Madrid. Plaza de Las Ventas, 21 de junio de 2009

Desventura vacuna

Por Paz Domingo

 

Qué complejo es este mundo singular de los toros. Qué difícil de entender. Y qué cuestiones infranqueables desarrolla. Este festejo de calurosa tarde veraniega, ajeno al trasiego de mayo taurino, ofreció un cartel de toros que bien podría encajar en cualquiera de los espectáculos programados dentro de la anodina, frustrada, fracasada y última edición de San Isidro. Pero con un valor añadido: tenía interés para la afición madrileña. Sobre el papel, una ganadería que se ha abierto camino con interesantes novilladas, -con algún ejemplar de vuelta al ruedo-, que se atreve ahora con corridas de toros, y que prometía por el incuestionable trapío, la excelente presentación y las cornamentas imponentes de los animales. Además, se añadía la presencia de unos hombres que harían el paseíllo con desbordantes ganas de romper definitivamente, de mantenerse en esta vocación sincera, o de no caer en el olvido en este singular universo taurino.

Así vislumbraban la tarde  los aficionados que se dieron cita. Pero el asunto fue otro cantar. Y resultó que había toreros, y no había toros. Los descomunales animales que se sucedían en el orden de lidia iban superándose en invalidez. Alguien debería explicar qué está pasando en las cabañas bravas, en los laboratorios gestantes que atesoran la genética escogida, en los tortuosos procesos de selección, en los requiebros de los actores taurinos cuando eligen al detalle en la dehesa, o en las oscuras trastiendas de esas plazas no tan remotas. Porque no hay mayor descalabro que la ausencia de fuerzas, o lo que es lo mismo, reses moribundas que producen un desasosiego, una irrefrenable adversidad tan abismal como destructiva.

Y si nadie quiere explicar esta desventura, al menos las autoridades competentes en el asunto deberían poner freno a tanto despilfarro. Como por ejemplo, el presidente del festejo, que no echó para atrás ninguno de los hermosos y, por otra parte nobilísimos, ejemplares de Guadaira, pero tan inválidos, tan frágiles, tan mortecinos, que parecían sacados que una fábrica de mantequilla a granel. Tan infranqueable fue este contratiempo que ofendía a cualquier ser inteligente que por allí hubiera.

Los picadores tuvieron poco trabajo. Es decir, la tarea era jugar al despiste, al simulacro de los picotazos, al teatro de “a ver si te pincho”. Mientras tanto, los tres hombres que vestían traje de luces traían sangre torera, ganas de demostrar la sabiduría que atesoran, y sobre todo, venían muy decididos a llevarse un reconocimiento que resulta crucial, incluso definitivo, en sus trayectorias profesionales. La imposibilidad de obtenerlo trascendió en un enorme cabreo en el caso de Curro Díaz. Hizo dos faenas con una clase imponente, poco usual en las anodinas y clónicas maneras que manifiestan la mayoría de los toreros que en el mundo se dan. El diestro de Linares llegó animoso. Desarrolló un empaque embriagador, dejando torería en las dos faenas. En su segundo enfrentamiento con un flojísimo y protestadísimo ejemplar -que se caía de caerse- desplegó la esencia que le define. Aunque ejecutó la labor a media altura, -por las circunstancias vacunas-, dejo la maestría de su composición con una soltura de muñeca prodigiosa, acompañando con verticalidad, con profundidad, con pases de firma, con adornos sublimados en pases del desprecio, con un temple metódico, con naturales despaciosos, con una vistosidad espontánea y hermosa. Pero la técnica dominadora con la espada no aparece. Curro sabe bien del gigantesco muro que se está levantando él mismo. Bueno, es consciente y busca desesperadamente su solución. Así lo entendieron los aficionados que han seguido su trayectoria, porque no valoraron la imposibilidad de matar adecuadamente, sino la decisión con que lo hizo. El público pidió la concesión de una oreja y el presidente hizo oídos sordos, en la línea mantenida durante toda la tarde.

Julio Martínez no cambió al inválido animal, con el que Curro Díaz desarrolló torero del bueno, a pesar de que se protestó enérgicamente. El representante de la autoridad se puso muy estricto para la concesión de triunfos. Alguien le recordó: ¡No tienes afición! Bueno, él sabrá, porque para llegar a la ecuanimidad hay que pasar, quizá, por los conocimientos y el ánimo generoso. Se quedó Curro descompuesto. Miraba al palco impaciente, para comprobar con sus propios ojos si el presidente se decidía. Cuando vio el arrastre del toro, se refugió detrás de las tablas, con la cabeza escondida entre los hombros. Los peones de la cuadrilla tuvieron que tirar de él para que saludara y cumpliera con una vuelta al ruedo que sabía a bien poco a su ánimo y a la necesidad de éxitos más rotundos.

Eduardo Gallo y Andrés Palacios también se presentaron con coraje y muchas ganas. Se les valoró mucho su pundonor torero. Además, constataron sinceridad y sobradas esperanzas para mantenerse en esta difícil batalla. Gallo dejó algunos buenos naturales, detalles con el capote, y entrega a la hora de la suerte suprema. Le faltó ajustarse más a los tiempos, calcular para no ponerse pesado. Y Andrés Palacios mostró atrevimiento, arrastrando buena ejecución aunque con muletazos de uno en uno. Intentó ligar, pero no lo consiguió. Mantuvo arrestos, muy de agradecer hoy en día.

Así transcurrió esta tarde veraniega. Así nos quedamos, decepcionados por este mal de males que es la escasez de fuerzas que aqueja al ganado bravo. Así nos fuimos, con detalles buenos que confortan nuestra inquietud torera.

  

Ficha del festejo. 21 de junio de 2009. Las Ventas. Madrid

Toros de Guadaira, bien presentados, con portentoso trapío, bien armados, nobles en general (más claros 2º, y 5º), pero inválidos sin paliativos. Todos sin picar.

Curro Díaz: pinchazo, cuchillada a la manera de sartenazo (silencio); pinchazo bien señalado, estocada trasera caída (vuelta al ruedo tras petición de oreja)

Eduardo Gallo: estocada trasera con decisión (saludos desde el tercio); -aviso antes de entrar a matar- estocada desprendida volcándose (palmas)

Andrés Palacios: media contraria a la remanguillé, 1 descabello (silencio); pinchazo, estocada caída (silencio)

Presidente: Julio Martínez Moreno

Un cuarto de entrada.

Destacaron los subalternos José Manuel Montoliu (de la cuadrilla de Curro Díaz), Miguel Martín y Luis Mariscal (ambos de la cuadrilla de Andrés Palacios) con unas buenas ejecuciones en el tercio de banderillas.

Incidencias: Hubo protestas al concluir el primer toro porque seguía pasando gente a los tendidos. Las quejas vienen por la lentitud en el despacho de billetes en las contadas taquillas de la plaza. A pesar del escaso público, se forman largas colas con el consiguiente retraso, impuntualidad y mosqueo.

pazdomingo@toroaficion.com