Fotografía de Paco Sanz
Morante de la Puebla en los primeros lances de capote de la tarde.
 
Las Ventas. Madrid, 3 de octubre de 2009

Tercer festejo de abono de la Feria de Otoño

 

Morante no quiso fumar

 

Por Paz Domingo

Morante de la Puebla es un torero particular. En esta temporada, y en sus más recientes actuaciones, nos tiene acostumbrados a una imagen atípica dentro del círculo sagrado del albero. Despliega un imponente habano, de calibre más que considerable. Fuma a placer entre toro y toro. Exhibe el artefacto sin disimulo y con ostentación. El puro sobresale por las tablas del burladero. El maestro exprime unas bocanadas de humo que desparrama despaciosamente con una densidad propia de un veterano fumador. Como una reliquia lo consume. Como un objeto precioso lo cede al ayudante para que se lo guarde, mientras él atiende a los breves tiempos de la lidia.
 
Morante había congregado a un público entregado a las exquisiteces esporádicas que espacia por el orbe taurino. Pero Morante, en esta intervención tan esperada, no quiso fumar. Y eso que lo tenía todo preparado. El salón habilitado para la ocasión estaba acondicionado con una prodigiosa refrigeración. Disponía de una ventilación meticulosa. La temperatura óptima. Un cómodo sillón, repujado, mullido, de marcado estilo cásico, de formas perfectas, que suda olor a tiempos pasados, pero con esa textura exacta que se aclimata con pulcritud a la modernidad. Se le recibió como a los miembros más destacados de los selectos clubes británicos. Se dispuso que sus compañeros de aventuras humeantes fueran variados, pues se convino que le flanqueara un viejo fumador de pulmones tocados -lucido en otra época en las facetas más exclusivas-, y un joven atrevido, muy valiente porque aceptó el reto del oficio ante las descomunales figuras de tanto postín, pero sin los requisitos reservados a los genios artistas.
 

Se preparó para la ocasión un tabaco exclusivo. Tan seleccionado en aroma y sabor, tan adecuado para las circunstancias, compuesto de hojas voladas y ligeras, dóciles al tacto, de caracteres muy apropiados para desarrollar aroma. Al ojo del buen entendedor se quedaba corto en color, muy escaso en tonalidades, pero inconfundible en las posibilidades que pudiera desarrollar en sabor, preciso para la exhibición de los maestros, pues había estado conservado en maderas tratadas por finos ebanistas, y mantenido en humidores a temperatura aconsejada de forma científica.

Morante despreció la vitola. Increíble. Tal cual. Después de la primera bocanada dejada con la sapiencia que le caracteriza, dijo con gestos descompasados que no quería más. Que no le apetecía. Que para otra ocasión. Que no y que no. Y fue que no. Los incondicionales maldecían las ganas repentinas que tenía el maestro de dejar de fumar. Le habían puesto en bandeja una exhibición sin compromisos y el artista fingía tos bronquial.
 
Así pues, el público tajante –muy afectado en su corazoncito- miró para otro lado. Es decir, como vislumbraron que al otro rival de aventura de fumeque, (aquel viejo maestro, ausente en miles de años, que se había quemado los pulmones nadie sabía en qué circunstancias) le faltaba el aire, y que tampoco estaba por la labor, pues pusieron sus preciosas prendas oculares en los alardes exagerados del joven protagonista, el único que quedaba en liza para llevarse unos cuantos vítores. El caso es que se pasaron ampliamente, los asistentes y el oficiante. Este joven maestro -que ya no tenía nada que perder porque el tabaco era para hartarse a fumar-, tiró de puesta en escena, chupó cámara, se infló de bocanadas, simulaba apurar al máximo, derrochaba parsimonia ante un riesgo inexistente, ejecutaba técnica de andar por casa, que aireaba como revelación divina en el arte humoso. Y los circundantes, cabreados por el desaire de los artistas veteranos, proclamaron campeón al convidado de piedra que resultó osado, pero con técnicas alejadas de la ortodoxia y del sublime arte.
 
Y es que Julio Aparicio llegó con insuperables reservas, dejó en su primera actuación fugaces pases de empaque, pero convirtió en fiera indomable a su inválido y dócil animal precisamente porque no pudo ni ponerse delante. Más bien se limitó a las carreritas, la pierna y la muleta atrás, el pico, el agarre al costillar, y a una cuchillada trapera. Después le correspondió la oveja negra del encierro, que sí que era negra, y sí que era del género bovino, aunque mansurrona e inmóvil. No quiso ni ver. Cerró los ojos. Dijo que sea lo que Dios quiera, y entró a matar desde la distancia. Y se apareció la Virgen. La estocada estaba en su sitio. Costó un buen rato cerciorarse, que efectivamente la casualidad es antojadiza, y que había dejado un estoconazo, aunque de aquella manera. El público -bastante crispado con la bochornosa afección del ya viejo maestro- le obsequió con una gran pitada. Aparicio se lanzó como un poseso en su última oportunidad en el quite del perdón, en medio de una bronca importante. Dejó dos trapazos por verónicas, y una media tan sublime como hermosa, de las que se retienen en la memoria imperecedera.
 
¡Ese Morante! Ese Morante que dejó también media de categoría elevada, más una aceptable, muchas reservas en el mejor lote para inflarse a torear (de los de anillo al dedo). Los animales obedecían hasta en las distancias imposibles, aquellas donde se colocaba el maestro. Lo más cerca que se puso fue para descolgarse de los costillares de estos comoditos toritos, de diseño sofisticado muy del gusto de la moda actual y, sobre todo, de las preferencias estéticas del maestro sevillano. Desganado, fingidor, trapacero e indecoroso estuvo Morante, un Morante que además ha dejado de fumar. Ahora a la espera del rompimiento definitivo, de la lejana Puerta Grande, hay que añadir el desasosiego por la recuperación de sus malos hábitos humeantes.
 
Llegó Castella y triunfó. Con sus faenas clónicas, en esta tarde y en multitud de tardes. Estatuarios en los medios, pases cambiados rematados con un trincherazo bueno a fuerza de miles de ensayos. Frío, con posturas flemáticas muy estudiadas, con series ligadas pero demasiado forzadas, redondos que se suceden con ritmo monocorde, estocadas perfiladas y empolladas en enseñanzas con personalidad indefinida. Es verdad que despunta en valentía, y que impresiona sobre todo a los iniciados, pero ponerse valiente con estos carretones era demasiado fácil. Lo que en verdad se puso es muy teatrero, mentiroso y aprovechado. Le salió bien el asunto, porque el medio ambiente estaba de su parte, y le sacaron a hombros.
 

En su segunda actuación, se empeñó en no bajar la mano a un animal más boyante, que transmitía más que los anteriores, y que atesoraba tanta o más nobleza como todos sus compañeros de correrías. Hizo la misma faena, pero como vio que esta vez no provocaba delirio, se concentró en el parón, el penduleo, y el embrollo sin guardar las formas. Tanto que dejó un pinchazo hondo, atravesado, tendido, contrario, y demás lindezas insufribles, para luego sacar el descabello sin considerar, ni ejecutar, de nuevo la suerte. Por esta osadía y por vergüenza torera debía devolver las dos orejas que le habían ofrecido generosamente. Hay que saber ganárselas, desde luego, pero también habría que saber defenderlas. Por favor. Es lo mínimo que se debería exigir.

 

Toros Núñez del Cuvillo, muy parejos de presentación pero indecentes para Madrid. Anovillados, escasos de trapío, cómodos de agujas y de pitones, de infinita bondad y nobleza, sin desentonar en comportamiento, excepto el 4º que resultó diferente en hechuras y mansedumbre. Todos recibieron dos leves puyazos, aunque traseros y deformes.

1. Inválido protestado. Muy noble, pitos arrastre.

2. Recortado, justo de presentación, muy noble, algo mansurrón de entrada y muy flojo. Aplausos en el arrastre.

3. Flojo, noble, entregadísimo. Aplausos arrastre.

4. Tosco, de diferente hechura. Manso.

5. Noble igualmente. Leves aplausos en el arrastre.

6. Empujó, pero sin picar. Nobilísimo, con más presencia y mayor transmisión.

 

Julio Aparicio: estocada delantera y contraria (silencio); estocada (silencio).

Morante de la Puebla: media cuchillada atravesadísima a paso de banderillas, rueda de peones (silencio); pinchazo, pinchazo hondo atravesado, rueda de peones, 1 descabello (pitos).

Sebastián Castella: estocada caída, trasera y tendida (dos orejas), pinchazo hondo atravesado y tendido –aviso- cuatro descabellos (palmas). Salió por la Puerta Grande.

Presidente: Manuel Muñoz Infante.

Lleno de no hay billetes.

Destacaron en la ejecución de las banderillas los subalternos Curro Molina al tercer toro, y Ángel Otero en el cuarto. También Curro Molina realizó una buena e impecable lidia al sexto.
 
A continuación publicamos diferentes momentos de los protagonistas de la tarde.
Reportaje gráfico de Paco Sanz