Y de repente, corazón torero

Calasparra (Murcia). 30 de julio de 2009

 

Por Paz Domingo

El periplo taurino por las tardes del verano abierto continúa, y se encuentra, de repente, un corazón torero. Allí, bien guardado entre las vegas del Segura, entre arrozales ondulantes y aterciopelados, protegido por la solidez de canteras solemnes, arrullado por impulso de aguas correderas. Allí, hay un pueblo de inmenso corazón torero. Allí está Calasparra. Pero, allí no va cualquiera, al menos a ver toros. Si quiere reconciliarse con los cánones que Dios mandó, -taurinamente hablando- venga a este rincón murciano. Si está cansado de tanto jolgorio desproporcionado, venga a la mesura de este oasis crítico. Si quiere emocionarse con la verdad, venga al corazón de una afición descomunal y rotunda que allí especialmente se da. Conmueve, se lo aseguro. Y es que allí se organizan unos festejos que ya los quisieran muchos, en miles se sitios, en abundantes situaciones.

Rafaelillo estuvo más que voluntarioso, con tanta sinceridad como inmensas ganas en estar bien en casa, sabedor de la sabiduría del tendido, estuvo muy pendiente de las exigencias que sabe que atesoran las gentes de su pueblo. Él, mejor que nadie, conoce  el rigor del público. Con insistencia, tomaba el pulso con miradas constantes a los rostros conocidos que le circundaban y, después, sonreía abiertamente.

Se abrió el portón de los chiqueros y el toro fiero, que desprendió con derrotes las tablas del burladero, cortó la tarde de sesgo. Impactó. Y los presentes no lo podían creer. Para los iniciados, era una aventura descomunal, de un animal de genio inusual, tantas veces ausente en tardes repetidas. No gustó la suerte a aquellos aficionados de la tierra. Rafaelillo abría capote. El torero paisano se jugaba la cornada en cada pase, intentando que el animal obedeciese el engaño. Entre derrotes, recortes inciertos y torniscazos a discreción, el toro desarrollaba sentido, aprendizaje del malo, e incluso alguien apuntaba que el marrajo estaba toreao. Pero las cosas del destino dispusieron que el valiente Rafael estuviera allí. Se jugó el tipo y la cornada como él sabe hacerlo; aguantando arreones, volando por los aires, y sin aminalarse por los revolcones que convirtieron en jirones su traje de luces. Estuvo sensacional, sencillamente porque sabe enfrentarse a estas dificultades. Estos animales de casta, aunque mala, solo se dan para estos hombres de acero, de pundonor, de técnica lidiadora, y también para los pocos que saben valorar verdaderamente el mando y la inmensa tarea que supone dominar a un toro de lidia. Por supuesto, íntegro y auténtico.

Estos demonios dan fama de la buena, pero no llenan estadísticas, ni otorgan triunfos, y Rafael los necesita. Al torero murciano le cambió la cara en su segunda actuación, y remató la tarde con una faena entregada a un toro de más nobleza, con complicaciones porque se paraba y esperaba. Incluso mató decididamente tirándose arriba, certero, dejando una estocada delantera pero muy efectiva. Estuvo poderoso, buscando la ligazón. Construyó la faena con derechazos, de rodillas primero, para después continuar en los medios. Cruzándose en algunos momentos, y quedándose escaso de sitio en otros. El animal apretaba y el torero no rectificaba. Y así, se llevó otro revolcón, además de un puntazo en la ceja, que por pocos milímetros casi se queda sin ojo.

César Jiménez y Matías Tejela pasaron casi de puntillas. Más el primero. Muy concentrado estuvo Jiménez en componer figura, en pedir cambios de tercio con un puyacito, a dejarse sin picar a los animales que le tocaron en suerte, que aunque algo más flojos, estuvieron en la media de peso, es decir 500 kilos, que no está mal. No manda nada con los trastos en la mano. Desplaza a las afueras, maneja la muleta -como es costumbre hoy en día- al uso de los guardias de los aeródromos, dejando enganchones, carreritas atrás, y lo que fue peor, hasta hizo mucho teatro del malo, de eso de que vaya suerte la mía con estos mostrencos que no embisten. Se puso muy jacarandoso, por si colaba, pero estos aficionados de Calasparra saben mucho, y lo que saben es que está fuera, de la cara del toro y de la esencia verdadera del toreo. Quizá, su primer oponente tenía algo de mansedumbre, y que el segundo era el menos claro de la tarde, pero a él le dio lo mismo, porque manejó las situaciones por igual, con nulos recursos. Además, mató mal.
La estética de Matías Tejela se cotiza más, hasta que le sale el toro con el que hay que fajarse, o con el que hay que realizar torero de sitio verdadero. Y le tocó el mejor. Fue el animal al caballo con codicia, desarrolló movilidad y abundante nobleza, pedía la puerta grande y arte sublime. Pero este toro del Conde de Mayalde se fue inédito al desolladero. Previamente el matador había dispuesto algunos derechazos buenos entre abundantes enganchones y no pocas dudas. Con el último de la tarde tiró de repertorio: adornos fuera de la cara del toro, molinetes retorcidos, y después se atracó de torero de parón. Estuvo el matador muy descompuesto y le faltó un poco de respeto hacia este publico de buen entender, porque como maestro debía saber que no se dan gritos para pedir a los subalternos que no le bajen la cara al toro, aunque sea el más flojo de la tarde, y que se entere todo el mundo. También debe poner orden en la cuadrilla, pedirles que tengan más oficio, y sobre todo que no sean tan vulgares, jaleando y moviendo los brazos como si fuera el respetable una comparsa de plató televisivo. Y todo para pedir una oreja, que no se la dieron. Evidentemente no se la merecía, que aunque pueda significar mucho, no es nada sin respeto.

En fin. Nos gustó esta agradable sorpresa en este singular rincón de la vega del río Segura. Disfrutamos de la conversación, de la amistad, de la sabiduría taurómaca, y sobre todo de una portentosa y sincera afición.

Se llevaron a Rafaelillo a hombros, recorriendo el pequeño ruedo de la plaza centenaria de La Caverina, El matador de alma robusta iba feliz. Los demás seguimos hablando de toros, de las esperanzas entre tanda decadencia que nos rodea, de la crisis y de un futuro incierto. Eso sí. La afición está. En Calasparra, por supuesto. Garantizado.

 

Toros de Conde de Mayalde, con buena presentación, con cara, bien armados y con un peso medio aproximado de 550 kilos. Resultaron con casta, con movilidad y nobleza en general, excepto el 1º que resultó un marrajo considerable con pitos en el arrastre, y el 3º bravo. Casi todos recibieron dos puyazos, incluso alguno más, y otro menos.

Rafaelillo: dos pinchazos, pinchazo hondo y un descabello (saludos desde el tercio); estocada delantera pero abajo (dos orejas). Salió a hombros.

César Jiménez: estocada trasera caída. 1 descabello (saludos desde el tercio): soberbio bajonazo (división de opiniones: pitos y palmas)

Matías Tejela: estocada (oreja); estocada algo trasera (petición de oreja que no se concedió).

Media entrada.

Calasparra (Murcia). Plaza de La Caverina.
Feria de San Abdón y San Senén.

30 de julio de 2009.