Noticias toroaficion


Esta tribuna nace con voluntad de empeño en defensa de la fiesta. Pretende mantener un espíritu crítico y vigilante ante un espectáculo en decadencia. Quiere defender su ortodoxia, su integridad y su evolución, desarrollados en el tiempo mediante tauromaquias, reglamentos, selección y crianza. Aspira a salvaguardar la singularidad del toro de lidia en todo su esplendor de trapío, casta y bravura. Acomete la exigencia de autenticidad en la fiesta. Trata de expresar libremente el amor por la verdad de este espectáculo. Y sobre todo, esta plataforma quiere amparar a la afición comprometida que reclama una fiesta decente en el difícil mundo actual; que demanda seriedad en su desarrollo para que su singularidad no desaparezca; que requiere un compromiso sin fisuras por encima de negocios, modas y atropellos a sus fundamentos; que está dispuesta a la defensa de este descomunal y hermoso espectáculo con responsabilidad; y que preservará a ultranza la pasión y el sincero interés que manifiesta por el universo de los toros.

Corrida de Beneficencia. Madrid.

publicado a la‎(s)‎ 2 jun. 2016 3:43 por toro aficion

Sorpasso.es

Por Paz Domingo

También hoy es un día para tomar lecciones. La corrida extraordinaria de la Beneficencia en Madrid es un instructivo ejemplo para calibrar en qué punto de declive está la fiesta de los toros en el espectro social. Llegó el aquelarre de hordas invasoras, tan iletradas y tan sumisas a los cantos mesiánicos como inconscientes de la trampa mortal que se esconde detrás de ese populismo mediático, concretado en divulgación chabacana, expuesto sin pudor y despreciativo con la razón. Y había que estar allí para verlo, para comprobar cómo ha cambiado el paisanaje de la plaza en la exaltación de la fiesta por la fiesta. Los taurinos de clavel que anteriormente poblaban los tendidos tenían al menos algunas claves para descifrar la esencia del espectáculo. Ahora los sucesores de aquellos isidros -concitados en un escenario mediante espectros internautas- ya no llevan códigos reventones en las solapas sino que lucen con desahogo una vanidad, una ignorancia y un dirigismo muy a tono con los estos tiempos tan individualistas de hoy en día, arrollando de paso a la fiesta a la cual se creen que tienen la obligación conceptual de exaltar. Y han consumado el sorpasso. No por propio amor a la misma, por supuesto, sino por amor propio a la notoriedad aunque sea postiza.

No sabían nada de nada. Ni pedir orejas. Había borricos volando a la vista y fueron a por ellos. Ignoraban estos neosabios-punto.es que los mamíferos alados no eran prodigios naturales sino criaturas clónicas salidas de tubos de ensayo y muy adecuados para el control remoto. Por supuesto, les daba igual que igual les daba. Los bellos adonis que debían escenificar la pantomima tardaron de darse cuenta de las buenas sensaciones para el disfrute y que los dioses reimplantados estaban con ellos. Pasó Castella, harto de tanto fingimiento. Pasó Manzanares, harto de encarnarse en figura propia. Pasó López Simón, harto de no hacer nada de nada, de saber poco de poco, de mandar menos de menos, y le cayó de sopetón -desde los tendidos enloquecidos, desde palco consentidor presidencial, desde la tribuna real voluntariosa, desde la trinidad interesada televisiva, desde del cielo inclemente y desde el mismísimo infierno, la rendición a la que está llamado por méritos ajenos. 

Y aquí cambió un poco la cosita. Pasó Castella, más harto de estar harto de tanto fingimiento. Pasó Manzanares, harto de no protagonizar a título individual el cortijo y agarró por las orejas al torito propicio para el sacrificio y que aleteaba juguetón a ritmo de melodía, subiéndose de inmediato en la ola de este nuevo público forjador del sorpasso en los conocimientos a lo taurino. Sabía el maestro que podía estar en maestro y lo hizo en algunas pausas acompasadas con lento temple aprovechando la despaciosidad que se sucedía en el juego alado. Con una tanda de naturales etéreos, más una media desmayada de extraordinaria estética, subió también a los puristas a la cresta de la ola. Se desencadenó el éxtasis y si a López Simón le habían abierto la puerta grande, ¿qué no deberían hacer con Manzanares? Como no tenían ni idea de lo que debían pedir, pues empezaron a pedir y pedir con vocerío de romería. Estos neo expertos reclamaban las orejas para el mesías, el rabo (del mesías no, del torito alado se entiende), la vuelta al ruedo (al bueno del torito, claro), el indulto (también al torito) y no sé cuántas cosas más ignoraban que se podían pedir porque aquí los analfabetos en estrategias de posicionamiento digital estábamos perdidos. Pasó López Simón, harto de tanto pintoresquismo. Y pasaron ambos diestros entre las hordas desquiciadas en el atardecer tibio de Madrid camino de la realidad virtual que se impone. 


Saltillos

publicado a la‎(s)‎ 1 jun. 2016 4:33 por toro aficion

Lección de lidia ineluctable para hoy


Por Paz Domingo

No estoy de acuerdo. La corrida de Saltillo no fue mansa, un calificativo tan rotundo como recurrente en las crónicas que leo esta mañana. La mansedumbre como cualquier otra noción actual (léase bravo, noble, incluso toreable) que defina el comportamiento de la cabaña ganadera supuestamente apta para la lidia es un término descontextualizado, manoseado, equívoco y que no sirve –al menos únicamente para este caso- porque casi todo el mundo identifica casta con docilidad, nobleza con babeo pastueño, bravura con “que se dejen apalear”, y mansedumbre con canto gallináceo.


No pretendo dar lecciones a nadie pero si se trata de precisar el proceder de los mencionados saltillos debo asegurar que Moreno Silva presentó un corridón de toros de inusual contundencia, de desacostumbrada bronquedad, de una casta ruda e insobornable. Ninguno de los seis animales en contienda –según la clasificación actual para topar con un manso- pisó los terrenos de chiqueros con apetencias deshonrosas, no se aquerenció de las tablas, no pidió la muerte de manera obscena, e incluso uno de ellos desafió a la inmortalidad y a la placidez de los toriles con todos los cabestros a su alrededor y con tres acometidas letales en sus carnes. Es cierto que buscaban enardecidamente los bultos, que se engallaban, que les resbalaban frenéticamente los puyazos, que extraviaban los ímpetus de un caballo a otro, que no atendían a los engaños, que desafiaban campanudos como amos y señores de entrañas esquivas al sometimiento.


Intratables, puede ser. Y no todos. Según qué, cómo y por qué. Hasta que apareció el pregonao que hizo tercero en orden de salida, las dos cuadrillas respectivas con sus matadores al frente, dieron lecciones magistrales de inclasificables y negados controles lidiadores, consiguiendo exasperar de tal modo a los aficionados verdaderos allí congregados y armándose una gran bronca absolutamente merecida. Todo se realizó de forma ignorante. Todo, siendo lo más asombroso que ambos animales quedaron entregados a la muleta, con las cabezas altas es cierto, pero hasta con posibilidades de sometimiento con verdad. Especialmente claro fue el segundo, el más noble de embestidas y al que Aguilar, nada puesto, quiso esconder, desplazar y renunciar.


A partir de aquí, en los tres torazos de miedo que se sucedieron se produjo la revelación para quienes quisieron entenderla. Fue una clase magistral para deducir el sentido de la lidia, tanto de su existencia como de su esclarecimiento. Quedó prácticamente ineluctable eso que se hizo antaño en llamar lidia de toros. Y digo casi imposible porque a estos pregonaos -que les sobraba entendimiento, aires campanudos, soberbia y descomunal capacidad de incertidumbre- no les pusieron en su sitio con la única arma posible: la exactitud. Este concepto, puede parecer vago de argumentación, pero consiste en defender el mando sin tregua y desde el instante primero. Hay que mandar abajo sin dilación y hasta sin ortodoxia, con firmeza, con arrojo de extraordinaria técnica, con inmensa valentía. Castigar, abajo, siempre abajo. Pero las varas cayeron como bombas de racimo, los capotes como armas cegadoras, las muletas como platillos volantes, las banderillas –las hubo hasta negras- como acicates de rebeldía, y las equivocadas astucias para contener la insubordinación resultaron granadas de mortero que el enemigo devolvía sin explotar.


Digo que es casi imposible que se pueda llegar a producir esta lección magistral de lidia auténtica sencillamente porque ya no se practica y por tanto no se puede aprender, ni enseñar. Y digo casi porque sí hubo dos instantes de técnica e imponderable perfección, suficientes para aquellos seres avispados, aficionados en la verdad, con entendederas inteligentes y que comprendan qué es eso de la lidia de un toro con todas sus maestrías. David Adalid puso varios pares de banderillas, pero la última tan colosal de mando que paró el toro en seco dejando los palos en la misma cara de la fiera. Del tamaño de esta proeza fue el capoteo por abajo de César del Puerto, también a este quinto, haciéndole bajar la altivez, parando la fuerza arrolladora e indicando con tal extraordinaria perfección y técnica quién manda (al toro y a los demás oficiantes en “lida desgarrada y enloquecida”, según definió Joaquín Vidal la actuación de los profesionales en un encierro de idénticas características dificultosas de Moreno de la Cova en Madrid).


Tampoco estoy de acuerdo en los que aseguran que el potencial de la corrida nos haya trasladado a otro siglo. Quizá con esta aseveración sean capaces de ponderar lo que comúnmente es imposible que se produzca en este espectáculo adocenado. Lo es para los que no han visto nada parecido. O no lo recuerdan. O no lo han leído. Lógico, no estaban las televisiones de fondo, ni los cronistas interesados, ni las grandes figuras dispuestas al enfrentamiento. Alguna vez se ven cosas parecidas y es necesario reivindicarlas. Por tanto, con la misma rotundidad aseguro que los bulos de que estaban los animales toreados es una infamia. Lo que hay, señores míos, es la evidencia de ser pocos los hombres y toreros que sean capaces del dominio verdadero, tan pocos como ganaderos con tanto celo en la casta categórica. No es necesario que Moreno Silva pida perdón. Lo que procede es darle las gracias por mostrarnos la desnudez y la grandeza de la fiesta de los toros.


Sí, amigo Javier, el toro existe, como también hay alguna ganadería que presente animales de poder. El problema es que ni a unos ni a otros les dejarán a la vista, ni a la técnica. Al contrario, se pretende porfiadamente enterrarles en catacumbas después de haberles perpetrado auto de fe y hoguera pública. 

Resumen a toro pasado

publicado a la‎(s)‎ 1 jun. 2016 4:31 por toro aficion

De refilón

A la atención de Javier García Nieto

Por Paz Domingo


Saludos amigo. Mil gracias por tu curiosidad y mil perdones por tanta flojedad que me impide mantener mi compromiso en este blog taurómaco. Sin embargo, una no es de piedra y tus cariñosas peticiones me animan a enviarte unas reflexiones aunque sean de refilón, como tú bien dices.


Apenas muestro algo de interés por esta temporada de toros. Una vez más los ideólogos que deberían conformar una programación organizada desde la afición y la verdad a la fiesta se desentienden y ofrecen carteles de componendas tan manoseadas como siempre. Sin embargo, sí creo que hay algo que debería contarte.


Buena se ha liado entre los aficionados más asentados con las actuaciones de Roca Rey. Su paso por la feria ha dividido las agudezas. Para unos el joven diestro peruano es un exhibicionista que no torea, expone mucho pero sin ceñirse a los cánones del estilismo y el valor que le acredita es insuficiente para comprender los resortes del dominio. Para otros, es un torero de una capacidad exponencial en el sitio verdadero por encima de todo el escalafón. Y a mí, querido amigo, a pesar de la polvareda entusiasta entre ambos bandos, tengo que asegurarte que me ha gustado y mucho la aportación de Roca Rey en este desnortado mundo de torerillos. Doy como cierto las conclusiones de las dos partes enfrentadas pero a mi juicio hay algo más que el valor, la sinceridad y la escasez de suertes en el toreo de Roca Rey y es su extraordinaria personalidad para estar en un sitio inaccesible para la mayoría. Esa frialdad de ejecutar el toreo la ha transformado en seducción, su potencia juvenil en una valentía insobornable, el terreno que pisa en imán inquebrantable y, además, mata a los toros por arriba, que no es poca cosa. Me gustaría como aficionada interesada ver la evolución de este gran torero en el actual circo complejo y taurino, si es que le dejan capacidad de desarrollo, donde lo que más interesa es el lleno rentable, contante y sonante. El argumento de que no dé verónicas, de que no sea un estilista y de que arriesgue temerariamente no es ni de lejos evidencia para quitarle el mérito de un hombre con trasmisión arrebatadora y exponente verdadero.


La inquietud del hombre ante un toro no puede medirse únicamente por lances preciosistas. Hay que evaluarlo en el mérito, en la capacidad, en la mente y en el alma. Y sin intención de hacer comparaciones, por ejemplo, ayer mismo, se vio una brega grandiosa de Rafaelillo con un el cuarto toro en la corrida de Adolfo Martín, nada estilista por cierto, pero sí poderosa en el capote con lances por abajo, en el sometimiento porfiado, en el empuje de la reducción del animal en la muleta firme. Nunca Rafael será un preciosista, pero sí que sabemos de su extraordinario potencial aguerrido. Cuando le sale el toro para imponer su técnica particular, por supuesto, porque con el primer ejemplar de la tarde, más apto para hacer el toreo de muleta de ligazón en redondo y en vertical, se quedó descolocado de la ortodoxia.


Quisiera hablarte de Paco Ureña y de esta revolución admirable que ha mostrado este año. Le he visto en muchas ocasiones con encierros aptos para colosos –desde Azpeitia hasta Madrid- y hasta esta temporada no se había descubierto como el soberbio torero que es. Varias faenas descomunales con los elementos en contra de la lluvia y varios toros irascibles de temperamento le han encumbrado en el máximo respeto de los aficionados verdaderos. Lo más hermoso, eso que los aficionados guardamos en nuestra memoria de manera indeleble lo hizo Ureña en una tanda de naturales inalcanzables para casi todos. Y como siempre hay que ver qué se tiene delante y en qué consiste el sometimiento: en acompañar o someter, en ponerse bonito o en torear llevando el mando.


La Puerta Grande de Madrid no se abrió para Ureña, aunque esa tanta de naturales y su puesta de largo como torerazo hubieran sido factores suficientes para concedérsela. Lo más sonoro y reciente se produjo de manera inesperada hace unos días en una mágica conjunción entre toro y torero y un golpe de suerte. Salió por puerta de toriles un armonioso ejemplar de Alcurrucén, sin exageradas dimensiones como quieren inventar algunos, pero con velocidad e ímpetu. David Mora movió el capote en verónicas correctas, y de manera atropellada colocó con su apatía recurrente a Malagueño bajo el peto. En la segunda vara, fue el animal quien tomó la iniciativa arrancándose porque así se lo pedía el cuerpo bravo. Y aquí empezó el arrebato o, mejor dicho, la provocación pues un jovenzuelo peruano –de nombre Roca Rey- se plantó en los medios a quitar por gaoneras. Quedaron imperfectos los lances capoteros en ejecución pero, querido amigo, sí que tuvo un mérito colosal en profundidad valerosa y en revulsivo porque allí mismo se dispuso a la contestación David Mora, hasta ahora y desde hace tiempo, afligido por la tremebunda cornada de hace dos años, cuando el sitio ya se le había estrechado considerablemente. Ni uno ni otro se habían dado cuenta del potencial noble del animal y fue el subalterno Otero quien lo descubrió. Se lanzó a la aventura Mora,  desconociendo lo que tenía delante y con las dudas de siempre, y embarcó al animal en un regate inexplicable que acabó en un peligroso atropello. Después, como ya habrás visto, se produjo esa mágica conjunción, llena de arte excelso y que si no hubiera sido por las azarosas circunstancias que te he mencionado, se habría quedado inédito y evidenciado por un animal de categoría nobilísima, merecedor de vuelta al ruedo.    


Toros, lo que se dice toros, aún están por ver. Esperaremos a esta semana. Hasta ahora no ha salido nada por la puerta de chiqueros que se pueda catalogar de casta indiscutible y de encierro contundente, aunque también ha habido algunas cosillas interesantes. Paso a contarte de manera somera. Tristemente la expectación por admirar las bravas entrañas de los bellos saltillos de Flor de Jara se quedó en frustración. Lo mismo sucedió con Pedraza de Yeltes, una pena más en el alma. La novillada con los atanasios de El Puerto de San Lorenzo tuvo su interés pues fueron fieles a su peculiar personalidad: evolucionar de abantos a diligentes en muleta si se les puede meter y dominar en las lidias previas, y aún resultó muy superior al conjunto de animales que lidió como toros unos días antes. La novillada de El Montecillo también despertó curiosidad aunque quedara diluida. A los Lozano les han hecho falta doce toros en escena para que le saliera algo bueno –muy bueno en este caso- y la corrida de Adolfo Martín fue encierro muy interesante en comportamiento aunque no terminaron de ser claros en bravuras y castas. Por cierto, no quiero olvidarme de Baltasar Ibán, muy notable de comportamiento y de juego, y de un segundo ejemplar encastado merecedor también de una vuelta al ruedo.


Sabrás del gran fiasco de Juan Pedro Domecq, una vez más por supuesto, aunque carece de relevancia a los hechiceros de trucos con paloma y chistera. Lo mismo con Fuente Ymbro, con El Torero, con El Ventorrillo, con Cuvillo… Y en casi todas se ha repetido prácticamente lo mismo: encierros desiguales de presentación, con tres toritos cómodos de hechuras, flojísimos de remos y con el carácter suficiente para intentar el insulso, insignificante e irritante toreo (post) moderno; más los otros tres -para tapar bocas- de cajas abultadas, ímpetus broncos y mansedumbres profundas, propicios para toreros con mando y personalidades de acero. Y si hay que apuntalar esta bazofia cerraré los toriles con Las Ramblas, Puerto de San Lorenzo, Parladé, El Vellosino, El Pilar… y así sucesivamente.


Mil perdones por tanto atropello en el relato, querido Javier. Mil gracias por tu espera y dedicación. Atentamente.


Crónica. El Cid y Victorino. Las Ventas, 5 de junio de 2015

publicado a la‎(s)‎ 6 jun. 2015 4:08 por toro aficion

La fábula de la sal y las habas


Por Paz Domingo

 

Quiero escribir este texto en primera persona sin miedo a que mi desesperanza sea injusta con la pizca de grandeza que pueda quedar en la fiesta. Es tanta la procacidad del estamento taurino oficiante, tan deshonrosa su desidia, tan impúdicas sus mentiras, tan ciegos sus bolsillos que se impone un levantamiento airado contra esta aberración porque en esta tarde de engaños con alevosía se desbordó el vaso del aguante para dejar a la luz pública el hartazgo, la extenuación y el olvido de unos cuantos ingenuos que aún esperan en la posibilidad de desarrollar su afición. Y esto, amigos, sí tiene trascendencia. O debería tenerla. Hay dos caminos. O se van al destierro estos artífices del engaño que a semejanza de caballeros y reyes feudales castigan sus predios echado sal al fértil campo castellano para hundir en la pobreza a sus vasallos; o son los súbditos hambrientos en esta salitrera sin una mísera mata de habas los que eligen su propia exclusión. El asunto que queda por dilucidar es el matiz de la huida. La rebelión es por las buenas o por las bravas; en silencio o en comandita; en corto o por derecho; a rastras con el fraude o dando un golpe de dignidad. No es fácil. Lo sé. Ha llegado el momento de moralejas y que cada uno concluya sus reales donde su valentía le ordene.

 

Yo veo desvergüenza, vileza, espanto. Con premeditación. Con tan descarado insulto por parte de todos los celebrantes que no son necesarias medias tintas y, por supuesto, con perplejidad al ver cómo se justifican los consentidores y protagonistas de esta bazofia con el argumento de la mala educación que tienen los que se rebelan contra esta asquerosidad. Así que hay cera para repartir en las ya incontables tardes perversas, una detrás de otra, en multitud de personajes con nombres y apellidos y -aún a sabiendas de ser injusta porque puede darse el milagro de algún matojo con vainas verdes entre tanta salmuera- es tanto el hartazgo que no se merece el títere conservar la cabeza.

 

Ni torero, ni subalternos, ni ganadero, ni toros, ni tercios de varas, ni de banderillas, ni lidias, ni presidente, ni veterinarios, ni delegados, ni responsable de Asuntos Taurinos, ni verdad, ni micrófonos que la cuenten, ni crítica, ni nada de nada. Y se dice pronto. Para empezar lo que me pide el cuerpo es explayarme por las entrañas bovinas de tantos mamíferos inservibles para la decencia, fruto todos de los experimentos genéticos en vacío de los ganaderos de bravo que han convertido el oficio más hermoso que ha imaginado el ser humano en cochambre. El científico del día de autos se llama Victorino Martín que, tan sagaz como especulador, que ha rentabilizado su jactancia en gestas inclasificables, sus animales singulares en apetencias impresentables y su crédito en harina de otro costal. Seis toritos de pelaje cárdeno pasearon el descrédito de la casa madre. Fueron a los petos sin intención, sin empuje y sin fingimiento en sus apetencias de mansos y como eran flojitos, además de impresentables en trapíos, les picotearon con pespuntes toricidas a discreción, malamente, inútilmente, descaradamente, hasta en las pencas.

 

Los saltillos de hogaño ya no son los que eran, a las pruebas me remito, pero aun así había que tratarlos con atino y aquí no afinó ni Dios. Ni muestras dieron de hacer las cosas con cierta sabiduría de terrenos, de mostrar firmeza en los primeros envites, de no cortar los viajes haciendo muros perfileros, de no insistir en tantos mantazos que al final terminaron por despertar las iras hasta de los más infelices tanto en el cielo como en el infierno. Fue de más a más. Todos desesperantes, llevándose la palma de oro los matarifes a caballo que dieron lecciones magistrales y sucesivas de impudicia en tan altas cotas que la destreza del gran Tito no pudo remontar.

 

Y no fueron los únicos en desastres lidiadores. La confluencia fue completa, comenzando por el maestro de marras apodado El Cid y añadiendo el elenco de subalternos que compuso su extensa cuadrilla, contagiados todos de irresponsabilidad profesional. Fue con sinceridad, horripilante, sin medio natural que llevarnos al alma, sin galleos para poner metáforas a las crónicas, sin capotes templados, sin esa izquierda prodigiosa, sin algo. Eso sí, dejó unos bajonazos de tan alta categoría viciada que se hace urgente su presencia en el juzgado de guardia más cercano, le retiren en carné de conducir espectáculos taurómacos y se ponga a las órdenes del juez. Y que se sepa: ¡No nos hace falta gestas! ¡Queremos la proeza de que alguien honrado toree! ¡Que no nos engañen, que no nos mientan, que no nos sableen a bajonazos infames! Así que maestro, no se moleste tanto, que de disgustos ya sabemos un rato.

 

¡Ay! Cid, Campeador de otros tiempos, ahora trastocado en Capeador… Allá fue el infante del toreo sin argumentos dominadores, inhibido en su torpeza, alejado del sitio, mintiendo en la muleta retrasada, cortando el viaje si se producía, arrebatado de inoperantes posturas posmodernas, soltándose la melena de su retraimiento, incapaz de poner orden en las estrategias lidiadoras para finalmente imponer abandono en su responsabilidad y en sí mismo. Y si hay que llamar a las cosas por su nombre, lo del Cid y su desafío son insultos con todas las letras. ¡Ay! Mío Cid, cantar de cantares, aflígete y que lloren tus ojos que ya vacía está la fiesta y cuando vuelvas la vista piensa en qué se ha fallado. Muchos hemos visto tus proezas. Muchos al destierro de acompañamos. Muchos recordamos contigo. Y muchos no merecemos estos tus escarnios. Ni las mandangas de los demás oficiantes tampoco. Adiós, muy buenas.

 

Los ojos de Mío Cid mucho van llorando; 
hacia atrás vuelve la vista y se quedaba mirándolos.

Vio como estaban las puertas abiertas y sin candados,
vacías quedan las perchas ni con pieles ni con mantos, 
sin halcones de cazar y sin azores mudados.

 

Cantar del Mío Cid. Anónimo

Crónica. Quinto festejo. Feria de San Isidro 2015

publicado a la‎(s)‎ 13 may. 2015 5:29 por toro aficion

El alto vuelo de un centauro

Por Paz Domingo

Los elementos no se alinearon. Y lo que se esperaba no se produjo. Era uno de los escasos carteles que ofrece interés fuera de la prolongación de la decadencia en la que está inmersa la fiesta en una plaza medio vacía, que no medio llena. Confluían en expectación toros, toreros, aficionados y un calor infernal. Posiblemente nadie resultó inmune a este esfuerzo dantesco pero con seguridad será un festejo para recordar. La ganadería de Pedraza de Yeltes trajo a Madrid un corridón de toros, con animales poderosos, imponentes en hechuras, fuertes como colosos, impecables en trapío, sin adjetivos añadidos a la casta, capaces con su solemnidad de inflar los corazones más deshidratados, incluso en el debate entre el furor de lanzarse a los petos, la resistencia al sometimiento y las dudas de la deserción. Esta situación extrema en enfrentamiento entre hombre y toro se promueve en contadas ocasiones y pretender ordenar una naturaleza salvaje con la épica de unos titanes es tan paradójico como no tener en cuenta que la vara de medir no es laxa cuando conviene.  

Poner a estos hombres en la tesitura de examinarlos en complejidad taurómaca puede resultar cruel porque los conocedores y aficionados que saben una pizca de qué va esto, de verdad, les exigirán hacer trasteos impecables en valentía, conocimientos, recursos y tan alto grado de exposición que pueden parecer sobrehumanos al resto de los sujetos. Sin embargo, las cosas son así. Hay bizarrías, hazañas, proezas, sabidurías; pero también apariencias, ventajas, sinsabores, errores y huidas. Castaño, Ureña y Del Álamo están anclados en un punto del escalafón que es inamovible para la unanimidad de los hombres que pasan por ella, tan delicado que un paso en falso les trasladaría al olvido y tan injusto que únicamente un milagro les pondría con las altaneras figuras. Y los tres estuvieron a merced de los apuros, por supuesto con matices.

Castaño en un bache apreciable anduvo sin la fortaleza de otros momentos y con las mismas inconcreciones con el estoque. El primer toro al que se enfrentó resultó bravucón y después huidizo, con dureza descompuesta y varias coladas a lo bruto. El matador mostró sus contradicciones pues donde pone exposición, añade carencias para cambiar de terrenos; donde debe convencer con dominio, se pierde en trasteos que desesperan; y donde tiene que resolver con destreza de gran profesional, huye de la suerte tanto como de sus temores. Al final, las dudas que Castaño pueda evidenciar como lidiador quedan apagadas definitivamente con su condición de no matador y perdonadas por la actuación de su cuadrilla. Dicho esto, es justo añadir que la suerte hace el resto pues no se sabe cómo puede suceder pero si hay algún bicho de reservada categoría acaba siempre en su jurisdicción. Como por ejemplo, el cuarto. Un tío con barba, con un potencial físico descomunal, con la fuerza de un misil, que sin preámbulos se dirigió al burladero alejado de su querencia, se enroscó en los prolegómenos del capote y en cuanto vislumbró al caballista se lanzó en forma de locomotora, se empotró en los bajos del peto, apalancó con fuerza y con riñones, hizo rosca con la pesadumbre del jamelgo y, como un Hércules agraciado por Zeus, elevó varios pies del suelo en sucesivas vueltas al binomio caballo y caballero para terminar arrojando a ambos contra las tablas, retrayéndonos a excelsas epopeyas taurómacas.

O al Olimpo griego. Un centauro protagonizó la lucha titánica entre la fuerza desmesurada y la contención sublime porque Tito Sandoval, convertido en héroe mitológico, no se afligió por el  empuje descomunal del toro y, aún a sabiendas, de quedar suspendido en volandas y ser lanzado al descalabro, aplicó su inteligencia levantando la vara para así no quebrantar el esplendor de la fiereza de un animal sagrado. Es decir, se impuso la racionalidad a la barbarie. Quedó un tiempo muerto ante la dificultad de levantar al caballo conmocionado y hubo de recurrir a desvestirlo, dejarle con las vergüenzas al escarnio y al toro recuperándose, enterándose y alejándose a las tablas. En estas circunstancias, volvieron Otero y Sánchez a la maestría para dejar ante las imposibilidades tres pares de banderillas haciendo fácil lo que es imposible para el resto de los humanos. De poder a poder, atrajeron a la fiera a cuerpo limpio, acudieron a su encuentro sin estridencias, expusieron el pecho, de frente clavaron y con la misma práctica salieron silenciosos. Por supuesto, gloriosos. El maestro Castaño quiso de nuevo ahormar las circunstancias cuando se hacía preciso el trasteo en la cara, la imposición del dominio, de probar terrenos, de intentar matar sin aflicción.  De nuevo, Castaño falló con un estoque atravesado al que hay que sumar la agonía de un remate que no llega.

También, otra vez, Ureña basa su fórmula en el toreo de esfuerzo y que acaba por ser arrollado por animales avispados que descubren pronto sus flaquezas. Y no se entiende que desaproveche tanta valentía porque ante dos torazos correosos, con casta para desbancar con certeza se entregue gratuitamente a los vaivenes de una lidia poco cimentada, a sitios perfileros, así como a manoletinas innecesarias. Dejó algunos muletazos considerables. A cambio, terminó molido con dos puntazos en su primera actuación que le llevaron a la enfermería y pudo ser más pues en la última recibió dos atropellos más. Tuvo dos toros que requerían más pericia y, que a pesar de su valentía, no pudo superar ni en la suerte suprema.

Otra cuestión es la de Juan del Álamo que terminó comportándose como figura cuando aún no lo es. Las licencias taurinas que se tomó molestaron a los aficionados que están empeñados en respetarle las condiciones que tiene el diestro para el toreo. Cometió dos mayúsculos errores. El primero, desaprovechar la nobletona condición del único toro que llegó aceptable a la muleta con una faena –que aunque muy inteligente en sus principios con trincherazos fabulosos- acabó en los sitios lejanos y en estéticas que en Madrid no cuelan. Se puso tan gallito tras un bajonazo que el público entendido le cantó las verdades como se las cantan al lucero del alba. No le dieron la orejita, porque no se la mereció. El segundo desliz se trató de reventar con alevosía al segundo de su lote en vara toricida y se da fe que lo consiguió porque los borbotones que salían del cuerpo lacerado del gigantesco animal, colorao y nada mojicón, provocaron un desbordamiento. Le hubiera servido para una gran faena de muleta, y que una vez más esa ambición que tiene –según dice él mismo- de ser figura del toreo le ha hecho creer que todos los toros son orégano. Terminó con una estocada a toro parado. Sin destacar.

Y hablando de figuras. Están a punto de hacer presencia. Por cierto, como ya sabemos que no se van a poner delante de un animal con la décima parte de cualquier toro lidiado en esta tarde de autos, y como sabemos lo que queremos, pues es conveniente advertirles que formar parte de la comitiva de Zeus les proporcionará manjares, pero entre Apolo y Afrodita es preferible un centauro de las patas a la cabeza.

Plaza de Las Ventas. Madrid, 12 de mayo. Quinto festejo de la Feria de San Isidro 2015.Toros de Pedraza de Yeltes para los diestros Javier Castaño, Paco Ureña y Juan del Álamo.

Crónica. Segundo Festejo. Feria de San Isidro 2015

publicado a la‎(s)‎ 10 may. 2015 4:32 por toro aficion

Plaza de Las Ventas. Madrid, 9 de mayo.

Segundo festejo de la Feria de San Isidro 2015.

Toros de Fuente Ymbro para los diestros César Jiménez, Paco Ureña y Octavio García, El Payo.


¿Sabe usted lo que es citar?


Por Paz Domingo

 

Permítanme que Rafael Ortega lo clarifique con instinto y gracia sureña en su dogmática tauromaquia de El toreo Puro. Decía así:

El toreo puro me lo definió muy bien Domingo Dominguín, padre, que fue apoderado mío:

-          “Es como cuando llega un señor y le saludas: “¿Cómo está usted? Muy bien, gracias. Vaya usted con Dios”.

Eso es: citar, parar y mandar. Se le echa al toro el capote o la muleta para adelante, y es el cite. Luego, usted para al toro. Y luego, usted lo manda, lo lleva y lo despide. Yo sé que en la tauromaquia de Belmonte se dice: parar, templar y mandar, y también sé que Domingo Ortega añadió parar, templar, cargar y mandar, que es lo que da pureza al toreo. Pero para mí es importante algo previo, citar, o sea echarle el trapo para adelante al toro. (…) Así que lo que yo veo, para hacer el toreo puro, es esa continuidad: citar, parar, templar y mandar, y a ser posible cargando la suerte.

 

En la segunda corrida de este ciclo de evidencias se clarificó el axioma. Hubo quien lo hizo y se retrató quien no supo hacerlo. Entre los primeros citaremos por su ejemplaridad en la perfección de citar o de echar el trapo –en este caso se trataba de la pica- al toro, contener el impulso del animal, medir la sujeción y desahogar el encuentro permitiendo la salida limpiamente del toro una vez concluido el dominio. Pedro Iturralde y Tito Sandoval mostraron técnica en la sentencia de citar. Y ambos nos dejaron soñar con el toreo puro.

 

Iturralde con el toro ensabanado que hizo el segundo en el orden de lidia, que realizó dos arrancadas majestuosas al encuentro del castigo. Bajó la vara templada; contuvo sublime; paró decidido; y soltó con pulcritud y medición. Dos encuentros, dos lecciones. Con la misma justeza de técnica se puede reseñar la actuación de Sandoval en el sexto, aunque los hurtos a que nos tienen acostumbrados los artífices de viles argucias taurómacas -que pretenden deliberadamente esconder la verdad de las verdades-  solo pudimos disfrutar de un puyado en toda regla pues el siguiente quedó arruinado en la estratagema de embocar con estrépito al animal al derrumbe bajo el peto.

 

Los maestros restantes, a pie y a caballo, escondieron la belleza del cite y que se hizo fundamental en la lidia de los dos toros mencionados anteriormente. El toro ensabanado, ovacionado en el arrastre, casi se va inédito en su glorioso final si no hubiera pasado Iturralde por los últimos instantes de su vida. Hay que tener suerte hasta para ser toro bravo, ya se sabe. Desde luego. En lo primero, influye la familia donde uno viene al mundo y la de Agitador anda enroscada en la mediocridad comercial y descastada. Toro bravo fue, como un garbanzo blanco que nace en la espesura y en la sorpresa hasta para un ganadero que no sabe lo que tiene en la dehesa y posiblemente tampoco le interesa. A Paco Ureña le tocó en su lote. Y después de llamar gentilmente a los medios y de acudir el toro con prontitud, le puso la muleta en el hocico sin despegársela un instante. Tras muchos mediocres pases encimistas, en los perfiles del sitio verdadero; sin llamarle con el cuerpo, adelantar la pierna contraria, poner la muleta en la arrancada; sin conducir el viaje al remate en la cadera; sin hacer caso a las protestas del animal cuando demandaba seriedad; y, lo que fue más grave, sin darle la técnica merecida en su final, dejó un bajonazo escandaloso. Aún pedía justicia Agitador allí mismo en el centro del albero, mientras que Ureña se empeñaba en hacer bonitos los insufribles galletazos que le daba con el verduguillo.

 

No fue el único que mató a la manera garrafal. Los tres matadores están suspendidos en cites, en sitios, en cánones y en estoques. Terminaron por aburrir descaradamente. No hay muchas explicaciones que dar de César Jiménez que no dijo nada salvo que quiere volver a los ruedos y de Octavio García, llamado El Payo en tierras españolas y El Güero en las planicies originarias  mexicanas, dejó verse con mucho empaque en el toreo de salón pero igualmente desnortado en las afueras del sitio necesario. Y si sirve de consejo a este hombre de aparente ganas, no vuelva a esconder a un toro con algo bueno en las entrañas –como en el sexto de la tarde- porque, entre otras cosas, el riesgo de enseñarlo le hará más sabio y los aficionados sabrán reconocérselo. Aunque resulte muy presuntuoso lean El toreo puro y estudien la tauromaquia universal de aquel torero dotado con un sobrenatural instinto llamado Rafael Ortega que contribuyó con su conocimiento a la completa definición de las reglas del arte de torear. Mientras, que el ganadero, como otros muchos, se deje de experimentos vacuos y terroríficos, que si ayer sonó la flauta, el resto de la camada a mansalva que lidia por ahí no sirve ya ni para molerlos a pases, pues ni tienen fuerza, ni tipo, ni agallas.  

 

Por cierto, tres puntualizaciones. La plaza está medio vacía, que no medio llena. Que los presidentes revisen esos relojes que van al ralentí y hasta los más tontos se están dando cuenta de que los tiempos en las faenas no son los que deberían ser. Y la última, déjense de componendas con los sobreros del hierro titular, más propio de pueblos que de la primera plaza del mundo. 

Crónica. Primer festejo. Feria de San Isidro 2015

publicado a la‎(s)‎ 9 may. 2015 4:44 por toro aficion

Lo que vio el Rey


Por Paz Domingo


Felipe VI presenció el primer festejo de esta feria taurina y contemporánea, lo que para muchos se entiende como un apoyo desde la real institución a la fiesta, aunque es sabido que el recién proclamado Jefe del Estado no se ha interesado lo más mínimo por entender este espectáculo que constituye por idiosincrasia la fiesta más popular de los españoles. Esta circunstancia no le desmerece porque también ha sido bastante peculiar el paso histórico de reyes que intentaron erradicar la fiesta de los toros con prohibiciones, así como otros que se recrearon, aficionaron y participaron en ella. El gesto de su asistencia le distingue. Si le gustó o no el espectáculo no es de incumbencia aunque es una realidad que lo que vio el Rey es una fiesta hundida en la degeneración como consecuencia del toreo de esfuerzo para fingir la emoción y en el aluvión de trucos para aparentar su insustituible grandeza.


Lo que vio el Rey fue la sucesión de toros impresentables para un festejo taurino en el coso más afamado, incapaces de ofrecer glorias en homenajes reales. Salieron trotones, mansos, descastados pero bien entrenados en apariencias pues más tarde se trasformaron en bichejos sumisos a multitud de pases sin ton ni son. La anécdota que gusta siempre recordar le correspondió a Artillero, segundo ejemplar lidiado –por cierto del también segundo hierro titular de Hermanos Lozano y que como es habitual meten de rondón y viceversa según apetezca-, que circunvaló el albero en trote aeróbico, tomó por obstáculos a los jamelgos, por demonios a los picadores y por ejercicio sublime el arte de cocear como volátiles damiselas charolesas de las que arreaban coces como si estuvieran poseídas. Artillero se portó. Mejor dicho, se comportó como suele ser habitual en estos experimentos de aniquilar la casta y potenciar el instinto ñoño en la simpar agonía del aburrimiento en el tercio de muleta.

  
Fingieron todos. Mentían los supuestos toros; falseaban los diestros que empaquetaban pases como el que enfila bandejas de panes para la cocción en el esfuerzo por no exponerse a quemaduras para después lanzarlas a las profundidades del horno; consentía el presidente en el beneplácito triunfalista; y protestaban los habituales ya escasos aficionados que saben de rosas y molletes.


Los diestros mantuvieron un igualado festival sin capacidad de mando. Adame con su voluntad intacta, esfuerzo sin sitio y contrariedades varias. Pepe Moral en su titánica manera de querer hacer el toreo bonito aunque alejado de la verticalidad. Y Juan del Álamo en una sorprendente capacidad para mostrarse irreconocible en aquel clasicismo que le hizo despuntar en el pasado, e insistió en la vulgaridad, las distancias lejanas y en pases circulares que desesperan más que aburren. Si dio algún lance bueno se lo ponderarán los que quieran. Si le regalaron una oreja no es de justicia ni por su capacidad, que la tiene, ni por la exageración de esta fiesta que se quiere intubar para que siga respirando artificialmente. Y si se llevó un buen susto fue por su torpeza en descubrirse. 


Esto es lo que vio el nuevo Rey en la plaza de toros por excelencia de esta España repleta de pintoresquismo e incertidumbres y que con certeza no es lo que le contarían sus acompañantes en la barrera del tendido. También es lo que vimos los demás, aunque unos lo oculten, otros lo disfracen y el resto lo difundan a su peculiar manera. Esto, señor, es la visión real de una fiesta que pretenden blindar por su pasado pero que se duerme en el presente, un espectáculo que languidece por ocultamiento de la verdad –o el recreo en la mentira, que es lo mismo- y que una vez fue parida en esta piel de toro, suya y nuestra, que creció en grandeza y que está a punto de ser destronada por la idiocia de ser y no ser.


Plaza de Las Ventas. Madrid, 8 de mayo.
Primer festejo de la Feria de San Isidro 2015.
Toros de El Cortijillo (y Hermanos Lozano) para los diestros Joselito Adame, Pepe Moral y Juan del Álamo. 

Crónica. Feria de Otoño. Madrid

publicado a la‎(s)‎ 6 oct. 2014 1:39 por toro aficion

Al tercer pase

Por Paz Domingo

 

Se puso fin a la inconsciente feria otoñal madrileña con la certeza al ver cómo este mundo extraordinario muere por inanición. Los aficionados ya se marchan de los tendidos muy a pesar suyo, pero a los responsables esto les trae al pairo ya que el objetivo de limpiar expedientes en el escalafón, abonos a saldo y toros en los corrales y dehesas estaba cumplido. Otra oportunidad perdida. Otra que cuenta a la baja irremediable.

La corrida de Adolfo Martín estuvo bien presentada, pareja, cuajada y con una media de kilos en torno a 480 kilos por cabeza, además de una floja potencia en el corazón y en las entrañas. En general, los animales tuvieron pocos arrebatos en los caballos, llegaron al último tercio necesitando un cable para arrancarles del suelo, haciendo necesario que se porfiara en los sitios adecuados e intentar tandas pequeñas y cortas. Esto, que resulta incomprensible para los toreros de técnica moderna y para los públicos triunfalistas, era lo que se debía haber hecho. Sin embargo, los diestros –con diferentes medidas, distancias y compromisos- quedaban desbordados al tercer pase, además de contrariados y expuestos a la deriva.

El diestro con más pericia fue Diego Urdiales que con su torero basado en clasicismo y dimensión de esfuerzo dejó algunos naturales pespunteados. Tras una formidable estocada el público pidió la oreja en un abrir y cerrar de ojos, circunstancia que cogió al vuelo el presidente, también a la velocidad de crucero. Si es de recibo o no el triunfo de Urdiales no merece la pena darle vueltas, quizá sea una gran recompensa para este torero riojano de buena materia torera, de gran seriedad en los compromisos en esta plaza, pero al cual le falta dar un pequeño pasito en su temperamento y en su capacidad de trasmisión. Se torea como se es, decía Belmonte. Con seguridad no le falta razón. Pero la voluntad de Urdiales es mucha y debe encauzarla hacia la rotundidad, una vez que ya hemos visto su maestría.

Un ejemplo lo tenía en la terna. Uceda Leal es lo que todo torero quiere tener. Capacidad en todos los tercios; estética de altura con el capote; estoconazos de récor;  planta inmejorable; y todo el público entregado a su plenitud que ni él mismo ni el destino han podido asegurar. Tuvo un toro para ponerse a torear con la muleta. Dejó ir la suerte, una vez más. En su segunda actuación salió agraciado con un avisado y peligroso animal que se fue enterando a marchas forzadas y basadas en la impericia de realizar una lidia de antaño. Alivió.

Y lo que son las cosas de la vida y de la muerte –taurinamente hablando- el gran estoqueador no lo fue. Le superaron sus compañeros de terna, incluso el diestro nacido en Cataluña, Serafín Marín, que con la espada estuvo bien y fue lo más potable de sus actuaciones. Insufrible en la primera, porfió en los empaques perfileros y en los acompañamientos superfluos. Insustancial, por supuesto. Pero la suerte la tenía de cara con el sexto ejemplar, el más claro en la muleta, el más convincente de entrañas y que coqueteó en bajo los petos. Ahogaba en las distancias, intentaba el torero bueno, se esforzaba en la colocación, pero al tercer pase quedaba, como los demás, al filo de lo imposible. Es decir, intentando citar de pico con la muleta retrasada para que el animal hiciera por él, -evidentemente- y le propinara una voltereta. Salió del trance enfadado pero con las mismas escasas resoluciones. Al público le dio igual. Al toro se le arrancó el pabellón auditivo, cuando no era necesario desmerecer con esta afrenta.

A quien no estuviera en la plaza hay que puntualizarle que tras el cuarto toro -imposible en la toreabilidad, que no en la lidia-, salió un zambombo herrado con la divisa de El Puerto de San Lorenzo, un mulo sobrecargado de mansedumbre, al cual Diego Urdiales se empeñaba en darle algún pase insistiendo en los medios cuando al ánimo del animal le pedía el cuerpo ni pelea ni medio trapo. En este punto estaba la discusión entre los aficionados. ¿Por qué Urdiales no escuchó las apetencias del toro? ¿Por qué dudó? ¿Por qué no da ese paso que tanto le hace falta y que únicamente en Madrid se reconoce? Quién sabe. Son las cosas del querer. O del destino. O del momento. En mi retina flota la tarde de su actuación en Madrid en la pasada isidrada, con toros del mismo hierro, aunque de una potencialidad rotunda. El torero riojano arrancó unos naturales que bien valen la admiración por este incomprendido arte, pero porfió en los terrenos de chiqueros una faena que debía haberse ejecutado en los medios solariegos que exigía. Diego Urdiales ayer cumplió, aunque muchos queremos más.

Y, por si alguien se da por aludido, los aficionados lo que no queremos más es esta urticante feria de desechos; de mentiras; de personalidades que son de andar por casa –o quedarse en la misma-; de resultados engañosos; de bovinos impúdicos; de plañideras que velan la espumosa cultura mientras se limpian la decencia con ella; de responsables políticos y sociales que consienten esta engañifa; de pagar para seguir alimentando esta desvergüenza. A este punto hemos llegado. Los aficionados ya no sabemos que nos conviene exigir, si un golpe de gracia o pasarnos a las filas enemigas. Y en eso estamos, descolocados después del tercer pase.

 

Dominfo, 5 de octubre de 2014. Plaza de Las Ventas. Madrid.

Cuarto festejo de la Feria de Otoño.

Toros de Adolfo Martín para los diestros Uceda Leal, Diego Urdiales y Serafín Marín.

 

Sobre la corrida de Partido de Resina en Madrid

publicado a la‎(s)‎ 22 sept. 2014 1:46 por toro aficion

Reliquias de un mundo que muere

Por Paz Domingo


La afición de Madrid estaba entusiasmada. Los lejanos pablosromeros volvían, aunque fueran subtitulados como encaste minoritario. Pero la cortesía de los amantes enamorados de la fiesta brava es cabal como no podía ser de otra manera en estos corazones de cultura absoluta. Es decir pabloromero y allá que va la afición a darse un gusto al cuerpo y empuje al alma torera. El banquete daba comienzo en el apartado matinal y concluía en noche cerrada bajo nubarrones que terminaron por refrescar el ambiente en la retirada a casa. Entremedias reaparecían los bellos ejemplares con lomos nevados y grisáceos, de estampa altiva y estilismo armonioso; de parejas y discretas fisonomías; y también de casta, aunque no rotunda, ni posiblemente tampoco de provocar locuras en esta desventurada fiesta. Pero casta, ya lo creo y como también lo afirmo.   


Los tres diestros que componían el cartel pretendieron cumplir con el compromiso adquirido, incluso dejar algún apunte estilista. Sin embargo, la difícil papeleta de epatar ante estos altaneros animales quedó menguada por la escasez de recursos, de no estar placeados; de no imponer el dominio; de abandonar a los ejemplares a las armas toricidas de caballeros arteros; de no dar lidia de control; de no resolver con inteligencia; en definitiva, de tener voluntad para intentarlo pero sin poder rematar en la cadera. Para aquellos aficionados y aficionadas que ya han visto muchas cosas por este mundo del diablo, la valentía de estos tres toreros es infinitamente superior – por supuesto inalcanzable- a la de los figurantes del alto escalafón de la tauromaquia del pasito atrás, de la pierna robótica, de las afueras siderales, de los toritos bonachones, de inmaculadas orgías, y de mentiras que ya ni llenan la plaza. Porque esa es otra cuestión. Los tres toreros de la tarde de pablosromeros no llevarían mucha gente a los tendidos pero tampoco la echan con sus atracos a muleta cargada.  


A los toros se les recibieron con aplausos por su magnífica presencia. Incluso, se les despidieron en el arrastre con reconocimiento. Tuvieron en general su faena. También su genio en el caso de algunos. También su bravura, en unos casos muy evidente. Y su mansedumbre. Y su lidia, aunque casi nadie apostó por esta banalidad. Y su complicación. Y sus lidias inexistentes y en terrenos equivocados. Incluso hubo aficionados que salieron satisfechos porque no se cayeron. Los tres diestros se quedaron muy cortos en resolución. José María Lázaro estuvo en estilista con su destacable muñeca y temple, aportó voluntad y se dejó cruda la muleta. Quizá, a estas alturas ya se ha dado cuenta del gran error de incluir en su cuadrilla al jinete matarife –que para guasa se llama Cordero- que perpetró sendos asesinatos –unos titulares y otros de rebote- a dos cárdenos en forma de deslomes tras horripilantes varas percutoras, que barrenan y hacen palanca a la velocidad del rayo y a la altura de los riñones.


Así pues, los hermosos cárdenos, de lomos plateados que le cayeron en suerte a Lázaro se fueron al desolladero inéditos. Y los dos de Pérez Mota, que desaprovechó un toro de faena sin compromiso y un toro con sus cuatro letras: hermoso, bravo, noble y de triunfo. Le dio una buena serie inicial y se acabó, pues es lo que pasa cuando uno enseña las cartas y el contrincante acredita que el apostante va de farol. Hay que reconocerle su voluntad de hacer las cosas, pero a los aficionados esto nos sabe a cuerpo quemado o pitón pulverizado. Respecto a Rubén Pinar su intervención fue al revés: de más a menos y de menos a la nada. Empezó con técnica lidiadora, circunstancia que se agradecía, en la lidia de un tercer ejemplar que tuvo su faena sin excesivos compromisos, a pesar de que el toro manseaba, apechugaba y se rajaba a la velocidad cambiante de los fogonazos de un rayo. Pinar insistió mucho y mal, ya que porfió en el tercio cuando se trataba de alejar al pródigo carácter de las tentaciones. En la última intervención de la tarde el diestro albaceteño no quiso ni ver al pabloromero de más genio altivo y ambos se fueron por el camino de sus pasos inéditos y sin consistencia taurómaca.


Una tarde de reliquias en un mundo que muere. Las huellas de la grandeza de este espectáculo están remotamente escondidas en las entrañas de este encaste minoritario y olvidado, en la valentía obligada de los toreros que sacan de la necesidad una peripecia; de esta grandiosa afición que no se merece el noventa y nueve por ciento de bodrios que le preparan como si compusieran su obituario. Veo cosas raras en este mundo que se muere. Veo a las mismas autoridades en semejantes asientos privilegiados con iguales irresponsabilidades y con idénticas malas gestiones. Veo caras conocidas y tristes. Veo extrañas salidas del armario –léase tendido como referencia-. Veo algunos viejos amigos. Y veo sus oscuros pensamientos. Es decir, que ya veo demasiado.


Plaza de toros de Las Ventas.

Madrid, 21 de septiembre de 2014. Toros de Partido de Resina para los diestros José María Lázaro, Pérez Mota y Rubén Pinar.


Posdata: Les enlazo a las crónicas de las dos últimas corridas de los pabloromeros publicadas en este soporte digital. Que se diviertan.  


“Hoy estamos de suerte”. Por Paz Domingo. (22 de mayo de 2011) https://sites.google.com/site/toroaficion/san-isidro-2011/san-isidro-2011-13-festejo


 Que vienen los ‘pabloromero’. Por Paz Domingo. (22 de abril de 2010)


Sobre la corrida de Moreno Silva en Madrid

publicado a la‎(s)‎ 8 sept. 2014 4:29 por toro aficion

Reaparición


Por Paz Domingo

Los saltillos de Moreno Silva reaparecían en Las Ventas para expectación de los escasos aficionados que quedan en este mundo de remota bravura. También, yo misma regreso a este soporte digital después de mucho tiempo de apatía taurófila. Y sin ánimo de hacer comparaciones -que como bien se sabe, suelen ser odiosas-, aprovecharé esta anécdota para establecer alguna similitud porque mucho tienen que ver, en mi opinión, los escasos recursos y alicientes que se invierten en la fiesta auténtica pues consiguen desmantelar entusiasmos poderosos, llevarse por delante todo caballero andante que se precie y provocar aflicciones difíciles de remontar entre aquellos pobres locos que pretenden desfacer entuertos y defender a su dama de dragones y encantamientos.


La sucesión de saltillos resultó desigual de presencia y de casta dejando flojos los ánimos, lejanos los recuerdos de aquella novillada vibrante y portentosa que nos regaló el ganadero hace unos años en San Isidro. Las explicaciones de los admiradores de los morenosilva a esta decadencia en los resultados de sus toros son muchas, según se lee en las redes sociales y en las críticas, pero posiblemente haya que buscarlas en la desatención a la fiesta o en la falta de seguridad en un escenario repleto de protagonismos comerciales y nada exigentes con la verdad.


Desde aquel derroche de casta y bravura el quijotesco criador de saltillos prácticamente no ha lidiado en territorios de la piel de toro; se ha dejado ver algo en plazas sureñas francesas; y, en definitiva, ha quedado sepultado por su apasionado instinto idealista. Ante estas circunstancias, el héroe se repliega, retrocede su posición, flaquea el ánimo, se oscurece su coraje. Y el cansancio se hace evidente pues no se atiende como se debiera a la empresa, a la inversión, al instinto y a los resultados.


Se sucedieron ejemplares desiguales en presentación de más a menos, y también en resultados en cuanto a casta se refiere. Hay que puntualizar que casta tuvieron, hasta mucha se podría asegurar, incluso no pisaron los terrenos de chiqueros, salvo en última instancia el toro que se lidió en sexto lugar que apuntó maneras barbeando las tablas de salida. El comportamiento también varió. Quedó el segundo con la nota más alta en bravura, casta de la buena, nobleza repetidora y prontitud en las acometidas, incluso contó con el factor suerte pues cayó en el lote de Encabo, el cual pudo saborear unos buenos lances con el capote, demostrar oficio en la posesión con la muleta, más varios trincherazos con clase y algún natural. Sin embargo, dejó a Soriano –cárdeno aldiblanco-  insuficiente de dominio, con un tercio de banderillas en las postrimerías de la buena colocación y le faltó ajustar la distancia correcta. Con el segundo de su lote, el diestro madrileño se escondió. El toro resultó más incierto, aunque algo tendría que ver que el matador le desatendió bajo los petos y se le diera lidia de alivio, aunque fuera Ángel Otero el encargado de ofrecérsela.


Marcos Serrano, nacido en Nimes, confirmaba alternativa en Madrid con un animal precioso de lámina y de esencia buena en las entrañas, que empujó en el caballo y que se fue al desolladero con un magnífico pitón izquierdo desaprovechado, muchos pases sin sustancia y con una casta de utilización inédita. El polémico quinto de la tarde fue a caer en su lote. Se le protestó de salida por la justeza de presencia, aunque su tipo era de coqueto saltillo. La mayoría de la afición creyó ver falta de materia en el animal porque al contacto con la vara se desentendía alocadamente. Pero se trasformó, sin que nadie se lo propusiera, persiguió el engaño con listeza y puso en el mayor de los apuros a Serrano que tenía ningunos recursos para pararlo y templarlo. Dos toros en definitiva de importante consideración para realizar el toreo, aunque para algunos no estuviera tan claro. Y si está permitido una ligera observación, sería deseable que el diestro apuntara maneras en la suerte suprema en vez de salir despavorido envuelto en sus propias turbulencias, tirar el engaño y dejar el hocico del inocente animal pespunteado a navajazos.  


Joselillo ganó la partida en desorientación torera. Al tercero le dio capea. El animal -que necesitaba cintura para depurar su relativa fijeza- se maleó a conciencia pues las compañías del peto toricida y las reservadísimas maneras toreras del diestro hicieron posible el desacierto. Con el último saltillo, el más anodino del encierro, también el más hondo de hechuras, permaneció desbordado en pases aéreos. Concluyó con el estoque por debajo del aprobado.


A estas alturas de la tarde –y del ánimo- muchos se fueron decepcionados por los ansiados saltillos. La corrida, al margen del recuerdo y de clasificaciones míticas, tuvo su interés. Y hasta su grandeza, si se tiene en cuenta que la engloban en esa piadosa catalogación de encastes minoritarios y que hay que dar salida para que las críticas a la abusiva competencia en un mercado único sean inoperantes. Es cierto que el festejo podía haber salido mejor en resultados, pero hay que ponerse en escudo grisáceo que envuelve la armadura de estos viejos hidalgos; imaginarse a lomos de su rocín flaco; salir al alba para desfacer entuertos; y salvar a la dama en apuros, deshonrada por malhechores, acosada por algún que otro dragón y encerrada tras imponentes almenas. Lo dicho. Hay que ponerse en su lugar.


Plaza de toros de Las Ventas.

Madrid, 7 de septiembre de 2014. Toros de Moreno Silva para los diestros Luis Miguel Encabo, Marcos Serrano y Joselillo.


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