Les ofrecemos una verdadera declaración de intenciones y que constituye el manifiesto de aquellos aficionados que amamos apasionada y desinteresadamente el mundo de los toros, siempre desde la integridad y la verdad de este espectáculo. Se ha elegido para esta tribuna el texto del pregón que Paz Domingo ofreció en Calasparra (Murcia) con motivo de la apertura de la vigésima edición de su fiesta taurina. Una postura personal y profesional que compartimos abiertamente todos los que realizamos y hacemos posible toroaficion.com.
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Diario de una crisis (taurina)
Capítulo uno. Segunda parte
Declaración de intenciones
 
Calasparra (Murcia). 2 de septiembre de 2009.
Por Paz Domingo

Amigos, esta invitación que me ofrecéis para pregonar vuestra fiesta taurina supone para mí, en esta noche especial, un acto de confirmación, y así quiero comenzar, publicando abiertamente mi reconocimiento apasionado por este singular mundo que representa el universo de los toros, aquel que surgió hace tiempo cuando el hombre quiso dominar con fuerza, pero con inteligencia, a un animal fiero, incierto y desconocido.
     Reconozco la grandeza de un espectáculo único en su origen y desarrollo, en su esencia y evolución, en su originalidad y en la reglamentación que lo sustenta, en su violencia innata y en su posterior sublimación en arte, en su historia y en el fenómeno erudito de las tauromaquias que genera.
     Ingenuamente, me sigue asombrando el milagro que se produce en el peculiar proceso de domesticación a que ha sido sometido y que consiste, ni más ni menos, en una destreza artificial para conservar intactas sus condiciones salvajes. Una extraña paradoja.
     Declaro mi enamoramiento de la portentosa belleza que atesora el toro de lidia, cuando se da con toda la integridad física y temperamental, con la fuerza descomunal que representa su genio, acometividad, defensa, y resistencia al sometimiento. Puedo garantizar –como vosotros- que quien ha vivido la experiencia de inquietarse con la bravura que lleva dentro este exclusivo animal, queda capacitado de por vida para amar apasionada y desinteresadamente este espectáculo tan incomprensible.
     Por tanto, creo en la autenticidad de este milagro, fuera de toda especulación, negocio, tiempo, y en definitiva de toda moda que devalúe un ápice su esencia.
     Admiro incansablemente a todos aquellos hombres y mujeres que en el mundo taurino se han dado, por su capacidad de trabajo, por superar el miedo y por entender su grandeza, porque pusieron su ingenio para desarrollarla, acumularon talento para transmitirla, y generaron pasión para disfrutarla. De la misma manera que me conmueve el ímpetu de una afición sincera que busca cualquier atisbo majestuoso que en este mundo se produce, que acrecienta su vocación con la autenticidad que representa, que la guarda celosamente en su memoria, que la acaricia porque es hermosa, y que la protege porque es verdadera.
     Creo en esta verdad única: en la legitimidad de la lucha, donde no gana la técnica porque ejecuta, ni la inteligencia porque somete, sino en la verdad desnuda que transforma la carnalidad de este espectáculo en arte elevado.

Además de todo esto, me seduce el castellano vibrante y gigantesco que la tauromaquia ha aportado al lenguaje, a la historia, a la literatura, incluso a la política, y especialmente al periodismo. Un lenguaje excelso que hoy en día está escasamente reconocido, o si lo prefieren, absolutamente desprotegido.
     Y precisamente de periodismo taurino quiero hablaros esta noche. Mi intención no es hacer un largo recorrido por las fórmulas, medios, estilos y demás avatares que han llevado parejos el hecho y la narración taurina, pero sí reconocer abiertamente el instinto de los grandes cronistas que enseñaron su capacidad de comunicación y pensamiento crítico, dotando a la crónica de toros de un rango literario inalcanzable en otras facetas artísticas.
     Siento nostalgia de aquellas plumas brillantes, de esas personalidades descomunales de otra época, de esos genios que ya no están. Y me parece que en esta orfandad no estoy sola. Sé de buena tinta que personas bien intencionadas -taurinamente hablando, por supuesto-, acuden a las crónicas de tiempos pasados, con la disposición de leerlas, estudiarlas, y reconfortar el espíritu en las soledades taurómacas que traen los largos inviernos, para recrearse después en la grandiosidad de su verbo, en la originalidad de su fundamento y en la literatura pura que se desgrana en este género periodístico. Un grato ejercicio que, por otra parte, sirve para cerciorarse que nada hay nuevo bajo el sol. La urgencia de los negocios se da desde hace tiempo, los intereses que se mueven son poderosos y bastante antiguos, que este es y fue un espectáculo de masas, que la publicidad manda –y mucho-, que urge vender ayer, hoy y mañana, y que tiene que ser rápido y ya.
     Pero si hay decadencia en esta profesión de crítico taurino no se debe solamente a las corruptelas, que se dan o que se sospechan, que se dieron y que sin remedio se darán. Evidentemente, han surgido personalidades o medios de comunicación, entonces y ahora, que no se han plegado a las prebendas, contribuyendo con su independencia a engrandecer el mundo de los toros, y por extensión el mundo de los demás mortales.

Hoy en día ejercer la crítica taurina es un oficio arriesgado. La profesión está inmersa en una crisis por falta de ideas, donde abundan profesionales con mucha autoridad y confuso pundonor. Para ejercerla con subjetividad y libertad es necesario navegar, por un lado, entre las presiones de gigantescas empresas de comunicación con desdibujadas líneas en su política editorial y, por otro, entre las circunstancias particulares que genera el estamento taurino, crecido en una galopante falta de calidad del espectáculo, pero con el mando que les otorga la concentración de poderes.
    Todo esto en el mundo de las prisas, de la instantaneidad, del breve, donde se hacen cada vez más volátiles las reflexiones. La información y la opinión se confunden de manera generalizada, incluso aberrante. Las nuevas tecnologías permiten el acceso a un volumen desproporcionado de referencias y datos, inabarcables por su dimensión sideral, tan grandes como inmensas son las inexactitudes que ocultan y tan preocupantes por la confusión que generan. Todo está situado en un mismo plano –el horizontal- , donde la jerarquización de la calidad no se da. Y en este futuro hay que colocar a los medios de comunicación, y por extensión a los críticos taurinos. Ni que decir tiene, que el reto está en hacer posible la calidad y la independencia -además de la mera supervivencia- de la información y de sus profesionales. El derecho fundamental a estar informado verazmente, o acceder a las opiniones de profesionales cualificados debe prevalecer sobre cualquier ingenio técnico, por muy deslumbrante y trepidante que sea. Si queremos que este oficio sea independiente, arriesgado y solvente, debe dilucidar entre el todo vale o no, entre la gratuidad o no. Las razones son obvias.
     Verdaderamente hay que estar o muy loco, o muy seguro, para dedicarse consecuentemente a las tareas de la crítica taurina en este pésimo panorama. Este toro tiene mucho que torear, o lidiar como mandan los cánones de la tauromaquia, que para eso están. Hay que parar, pues se hace imprescindible poseer conocimientos de cuantos elementos componen este espectáculo en todas sus dimensiones técnicas y artísticas. Mandar en la embestida, ofreciendo criterio, siempre subjetivo, se entiende. Cargar la suerte, mostrando sin dilación el grado de independencia que se ha asumido de manera personal y profesional. Y por último, la profundidad se manifestará en las facultades propias de ser interesante.

A esta complicada transfiguración han llegado algunos genios, aunque en realidad son pocos, que con una capacidad extraordinaria de juicio, técnica narradora poderosa y con una sutileza desbordante, han sido capaces de convertir una mera reseña en obra maestra de la literatura.
    No es mi intención enumerar a todos los que lo merecen, precisamente porque corresponde a cada uno de nosotros, o quizá a los estudiosos, elaborar una particular relación de los referentes obligados dentro de la crítica taurina. Yo quiero hacer una excepción, y también un homenaje, recordando esta noche a Joaquín Vidal, a uno de los grandes, al genial inventor de la tribuna Las vacas enviudan a las cinco, al prosista que poco a poco fue depurando el estilo hasta hacerlo colosal, al “escritor fuera de serie”, como le definió Julio Cortázar.
     Dejó bien sentado que una cosa era la crítica y otra el comercio en que inevitablemente se convierte cualquier espectáculo. Diferenció la información de la opinión como nadie dentro de la profesión, fue escrupuloso en el tratamiento de debía tener cada noticia en cualquier circunstancia, y transmitió con su excepcional dimensión un entusiasmo descomunal en los aficionados conspicuos, en los iniciados en el espectáculo, en los que leían sus crónicas por el placer de leerlas, en la intelectualidad filo taurina, hasta convertirse en el sumo sacerdote de la liturgia auténtica.
     Joaquín Vidal fue el crítico. El único, claro está, porque a este maestro de periodistas le dejaron prácticamente solo en la reivindicación de la fiesta, en la defensa de la integridad, en la batalla por dotar al oficio de independencia y honradez, y que con el tiempo se antoja imposible de igualar. Fue un hombre tímido, dotado de un gran sentido del humor, el personaje más elegante de cuantos se puedan conocer, pues cuando los insultos y las descalificaciones arreciaban en la campaña infame que le regaló el taurinismo militante, aseguraba “que no replicaba como se debe porque estas cuestiones o se dilucidan en los tribunales, previa denuncia formal en el Juzgado de Guardia, o se echan a las espaldas, que uno ya las tiene bien anchas después de andar unos cuantos años por la vida y contemplar tanta y tanta estulticia”.
     No quiso mezclarse con toreros ni con apoderados, y para los que le conocimos y trabajamos a su lado en el diario El País, suponía el paradigma de la excelencia y de la independencia. La fotografía que se publicó en su necrológica, aquella en que aparecía sentado en el tendido, solo, bajo un chubasquero, chorreando agua bajo el diluvio universal, se convirtió para todos nosotros en un emblema de aguante, de resistencia y de profesionalidad sin fisuras. Les aseguro que defendió la sección taurina con una entrega inusual, luchó por el espacio que creía debía tener, de puertas a dentro y en la inmensidad del universo que constituye la fiesta. Y todo con la misma vehemencia. Fue galante a la antigua, buen conversador, mejor observador, y un amigo. Nunca le oímos lamentarse. Nunca. Circunstancia que nos hacía admirarle mucho más. Y en una genialidad más de las suyas, en un alarde de sencillez y de respeto a su oficio crítico, publicó una entrevista que realizó al también maestro de la crítica Antonio Díaz-Cañabate, en la cual hablaba –a sus 82 años- de los sinsabores que le había dado esta arriesgada profesión. Éste es un extracto muy ilustrativo:
     - ¿Por qué dejó la crítica taurina? (le preguntaba Joaquín Vidal)
     - En realidad estaba harto, (le respondía Cañabate) y por eso lo dejé. Tengo ahora una sensación muy acentuada de que perdí miserablemente el tiempo durante los quince años o por ahí que ejercí de crítico. Empleé mis años mejores en una labor que no sirvió para nada.
     - No estoy de acuerdo. Usted hizo mucho bien a la fiesta. (le replicaba el entrevistador)
     - Quizá, sí, (decía Cañabate) era de los pocos críticos independientes que no iban a la peseta. Pero eso es todo. Peleé inútilmente por una causa perdida Ahora, miro hacia atrás y pienso que me equivoqué al aceptar la crítica taurina. No siento ninguna satisfacción por haberla ejercido, y, por supuesto, no la echo de menos en absoluto.

En este retrato, de maestro a maestro, Joaquín Vidal puntualizaba que Díaz Cañabate se equivocaba, “porque con sus certeros juicios modeló el espectáculo para ponerlo en situación de derivar al arte, sus agudas definiciones sobre el Planeta de los Toros -nombre que él mismo creó- sentaron cátedra, y son hoy algo así como axiomas en el arte de torear, y abrió cauces para que sus jóvenes sucesores en el oficio emprendieran la batalla frontal y sin sutilezas que habría de conducir a un notable saneamiento de la fiesta”. Joaquín Vidal se convertiría precisamente en lo mismo, en una referencia incluso para los que no le quisieron reconocer.
     La labor del crítico no satisface ni a toreros, ni a sus parientes, ni a los empresarios -taurinos e informadores- ni posiblemente a uno mismo, como le pasaba a Cañabate, precisamente por la ingrata tarea de reivindicar la exigencia, denunciar el fraude, destacar la autenticidad y defender la integridad.

Y es ahora, en este universo donde hay superabundancia de todo, bien podrían darse las circunstancias para que el espectáculo taurino se apreciara por su merecida representatividad en los ámbitos sociales, se respetara por su carácter singular en la historia de la humanidad, y además, se admirara por su originalidad, entre miles de expresiones culturales.
     Estamos en un escenario con más festejos que nunca. Se promociona con más intensidad a personajes, fiestas, trofeos e instituciones. Los más sofisticados soportes digitales están ya al servicio de cualquiera, desde publicaciones especializadas, plataformas de apoyo, foros de debate, páginas personales de profesionales, de aficionados, hasta la instantaneidad de todo lo que acontece. Pues bien, parece lógico pensar que el volumen tan descomunal de información, opinión y divulgación pudiera contribuir al desarrollo de esto que se llama el mundo de los toros y, sin embargo, la fiesta está inmersa de una profunda decadencia.

Las causas de este declive son muchas. Por ejemplo:
    - La demanda de un espectáculo íntegro está fuera de contexto. Reconocer que a uno le gustan los toros se ha convertido en políticamente incorrecto.
    - El público menos exigente es cada vez más numeroso. Y las plazas ya no se llenan. 
    - La mayor parte de los profesionales hacen escuela de un simulacro taurómaco. Es lo que hoy se llama el toreo moderno. El tercio de varas no tiene sentido porque no se dan las condiciones para el cual se creó.
    - Todo se sucede con monotonía, sin pasión, sin diversión, sin entretenimiento, sin sabiduría. Lo peor que podría suceder.
    - Los empresarios taurinos son multinacionales que al mismo tiempo gestionan plazas de toros, explotan ganaderías, apoderan toreros, son relaciones públicas de sociedades, y diseñan carteles carentes de atractivo, imaginación e interés.
    - En las adjudicaciones para la gestión de plazas se prima el canon económico. Mientras, las instituciones -que son propietarias de los cosos- dejan en manos de los arrendatarios todas las tareas de promoción, difusión, y esfuerzo para la divulgación cultural del espectáculo taurino y de lo que representa. Una irresponsabilidad. No existen planes para preservar esta tradición, ni argumentos para evitar su decadencia, y olvidan que son precisamente estas instituciones públicas las que deben encargarse de resguardar y desarrollar, les guste o no, el patrimonio cultural que supone la fiesta de los toros.
    - Las autoridades competentes no persiguen el fraude dentro del espectáculo. Incluso, lo han regularizado en los últimos reglamentos. 
    - Por supuesto no hay toros de lidia. Parecen toros, pero no lo son. Al menos en su esencia de casta, bravura y trapío. Los atributos de sus encastes y las peculiaridades por selección y crianza son imprecisas. 
    - Y hacer crítica de todo lo enunciado, es tarea aventurada.
Lo dicho, que hay que estar muy loco, o muy seguro, para lanzarse al ruedo con todas las consecuencias.

¿Y qué nos queda amigos?
    Supongo que queda la esperanza y trabajar mucho, humildemente. Ambas circunstancias que aquí se dan, en Calasparra, en este rincón de la vega del río Segura, en este bellísimo santuario y en vuestros corazones toreros. Y en este universo taurino nos queda mucho por hacer. Nos queda la responsabilidad de ser exigentes y honrados. Nos queda pundonor. Nos queda la pasión por este espectáculo insólito. Nos queda el respeto a esta hermosa afición que sentimos. Nos queda un compromiso sincero para desarrollar su autenticidad. Nos quedan aquellos testimonios de cuantos nos han precedido y de los que vendrán. Nos quedan muchos años de salud y muchas ganas de disfrutar. Sencilla y llanamente por que nos gustan los toros. Que se sepa.
    Quiero agradeceros vuestra amistad. Al alcalde Jesús Navarro su cordialidad, al Club Taurino precisamente por su enorme trabajo, a Paco García por su carácter extraordinario, y a vosotros amigos por vuestra generosidad, y el ímpetu de vuestra alma torera. Os recuerdo que siempre estaré a vuestra disposición. Mil gracias, de todo corazón.
(C) Paz Domingo
Calasparra. 2 de septiembre de 2009