Las Ventas. Madrid, 4 de octubre de 2009

Cuarto festejo de abono de la Feria de Otoño

El ganadero impasible

 

Por Paz Domingo

Siempre hay una primera vez, y esta corrida lo ha sido para Victorino Martín y su emblemática ganadería. Por primera vez en su larga historia de amor con la plaza de toros de Madrid –con pasión desenfrenada, una huída de casa, una reconciliación muy sentida y algunas reiteradas infidelidades- Victorino Martín no trae una corrida de toros completa. O lo que es lo mismo: estaba remendada. Esto, en el planeta de los toros, es una noticia para abrir en primera página. Al ganadero parece que le da igual, o al menos, no lo expone abiertamente delante de veinticinco mil asistentes, pues allí permanecía impasible -en su localidad de abono- ante lo que oía y veía. Sabe bien que lo que toca es disimular, pues él mejor que nadie conoce lo que está lidiando, la sobreexplotación que está haciendo de esta divisa esplendorosa en recuperación de albaserrada y saltillo, rotunda en resultados, y admirada por la belleza de sus ejemplares. La incógnita que interesa al aficionado despejar es si al ganadero más famoso de los últimos cuarenta años le interesa en algo su casa, su hacienda, su fama y su honor, porque a la vista de todos –además de los resultados en las últimas temporadas y en la pasada edición de la Feria de San Isidro- está lanzando “cuesta abajo en la rodada” su credibilidad.
 
El público abundante que sigue manteniendo el gusanillo de los victorinos sentenciaba que para esto era mejor no venir. A lo que hay que añadir, que igual mejor no cobrar, porque con toda apariencia, y poca imaginación, es el ganadero mejor pagado, y por tanto, al que más habría que exigirle. Muchas veces ha presentado corridas imponentes en genio y figura, y también en otras muchas, los veterinarios y presidentes parecen haber hecho la vista gorda. Lo que sorprende es que en esta tarde no se rematara las circunstancias, pues total, donde caben cinco, caben seis. Más bien parece un aviso a navegantes, o quizá no se trate más que de un gesto mediático de los que se lanzan como globos sondas. El ganadero trajo diez toros. Pasaron el reconocimiento cinco. Devolvieron uno. Los cuatro ejemplares que se lidiaron estaban en la tónica general de las últimas concurrencias. En tipo, en las características del encaste, pero sin la seriedad de su fama; con genio pero no tan contundente, mantienen la boca cerrada durante toda la lidia, pero los lanzan al ruedo con una flojedad alarmante. Son los seudovictorinos de la era moderna.

 

Los tres matadores de toros, modestos y poco placeados, encasillados en expedientes muy complicados de resolver, solventaron la dificultad de una tarde muy enmarañada en el desarrollo, estuvieron muy dignamente en la ejecución y tratamiento de la lidia. Determinaron sus particulares capacidades, además de sus almas toreras. Tuvieron que hacer frente a unos victorinos -que aunque flojos, tenían casta -alguno de condición imposible-, y a un remiendo de Carriquiri –que había forjado musculatura en miles de corrales en que había vivido- que resultó un tío descomunal, de estampa imponente, y que hasta sirvió para la muleta con infinitas posibilidades de transmisión. Además, de medirse las fuerzas con un sobrero de Julio de la Puerta, de historia muy similar en hechuras y comportamiento al citado anteriormente.

Y los tres matadores remediaron el escándalo. Hasta mataron con resultados impecables. Las cuadrillas también pusieron su granito de arena. Hicieron en general una buena lidia, y los jinetes del apocalipsis estuvieron en su papel de dos puyacitos en sálvase la parte, aunque tuvieron más cabeza y mejores intenciones siguen sin aprobar.

 

José Luis Moreno estuvo anodino sin controlar las distancias, ni los terrenos, ni los tiempos en sus dos intervenciones. Con el primero, después de librarse de una cogida en una caída tonta en la cara del toro, sacó con perseverancia una serie ligada e intensa en los medios. Cambió los terrenos elegidos y, a media distancia de la raya y de los pitones, comprobó que el flojísimo animal podía más, para después destemplarse el diestro, dejando aberturas inmensas. Se puso tremendista y encimista y, por tanto, su fórmula quedó desmerecida. En su segundo, se desentendió de la lida y de la colocación. El ejemplar blandeaba considerablemente y el matador se lo pasó sin orden, ni sujeción. Mostró muchas y escasas evidencias de mando verdadero, precisamente porque desaprovechó que el toro iba y venía, que se quedó de lujo para la muleta y que el diestro le propinó incontables tirones. Moreno optó por alargar la faena en busca del milagrito que él mismo se negaba.
 
Diego Urdiales demostró que atesora un potencial extraordinario en dominio, valentía y sabiduría para estas complicadas papeletas. Dos bien diferentes. En su primera intervención ante un animal que blandeaba, pero que expuso casta, dejó lances decididos y arriesgados con el capote, colocó bien al animal en el caballo, para después estar muy firme, muy digno, muy atrevido y muy inteligente en la cara del ejemplar con picante del peligroso. Había que estar muy tapado, en ponerle la muleta y no descubrirse, en cruzarse y no dejar huecos para la cornada, en exponer coraje, en dominar la situación. Incluso, pareció sobrado porque se permitió lujos innecesarios como mostrar el cuerpo desafiante, frente a frente con los brazos en cruz, y dejar un abaniqueo entregado a la pulcritud en la conclusión de la faena. El regalo envenenado se llamaba cinqueño, manso, con casta de la malísima, de los que no tienen un pase y te mandan al hule. Se equivocaron los responsables, tanto los profesionales como el presidente, pues consideraron como siempre que dos puyazos valen por costumbre, y les da igual otra circunstancia. Pero el bello ejemplar, largo como un tranvía, ensillado, desafiante, pendenciero, sabía latín por su longevidad, y aprendió arameo en la espera. A Urdiales no le tembló el pulso. El alma no se encogió. Hizo la faena más inteligente que se puede hacer. La que hay que aplicar con talento: darle por abajo y matar arriba. Las dos las realizó como un gran maestro.
 
Un trago importante tuvo que pasar Sergio Aguilar. Mejor dos. La suerte le regaló el sobrero de Diego de la Puerta y el titular de Carriquirri. Ambos de soberbias figuras, de rotundas transmisiones, y que sirvieron en definitiva para la muleta. En sus actuaciones evidenció que tiene un buen estilo en las formas, pero le falta empuje, creérselo, llegar, rematar y convencer. Le costó entrar en la faena, y meterlo en la muleta, descubrir el pitón izquierdo, arrancar dos pases profundos. Después el matador se paró. No entendió el terreno que pedía el animal. Desconfió de las buenas condiciones que tenía a su disposición. El toro se hizo el amo y el matador se transfiguró en sufridor. Al poderoso último ejemplar de esta tarde tan interesante, le ejecutó Aguilar unas buenas chicuelinas -aunque a media altura-, y comenzó una faena esperanzadora que diluyó lánguidamente hasta que se apagó. Tardó en acoplarse. Cuando lo hizo se quitó de en medio. Aprovechó la despaciosidad del animal de manera fugaz, le dejó descansar, marcó los tiempos y la verticalidad, aunque no continuó en el dominio, ni superó las dificultades, ni pisó terrenos adecuados, ni bajó la mano.
 
Fue una tarde interesante por el juego de los toros -los titulares y los que no lo fueron-por su variedad y por las deficiencias de presentación de los vivtorinos. También por los toreros, aunque no vimos ninguna oreja ni falta que hacía. Y, sobre todo, porque los aficionados sabemos que queremos un espectáculo emocionante, que hubiera sido el colmo si se remata con respeto y dignidad por parte del ganadero de Galapagar.
Se consumó la victorinada. Ya se verá si se conserva la memoria para el año que viene.
 

Cinco toros de Victorino Martín: Desiguales de presentación, flojos, inválidos alguno (3º devuelto), con características de saltillo, pero presencia no rematada (anovillados). Alguno encastadísimo (2º) y otro intratable (5º).

1º. Lo que llaman los aficionados castizos una raspa. Protestado por el trapío. Flojísimo.

2º. Anvillado como el anterior , bien de pitones, fue al caballo, pero le dejaron dos puyazos traseros. Encastadísimo y con peligro.

3º. Flojísimo, inválido, protestado y devuelto. De diferente morfología y genética.  Sobrero de Julio de la Puerta: manso, entrado en carnes que resultó toreable y con transmisión.   

4º. De igual escasa morfología que sus hermanos de camada. Blando, noble, encastado.

5º. Bien presentado, saltillo claro pero fuera de tipo. Largo, bien armado, manso de salida (intentó saltar las tablas). Sin picar. Necesitó una tercera vara que no le dieron. No tenía ni un pase.

6º. Remiendo de Carriquiri. Largo. Un tio ensillado castaño chorreado. Una limpieza de corrales. Mostraba querencia y añoranza de los tiempos pasados y vividos a cubierto. Con una arboladura imponente y toreable igualmente.

 

José Luis Moreno: estocada caída -aviso- (saludos desde el tercio); estocada caída (silencio)

Diego Urdiales: pincahazo, estocada desprendida fulminante (vuelta); estocada desprendida, rueda de peones (saludos desde el tercio).

Sergi Aguilar: 2 pinchazos, estocada -aviso-; estocada desprendida (saludos desde el tercio)

Presidente: Julio Martínez Moreno.

Lleno.

Se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento del que fuera catedrático y vocal del Consejo de Asuntos Taurinos de la Comunidad de Madrid José Serrano Carvajal.