abellán y Miguel Tendero
 
Las buenas maneras ya no están

Por Paz Domingo
Siete orejas se cortaron en la plaza de Tarazona de la Mancha. La apoteosis fue desproporcionada pues los toros no se merecieron que les dejaran sin apéndices, ni los toreros que se los regalasen, pues ya se sabe que fuera de determinadas plazas, sirven para lo que sirven: engordar los datos del escalafón. Es, en definitiva, un cómputo tan descomunal de arrebatadores triunfos como absurdo para elaborar la realidad y calidad del círculo de profesionales que lo componen. Pero esto es muy normal, y sucede muy a menudo. 
Y es que entre los muros más que centenarios de esta coqueta y hermosa plaza, entre toros y toreros no hubo nada de aportación verdadera. La buena presentación de los ejemplares de Baltasar Ibán no palió la escasez de fuerzas, la sosería de comportamiento y la falta de casta de algunos de los animales. También sucede que los matadores suelen estar muy receptivos a todo lo que pasa por esas plazas. Saben sobradamente de qué va la gaita, conocen bien lo que se regala, y de lo que hay que hacer para ganárselo. Pero todo esto es previsible, lógico y comprensible porque precisamente son matadores de toros, y tendrán que desarrollar el oficio por cuantas plazas se abra la puerta de chiqueros. Aunque matar, lo que se dice matar lo hicieron, pero con soberbios bajonazos y con engañosas técnicas muy peripatéticas. Los tres, porque ninguno estuvo para salvarlo de la quema. Y ni que decir tiene de los demás momentos trascendentales de la lidia y del toreo que no fueron apuntados por los diestros, ni veterano, ni advenedizo, ni maestro,  ni torero de a pie o a caballo, de oficiante o de ayudante. Eso sí, retransmitido por la cadena de televisión autonómica con una extraña filosofía de que vale todo.
Pero lo más curioso de una tarde cómo la de ayer fue comprobar cómo se han perdido definitivamente las buenas y sencillas maneras de que está compuesta la educación, la correcta y fundamental sabiduría que nos engrandece. ¡Cómo se comportan los diestros y ayudantes! Da verdadera pena, vergüenza ajena. Porque, ¿dónde está el respeto al respetable? Muchos de estos profesionales que se comportan tan groseramente en cosos sencillos y humildes, luego en plazas de alcurnia disimulan, aunque cada vez menos, y se deshacen en elogios cuando se refieren a los hombres y mujeres que llenan los tendidos todas las tardes. 
Por ejemplo, un día como el que nos ocupa, el veterano matador se cogió varios sobresaltos de humor. Sin ir más lejos, se tomó muy mal que durante su primera actuación -tan insulsa como aburridísima- los músicos dejaran de tocar cuando había quedado desarmado en el centro del redondel, sin saber por dónde meterle mano a la situación, ni ganas que tenía, claro. Después, con su segundo contrario, el público generoso para no desagraviar al maestro -pues ya había repartido cuatro orejas a los otros dos compañeros- le obsequió con un triunfo tan desproporcionado como los anteriores, pero se lo dio aún sabiendo que no había movido una ceja para ganárselo. Por no hacer, no hizo ni el intento de ser simpático. Recorrió el ruedo paseando la oreja, entre las dos rayas, con la cuadrilla jadeando a  su espalda, con velocidad de crucero. Veinte zancadas en diez segundos. Vamos que ni tiempo dejó para respirar, aunque todo el mundo entendió que se cruza en el camino un alma desagradecida y mejor que se esconda uno, porque el favor que se le haga resultará demasiado caro. 
El segundo matador parecía un coloso bullidor al lado del director de lidia. Con muchas tablas teatrales dejó una primera faena que es para no recordar ni uno sólo de cuantos enganchones, trapazos y carreritas ejecutó a un animal que resultó el más noble de la tarde. Por esto dos orejas, concedidas por el presidente a ritmo supersónico. Vamos visto y no visto. El matador tan contento. Y las chicas de la banda de música todavía más, pues ya habían lanzado requiebros a las posaderas del matador, cuando en los prolegómenos del festejo (el inicio se retrasó veinte minutos porque el médico no había acudido a la cita torera) este joven diestro se había dejado caer por musicales terrenos. El matador les correspondió con un brindis de su segunda actuación, y tan contentos. Se esforzó en dejar una serie en redondo de ejecución salvable. Después mostró sobrada entrega pero con idéntica técnica lidiadora. Otras dos orejas, y querían un rabo, como para no creerlo. Cuando el animal acaba de ser apuntillado, un subalterno de la cuadrilla izaba el trasero apéndice con una mano y con la otra dirigía el dedo índice al palco presidencial y lo movía circunvalando el perímetro, alternando con movimiento en horizontal simulando el filo de un arma cortante sobre la extremidad del mamífero muerto. Las mulillas esperaban y esperaban, y el representante de la autoridad decía con la cabeza que no, que ya había dado bastante. Bueno, eso es la medida que el presidente parece tener en cuenta, porque lo que debió hacer es tomar nota, poner algunas multas, y sobre todo dejar que no se le suban los humos a las comparsas de plató que se realizan en los ruedos de esas plazas, que aunque no lo parecen, también son de Dios y del santo reglamento (sea cual fuere el patrón). 
El recién llegado aprende rápido. Promete este joven, aunque ayer dejó sobrada vulgaridad para sospechar que su futuro taurino será como él quiera hacerlo. En su primero abusó de tremendismo, no pudo superar los vicios de la embestida del animal, a los cuales había contribuido bastante. Dejó algunos redondos despaciosos y una técnica en la suerte suprema que mejor que no patente, pues resultó tan inesperada como delirante, y consistió en salir de la cara del toro en ese preciso instante del encuentro girando sobre sí mismo con la muleta enrocada, a modo de molinete, para conseguir una vuelta completa. Soberbio estrafalario. Por decir algo. Después el maestro poseído por no se sabe qué, apuntaba el dedo índice arrebatadoramente (gesto muy solicitado parece) a la cara del toro exánime, para levantarlo de la misma manera hacia el tendido. El subalterno ayudaba y añadía protocolo a la situación pues incorporó el dedo corazón a la comparsa y creíamos que le proclamaba rey del universo taurino con la uve de la victoria. El presidente entendió que quería dos orejas y se las dio. Ya le podía hacer llegar una notita en la que le diga: “No, hijo mío, esto no se hace”. En el último toro de la tarde se vieron las grandes deficiencias del recién estrenado matador, pues con el toro más encastado sencillamente no pudo. No sometió en la muleta al animal que resultó de más picante, al cual había que bajarle la cara y quitarle los vicios de los derrotes violentos a discreción que daba al aire. Y en este preciso instante parece que llegó la mesura, entre la luz tenue del ocaso manchego.
Toros de Herederos de Baltasar Ibán, muy bien presentados, bien rematados, con pitones, y con una media de 490 kilos. Muy blandos en general, descastados, excepto el sexto, nobles el segundo y quinto. 
Vicente Barrera: 1 pinchazo, bajonazo y rueda de peones (silencio); estocada trasera y tendida (oreja).
Miguel Abellán: estocada contraría perdiendo la muleta, 1 descabello, pidió la oreja con descaro triunfalista (dos orejas sin petición mayoritaria);  estocada perpendicular casi entera (dos orejas y algunos pidieron descaradamente el rabo). Salió a hombros
Miguel Tendero: 1 pinchazo, casi entera contraria (dos orejas); 3 pinchazos, media travesada, dos descabellos (palmas). Salió a hombros.