Paco Camino sale triunfador por la Puerta Grande de Madrid,
después de cortar ocho orejas en la Corrida de Beneficencia del 4 de junio de 1970.
 
Corrida de la Beneficencia
Plaza de toros de Madrid. 4 de junio de 1970
Crónica de Antonio Díaz Cañabate
Publicada en el diario ABC, el viernes 5 de junio de 1970

Edición de la mañana, página 81

El eco romántico de Paco Camino

Antonio Díaz-Cañabate

Paco Camino es un hombre muy de hoy. Probablemente no tiene idea de lo que fue el romanticismo, de que hubo un tiempo no demasiado lejano, en el que se vivía románticamente (…) Eligió la profesión de torero. Ha triunfado en ella. Ha recolectado laureles y dinero. Está en las doradas cimas de la torería. Pero el romanticismo es un diablillo enredador que de vez en cuando hace una de las suyas. El romanticismo es como el picotazo de un insecto que inocula en la picadura un veneno inofensivo, aunque virulento en las consecuencias del picotazo. A Paco Camino le entró la comezón de torear seis toros en Madrid. Hace unas temporadas se malogró el intento. En esta de 1970 el desasosiego de apetito de torearlos se recrudeció. Se ofrece a la empresa para realizar su acuciante propósito en la Feria de San Isidro. No se llega a un acuerdo. El picor no cede. Aumenta la intensidad. Paco Camino se ofrece a torear los seis toros de la Corrida de Beneficencia. ¿Dinero? La desazón romántica se impone. Nada de dinero. (…) ¿Toros? (*) Seis de seis vacadas. ¿Cuáles? Las de más abolengo, las de mayor antigüedad. (…)

Este cartel se lanza a los vientos de la publicidad. Ha terminado hace unos días la Feria de San Isidro. En ella hubo de todo. Toros y toritos. Toreros y sucedáneos. Paco Camino, que es un torero, quedó fuera. Tampoco fue a la Feria de Sevilla. ¿Qué le pasa a Paco Camino? Ni él mismo lo sabía. (…) Pero a su alma, a su pensamiento, a su intención había llegado un eco romántico, un eco de unas palabras que decían: “Torea seis toros en Madrid (…) no para el público, para ti, para tu satisfacción de torero, para los amantes de suspiros”. Queda señalada la fecha. Jueves 4 de junio de 1970.

A las diez de la mañana del miércoles acudo a la calle de la Victoria. A esas horas se abría el despacho de billetes para los no abonados. Al entrar en la calle de la Cruz, mis ojos atónitos contemplan una larguísima cola que daba toda la vuelta a la muy amplia manzana donde radican las taquillas. Años, largos años que no veía tal aglomeración. (…) ¿A qué se debía tal angustia? Al eco romántico que había trasmitido el gesto de Paco Camino.

Por la Puerta rebosante se extiende un clamor. No es el habitual (…) Es un rumor sordo, contenido, callado, dilatado, difuso. Pocos somos los que comprendemos su origen. Sólo los viejales. Es el eco romántico.

Clarinea el clarín. Los alguacilillos llegan a la puesta de cuadrillas. Paco Camino surge. Va vestido de rico carmesí y oro. Una ovación lo acoge. No es la rutinaria. (…)

Todos los nervios menos los de Paco Camino. Millones de personas han visto la corrida a través del milagro de la televisión. Detallarla es trabajo baldío. Los nervios de Paco Camino estaban serenos. En ningún momento ha fallado esta serenidad traducida en regularidad. No existieron altibajos. Sólo en dos momentos esta regularidad se altera. La estocada al primer toro. La faena de muleta al sexto. La estocada fue bellísima. La faena de muleta, meritísima. El toro no iba por su voluntad. Era el torero el que le obligaba, con el temple unido al mando, con la armonía del ritmo y la tersura de la limpieza. Estos dos momentos sobrepasaron la regularidad, alcanzaron lo extraordinario, la pureza y la belleza del arte de torear.

(…) Para mí lo más sobresaliente de la corrida es que Paco Camino toreó a cada uno de los siete toros con arreglo a su condición. Y creo que esto, para mí y para todo el mundo, es el toreo. Ni la floritura a destiempo, ni el seco clasicismo, ni la falsa espectacularidad, ni la concesión a un público no taurino, ni mucho menos los pases mecánicos y rutinarios. A cada toro, lo suyo. A unos más pasos y a otro menos, pero siempre los justos, y lo que es mejor, los ajustados a su condición. Facilidad y decisión al matar. En el sobrero de Domecq, dos pinchazos y una estocada citando a recibir, eco romántico si los hay. Un quite por chicuelitas soberbio, hasta el punto que no parecían chicuelitas, sino destellos primorosos de donaire andaluz, es decir, lo que en verdad son.

Podría multiplicar los muy buenos detalles que abundaron en la regularidad de la lidia de los siete toros, pues lidió uno más de don Felipe Bartolomé. Las faenas fueron variadas, así como algún quite que otro. Vimos pases ayudados de pie y rodilla en tierra, lances de capa en esta postura que le resultó muy torera. Vimos, en fin, a un torero desenvolverse con toda desenvoltura en siete toros, sin una caída en el desmayo, ni en lo desgraciado, ni en lo espectacular.

Fue aclamado constantemente y cortó, creo, que ocho orejas. El eco romántico se convirtió en explosión. Los suspiros en alegría. Había un torero en el ruedo. No se necesitaba más. Por esto suspiramos hace tiempo los que deseamos una fiesta auténtica. Paco Camino nos ha hecho suspirar hondo. Nos hemos quedado tan a gusto. El eco romántico de Paco Camino ha resonado en toda la España taurina. ¡Adelante con los faroles de las luminarias del verdadero arte de torear!

 

(*)  Juan Pedro Domecq, con hierro de Veragua y antigüedad de 1790;  La de Carlos Urquijo, los antiguos murubes, 1848; Miura, 1849; Pablo Romero, 1888; Joaquín Buendía, antes Santa Coloma, 1908. Y la más moderna, la de los Herederos de don Manuel Arranz”.  

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