El anti-Newman

El  Cardenal  Manning

por Lytton Strachey

 

 

E

nrique Eduardo Manning nació en 1807 y murió en 1892. En muchos respectos su vida fue extraordinaria, pero su principal interés para el investigador moderno reside en dos cosas: la luz que su carrera arroja sobre el espíritu de su tiempo y los problemas psicológicos que aparecen al examinarse su vida interior. Pertenecía a esa clase de eminentes personajes eclesiásticos¾¾y en modo alguno puede decirse que es una clase poco numerosa¾¾que se ha distinguido no tanto por su santidad cuanto por su eminente habilidad práctica. Si hubiese vivido en la Edad Media ciertamente no se habría parecido a Francisco o Tomás de Aquino, aunque tal vez se habría asemejando al Papa Inocente. Como fuere, nacido en Inglaterra durante el s. XIX, habiendo crecido en la época en que se incoaba lo que luego se conoció como progreso moderno y habiendo madurado con las primeras camadas del Liberalismo, habiendo vivido lo suficiente para presenciar las victorias de la Ciencia y de la Democracia, sin embargo, por una extraña concatenación de circunstancias, parecía haber reencarnado en su persona uno de aquellos numerosos clérigos diplomáticos y administradores que, uno habría creído, habían desaparecido con el Cardenal Wolsey. Por lo menos en el caso de Manning, así lo parecía, que la Edad Media volvía a vivir. Al pasar triunfalmente desde la Misa Mayor del Oratorio a las filantrópicas reuniones de caridad en Exeter Hall¾¾esta macilenta figura de ascética sonrisa, rumbosamente revestido, calzado con birrete y todo¾¾desde donde se dirigía a los Comités de Paro en el puerto para luego instalarse en las fastuosas salas del aristocrático barrio de Mayfair donde las mujeres más notables de la sociedad se arrodillaban frente a un Príncipe de la Iglesia, son una muestra de circunstancias harto singulares. ¿Qué había ocurrido? ¿Se trataba de una personalidad dominante que se había impuesto a un ambiente hostil? ¿O no será que el s. XIX no era tan hostil, después de todo? ¿No habría algo en aquel siglo¾¾cientificista y progresista como era¾¾que salió a darle la bienvenida a una tradición tan antigua, a una fe tan inflexible? ¿No tendría ese siglo un lugar en el corazón para tipos como Manning¾¾casi podríamos decir, una cierta debilidad por ellos? O tal vez, ¿no será que él era quien se había mostrado flexible y tolerante? El, que había ganado con arte lo que jamás habría podido obtener por la fuerza y que había logrado, por así decirlo, alcanzar los primeros puestos en la sociedad, ¿no sería que llegó tan lejos menos por méritos propios cuanto por su señalado talento para maniobrar hasta ocupar las plazas más encumbradas de la sociedad? Y en cualquier caso, ¿por razón de qué extraña combinación de factores, a través de qué esfuerzos y mediante qué alquimias, qué mezcla de circunstancias y carácter dieron lugar a que este hombre llegara de viejo a dónde llegó?  Tales preguntas son más fáciles de hacer que de contestar; pero podría resultar instructivo e incluso divertido aproximarnos un poco más al caso cuya trama y complejidad lo hacen tan curioso. 

 

 

*

 

 

 

 

 

 

I

 

Indudablemente la fuerza de su carácter, de su personalidad, es lo que más llama la atención en la historia de Manning y su carrera. Más allá de los vaivenes de su fortuna el poderoso espíritu de este hombre siempre continuó la lucha sin prisa y sin pausa. Era como si los Hados hubiesen apostado a que podían hacerlo aflojar; y que al fin, perdieron la apuesta.

Su padre fue sucesivamente acaudalado mercader en la India, director del Banco de Inglaterra, diputado en el Parlamento, que acostumbraba desplazarse diariamente desde la ciudad hasta su estancia en el campo en un carruaje tirado por cuatro caballos y que no se conformaba con menos de un obispo para que bautizara a sus hijos. El pequeño Enrique, como sus hermanos, tuvo su obispo; mas se vio obligado a esperarlo dieciocho meses. Tal como lo denuncia Keble, en aquellos días y aun durante la siguiente generación, existía gran laxitud en lo que concierne al pronto bautismo de los niños. Esta demora ha sido señalada por el biógrafo de Manning como el primer obstáculo en su vida espiritual; mas debe decirse que logró superarlo con éxito.

Su padre era cauteloso en otros asuntos también. “Su refinamiento y delicadeza de espíritu eran tales” escribió Manning muchos años después, “que nunca le oí salir de su boca palabra alguna que no se pudiera pronunciar delante del más puro y delicado de los seres¾¾excepto en una sola ocasión: fue cuando se vio obligado a repetir una historia de negros que, aunque desprovisto de groserías, incluía una cierta indelicadeza de sexu. Lo hizo muy a su pesar. Su ejemplo me indujo a odiar con toda mi alma tales conversaciones”. La familia vivía en un ambiente de piedad Evangelista. Un día el pequeño volvía de un corral de la granja cuando su madre le preguntó si había visto al pavo real. “Yo dije que sí, pero mi nodriza dijo que no y mi madre me obligó a ponerme de rodillas y suplicarle a Dios que me perdone por no haber dicho la verdad”. A la edad de cuatro el niño fue informado por un primo de seis años que “Dios tenía un libro en el que asentaba todo lo que hacíamos mal. Esto me aterrorizó de tal modo durante tantos días que me acuerdo de haber sido hallado por mi madre sentado debajo de una mesa y sumamente perturbado. Jamás olvidé esto en toda mi vida”, nos dice el Cardenal, “y ha sido para mí una gracia muy señalada”. Cuando tenía nueve años, se “devoró el Apocalipsis; y nunca, en toda mi vida olvidé el lago de fuego y azufre. Aquel versículo me acompañó como una voz audible durante toda mi vida, y me protegió de toda clases de peligros del mundo durante mi juventud”.

En el colegio secundario de Harrow lo rodeaban los peligros del mundo, pero él se mantuvo fiel a la voz audible. “En el colegio y en la universidad hasta donde lo recuerdo, nunca dejé de rezar diariamente mis oraciones, sin excepción ninguna”. Y luego sufrió otra experiencia religiosa: leyó el libro de las Evidencias, de Paley. Pasados los setenta años de edad, Manning escribió que “me convencí enteramente con sus argumentos y a Dios gracias, nunca basculé en semejante convicción”. Y con todo, en general su vida escolar fue tan poco espiritual y tan normal como la de cualquier otro chico de su edad. De su vida tenemos vislumbres en el que lo vemos como un joven buen mozo, jugando al cricket, o pavonéandose con sus elegantes botas altas alemanas. Y por lo menos en una oportunidad dio muestras de una cierta viveza que merece recordarse. En la ocasión uno de sus maestros lo vio fuera de los límites del colegio, con lo que ató su caballo a una tranquera y se lanzó en su persecución. El astuto joven corrió más rápido que su maestro, hizo un oportuno giro circular llegando hasta la tranquera dónde estaba el caballo: lo montó prestamente dejando a su maestro en la estacada. Por esto fue debidamente castigado; ¿mas de qué sirvió el castigo? Ninguna cantidad de latigazos, por severos que fueran, podrían haber erradicado la firmeza de espíritu del pequeño Enrique, firmeza por lo menos tan acendrada como su temor al infierno y sus creencias en los argumentos de Paley.

Su padre había evidenciado deseos de que Manning siguiera la carrera eclesiástica; pero a él, sólo pensarlo le disgustaba; y cuando llegó a Oxford, sus gustos, ambiciones, sus éxitos en el Union Club, todo parecía auspiciar una carrera política. Era un año menor que Samuel Wilberforce y un año mayor que Gladstone. En aquellos días el Union Club era el lugar en el que se efectuaba el reclutamiento de jóvenes para la política; había ministros que venían desde Londres a escuchar los debates; y unos años después el Duque de Newcastle le asignó al joven Manning responsabilidades sobre una sección de un distrito electoral en mérito a su discurso contra la “Reform Bill”. [1] En verdad, el mundo parecía abrirles las puertas a esos tres jóvenes. ¿Acaso no eran ricos, estaban bien conectados y dotados de una capacidad infinita de pronunciar elocuentes discursos? Y los hechos demuestran que las grandes expectativas que suscitaron de jóvenes entre sus amigos no fueron defraudadas, como que el menos distinguido de los tres acabó obispo. El único peligro residía en otra dirección: “Estáte atento” le escribió el padre de Wilberforce al joven Samuel, “ten cuidado con gran celo, no sea que te encuentres indebidamente solícito por tu propio éxito; no vaya a ser que te entristezcas en demasía por tus fracasos o te hinches por tus triunfos. Una indebida solicitud por ser popular es una debilidad contra la cual los cristianos verdaderos han de guardarse con suma vigilancia. Cuanto más puedas retener la impresión de estar rodeado por una nube de testigos del mundo invisible, por usar una frase de la Escritura, mejor armado estarás contra el insidioso pecado”. Mas de repente pareció que semejantes advertencias resultaban irrelevantes para Manning, quien, al dejar Oxford, se encontró con que la copa rebosante de delicias fue apartada de su boca. Ya estaba soñando con alcanzar la Cámara de los Comunes donde sería el solitario abogado de alguna gran causa cuyo triunfo sería obtenido exclusivamente merced a sus extraordinarios esfuerzos, cuando se padre fue declarado en quiebra y todas sus esperanzas de una carrera política se terminaron de una vez y para siempre.

Fue por esta época que Manning intimó con una mujer piadosa, la hermana de unos de sus amigos de la Universidad, al que él gustaba designar como su Madre Espiritual. La hizo su confidente; y un día, mientras caminaban juntos por un bosque, le reveló la amargura de su desilusión por razón de la quiebra de su padre. Ella trató de levantarle el ánimo, y luego agregó que existían metas más encumbradas que no él no había considerado. “¿A qué se refiere?” preguntó. “Al reino de lo cielos” contestó ella, “las ambiciones celestiales no te han sido negadas”. El joven escuchó, permaneció en silencio y al final dijo que no sabía que no estuviera en lo cierto. Ella sugirió que leyesen la Biblia juntos; y así procedieron durante todo un verano, leyendo la Escritura juntos después del desayuno. Sin embargo, y a pesar de estos devotos ejercicios, y sin perjuicio de la voluminosa correspondencia que mantuvieron dedicada a temas religiosos, Manning seguía abrigando esperanzas seculares. Ingresó a la Oficina para las Colonias como empleado supernumerario, y sólo cuando le ofrecieron una beca del College de Merton¾¾a la que aparentemente accedería sólo con la condición de que siguiera una carrera eclesiástica¾¾sus ambiciones celestiales parecen haberse definido. Justo entonces fue cuando se enamoró de Miss Deffell, cuyo padre no tenía el menor interés en este joven sin futuro prohibiéndole visitar a su hija. Desde luego, estaba claro como el agua; ¿qué futuro para un empleado supernumerario de la Oficina para las Colonias? Manning fue a Oxford y se ordenó. Fue elegido fellow de Merton y mediante la influencia de los Wilberforce, obtuvo una parroquia en Sussex. A último momento, casi se arrepintió. “Creo que todo esto se ha hecho de manera en exceso apresurada” le escribió a su cuñado. “De tal modo me he dejado llevar por las instancias de mis amigos y las ventajas de una parroquia tan agradable desde tantos puntos de vista, que mi juicio se ha visto enturbiado”. Sus vastas ambiciones, sus sueños de una carrera política, de honores, de poder¾¾¿iba todo eso a terminar de teniente cura en una pequeña parroquia rural “agradable desde muchos puntos de vista”? Pero no había nada que hacer, estaba hecho¾¾y aparentemente los Hados se habían librado de Manning con toda eficacia. Ahora todo lo que le quedaba era sacarle el máximo provecho a un asunto tan poco auspicioso. De manera que, primeramente, decidió que había recibido un llamado de Dios ad veritatem et ad seipsum, y, en segundo lugar, dejando de lado a Miss Defel, casó con la mujer del párroco. Este falleció a los pocos meses y Manning se puso sus zapatos: lo menos que se puede decir es que no eran enteramente incómodos. Durante los siguientes siete años desempeñó sus funciones de párroco rural. Era enérgico y devoto; era cortés y buen mozo; su fama se extendió en la diócesis. Y al final se comenzó a hablar de él como probable sucesor del viejo Archidiácono de Chichester. Cuando la Sra. Manning falleció prematuramente, se lo halló inconsolable, pero él se refugió en la distracción de redoblados trabajos. ¿Cómo iba a adivinar que un día enumeraría semejante pérdida como una de “las gracias especiales que Dios me ha hecho”? Y sin embargo, así sería. En años posteriores, la memoria de su esposa parecía haberse borrado; jamás hablaba de ella; cada carta, cada registro de su vida marital fue destruido; y cuando se le avisó que la tumba de su mujer estaba en ruinas, dijo “Mejor así. Dejadlo así. El tiempo lo borra todo”. Pero cuando la tumba estaba todavía fresca, el joven párroco solía sentarse a su lado, escribiendo sus sermones.  

 

 

II

 

Mientras tanto, una serie de acontecimientos se desarrollaban en otras regiones de Inglaterra que tendrían no menos trascendencia en la historia de Manning que la misericordiosa remoción de su esposa. El mismo año en que asumió su cargo en la parroquia de Sussex comenzaron a aparecer en Oxford los Tractos para los Tiempos. De hecho, se había iniciado el “Movimiento de Oxford”. La frase aún nos resulta familiar, pero el paso del tiempo y la intrínseca dificultad de los tópicos que involucra ha oscurecido algún tanto su sentido. Pidamos pues prestado las alas de la Imaginación Histórica y examinemos a vuelo de pájaro los sucesos en la Universidad de Oxford durante los años ’30.

Durante muchas generaciones la Iglesia de Inglaterra venía durmiendo el sueño de... los confortables. Los malhumorados susurros de disenso, el sonoro grito de batalla de la Revolución apenas si había perturbado sus sueños. Elegantes teólogos suscribían los Treinta y nueve Artículos con un suspiro o una sonrisa y se acomodaban a una vida apacible, participaban de alegres excursiones de caza como cualquier caballero que se precie y no se acostaban sin antes despachar sus dos botellas, como corresponde. Seguir una carrera eclesiástica consistía sencillamente en adoptar una de esas profesiones que tanto la Naturaleza como la Sociedad habían decidido como las más adecuadas para caballeros y sólo para caballeros. Los fervores de la piedad, el celo de la caridad apostólica, los entusiasmo de la ascesis¾¾eran todas cosas que están muy bien, a su manera¾¾y en su lugar; mas ciertamente no eran apropiadas para la Iglesia de Inglaterra. Un caballero no debía exhibir celos o fervores místicos, y muchos menos entusiasmos religiosos. Es cierto que ocasionalmente había habido en la Iglesia algún que otro adusto pastor de la alta escuela Tory que añoraba los tiempos de Laud o que hablaba sobre la Sucesión Apostólica, y aún se podían encontrar grupos de anticuados Evangelistas que todavía hablaban de Reparacionismo, que confesaban abiertamente un amor personal por Jesucristo y que parecían haber arreglado sus vidas enteramente, hasta en sus más pequeños detalles y minucias, con referencia a la Eternidad. Mas tales extremistas constituían raras excepciones. La gran masa del clero caminaba apaciblemente por el regular sendero de los deberes ordinarios. Con un ojo vigilaba a los pobres de sus parroquias y conducían los servicios de cada Domingo con dignidad; por lo demás, no diferían exterior ni interiormente de la gran masa del laicado para los cuales la Iglesia no era más que una organización útil para el mantenimiento de la Religión, tal como lo establecía la ley.

Con todo, al final llegó el despertar, y cuando ocurrió, resultó un tanto rudo. Los principios liberales de la Revolución Francesa, originalmente acotados por el terror de la reacción, comenzaron a abrirse camino en Inglaterra. Ciertos racionalistas empezaron a levantar cabeza; Bentham y Mill exponían el Utilitarismo; se aprobó la “Reform Bill”; y en el extranjero había rumores de separación entre la Iglesia y el Estado. Incluso algunos clérigos parecían haberse infectado. El Dr. Whateley tuvo la osadía de afirmar que en materia de interpretación de las Escrituras, en cuestiones dudosas podían admitirse pareceres diversos; y el Dr. Arnold bosquejó un inquietante proyecto para admitir a los Disidentes en el seno de la Iglesia, aunque también es cierto que en su ecumenismo no llegó a tanto como para incluir a los Unitaristas.

En este tiempo, en una parroquia rural vivía un joven clérigo llamado John Keble. Había sido admitido por la Universidad de Oxford a los quince años de edad, en donde, después de una exitosa carrera académica, fue nombrado fellow de Oriel College. Luego había vuelto a la parroquia de su padre donde desempeñaba sus deberes curiales. Tenía sólidos conocimientos del Prayer Book, las costumbres de los comedores universitarios, la conjugación de los verbos griegos irregulares y las pequeñas humoradas de una parroquia rural; y si acaso tenía pequeños defectos, éstos se veían largamente compensados por un celo y una piedad que pronto demostrarían que estaba a la altura¾¾y más que eso¾¾de la vocación, cualquiera fuera esta, a la que sería llamado. La superabundancia de su piedad redundó en sus versos; y la santa simplicidad del Año Cristiano llevó su nombre hasta las más remotas casas de Inglaterra. Sin embargo, en lo que se refiere a su celo, necesitaba otro desagüe. Contemplando la conducta de sus pares a través de las ventanas de su rectorado en Gloucestershire, Keble sintió que su alma se veía sacudida por desprecios, indignación y temor. La infidelidad se extendía por todas partes; la autoridad era tomada a la chacota; las horripilantes doctrinas de la Democracia eran predicadas abiertamente. Y peor todavía, si fuese posible, la propia Iglesia se mostraba ignorante y tibia; los misterios sacramentales habían sido relegados al olvido, se había perdido la fe en la Sucesión Apostólica, ya no interesaban los Padres de la Iglesia y la Iglesia se había sometido al control de una legislatura secular cuyos miembros ni siquiera profesaban creer en la Reparación. Frente a tantas enormidades, ¿qué podía hacer Keble? Estaba dispuesto a cualquier cosa, pero no era más que un sencillo clérigo, de escasas ambiciones, y lo más probable es que su ira habría permanecido como inapagable rescoldo dentro suyo si no hubiese sido que por pura casualidad entró en contacto, en el momento crítico, con un espíritu aun más entusiasta y audaz que el suyo.

Hurrel Froude, uno de los pupilos de Keble, era un joven muy capaz al que le había tocado en suerte una dosis de seguridad de sí mismo e intolerancia mayor de la que suelen exhibir los jóvenes,  aun los más preparados. Con todo, lo que en él resultaba singular era no tanto su temperamento cuanto sus gustos. Esa especie de ardor que impele a jóvenes más normales a frecuentar los teatros de comedias musicales y enamorarse de las actrices, tomó la forma, en el caso de Froude, de una romántica devoción por la Deidad y un intenso interés en su propia alma. Estaba obsesionado por los ideales de la santidad y se convenció de la suprema importancia de no comer demasiado. Llevaba un diario en el que asentaba todas sus delitos, y eran muchos. “Hoy no puedo decir nada demasiado bueno acerca de mí” escribe el 29 de septiembre de 1826 (tenía veintitrés años). “Después del desayuno no leí los Salmos ni la Segunda Lección, cosa que debía hacer antes puesto que disponía de abundante tiempo para ello. Me hubiese complacido si aparecía como aventurero en aquel enredo en el que me metí en el Puente del Diablo. Durante la cena observé con gula la mesa para cerciorarme de que había pavo, y si bien comí de lo más sencillo, sin variedad alguna, fue por razón accidental y por cierto que me excedí en la cantidad, como atestigua el hecho de que después me sentí perezoso y somnoliento.” Poco después asienta que “Me permití sentirme disgustado con la pomposidad de ‘X’ y también me sonreí ante las referencias a la abstención de comidas que leí en las Lecciones. Espero que eso no procediera de mi orgullo o vanidad, sino de una desconfianza de mí mismo, pero en cualquier caso no fue intencional”. Y luego, “En cuanto a mis comidas, debo admitir que siempre tomé recaudos para cerciorarme de que nadie se sirviera antes que yo”. “Me veo obligado a confesar que en mi trato con el Ser Superior soy más y más perezoso”.  Y luego cita diversos salmos.

Tales las preocupaciones de este joven. Quizá habrían sido otras si hubiese tenido en un poco menos aquello que Newman describe como “su elevada y severa noción acerca de la excelencia de la virginidad”; mas es inútil especular. Como se comprende fácilmente, el feroz y ardiente celo de Keble influyó notablemente sobre su modo de pensar. Se convirtieron en íntimos amigos y Froude, fervientemente imbuido de las doctrinas de su amigo mayor se ocupó de darles toda la notoriedad que la Universidad de Oxford estuviese dispuesta a admitir. Así, logró que en la atmósfera de política partidaria de la Universidad se debatiese acerca de los misterios de la Santa Iglesia Católica. Varios sorprendidos Doctores en Teología se vieron obligados a enfrentar distintas cuestiones que jamás se les había ocurrido plantear. La Iglesia de Inglaterra, ¿era parte o no de la Iglesia Católica? Y si lo era, ¿los Reformadores del s. XVI no serían acaso renegados? ¿Acaso la participación en el Cuerpo y Sangre de Jesucristo no es esencial para mantener en cada cual una vida cristiana y de esperanza? Timoteo y Tito, ¿habían sido obispos? ¿O no? Y si lo fueron, ¿no se seguía que el poder de administrar la Santa Eucaristía era atributo de una orden sagrada instituida por el mismísimo Cristo? ¿Acaso los Padres no referían a la tradición de la Iglesia como a fuente independiente de las Escrituras y que alcanzaba para refutar las herejías, incluso por sí sola? ¿No era pues como una Palabra de Dios no escrita? ¿Y acaso no exigía la misma reverencia de nuestra parte que las mismas Escrituras, y por las mismas razones, puesto que al fin era Su Palabra? Los Doctores en Teología estaban espantados ante semejantes cuestiones que parecían conducir vaya uno a saber a dónde; y se encontraban en apuros para formular respuestas condignas. Pero bien pronto se vio que era el propio Hurrel Froude quien se ocupaba de suministrar las respuestas adecuadas. Todo Oxford, toda Inglaterra, debía enterarse de la verdad. La época estaba muy revuelta y él estaba encantado de haber nacido justo a tiempo como para ponerla en caja.

Pero, después de todo, se necesitaba algo más que el entusiasmo de Froude combinado con la convicción de Keble como para agitar seriamente las apacibles aguas del pensamiento cristiano, y sucedió que tal cosa no faltó: el genio de Juan Enrique Newman. Si Newman nunca hubiese nacido, si en aquella fatídica mañana en la que el carruaje en el que su padre lo llevaba a la Universidad, sin haber decidido todavía en cuál anotarlo, hubiese rumbeado en aquel cruce de caminos hacia Cambridge, ¿qué dudas caben de que el Movimiento de Oxford no habría sido más que una débil llama, prontamente apagada en los comedores de Oriel College? Y además, ¿cuán distinta no habría sido la suerte del propio Newman? El era hijo del revival Romántico, una criatura hecha de emoción y de memoria, un soñador cuyo secreto espíritu moraba aparte, en las deliciosas montañas, un artista cuyos sutiles sentidos captaban, como en una llovizna con sol, el intangible arco iris del mundo inmaterial. En otros tiempos, bajo otros cielos, sus días habrían sido más afortunados. Podría haber ayudado a bordar la guirnalda de Meleager, o mezclar el lapis lazuli de Fra Angelico, o salir a la caza de verdades delicadas bajo la sombra de la palestra ateniense, o tal vez sus manos podrían haber esculpido las etéreas sonrisas que adornan los nichos de Chartres. E incluso en su propia época, podría haber estudiado en Cambridge, cuyos claustros han estado consagrados desde siempre a la poesía y el sentido común: allí podría haber seguido los pasos de Gray y haber hecho florecer esas semillas de inspiración que ahora yacen enterradas entre las pálidas devociones de su Lyra Apostolica. En Oxford su suerte estaba sellada. No tenía la menor posibilidad de resistir el último encanto de la Edad Media. En vano se sumergió en las páginas de Gibbon o comulgó con Beethoven durante largas horas con su amado violín. El aire estaba saturado de beatitudes clericales, un ambiente algo pesado por razón de los perfumes de la tradición y el suave calor de la autoridad espiritual; su amistad con Hurrel Froude hizo el resto. Todo lo que fuera debilidad en él lo precipitaba hacia delante, y todo lo que en el era de lo más viril, también. Su curiosa y abovedada imaginación comenzó a edificar una construcción filosófica hecha con materiales espigados de los textos de los monjes de la antigüedad mientras comenzaba a flirtear con visiones de visitaciones angélicas y el óleo de San Walburga; el costado temperamental de su naturaleza se dejó absorber por las pasiones partidarias de una claque universitaria: y su sutil intelecto se vio más y más involucrado en las finísimas distinciones dialécticas de cuestiones dogmáticos. Su futuro estaba sellado de manera harto clara; y sin embargo por una muy singular casualidad, la verdadera naturaleza de este hombre emergería al final como vencedora. Si Newman hubiese fallecido a los sesenta años de edad hoy ya estaría olvidado, salvo quizá por unos pocos historiadores eclesiásticos; mas vivió hasta escribir su Apologia y alcanzar así la inmortalidad, no como un pensador ni un teólogo, sino como un artista que consiguió embalsamar en mágica fragancias de palabras la conmovedora historia de un espíritu intensamente humano.

Cuando Froude logró impregnar a Newman con las ideas de Keble, arrancó el Movimiento de Oxford. La característica más original y notables de estos tres es que tomaban la Religión Cristiana al pie de la letra. Durante siglos no se había hecho esto en Inglaterra. Cundo proclamaban cada Domingo que creían en la Santa Iglesia Católica, lo decían con entera convicción. Cuando repetían el Credo de San Atanasio, lo hacían de verdad. Incluso cuando suscribían a los Treinta y nueve artículos, la cosa era en serio¾¾o por lo menos, eso creían. Ahora bien, semejante estado de ánimo era peligroso¾¾y a decir verdad, al principio ellos no se imaginaron hasta qué punto. Habían empezado con la inocente presunción de que la Religión Cristiana se hallaba contenida en las doctrinas de la Iglesia de Inglaterra; pero cuanto más examinaban el asunto, más dudoso y peliagudo se ponía. La Iglesia de Inglaterra evidenciaba en todas partes señales de humana imperfección; había sido la resultante de una revolución y muchos compromisos, de exigencias políticas y caprichos de príncipes, de los prejuicios de los teólogos y de las necesidades del Estado. ¿Cómo había venido a suceder que este centón fuera receptáculo de los augustos e infinitos misterios de la Fe Cristiana? Newman y sus amigos se enfrentaban precisamente con este problema. Otros podían, y aparentemente pudieron, contemplar este asunto como si no tuviese nada de raro. Pero claro, estos entendían al cristianismo en sí mismo como apenas algo más que un respetable y conveniente apéndice a la existencia por medio del cual se inculcaba un sensato sistema de costumbres cuya observancia hacía abrigar la esperanza de una eterna felicidad. Para Newman y Keble la cosa no era así. Veían una manifestación trascendente del poder Divino que fluía inmensa y elaboradamente a través de los siglos; un sacerdocio consagrado que procedía, mediante la imposición de manos, de un manantial cuyo origen primero era la mismísima divinidad; un universo entero de seres espirituales que entraban en comunión con el Eterno mediante hostias; una gran masa de doctrina metafísicas, incomprensibles y a la vez de importe incalculable, que habían sido formuladas con certeza infinita; veían lo sobrenatural en todas partes y en todo tiempo como una fuerza viva, flotando invisiblemente en los ángeles, inspirando a los santos y dotando de propiedades milagrosas a las cosas materiales más comunes. No es de extrañar entonces que resultaba algo difícil conciliar semejante espectáculo con una institución que procedía del divorcio de Enrique VIII, de las intrigas de los parlamentos isabelinos y de la Revolución de 1688. Y con todo, pronto se sentían satisfechos de haber arribado a esta aparentemente imposible reconciliación; pero para lograrlo, llegaron a conclusiones decididamente sorprendentes.

La Iglesia de Inglaterra, declararon, era en verdad la Iglesia una y verdadera, aunque había estado padeciendo una suerte de eclipse desde los tiempos de la Reforma¾¾de hecho, desde que había empezado a existir. Cierto que se había librado de las corrupciones de Roma; mas había caído en las garras del poder secular y se había degradado con las falsas doctrinas del Protestantismo. La Religión Cristiana todavía se mantenía intacta merced al sacerdocio de Inglaterra, pero se preservaba casi inconscientemente¾¾el invalorable depósito que se pasaba ciegamente de generación en generación y que subsistía no tanto por voluntad de los hombres cuanto por una dispensación de Dios tal y como se expresa en la misteriosa virtud de los Sacramentos. Dicho brevemente, el Cristianismo se había visto enredado en una serie de desafortunadas circunstancias de las cuales, claro está, Newman y sus amigos debían rescatarlo. Lo curioso es que semejante tarea les estaba reservado, de manera tan patente, justo a ellos. Quizá se le había dado a algunos de los teólogos del s. XVII vislumbrar algo de todo esto; pero no eran más que vislumbres. No, durante la Reforma, las aguas de la Fe verdadera se habían refugiado en canales subterráneos y allí permanecían esperando que Newman con su vara golpeara la roca, para volver a surgir otra vez a la luz del día. Sin dudas, todo este asunto resultaba Providencial¾¾¿qué otra explicación podía haber?

Estaba claro que el primer paso debía ser el de purgar a la Iglesia de sus vergüenzas y errores. Había que poner en evidencia a los Reformadores; quitarse de encima el yugo del poder secular; el dogma restaurado a su primigenia preeminencia; y debía recordarse a los cristianos lo que aparentemente habían olvidado¾¾la presencia de lo sobrenatural en la vida diaria. “Sería enormemente beneficioso para esta país”, observó Keble, “si fuera eminentemente más supersticioso, fanático, severo y feroz en su religión que lo que exhibe hoy en día”. Y Froude: “Lo único bueno de Cranmer es que se quemó muy prolijamente”. Newman predicaba y pronto comenzaron a divulgarse las nuevas ideas. Entre los conversos más tempranos se hallaba el Dr. Pusey, un hombre de fortuna y erudición, un profesor canónigo de Christ Church, el cual, se rumoreaba, había esto en Alemania. Fue entonces que comenzaron a salir los Tractos para los Tiempos siendo Newman el editor y el Movimiento apareció a la luz del mundo.

Los Tractos habían sido escritos “con la esperanza de alertar a los miembros de nuestra Iglesia y hacerles comprender su alarmante situación actual... como un hombre que diera aviso de un incendio o de una inundación, sobresaltando a quienes lo oyeran”. Se podría decir que tuvieron éxito porque la sensación que causaron entre los clérigos del país fue verdaderamente notable. Trataban muy diversas cuestiones pero en todos los ensayos latía la intención de desbancar a las doctrinas y prácticas aceptadas por la Iglesia de Inglaterra. El Dr. Pusey escribió eruditamente sobre la regeneración del bautismo; también escribió acerca del ayuno. El tratamiento que le dio a esta última cuestión contó con considerable desaprobación, lo que sorprendió al Doctor. “No estaba preparado” dijo “a encontrarme con gente dispuesta a cuestionar, incluso en abstracto, el deber de ayunar”; supuse que gente seria por lo menos practicaba el ayuno de un modo u otro. Presumía que el deber era conocido por todos y que sólo era cuestión de que no se le asignaba la importancia que tiene”. Siempre se puede aprender alguna cosa, aun cuando hayamos estado en Alemania.

Otros tractos discutían la Santa Iglesia Católica, el clero y la liturgia. Uno de ellos se ocupaba de la cuestión “de si un clérigo de la Iglesia de Inglaterra estaba obligado a observar oraciones a la mañana y a las vísperas en sus parroquias”. Otro apuntaba a “los indicios de la intervención de la Providencia en preservar el Prayer Book y las modificaciones que había sufrido”. Otro más consistía en los “Sermones de Adviento sobre el Anticristo”. Keble escribió un largo y prolijo tracto “Sobre el Misticismo de los Primeros Padres de la Iglesia” en el que expresaba sus opiniones sobre una cantidad de curiosos asuntos. “Según como hablan los hombres hoy en día” escribió “considerarían puramente accidental que Nuestro Señor y sus discípulos contaban con cinco panes, ni más, ni menos, para su milagrosa multiplicación. Pero los intérpretes antiguos lo consideran como un hecho querido por la infalible providencia de Dios. Y conjeturan que representa el sacrificio de los cinco sentidos. Según Orígenes el número cinco casi siempre representa a los sentidos”. En otro pasaje Keble se ocupa de un asunto aun más recóndito. Cita las enseñanzas de San Bernabé en el sentido de que “Abrahám que fue quien primero le otorgó la circuncisión a los hombres, llevó a cabo allí mismo una acción espiritual y típica, anticipando la venida del Hijo”. La argumentación de San Bernabé es como sigue: Abrahám circuncidó a 318 hombres de su casa. ¿Por qué 318? Fijaos primero en el 18, luego en el 300. De las dos letras que representan el 18, 10 se ve representado por la “I” y 8 por la “H”. “Aquí tenemos” dice San Bernabé, “la palabra que representa a Jesús”. En cuanto a los 300 “la cruz se representa con la letra Tao y la letra Tao representa ése número”.

Escritos de este tipo no podía dejar de seducir a los elegidos. Piadosos jóvenes de Oxford se sentían convocados a pelear bajo el estandarte de Newman. El mismo se convirtió en el jefe del partido, argumentando, alentando, organizando, persuadiendo. Su larga figura negra, pasando raudamente por las calles de Oxford, era señalado con admiración; una muchedumbre asistía a sus sermones; sus palabras corrían de boca en boca. “Credo in Newmannum” se convirtió en una divisa común. Se hacían bromas sobre la Iglesia de Inglaterra y revivieron prácticas que durante siglos habían caído en desuetudo. Los jóvenes ayunaban y hacían penitencia, rezaban las horas del Breviario Romano y se confesaban de sus pecados con el Dr. Pusey. Ni tampoco el movimiento quedó confinado a Oxford; se amplió en círculos más y más dilatados a través de las parroquias de Inglaterra; la dormida devoción del país despertó repentinamente. La novedosa y extraña noción de tomarse el cristianismo al pie de la letra resultaba deliciosa para los ánimos más entusiastas. Aunque también era alarmante: ¡Realmente, recitar el Credo de San Atanasio creyendo literalmente cada una de las palabras que uno pronunciaba! ¡Qué fantástico! ¡Y qué subyugantes y misteriosas perspectivas se abrían para los que así procedían! Claro que tales perspectivas nos iba acercando a... ¡Oh no! Supongamos que después de todo nos guiaran hacia...

 

III

 

A su debido tiempo los Tractos aparecieron en la remota parroquia de Sussex. Manning era algunos años más joven que Newman, y los dos apenas si se habían conocido en la Universidad; pero ahora, por mediación de amigos en común, empezaron a estrechar lazos. Era dable esperar que Newman tuviese sumo interés en sumar al joven Rector a sus filas; y del lado de Manning existían muchas razones que lo impelían a aceptar las propuestas de Oxford. Había también un componente en su conformación mental¾¾aquellas visiones apocalípticas que lo habían aterrorizado cuando chico, aquello que lo había impelido a las sesiones de lectura de la Biblia después del desayuno¾¾que ahora lo colocaban como un candidato proclive a dejarse seducir por las teorías del misticismo sacramental que divulgaba el Movimiento. Y algo más: el Movimiento ofrecía otra atracción por razón de la suprema importancia que le asignaba a la profesión que el propio Manning había adoptado. El clérigo no era igual a sus hermanos los laicos; no, era una creatura aparte, un ser elegido por la Voluntad Divina, santificado por los Divinos misterios. Era un alivio encontrarse con que, mientras uno habría creído que no era nada más que un clérigo rural, que uno podría, después de todo, ser algo más¾¾uno podría ser un sacerdote.

De acuerdo con esto, Manning se sacudió de encima sus primigenias convicciones Evangelistas, inició una vigorosa correspondencia con Newman, y pronto estaba trabajando para la nueva causa. Coleccionaba citas, comenzó a traducir a abstrusos autores griegos para el Dr. Pusey. Escribió un artículo sobre San Justino para el British Critic, la revista que dirigía Newman. Publicó un sermón sobre la Fe, con notas y apéndices, que suscitó la condena de un obispo Evangelista y la crítica feroz de nada menos que el célebre Sr. Bowdler. “El sermón” dijo Bowdler en un libro dedicado al tema, “ya de por sí resultaba bastante malo, pero el apéndice era directamente abominable”. Al mismo tiempo Manning se ocupó de alegar sobre la independencia de la Iglesia de Inglaterra, su oposición a una educación secular, y editó panfletos contra la Comisión Eclesiástica que había sido designada por el Parlamento para inventariar las propiedades de la Iglesia. Luego se lo halló desempeñando el papel de director de almas. Algunas damas de sociedad lo frecuentaban clandestinamente en su parroquia y se confesaban. Un caso en particular¾¾el de una señora que se encontraba atraída por Roma¾¾derivó en una consulta a Newman. Newman aconsejó que ahondara en I Cor. VII y que también convenía hacerle ver que “debía acentuarse la cuestión de que la mejor manera de beneficiar a la pobre Iglesia de Inglaterra, a través de la cual había sido regalada con el bautismo, era quedarse en ella. ¿O acaso no le importaban las almas que la rodeaban ahogadas como estaban por el Protestantismo? ¿Cómo las favorecería más? ¿Dejándose llevar por sus veleidades de comunión con Roma o negándose, quedándose penitentemente donde estaba por su bien?”. No consta si tales argumentos tuvieron éxito.

Durante varios años después de la muerte de su mujer, Manning se vio absorbido por estas actividades mientras que su relación con Newman se fue intensificando hasta desembocar en lo que a todas luces parecía una cordial amistad. “Y ahora, vive valeque, mi querido Manning” escribe Newman in festo S. Car. 1838, “así se lo deseo y rezo por eso. Suyo, afectuosamente, John H. Newman”. Pero a medida que pasaba el tiempo, la situación tendía a complicarse. El Tractarianismo comenzó a despertar hostilidad, no sólo de parte de los Evangelistas sino también de eclesiásticos moderados que no podían dejar de percibir cómo el partido de Oxford se volvía progresivamente más y más “católico” y, cómo, en esa medida, se acercaba a la temida Roma. El periódico Record¾¾un influyente diario Evangelista¾¾olfateaba Papismo en todas partes; se refería a ciertos clérigos como “contaminados”; y después de eso, los así sindicados eran aparentemente relegados cuando de su promoción se trataba. De por sí, el hecho de que Manning consideró prudente mantener en secreto su ministerio confesional resultaba bastante significativo. Era necesaria la cautela, y Manning fue cauteloso en extremo. Su vecino el Archidiácono, el Sr. Hare, era de inclinación “baja-Iglesia” (low churchman); da la impresión de que Manning amistó con este hombre con igual grado de cordialidad que con Newman. Entabló correspondencia con él, le pedía consejo sobre los libros que debía leer, y discutía cuestiones teológicas: “En lo que se refiere a Gál. VI:15 no podemos disentir... Con quien lee y razona no puedo tener controversia alguna; y Ud. hace ambas cosas”. El Archidiácono Hare estaba complacido, pero pronto le llegaron rumores que, por decir lo menos, resultaban perturbadores. Manning habría estado quitando los altos bancos de su iglesia reemplazándolos con bancos bajos y abiertos. Todos sabían lo que eso significaba; era de dominio público que los altos y tallados bancos constituían un ícono del Protestantismo y que un banco abierto era sospechoso de contaminación Romana. Pero Manning se apresuró en explicarse. “Mi querido amigo” escribió “no he reemplazado los bancos altos por los bajos, sino que he mudado a los primeros desde la nave hacia los muros laterales para por razones de orden y concierto. Los (irregulares) bancos abiertos ya estaban ahí y sólo he querido acomodarlos debidamente... Hoy no me encuentro enteramente bien, de modo que por ahora adiós, con mucha estima, etc. H.E.M”. El Archidiácono Hare se sintió reasegurado.

Y era importante que lo fuera puesto que el Archidiácono de Chichester estaba envejeciendo y la influencia de Hare podía resultar extremadamente útil cuando se produjera la vacante. Cosa que se demostró a continuación cuando un nuevo obispo, el Dr. Shuttleworth, fue designado para ocupar la sede episcopal. En ese momento le dio al viejo Archidiácono de Chichester por jubilarse y Manning aparecía como el mejor candidato para reemplazarlo. Pero el nuevo obispo era muy low church, agresivamente low church: llegó tan lejos como para parodiar a los Tractarios que encabezaban sus cartas con el santo del día, colocando en la parte superior de sus cartas inscripciones tales como “Palacio Episcopal-día de limpieza”. Y peor todavía¾¾su mujer, la Sra. Shuttleword, compartía sus puntos de vista y ya había decidido que el joven y pujante rector estaba “contaminado”. Pero en el momento crítico, el Archidiácono Hare acudió a su auxilio persuadiendo al Obispo de que Manning era “seguro”; con esto su designación fue un hecho¾¾cocinado a espaldas de la Sra. Shuttleworth. Estaba furiosa, pero era demasiado tarde; Manning era Archidiácono.  Todo lo que podía hacer para indicar su desaprobación era colocar un ejemplar del libro de Bowdler en un prominente lugar de la mesa de su living cada vez que Manning visitaba el Palacio.

Manning era un Archidiácono; pero no por eso se habían terminado sus problemas. Se había filtrado lo de su relación con los Tractarios y el Record comenzaba a mostrarse suspicaz. Si la opinión que de él tenía la Sra. Shuttleworth se generalizaba, la cosa se pondría grave. Y nadie podría desear vivir y morir como un mero Archidiácono. Y fue entonces, justo en ese momento, que ocurrió un acontecimiento que tornó imperioso tomar partido definitivamente, en una u otra dirección. Tal acontecimiento fue la publicación del Tracto nº 90.

Desde hacía rato que para cualquier observador imparcial resultaba obvio que Newman se había estado deslizando en un plano inclinado al pie del cual había una cosa, y una cosa sola¾¾la Iglesia Católica Romana. Lo sorprendente era cuánto estaba tardando en llegar a su inevitable destino. Pasaron años antes de que él llegó a darse cuenta de que el grandioso edificio de la Iglesia de Inglaterra se derrumbaría si resultaba que una de sus piedras fundamentales no era más que una intriga amorosa de Enrique VIII. Mas al fin comenzó a tener visiones del terrible monarca, fuere donde fuere, estuviere donde estuviere, como si el Rey lo estuviera contemplando airadamente. Al principio intentó exorcizar al espectro con los devotos escritos de los Teólogos Carolinos; pero de nada le sirvió. Luego se sumergió desesperadamente en los Padres de la Iglesia Primitiva buscando una salida del complicado laberinto de la historia eclesiástica. Después de meses de estudiar la herejía monofisita, comenzó a llegar a la alarmante conclusión de que tal vez la Iglesia de Inglaterra fuera cismática. Eventualmente leyó un artículo escrito por un católico romano sobre San Agustín y los Donatistas que parecía zanjar la cuestión más allá de cualquier duda. San Agustín, en el s. V, había señalado que los Donatistas eran heréticos porque el Obispo de Roma así lo había dicho.

Este argumento resultaba demoledor. [2] 

La cuestión campaneaba en sus oídos de día y de noche; y aunque continuó postergando una decisión durante seis años más, nunca llegó a descubrir una respuesta condigna. A todo lo que podía aspirar era a persuadirse y persuadir a lo que quisieran oírlo de que sostener las órdenes Anglicanas no resultaba inconsistente con la fe en el ciclo entero de la doctrina Romana, tal como se formuló en el Concilio de Trento. De este modo suponía que podía simultáneamente evitar el pecado mortal de la herejía, permaneciendo a la vez como escrupuloso clérigo de la Iglesia de Inglaterra. Y con esto en mente, escribió el Tracto nº 90.

El Tracto tenía por objeto probar que no había nada en los Treinta y nueve Artículos que fuera incompatible con la Fe de Roma. Newman señaló, por ejemplo, que era común creer que los Artículos condenaban la doctrina de la existencia del Purgatorio; y sin embargo no había tal cosa: simplemente condenaban la doctrina Papista sobre el purgatorio; y Papista no quería decir, ciertamente, lo mismo que Romana. De aquí se seguía que los seguidores de la doctrina Romana acerca del Purgatorio podían suscribir los Treinta y nueve Artículos con la conciencia tranquila. De igual modo, los Artículos condenaban “los sacrificios de las misas” pero no condenaban “el sacrificio de la Misa” de donde se colegía que la Misa podía legítimamente celebrarse en las iglesias de Inglaterra. Newman se tomó el trabajo de examinar los Artículos desde este punto de vista, y en todos y cada uno de los casos llegó a conclusiones que avalaban su posición.

El Tracto produjo un escándalo de proporciones inmensas, pues parecía un golpe artero y letal dirigido al corazón de la Iglesia de Inglaterra. Y ciertamente que mortífero lo fue, aunque no tan artero como originalmente parecía. Hasta ese momento, los miembros de la Iglesia de Inglaterra imaginaron que resultaba posible contener en un marco de palabras la sutil esencia de su complicado sistema doctrinal, que por una parte involucraba los misterios de lo Eterno y de lo Infinito, y que por otra, se podía conciliar con los elaborados ajustes de los gobiernos temporales. No comprendieron que en semejante caso las definiciones sólo funcionan cuando los asunto que se intentan definir no son materia de disputa: es decir, cuando no hacen falta. Durante generaciones éste había sido el caso de los Treinta y nueve Artículos. su intención era lo bastante clara; y a nadie se le ocurrió inquirir acerca de su significado último. Mas en cuanto a uno se le ocurrió otorgarle un nuevo significado más allá de lo que siempre se había dicho se puso de manifiesto que contenían numerosas ambigüedades y resultaban pasibles de otras interpretaciones, al punto tal que de hecho se los podía manipular para que terminen por significar lo que a uno le viniere en gana. Los fieles y apacibles hombres de Iglesia estaban escandalizados y furiosos cuando vieron a Newman, en su Tracto nº 90, hacer precisamente eso. Mas debe decirse que después de todo, él sólo estaba tomando a la Iglesia de Inglaterra en serio. Y ciertamente, desde que Newman indicó el camino, la operación se ha vuelto tan¾¾en grado superlativo¾¾común que, ante su repetición, los fieles de hoy en día ni siquiera levantan una ceja.

Pero en aquel tiempo el tratamiento que Newman le dio a los Artículos parecía no sólo un perverso despliegue de super-intelectuales sutilezas sino que a muchos se les antojó que el hombre era fundamentalmente deshonesto. Fue por entonces que comenzó a ser asaltado con cargos en el sentido de que ponía de manifiesto poco amor a la verdad, cargos que culminaron veinte años después en la célebre polémica que mantuvo con Charles Kingsley y que desembocó en su Apología. No fue una controversia muy fructífera fundamentalmente porque había más posibilidad de que un subalterno de un regimiento de línea entendiera a un brahmán de Benares, a que Kingsley coligiera alguna cosa de la inteligencia de Newman. Kingsley era un testarudo Protestante cuyo odio al Papismo, no era, al final, más que ético¾¾un instintivo y honesto horror de las maquinaciones clericales y hábitos supersticiosos; y entonces no era sino natural que viera en las innumerables y delicadas distinciones que Newman proponía incesantemente¾¾y que él, no sólo jamás podría haber propuesto, sino que ni siquiera entendía¾¾simplemente otra manifestación de la intrínseca falsedad de Roma. Y sin embargo, en realidad, nadie, en algún sentido de la palabra, era más veraz que Newman. La sola idea de engañar le habría resultado aborrecible; y por el contrario, ocurre que su deseo de poner de manifiesto de la manera más exacta y completa, recurriendo a todo el refinamiento de su sutil inteligencia de que era capaz, era lo que inducía a personas como Kingsley a una perplejidad de la que inferían que era deshonesto. Con todo, desafortunadamente, las posibilidades de la verdad y de la falsedad no sólo dependen de la sinceridad con que se formulan. Indudablemente, puede darse el caso de un hombre escrupulosa e impecablemente franco y sin embargo que su amor por la verdad resulte insuficiente. Podría ser como el lunático, el enamorado, el poeta “de imaginación, toda compacta”, puede que esté bendecido, o maldecido, con una de esas mentes en permanente ebullición, con enorme talento fantasioso “percibiendo más que lo que la tranquila razón pueda jamás comprender”; puede que esté revestido de una naturaleza incapaz de entresacar, seleccionar, las evidencias, o que por inclinación sea simplemente reacio a hacerlo. “Cuando estábamos allí” escribe Newman en una carta a un amigo después de su conversión, en la que describe su visita a Nápoles y las milagrosas circunstancias conectadas con la licuación de la sangre de un santo “justo nos tocó la fiesta de San Genaro y los Jesuitas nos urgieran a que nos quedásemos¾¾estaban completamente confiados en que se realizaría el milagro¾¾y más aun considerando que muchos católicos no lo creen hasta que lo ven. Nuestro propio padre rector nos contó que él mismo no lo creyó hasta que lo vio con sus propios ojos. Esto es, claro está, que muchos católicos tenían vaporosas ideas que explicaría el acontecimiento con razones de orden natural, o quizá que todo se trataba de una exageración¾¾no que imputaran fraude a la cosa, por supuesto. Y por eso se dice que en consecuencia hay muchas conversiones. Se expone para la Octava de su fiesta y el milagro se perpetúa¾¾no es una simple licuación, sino que a veces se hincha, a veces hierve, a veces se funde¾¾nadie acierta a decir qué es lo que sucede. Dicen que es muy conmovedor, y la gente no para de llorar cuando ocurre. Tengo entendido que Sir H. Davy concurrió todos los días y que la extrema variedad del fenómeno fue lo que lo convenció de que ninguna explicación física podía dar cuenta del asunto. Y sin embargo está el notable hecho de que las licuaciones de sangre son comunes en Nápoles y a menos que constituya una irreverencia para con el Gran Autor de Milagros inquirir obstinadamente en todo esto, no se puede evitar la cuestión de si acaso no hay algo en el aire. (Ojo, no que yo crea semejante cosa y hablando humildemente sin haberlo presenciado, creo que es un milagro genuino¾¾sólo estaba argumentando). vimos la sangre de Santa Patricia, medio líquida, esto es, licuándose el día de su fiesta. A veces se licúa la de San Juan Bautista el 29 de agosto y así sucedió cuando estábamos en Nápoles, aunque ese día no tuvimos tiempo de ir al templo que le está dedicado. Vimos la sangre líquida de un padre Oratoriano, un buen hombre, aunque no un santo, que falleció hace cosa de doscientos años; y vimos la sangre líquida de Da Ponte, el grande y santo Jesuita quien, supongo, era prácticamente un santo. Pero estos ejemplos no alcanzan para explicar el extraño fenómeno que ocurre en Ravello, un pueblo o ciudad más arriba de Amalfi. Allí esta la sangre de San Pantaleón. Se la conserva en un recipiente empotrado en la pedrería del altar¾¾nadie lo toca¾¾pero en su fiesta durante el mes de junio, se licúa. Y más aun, existe una especial sanción de excomunicación para quiénes traen reliquias de la Vera Cruz a la iglesia. ¿Por qué? Porque cada vez que introducen esas reliquias al templo, la sangre se licúa. Conocí a una persona que, desconociendo esta prohibición, trajo una de esas reliquias¾¾y el sacerdote que oficiaba de repente señaló hacia el altar donde la sangre se licuaba, y preguntó: ¿quién tiene consigo una reliquia de la Cruz? Te estoy contando lo que me relató un hombre muy serio y religioso. Y por pura casualidad, mientras nos refería esto, justo estaba presente el Padre Rector quien al oírlo, exclamó,  ‘¿Y qué hay con eso? Nosotros tenemos una parte de la sangre de San Pantaleón en la Chiesa Nuova, y permanece siempre líquida’ ”.

Después de dejar Nápoles, Newman visitó Loreto y pasó revista a la casa de la Sagrada Familia, que, como se sabe, fue transportada hasta allí, en tres grandes saltos, desde Palestina. “Fui a Loreto” escribió “con fe sencilla, creyendo en lo que, después de verlo, creo más. No tengo dudas. Si me preguntaras por qué creo en esto, diría que porque en Roma, cautelosos y escépticos como son, todo el mundo lo cree. No tengo ni una dificultad antecedente con esto. Aquel que hizo flotar el Arca sobre las aguas del diluvio y encerró allí todos los seres vivos, que escondió el paraíso terrenal, que dijo que la fe mueve montañas, que sostuvo a miles durante cuarenta años en el desierto, que arrebató a Elías a los cielos y lo mantiene escondido hasta el fin de los tiempos, bien pudo hacer esta maravilla también”.

En esto, digan lo que quieran, no se puede discernir la menor traza de afán de engañar. ¿Acaso podría revelarse una mente con mayor transparencia que ésta?

Cuando Newman era niño “deseaba poder creer que Las Mil y una Noches fuera verdad”. Cuando se convirtió en hombre, aparentemente se cumplieron sus deseos.

Las autoridades de Oxford condenaron oficialmente el Tracto nº 90 y en el alboroto que siguió los partidos estrecharon filas; a partir de entonces resultó imposible cualquier compromiso entre los amigos y enemigos del Movimiento. El Archidiácono Manning se hallaba en una posición demasiada conspicua como para poder permanecer callado; se vio obligado a tomar partido públicamente, y no dudó. En una exhortación archidiocesana emanada unos meses después de su designación, repudió firmemente a los Tractarios. Pero el repudio no fue considerado suficiente, y un año después, repitió la condena en términos aun más enfáticos. Y sin embargo, aun así los horribles rumores continuaban flotando en el ambiente. El Record se puso a investigarlo y su vigilancia fue recompensada prontamente con un alarmante descubrimiento: en la Catedral de Chichester se había administrado el sacramento en un día de semana y “en la oportunidad el Archidiácono Manning, uno de los más fervorosos y obstinado de la Tractarios, había participado públicamente”. Quedaba claro que la única manera de silenciar estos malévolos susurros era la de hacer alguna manifestación pública cuyo significado a nadie no podría llamar a error. El sermón que se predicaba ante la Universidad de Oxford en conmemoración del día de Guy Fawkes parecía venirle de perlas para lo que Manning requería. Se apoderó de la oportunidad, consiguió que lo designaran predicador y desde el púlpito de St. Mary pronunció una arenga Protestante en extremo virulenta. Esta vez no podía haber dudas sobre el asunto: Manning había gritado “¡Ningún Papismo!” en la ciudadela misma del Movimiento, y todo, incluyendo a Newman, reconoció finalmente que se había separado de sus amigos. El día después de aquel sermón, Manning se fue caminando hasta la cercana aldea de Littlemore¾¾en donde Newman se había retirado en compañía de algunos discípulos elegidos¾¾con la esperanza de explicarse por lo que había hecho. Mas resultó defraudado puesto que, luego de un incómodo intervalo, uno de los discípulos apareció en la puerta para informar que el Sr. Newman no se hallaba en casa.

Con su retiro a Littlemore, Newman había entrado en la fase final de su carrera anglicana. Incluso él no podía dejar de caer en la cuenta de que el fin no era más que un asunto de tiempo. Su progreso fue desordenadamente apresurado por razón de la indiscreta actividad de uno de sus prosélitos. Se trataba de W. G. Ward, un joven que combinaba el extraordinario don de razonar a priori con una devota pasión por la Opéra Bouffe. De hecho resultaba difícil decidir cuándo Ward expresaba mejor su más vera personalidad, si cuando pronunciaba largos y paradójicos discursos escolásticos acerca de la Eucaristía o cuando trinaba los aires de Fígaro y cantaba gorgeando los hilarantes fraseos del Largo al Factotum. Aunque era su director espiritual, el mismo Pusey no podía estar enteramente seguro. En una oportunidad, su joven penitente acudió a él para confesarle que había hecho votos de abstenerse de toda música durante la Cuaresma, pero que esto había comenzado a afectarle la salud. ¿Se le ocurría al Dr. Pusey alguna manera en que pudiese obtener dispensación del voto? El Doctor decidió que un poco de música sacra no sería enteramente inadecuado. Ward estaba enormemente agradecido y organizó para aquella misma noche una velada musical en sus habitaciones de la Universidad. El concierto comenzó con las solemnes armonías de Händel, seguidas de las sacras melodías del “O Salutaris” de Cherubini. Luego se pasó a la espiritual pompa de “Possenti Numi” de la Flauta Mágica. Pero ¡ay!, tratándose de Mozart hay grandes peligros. Se dio vuelta la página de la partitura y allí estaba el delicioso dúo de Papágeno y Papágena. Un hombre de carne y hueso no podía resistirse a eso; y luego una canción siguió a otra y la música comenzó a fundirse en melodías más y más ligeras y livianas, hasta que al fin Ward prorrumpió cantando el embriagador y divertido Largo al Factotum. Cuando terminó se oyó un débil pero persistente golpeteo en la pared; y sólo entonces la compañía recordó que las habitaciones contiguas pertenecían al Dr. Pusey.

Cuando se embarcaba en discusiones religiosas Ward se veía poseído del mismo brío que cuando se sentaba al piano. “Aquello que le resultaba completamente aborrecible” decía de él, uno de sus amigos “era el de detener un discurso por la mitad”. Dadas las premisas, seguía sus implicancias con la obstinación de un monje medieval y cuando llegaba a las últimas fronteras de su argumentación estaba listo para defender sus conclusiones¾¾cualesquiera fueran éstas¾¾hasta la muerte. Tenía la extrema inocencia de un niño y de un matemático. Cautivado por las brillantes perspectivas de Newman, se tragó enteramente su noción acerca del universo sobrenatural tal como Newman lo había concebido, lo acepto como una premisa fundamental e inmediatamente  comenzó a deducir de allí cualquier cosa que hubiera que deducir. Sus deducciones incluían pruebas irrefutables de, a) la Providencia particular de Dios para cada individuo, b) la real eficacia de la oración de intercesión, c) la realidad de nuestra comunión con los santos que ya no están entre nosotros, d) la presencia y asistencia constante de los ángeles de Dios. Más tarde explicó matemáticamente la importancia de las témporas. “¿Quien podrá calcular” agregó, “cuántas bendiciones no se han perdido en esta tierra porque nuestras Iglesias Cristianas fueron negligentes con estos ayunos?” Luego procedió a condenar a los Reformadores, no sólo por razón de su rebelión, sino “por mi parte no veo cómo pueda evitar agregarlo” por razón de perjurio. Cada día sus argumentos se volvían más extremistas, más rigurosamente exactos, y más preocupantes para su maestro. Newman se encontraba en la posición de un cauteloso comandante en jefe a quien un temerario capitán de caballería instaba a un combate que no parecía prudente entablar. Y Ward lo empujaba, paso a paso, hacia¾¾¡no!, no lo podía soportar: temblaba ante la sola perspectiva y se volvía atrás. Pero de nada sirvió. Keble y Pusey se desesperaban y le suplicaban a su hermano que no defeccionara. Rápidamente se acercaba el momento fatal. Por fin Ward publicó un libro devastador en el que probaba de manera concluyente que el único curso adecuado para la Iglesia de Inglaterra era el vestir saco, calzar silicio y arrojarse cenizas, en señal de público arrepentimiento por haberse separado alguna vez de la Comunión con Roma. Furiosa, la Universidad le quitó el grado al insensato autor, y pocas semanas después fue recibido por la Iglesia Católica.

Newman, como en una especie de desesperación, se había refugiado en sus labores de compilación histórica. Sus apreciaciones sobre la historia habían cambiado desde los días en que como estudiante se había hecho un festín con las mundanas páginas de Gibbon. “La Religión Revelada” pensaba ahora, “le proporciona hechos a las demás ciencias, hechos que las ciencias sin su auxilio jamás podrían haber adivinado. Así, en el ciencia de la historia, la preservación de nuestra raza en el Arca de Noé es un hecho histórico al cual la historia jamás habría accedido si no fuese por la Revelación”. Con estos principios como guía, con sus discípulos se sumergieron en prolongados estudios sobre las vidas de los santos ingleses. Pronto aparecieron biografías de Beda el Venerable, San Adamnan, San Gundleus, San Guthlake, el hermano Drithlem, San Amphibalus, San Wulstan, Santa Ebba, San Neot, San Ninian y Cuniberto el Ermitaño. Sus austeridades, su virginidad y sus milagrosos poderes eran detallados con toda minuciosidad. El público se enteraba con asombro que San Ninian había convertido un báculo en árbol, que San Germán había conseguido que un gallo dejara de cantar y que un niño había sido resucitado por San Helier. La serie ha sido subsiguientemente continuada por un escritor más moderado cuya relación de la historia de San Maël quizá contiene materia más edificante aun que las biografías de Newman. Ciertamente que en su tiempo, estas obras causaron considerable escándalo. Había clérigos que escribían panfletos para denunciarlas. San Cuthbert había sido retratado como quien “llevaba su celo en el trato con mujeres¾¾característica de todos los santos¾¾hasta un punto extraordinario”. Se daba un ejemplo: cada vez que mantenía una conversación espiritual con Santa Ebba, pasaba las horas siguientes “en oración, hasta el cuello en agua fría”. “La gente que inventa semejantes historias” escribió un comentador indignado, “suscita graves y justas sospechas sobre la pureza de sus propios pensamientos. Y los jóvenes que hablan y piensan de este modo se encuentran en peligro extremo de caer en hábitos pecaminosos. En cuanto a los volúmenes que tenemos delante nuestro, sus autores han, en sus fanáticos panegíricos de la virginidad, hecho uso de un lenguaje directamente profano”.

Uno de los discípulos en Littlemore era James Anthony Froude, el hermano menor de Hurrell a quien le tocó en suerte escribir la biografía de San Neot. A poco de empezar su composición, sintió ciertos escrúpulos. Santos que encendían fuegos con estalactitas, que convertían a bandidos en lobos y que navegaban sobre el Mar de Irlanda sobre altares de piedra, le produjeron perturbadores efectos sobre su conciencia histórica. Pero él había comprometido prestarle sus servicios a Newman y se determinó a llevar adelante el trabajo con el mismo espíritu con que los había comenzado. Así lo hizo; mas creyó oportuno agregar el siguiente párrafo a modo de conclusión: “Esto es todo, y en verdad algo más que todo, de lo que los hombres saben acerca de San Neot; pero no más que lo que saben los ángeles del cielo”.

Mientras tanto los católicos ingleses se estaban impacientando: ¿acaso la gran conversión no tendría lugar después de tan prolongada y ferviente oración? El Dr. Wiseman, como cabeza de todos ellos, vigilaba y esperaba con especial ansiedad. Su mano se hallaba extendida bajo el fruto que maduraba; colgado de su tallo, el delicioso bocado parecía temblar; y con todo, no caía. Al fin, incapaz ya de soportar tanto suspenso, despachó a Littlemore al Padre Smith¾¾un viejo discípulo de Newman quien se había convertido al catolicismo hacía poco. Sus instrucciones eran las de averiguar cuanto pudiera sobre la situación en Littlemore bajo las apariencias de una amical visita. El Padre Smith fue recibido un tanto fríamente y la conversación se mantuvo sobre andariveles alejados de la Religión. Cuando la compañía se separó antes de la cena, comenzó a creer que su cometido había sido inútil, mas al reunirse a cenar de repente se dio cuenta de que Newman se había cambiado los pantalones y que el par que ahora vestía era de color gris. En cuanto pudo, el emisario corrió a darle las nuevas al Dr. Wiseman: “Todo está bien” exclamó “Newman ya no se considera parte de las órdenes Anglicanas”. “¡Loado sea Dios!” contestó Wiseman “¿pero cómo lo sabe?”. El Padre Smith procedió a describir lo que había visto. “¿Eso es todo? Pero, Padre Smith, ¿cómo puede ser tan bobo?”. Sin embargo el Padre Smith se mantuvo en sus trece. “Conozco al hombre” dijo “y sé lo que esto significa. Newman se pasará a nuestro lado. Y pronto.”

Y tenía razón. Unas semanas después, de repente Newman se dirigió a hurtadillas hasta donde había un sacerdote y todo terminó. A lo mejor habría dudado todavía un poco más si hubiese sabido cómo iban a ser los siguientes desafortunados treinta años de su existencia; pero el futuro estaba oculto, y lo que estaba clara era que el pasado se había ido para siempre y sus ojos ya no contemplarían los dragoncillos del Colegio de Trinity. Ahora el Movimiento de Oxford estaba terminado. La Universidad respiró con un alivio semejante al de un organismo después de una particularmente difícil expulsión de un pedazo sólido de materia y en verdad, de hecho se puso a ocuparse de la educación de sus alumnos. En cuanto a la Iglesia de Inglaterra, había probado sangre, y estaba claro que nunca más se contentaría con una dieta vegetariana. Con todo, su clero mantuvo su prudente reputación de estar siempre listo para el compromiso puesto que siguieron a Newman hasta el preciso punto en que la lógica llevaba a concluir como él y mientras cantaban himnos, confesaban, recurrían al incienso y quemaban velas con el entusiasmo de conversos, sin embargo de algún modo pudieron hacerlo con un sutil matiz que mostraba que no tenían nada que ver con Roma. Unos cuantos individuos sufrieron cambios más violentos. Muchos habían precedido a Newman en su pase al redil romano; entre otros un desgraciado Sr. Sibthorpe, quien luego volvió a cambiar de parecer y volvió a la Iglesia de sus padres¾¾para luego (quizá fuera natural, después de todo) volver nuevamente a Roma. Muchos más siguieron a Newman y el Dr. Wiseman se sintió especialmente complacido con la conversión de un Sr. Morris, quien, según dijo, había sido “el autor del mejor ensayo, que ganó un premio, sobre el mejor método para probarle la verdad del Cristianismo a los Hindúes”. Hurrell Froude había muerto antes de que Newman leyese el fatal artículo sobre San Agustín; pero su hermano James Anthony, junto con Arthur Clough, el poeta, atravesaron por esta experiencia que por aquellos días resultaba mucho más angustiosa que lo que parece en nuestro días: perdieron la fe. Con esta diferencia, sin embargo, que mientras en el caso de Froude la pérdida de la fe resultó ser algo así como quien pierde un sobretodo algo pesado y al que luego uno le descubre defectos a montones, en tanto que Clough se sintió tan poco confortable con su pérdida que siguió buscando la fe perdida por todas partes, hasta el día mismo de su muerte: y a pesar de esto, de algún modo nunca pudo hallarla. Por otra parte, Keble y Pusey continuaron durante el resto de sus vidas a bailar sobre la cuerda floja del Alto Anglicanismo (High Church), de manera tan ejemplar, en efecto, que aún en nuestros días hay quienes los imitan.

 

IV

 

Manning tenía ahora treinta y ocho, y estaba claro que era una estrella ascendiente en el horizonte anglicano. Tenía muchas y poderosas conexiones: era cuñado de Samuel Wilberforce quien recientemente había sido ordenado Obispo; era amigo íntimo de Gladstone, un Ministro del Gabinete, y se hacía más y más conocido entre los círculos más influyentes de la sociedad londinense. Su talento para resolver diversos asuntos no sólo era reconocido por la Iglesia sino por el mundo en general, y se ocupó de asuntos tan variopintos como la Educación Nacional, la administración de la Ley para los Pobres y el Empleo para Mujeres. El Sr. Gladstone mantuvo una íntima correspondencia con él sobre éstos y otros asuntos, mezclando en sus cartas detalles de sus afanes como estadista con especulaciones de un pensador religioso. “Sir James Graham” escribió, referido a una cláusula respecto a los bastardos en la Ley para los Pobres “se ha mostrado muy complacido con el tono de sus dos comunicaciones. Se inclina a que¾¾sin dispensar a la madre de la prueba en el taller u obrador¾¾ se remedie la cosa en términos reales y efectivos cargándole al padre putativo los gastos en que incurre el taller. Carezco de noticia suficiente sobre el asunto como para saber si habría que ir más allá. Usted no lo ha propuesto; y me inclino a creer que sólo contando con una disciplina revitalizada y mejorada de la Iglesia, nos sería dable esperar poner efectivo coto a la ilegal lujuria en este país.” “Estoy eminentemente de acuerdo con usted” dice en otra comunicación “con su doctrina de la filtración. Mas a veces me da por preguntarme, aunque la cuestión pueda parecer antojadiza, hasta qué punto la Reforma fue diseñada por la Providencia para purificar a la Iglesia Romana, y hasta qué punto tal limpieza se realizó¾¾especialmente en el Continente”.

En su Archidiaconado Manning vivió en toda su plenitud la activa vida de un clérigo rural. Paseaba su delgada y  atlética figura por todas partes, y en todas partes era visto¾¾caminando por las calles de Chichester o en los parques de las rectorías vecinas, o galopando a través de los valles con sus breeches y botas de montar, o exhibiendo sus habilidades en la pista de hielo. Era un excelente juez en lo que a caballos se refería y el par de animales que tiraba de su faetón a capota que se desplazaba con ligereza por los senderos del condado excitaba la admiración de cuantos lo veían pasar. Sus rasgos habían comenzado a tomar forma ascética pero el espíritu de la juventud aún no lo había abandonado de modo que parecía combinar los atractivos de la dignidad y de la gracia. Era buen conversador, un interlocutor atento, un hombre que dominaba el difícil arte de conservar todo el vigor de un carácter viril sin por eso ofender a nadie jamás. Con razón que sus sermones atraía a las muchedumbres, con razón que su consejo espiritual era ávidamente solicitado por un número cada vez mayor de penitentes, con razón que la gente podía decir, cuando su nombre era mencionado: “¡Oh Manning! ¡No hay poder en la tierra que podrá impedir que llegue a Obispo!”.

Así, la vida exterior del Archidiácono parecía envidiablemente plácida; pero la realidad interior era diferente. Cuanto más activa su vida, más afortunada, más completa con promesas de felicidad para el futuro, más persistentemente su secreta imaginación lo acosaba con la espantosa visión¾¾el lago de fuego y azufre. Las tentaciones del Maligno son muchas y Manning lo sabía demasiado bien; y sabía que, por lo menos para él, la más sutil y terrible de las tentaciones residía en el éxito mundano. Trato de reasegurarse, pero en vano. Asentaba sus pensamientos en un diario, sopesando escrupulosamente cada uno de sus motivos examinando con inflexible introspección las honduras de su corazón. Después de todo, quizá sus ansias por ser promovido fueran meras legítimas esperanzas por “resultar elevado a una esfera en la que desplegaría sus talentos con mayor provecho”. Pero, no, había algo más que eso. “Me complazco” notó “en los honores, en la precedencia, elevación, la sociedad de gente ilustre, y todo esto es materia de gran vergüenza y exhibe mucho egoísmo de mi parte”. Después de la conversión de Newman, casi se convenció de que sus “perspectivas de un futuro eclesiástico” estaban justificadas por el rol que jugaría como “un curador de las heridas producidas por las rupturas con la Iglesia de Inglaterra”. El Sr. Gladstone estaba de acuerdo; pero había Uno más encumbrado que el Sr. Gladstone, ¿y El estaría de acuerdo?. “Me veo atormentado con pensamientos angustiosos. Bien sabe Dios cuales han sido y son mis deseos y por qué no se realizan... Me estoy congratulando con veleidades de que soy más profundo y más realista... La gran cuestión es: ¿Te alcanza Dios, ahora? Y si tu vida quedara más o menos como está ahora, ¿te sentirías satisfecho?... Ciertamente, prefiero quedarme siempre con Dios antes que los tronos del mundo y de la Iglesia. Ninguna otra cosa me llevará a la Eternidad”.

En un arranque de ambición se había anotado como candidato a la Rectoría de Lincoln, pero, debido a la hostil influencia del Record, otro había sido designado. Tiempo después, se le ofreció un puesto más importante¾¾el de sub-capellán de la Reina, cargo que había dejado vacante el Arzobispo de York y seguramente conduciría a una mitra. El ofrecimiento le indujo a un angustioso examen de conciencia. Comenzó a dibujar elaboradas tablas, al modo de Robinson Crusoe, apuntando las razones a favor y en contra para aceptar el ofrecimiento que se le hacía:

    


Por.

En contra.

 

1.- Que no lo he buscado.

 

 

 

2.- Que es un cargo honorable.

 

1.- Por tanto, no ha de ser aceptado. Estas cosas pueden ser tanto estímulos como tentaciones.

 

2.- Siendo como soy, ¿no debería por tanto, rechazarlo

 

a)    como humillación,

b)    como una venganza sobre mí mismo por aquello de la Rectoría de Lincoln,

c)     como un testimonio?

 


Y así sucesivamente. Al final encontró diez “razones en contra” sin razones a favor para contrarrestarlas y, después de una semana de deliberación, resolvió declinar el ofrecimiento.

Pero la paz interior estaba más lejos que nunca. en primer lugar, el amargo pensamiento de que “en todo esto Satán me dice que he declinado el cargo para que se me considere mortificado y santo”; y luego estaba obsesionado por pensamientos más amargos aun, de desilusión y arrepentimiento de no haberlo aceptado. Había perdido una gran oportunidad y poco le consolaba pensar que “en la región de los consejos, renunciamientos, humillación, disciplina, austeridad, penitencia y la Cruz” a lo mejor había estado bien.

La crisis pasó, pero le sucedió otra, aun más feroz. Manning enfermó gravemente y se convenció de que moriría en cualquier momento. Sus asientos en el diario se volvieron más escrupulosos que nunca; sus remordimientos por el pasado, sus propósitos para el futuro, sus protestas de sometimiento a la voluntad de Dios, llenaba página tras página con columnas paralelas, títulos y subtítulos, cláusulas enumeradas y tablas analíticas. “¿Cómo me siento respecto a la muerte?” escribió “Ciertamente con gran temor¾¾

 

1.- Dada la incertidumbre del estado de nuestra alma delante de Dios.

 

2.- Por razón de la conciencia que tengo,

 

a)               de grandes pecados en el pasado,

b)               de gran pecaminosidad

c)                de arrepentimiento muy superficial.

 

¿Qué haré?”

Resolvió mortificarse, leer a Santo Tomás de Aquino y “prolongar sus oraciones de la noche de treinta a cuarenta minutos” . En Cuaresma se determinó a “no comer cosas ricas (salvo los Domingos y fiestas de guardar) tales como torta y confites”, pero agregó la salvedad de que “no incluyo las galletitas comunes”. Frente a este asiento, escribió “cumplido”. Y sin embargo sus recaídas eran numerosas. En un análisis retrospectivo de la semana anterior, se vio obligado a registrar “dos casos de petulancia” y “visiones auto-complacientes”. Oyó que su teniente era muy alabado por atraer tantas almas durante la Cuaresma y “no lo podía soportar”; aunque el remordimiento era terrible: “Tuve gran aborrecimiento de mí mismo y miré hacia lo alto pidiendo ayuda”. Confeccionó lista tras lista de las especiales mercedes que el Altísimo le había dispensado, e incluyó su creación, su salvación y (nº 5), “que me haya preservado la vida en no menos de seis oportunidades

 

a)    Cuando enfermo a los seis años.

b)    En el agua.

c)     De un caballo desbocado.

d)    Igual.

e)    Cuando casi me caí del techo de la Iglesia

f)      Nuevamente, cuando cayó un caballo. Y no sé cuántas veces en partidas de caza, al montar, etc.”

 

Por fin comenzó a restablecerse. Mas las experiencias espirituales de aquellas agitadas semanas le dejarían una marca indeleble en su mente y preparó el camino para el gran cambio que se avecinaba.

Porque es de saber que otras dudas lo atormentaban, aparte de lo referido a la salvación de su alma: tenía dudas sobre el encuadre todo de su fe. Encontró que, después de todo, la conversión de Newman lo había afectado mucho más de lo que creyó en un primer momento. Entonces había creído que era como un llamado a que redoblara sus actividades en pro de la Iglesia de Inglaterra; mas ¿suponiendo que en realidad era un llamado hacia algo enteramente diferente? ¿qué debía cesar por completo en tales actividades? Podía ser “una prueba” o quizá, un indicio de los caminos que debía seguir. ¿Cómo saberlo? Ya antes de su enfermedad estas dudas habían comenzado a asediarlo. “Soy consciente” anotó en su diario “que mis sentimientos respecto a la Iglesia de Roma se han visto considerablemente modificados... La Iglesia de Inglaterra me parecía infectada, 1) Orgánicamente (seis ítems), 2) Funcionalmente (siete ítems)... y en cuanto aparece saludable se acerca al sistema romano”. Y luego, de repente, le empezaron a asaltar dudas sobre la Santísima Virgen:

 

1.-     Si Juan el Bautista fue santificado desde el seno materno, ¡cuánto más la Santísima Virgen!

 

2.-     Si Enoch y Elías fueron dispensados de la muerte, ¿por qué no la Santísima Virgen del pecado?

 

3.-     ¡En verdad que es una extraña forma de amar al Hijo, despreciando a su Madre!

 

Los argumentos parecían irresistibles, y unas semanas después agrega el siguiente asiento: “Extraños pensamientos me han venido a la cabeza

 

1.-     He sentido que el Episcopado de la Iglesia de Inglaterra está secularizado más allá de toda esperanza.

 

2.-     He sentido que una luz ha caído sobe mí. Lo que siento por la Iglesia de Roma no es de naturaleza intelectual. Tengo dificultades intelectuales, pero las grandes dificultades morales parecen estar derritiéndose.

 

3.-     Algo parece repetirme una y otra vez “Terminarás en la Iglesia de Roma”.

 

En total anotó veinticinco de estos “extraños pensamientos”. Su mente le daba vueltas a 1) La Encarnación, 2) La Presencia Real y 3) La exaltación de la Santísima Virgen y de los Santos.

Su extraño pensamiento numerado como veintidós fue registrado como sigue: “¿Cómo saber dónde estaré en dos años más? ¿Dónde estaba Newman hace cinco?”.

Resultaba significativo, pero nada sorprendente que, después de su enfermedad, Manning hubiese elegido recuperarse en Roma. Allí pasó varios meses y su Diario durante todo aquel período está enteramente dedicado a describir con todo detalle iglesias, ceremonias, reliquias y minuciosa documentación de conversaciones con curas y monjas. Tampoco hay la menor referencia a objetos de arte o maravillas arquitectónicas o antigüedades del lugar; pero: otra omisión era aun más notable. Manning había obtenido una audiencia con el Papa y se entrevistó largamente con Pío IX, siendo que el único asiento donde registra la cosa consta de una lacónica afirmación: “Audiencia hoy, en el Vaticano”. Nunca se supo qué sucedió exactamente en aquella ocasión; todo lo que se sabe es que Su Santidad expresó considerable sorpresa al enterarse por medio del Archidiácono que en la Iglesia de Inglaterra se usaba el cáliz en la comunión. “¿¡Qué!” exclamó “¿acaso todos usan el mismo cáliz?” “Recuerdo el dolor que sentí” recordó Manning años después “al ver cuán desconocidos éramos para el Vicario de Cristo. Me hizo sentir nuestro aislamiento”.

Al volver a Inglaterra retomó sus labores en el Archidiaconado con cuanto empeño pudo. Perplejo ante sus propias dudas, distraído por sus especulaciones, sin embargo logró mantener un exterior calmo y sereno. Su único confidente resultó ser Robert Wilberforce a quién le escribió durante dos años una serie de cartas encabezadas con la leyendo “Bajo el Sello” para indicar que contenían los secretos de una confesión, la historia entera de sus espirituales perturbaciones. La ironía en su posición resultaba singular puesto que durante todo este tiempo Manning desalentaba la inclinación de pasarse a Roma de una multitud de sus penitentes con argumentos que él mismo denunciaba como falaces ante su propio confesor. Mas ¿qué podía hacer? Cuando recibió, por ejemplo, una carta como la que sigue, de una agitada dama, ¿qué podía decir?

 

Mi Querido Padre en Jesucristo,

“...Estoy segura de que me compadecería y querría acudir en mi auxilio si pudiese ver el infeliz y perturbado estado de mi alma y la más absoluta miseria que me produce constatar que todos aquellos con los que trato consideran que unirse a la Iglesia de Roma constituye la “caída” más horripilante concebible y que no se les ocurre razón alguna para que una persona inteligente dé semejante paso... Mis viejos amigos Evangelistas, con todo lo que los amo, no alcanzan a conmoverme en lo más mínimo...

Mi hermano acaba de publicar un libro que se llama Regeneración y que todos mis amigos están leyendo y alabando a viva voz; tiene sobre mi alma un efecto enteramente diferente al que él habría querido. Yo puedo leerlo y comprenderlo en un sentido enteramente diferente y los hechos que cita sobre los Artículos tal como fueron formulados en 1536 y luego en 1552, y los Artículos de la Iglesia de Irlanda de 1615 y 1634, me sorprenden y sacuden mucho más cuando considero en qué se ha convertido la Iglesia Reformada de Inglaterra...

Espero que le quede algún tiempo para rezar por mí de vez en cuando. Hace tiempo ya que las cartas del Sr. Galton se convirtieron en pequeñas notas formales que me han dolido particularmente y hecho enojar, de tal modo que nunca contesté su última carta y así no tengo, literalmente, a quién darle parte de mi alma¾¾lo que en algún sentido me consuela al ver que mis convicciones parecen urgirme para que continúe por este camino más y más y con más vigor que nunca, pese a la soledad y desamparo que me toca en suerte.

¿Sabe Ud.? No puede dejar de sentirme muy angustiada y triste por lo de la pobre Hermana Harriet. Tengo miedo que termine con los cascos a la jineta. De vez en cuando se consuela dándome parte de todo y así esta mañana recibí otra carta suya... Dice que la Hermana May le ha hecho voto al Párroco de no hablarle nunca más ni dejarla hablar a ella sobre este asunto y me pregunto si esto puede ser una buena cosa, porque aunque ha perdido, según dice, su fe en la Iglesia de Inglaterra, sin embargo nunca considera en qué podría tener fe, y con toda resolución y sin inquirir en la cuestión, se ha determinado a no pensar jamás en pasar a la Iglesia Católica, de modo que, como ve, está dejando que su mente se extravíe y nada puede hacer para mantenerse en sus cabales.

Disculpe que lo moleste con esta carta y créame que siempre seré su fiel, agradecida y afectuosa hija.

 

Emma Ryle.

 

P.S. ¡Cuánto me gustaría verlo, siquiera una vez más!”

     

¿Cómo podía Manning, el director de almas y clérigo de la Iglesia de Inglaterra contestar verazmente diciendo que había poco que elegir entre lo que pensaba la Hna. Emma, e incluso la Hna. Harriet y él mismo? El dilema era de hierro: cuando un soldado se encuentra que está peleando por una causa en la que ya no cree, es traición abandonar las armas y es traición continuar peleando.

 

Por fin, en la soledad de su biblioteca, Manning se volvió a aquellos viejos escritos que le habían sido tan útiles a Newman y que tanto le habían enseñado; tal vez los Padres harían algo por él también. Se puso a escudriñar las páginas de San Ciprián y San Cirilo; buscó en la obra completa de San Optato y San León; exploró los vastos tratados de Tertuliano y Justino Mártir. Se hizo instalar una lámpara en su faetón para no perder tiempo durante los largos viajes de invierno. Así se lo podía ver, buscando en la obra de San Juan Crisóstomo alguna verdad que mitigara su angustia, mientras su carruaje corría entre los cercos de los caminos en pos de algún enfermo a quién debía ministrar los sacramentos de conformidad con los ritos de la Iglesia de Inglaterra. Y luego volvía apresuradamente a su Diario donde consignaba alguna análisis de sus reflexiones y describía en cartas ultrasecretas a Robert Wilberforce las intrincadas volteretas de su atribulada conciencia. Pero, ¡ay!, no era ningún Newman; y aunque cuesta creerlo, ni siquiera los catorce volúmenes de San Agustín le sirvieron de gran cosa.

 

El impulso final procedería de cuarteles enteramente distintos. En noviembre de 1847 el Reverendo Sr. Gorham fue presentado por el Canciller del Reino como candidato a una parroquia de la diócesis de Exeter. El Obispo, un tal Dr. Phillpotts, pertenecía a la Alta Iglesia y tenía razones para sospechar que el candidato compartía ciertas opiniones de los Evangelistas. Por lo tanto, sometió al Sr. Gorham a un examen de doctrina en forma de un interrogatorio verbal que no duró menos de treinta y ocho horas, aparte de un examen en el que Gorham debía contestar por escrito ciento cuarenta y nueve preguntas. Al final del examen el Obispo llegó a la conclusión de que el Sr. Gorham efectivamente tenía convicciones heréticas referidas al Bautismo y por tanto, se negó a instalar al candidato en su parroquia. El Sr. Gorham cuestionó esta decisión dirigiéndose a la Corte de Arches. Perdió el caso y luego apeló ante el Comité Judicial del Privy Council. [3]

La cuestión se las traía y por aquel entonces fue muy seriamente considerada por mucha gente. En primer lugar estaba el asunto de la Regeneración Bautismal en sí misma. Esto no es tan fácil de aclarar; mas puede anotarse aquí que la doctrina del Bautismo incluye, a), la intención de Dios, esto es, Su propósito al elegir a algunos para la vida eterna¾¾un tema abstruso y harto controvertido y sobre el cual la Iglesia de Inglaterra se mantiene prudentemente callada. Pero el asunto también versa sobre, b), cómo actúa Dios en la regeneración del elegido, sea por medio del sacramento o por otros medios¾¾respecto de lo cual la Iglesia de Inglaterra sostiene la gracia eficaz del sacramento aunque no niega formalmente que la gracia puede ser otorgada por otros medios siempre y cuando se cuente con arrepentimiento y fe de parte del sujeto. Pero hay más, c), porque también se discutía si en el bautismo el sacramento operaba eficazmente de por sí o si era consecuencia de un acto de la gracia previniente que hacía digno al bautizando de recibir el sacramento: esto es, si la gracia del bautismo se otorga absoluta o condicionalmente. Todo esto estaba en juego cuando se desató la gran controversia en torno al caso del Sr. Gorham. El partido de la Alta Iglesia, representado por el Dr. Phillpotts, sostenía que la sola administración del Bautismo regeneraba al bautizando y borraba los efectos del pecado original. A esto, los Evangelistas, encabezados por el Sr. Gorham, contestaban que, de acuerdo a los Artículos, no había posibilidad de regeneración alguna en el Bautismo a menos que el bautizando contara con las debidas disposiciones. ¿Cuáles eran, pues, las “debidas disposiciones”? Los Artículos establecían claramente que para su eficacia, el sacramento no sólo debía ser administrado por la autoridad legítima, sino que además quien lo recibía debía recibirlo “con recta intención”. Por tanto, la dignidad del bautizando era esencial para la validez del sacramento; y para ser juzgado digno, la fe y el arrepentimiento de los pecados eran condiciones “sine qua non”. Ahora bien, ambos partidos aceptaban la verdad de dos proposiciones¾¾que todos los niños nacen con pecado original y que el pecado original podía ser borrado por el bautismo. Mas ¿cómo podían ser verdaderas ambas proposiciones¾¾ argumentaba el Sr. Gorham¾¾si también era verdad que la fe y arrepentimiento del sujeto eran necesarios antes del bautismo? ¿Cómo, pues, podía ser que el pecado original fuera borrado por el Bautismo? Y con todo, en esto estaban todos de acuerdo, así sucedía. La única solución a la dificultad residía en la doctrina de la gracia previniente y así el Sr. Gorham sostenía que a menos que Dios otorgara una gracia previniente mediante la cual el niño resultaba dotado de fe y arrepentimiento, el bautismo resultaba ineficaz. Desde luego que la cuestión de a quiénes y bajo qué condiciones otorgaba Dios esta gracia previniente era algo que el Sr. Gorham no tenía resuelto, como él mismo lo admitió. La luz que la Escritura echaba sobre el asunto era algo dudosa pues, mientras que en el caso de los bautismos de los discípulos de San Pedro en Jerusalén y el de Felipe en Samaría fue seguido del don del Espíritu, en el caso de Cornelio el sacramento fue otorgado después de que recibiera ese don.  San Pablo también fue bautizado; y en cuanto a las expresiones de San Juan (III:5), Romanos VI:3-4) y I Pedro III:21, la cosa admite más de una interpretación. Aun así, no había duda de que la Iglesia de Inglaterra compartía el parecer del Dr. Phillpotts; lo que sí estaba en duda era si excluía el del Sr. Gorham. Se decidió que sí y a partir de ese momento quedaba en claro que los Evangelistas estarían incómodos en su redil.

 

Pero había otra cuestión concomitante aun más decisiva que la del bautismo y que se desató a propósito del juicio del Sr. Gorham. En 1833 el Parlamento había establecido una ley por la cual se había establecido el Comité Judicial del Privy Council como supremo tribunal a resolver controversias como ésta. De modo que era evidente que la Supremacía Real era un hecho y que una colección de abogados designados por la Corona contaban con el derecho legal de formular la doctrina de la Iglesia de Inglaterra. Y en 1850 así lo hicieron, revirtiendo la decisión de la Corte de Arches y sosteniendo el parecer del Sr. Gorham. Si sus convicciones eran teológicamente correctas o no, dijeron, no era asunto de su incumbencia: su cometido se veía limitado a decidir si las opiniones bajo su consideración eran contrarios o repugnantes a la doctrina de la Iglesia de Inglaterra tal como habían sido formulado para el clero por los Artículos, los Formularios y las Rúbricas. Y llegaron a la conclusión de que no. La decisión vige todavía de modo que hoy mismo un clérigo de la Iglesia de Inglaterra cuenta con la libertad de creer que la regeneración no siempre sucede cuando se bautiza un niño.

La decisión cayó como balde de agua fría pero a nadie afectó más que a Manning. No sólo que la suprema eficacia del signo de la cruz sobre la frente de un recién nacido era una de sus doctrinas preferidas, sino que hasta ese momento había estado convencido de que la Supremacía Real no era más que un mero accidente¾¾una usurpación temporaria¾¾que no afectaba esencialmente el dominio espiritual de la Iglesia. Pero ahora la horrible realidad se alzaba delante suyo, coronada y triunfante; resultaba incontrastable que un Acta del Parlamento, pasada por judíos, católicos y disidentes, constituían la última autoridad en resolver acerca de los sutiles y delicados puntos de la doctrina de la Iglesia Anglicana. El Sr. Gladstone también estaba profundamente perturbado. Era absolutamente necesario, escribió “rescatar y defender la conciencia de la Iglesia del abominable sistema actualmente vigente”. Se inauguró un período de agitación y varios influyentes Anglicanos, con Manning a la cabeza, firmaron una protesta formal contra la sentencia en el caso del Sr. Gorham. Con todo, el Sr. Gladstone propuso otro curso de acción: debía, declaró, evitarse a cualquier costo cualquier medida precipitada y elaboró un compromiso que aseguraría la requerida demora en actuar¾¾se trataba de un acuerdo por el cual todos aquellos que creyesen que un artículo de fe había sido abolido por un Acta del Parlamento, se comprometían a no tomar ninguna medida en ningún sentido, ni anunciar su intención de hacerlo, hasta pasado determinado lapso de tiempo. El Sr. Gladstone abrigaba alguna esperanza de que algún bien podía seguirse de esto¾¾aunque no podía estar del todo seguro. “Entre otros” le escribió a Manning “he consultado a Robert Wilberforce y Wegg-Prosser y ambos parecieron mostrarse inclinados a favorecer mi propuesta. Quizá sirviera para frenar a Lord Feilding. Pero él es como un corcho”.

Ciertamente que Manning no estaba de acuerdo con la propuesta. Protestas y largas, aprobaciones de los Wegg-Prossers y “tipo corchos” como Lord Feilding¾¾todo eso parecía darle aire a los vientos de locura que soplaban; había llegado el tiempo de actuar. “No puedo continuar” le escribió a Robert Wilberforce “bajo juramento y suscripción que me liga a la Supremacía Real en causas eclesiásticas, dejar de estar persuadido que,

 

a)      Constituye una violación del Oficio Divino de la Iglesia.

 

b)      Que ha involucrado a la Iglesia de Inglaterra en una separación de la Iglesia Universal, separación que no puedo sino reputar cismática.

 

c)      Y que mediante esta Acta ha suspendido e impedido que la Iglesia de Inglaterra cumpla sus funciones.   

 

Fue en vano que Roberto Wilberforce se lo suplicara, en vano que el Sr. Gladstone le instara a considerar Juan III:8 (“El viento sopla donde quiere; tú oyes su sonido, pero no sabes de dónde viene, ni adónde va. Así acontece con todo aquel que ha nacido del espíritu”). “Admito,” escribió el Sr. Gladstone “que tales palabras pueden de algún modo explicarse con suponer que Nuestro Señor simplemente quería decir algo así como ‘los hechos de la naturaleza son ininteligibles, por tanto no tengáis miedo si las verdades reveladas también exceden el ámbito de la razón humana’; mas parece que el texto significa mucho más que eso”. Consideraciones de este tenor ya no le hacían mella y Manning documentó la renuncia a su oficio y beneficios ante un notario público. Poco después, en la pequeña capilla cerca del Palacio de Buckingham, arrodillándose al lado del Sr. Gladstone, adoró por última vez en su condición de Anglicano. Treinta años después, Manning contó cómo, justo antes de que comenzara el servicio, se volvió a su amigo diciéndole “Ya no puedo comulgar con la Iglesia de Inglaterra”. “Me levanté y, dejando reposar mi mano sobre el hombro del Sr. Gladstone, le dije ‘Ven’. Era la separación entre amigos. El Sr. Gladstone permaneció allí; y yo seguí mi camino. El Sr. Gladstone se quedó allí donde lo dejé”.

El 6 de abril de 1851, se dio el último paso: Manning fue recibido por la Iglesia Católica Romana. Ahora por fin, después de batallar durante tanto tiempo, su alma encontró la paz. “Sé lo que quieres decir” le escribió a Robert Wilberforce, “cuando dicen que a veces uno se siente como si esto podría no ser sino otra ‘Tierra de Sombras’. Lo he sentido en otro tiempo, mas no ahora. La Teología griega desde Nicena hasta Santo Tomás de Aquino, y la completa unidad que exhibe a lo largo y ancho del mundo, con la Cátedra de San Pedro en su centro¾¾esta Iglesia que cuenta ahora con 1800 años, más poderosa que nunca en intelecto, ciencia, en separación del mundo; y más pura también, refinada después de 300 años de conflicto con la infiel civilización moderna¾¾todo esto son hechos más sólidos que la misma tierra.”

 

V

 

Cuando Manning se pasó a la Iglesia de Roma actuó bajo el combinado impulso de las dos fuerzas dominantes de su naturaleza. Resulta concebible pensar que su preocupación por lo sobrenatural, por sí sola, habría sido satisfecha en el redil Anglicano; y también su preocupación por su propia suerte: una podría haber encontrado cauce en las elaboraciones del ritual de la Alta Iglesia Anglicana y la otra en las actividades de un obispado. Pero cuando juntas, no se podían calmar tan fácilmente. La Iglesia de Inglaterra es una institución espaciosa; siempre está ansiosa por complacer; y sin embargo, nunca ha sabido proveer una morada feliz para el ególatra supersticioso. “¡Cómo zafó mi pobre alma!” se dice que exclamó Manning cuando otra sede episcopal Anglicana quedó vacante. Pero, en verdad, la “pobre alma” de Manning había olfateado una pieza de caza más apetecible. Para uno de su temperamento, ¿cómo podía ser posible que¾¾una vez que se le ponían las alternativas claramente delante suyo¾¾dudara un segundo entre, por un lado, la respetable dignidad de un obispo inglés sojuzgado por un poder secular, teniendo que digerir la sentencia en el caso Gorham, y por otro,  las ilimitadas pretensiones del más humilde sacerdote católico?

Con todo, parecía que al menos por el momento, los Hados habían tenido éxito en su jueguito de embromarlo a Manning. La espléndida carrera que se había forjado con tantos trabajos desde que empezó en la pequeña rectoría de Sussex, estaba hecha pedazos¾¾y hecha pedazos por las inevitables consecuencias de sus propios actos. Tenía más de cuarenta y una vez más se lo había relegado al último escalón de la escalera¾¾un hombre mayor, convertido en neófito y que, hasta donde se podía ver, no podía reclamar especial atención de sus superiores. Y el ejemplo de Newman, un convertido espectacularmente más notable, no parecía muy consolador tampoco: había sido relegado a la más completa oscuridad, cosa que seguiría así hasta muy entrado en años. ¿Por qué pensar que a Manning le esperaba algo mejor? Y sin embargo, ocurrió que catorce años después de su conversión Manning fue designado Arzobispo de Westminster y convertido en el jefe supremo de la comunidad católica de Inglaterra. Para ese entonces, los Hados se dieron por vencidos, pagaron sus deudas y se retiraron del juego.

Así  y todo, resulta difícil de creer que el salto de Manning haya sido hecho con entero abandono y sin cálculo alguno. Por cierto, no era la clase de hombre que se hubiese olvidado de mirar antes de saltar, ni tampoco uno que, si sabía que lo esperaban del otro lado con un colchón, iba a saltar con menos entusiasmo. A la luz de lo ocurrido después, uno habría querido averiguar que pasó exactamente en su misteriosa audiencia con el Papa, tres años antes de su conversión. Por lo menos puede conjeturarse que las autoridades en Roma le habían echado el ojo; bien puede que sintieran que el Archidiácono de Chichester habría sido una gran presa. ¿Qué dijo Pío IX en aquella ocasión? No resulta difícil imaginar su persuasiva e inocente voz italiana, “¡Ah, estimado signore Manning! ¿Por qué no se pasa a nuestro bando? ¿No irá a creer que dejaríamos de ocuparnos de usted?”.

Como fuere, cuando Manning se pasó a la Iglesia de Roma, lo cuidaron muy efectivamente. Es cierto que al principio hubo un pequeño equívoco: sólo con gran dificultad pudo persuadirse de abandonar su fe en la validez de las ordenaciones Anglicanas, en las que crecía “con una convicción más allá de cualquier razonamiento”. Estaba persuadido de que era sacerdote. Cuando el Padre Tierney, que lo había recibido en la comunión católica le aseguró que no así, se mostró consternado y muy mortificado. Después de discutir el asunto durante cinco horas, se puso de pie hecho una furia. “¡Qué, Sr. Tierney! ¿Acaso me cree insincero?”. Pero al final tragó la amarga pócima y después de este incidente todo anduvo sobre ruedas. Manning se apresuró en ir a Roma donde fue inmediatamente instalado por el Papa en la extremadamente selecta Academia Ecclesiastica, más conocida como “el semillero de los cardenales”, con el propósito de que completara sus estudios teológicos. Cuando terminó de cursar, a pedido especial del Papa, continuó pasando seis meses cada año en Roma, ocasión en la que predicaba a los peregrinos ingleses, hizo migas con los grandes personajes de la corte papal y disfrutó del privilegio de continuas audiencias con el Papa. Al mismo tiempo logró hacerse útil a Londres en donde el Cardenal Wiseman, quien detentaba el flamante cargo de Arzobispo de Westminster, estaba ocupado en tratar de reavivar la comunidad católica inglesa. Manning resultó no sólo extremadamente popular en el púlpito, sino también en el confesionario; no sólo apareció como un perspicaz director de almas¾¾y de almas que se movían en lo mejor de la sociedad; también tenía trato familiar con personajes oficiales y le resultaba familiar el protocolo en general, lo que resultaba invalorable. Cuando surgió la cuestión de los capellanes católicos para la guerra de Crimea, fue Manning quien se lo solicitó al Primer Ministro, se entrevistó con el Secretario Permanente y finalmente logró que se accediera a la petición en todos sus términos. Cuando se propuso la creación de un Reformatorio especial para niños católicos, Manning se ocupó de su negociación con el gobierno. Cuando se intentó prohibir el trabajo de niños católicos en los talleres del país, los servicios de Manning volvieron a mostrarse singularmente eficaces. No es de extrañar, pues, que el Cardenal Wiseman se ocupó especialmente de encontrar un puesto de especial importancia a tan enérgico converso. Desde hacía tiempo había deseado establecer una congregación de sacerdotes seculares dedicados a su servicio en Londres, y la oportunidad de llevar a cabo el experimento parecía inmejorable. La orden de los Oblatos de San Carlos fue fundada en Bayswater y Manning fue designado como su Superior. Desafortunadamente no pudo hallarse reliquia alguna de San Carlos para la flamante comunidad, aunque dos reliquias de su sangre fueron traídas desde Milán hasta Bayswater. Casi en el mismo momento el Papa destacó el aprecio que tenía por Manning designándolo Preboste del Capítulo de Westminster¾¾un cargo que lo ponía a la cabeza de los canónigos de la diócesis.

Esta doble promoción dio lugar a la explosión de un forcejeo intestino que continuaría durante los siguientes siete años y que sólo terminaría cuando Manning accedió a la sede episcopal. Por aquellos años, las circunstancias de la comunidad católica inglesa resultaban singulares. De una parte, las viejas leyes represivas del s. XVII habían sido abolidas por las nuevas leyes liberales, y de otra, como consecuencia del Movimiento de Oxford, un gran cuerpo de distinguidos conversos había engrosado las filas de la Iglesia Católica inglesa. Resultaba evidente que el catolicismo inglés pasaba por un gran “boom” y en 1850, Pío IX reconoció el fenómeno dividiendo a Inglaterra en varias diócesis, además de colocar a Wiseman como Cardenal Primado en el Arzobispado de Westminster. La carta encíclica de Wiseman, fechada “en las Puerta Flamínea” en la que anunciaba estas novedades, fue recibida en Inglaterra con una tormenta de indignación, culminando con la famosa y furibunda carta del entonces Primer Ministro, Lord John Russell, denunciando la “Agresión Papal”. Aunque la mayor parte de la furia del público se concentraba sobre un asunto menor¾¾el establecimiento de jurisdicciones territoriales para los nuevos obispos católicos¾¾el instinto de Lord John y del pueblo inglés no carecía de asidero. De hecho, la instalación de Wiseman significaba un nuevo paso de parte del Papa; ponía en evidencia¾¾si no una agresión¾¾al menos una resucitación de las dormidas energías de la Iglesia Católica Romana. La Iglesia nunca había sido considerada como una institución a la que se podía tomar a la ligera; y en aquellos días el Papa todavía gobernaba las más bellas provincias de Italia como feliz Príncipe temporal. Ciertamente que si en oportunidad de aquel cinco de noviembre las imágenes de Guy Fawkes no hubiesen sido engalanadas con la triple corona, habría sido un cumplido muy pobre para Su Santidad.

Pero no sólo los honestos protestantes ingleses tenían razones para temer la llegada del nuevo Cardenal Arzobispo; había un partido entre los propios católicos que consideraban con alarma y disgusto la situación. Las familias en las que la tradición católica se había pasado de generación en generación ininterrumpidamente desde los tiempos isabelinos, que habían conocido las tribulaciones del exilio y del martirio y que se mantenían muy unidos¾¾un grupo extraño en medio de la sociedad inglesa¾¾sentían que ahora, después de todo lo pasado, no parecían ser tenidos muy en cuenta por los consejeros papales. Habían trabajado durante el calor de todo el día y ahora parecía que la cosecha iba a ser recolectada exclusivamente por una masa de advenedizos y recién convertidos que proclamaban en alta voz como gran novedad verdades que los viejo-católicos¾¾ eventualmente se los llamó así¾¾conocían desde antaño y por las que habían sufrido durante siglos. Es cierto que el Cardenal Wiseman no era uno de éstos; pertenecía a una de las familias católicas más antiguas; pero había pasado la mayor parte de su vida en Roma, se había distanciado de las tradiciones inglesas, y su simpatía por Newman y la legión de conversos era más que aparente. Una de sus primeras decisiones como Arzobispo fue la de designar a W. G. Ward¾¾que ni siquiera era cura¾¾como Profesor de Teología en el Colegio de San Edmundo¾¾el principal seminario del país en el que se continuaban las viejas tradiciones de Douay. [4] Ward era un ardiente Papista y su designación indicaba a las claras que en opinión de Wiseman había demasiado poco espíritu italiano en la comunidad inglesa. La inquietud de los viejos católicos se intensificaba hasta que se sintieron reasegurados cuando Wiseman designó como su coadjutor al Dr. Errington, su íntimo amigo, quien fue elevado al Arzobispado de Trebizond in partibus infidelium. No sólo Errington era un viejo-católico del tipo más rígido sino que era extremadamente enérgico cuya influencia seguramente se haría sentir; y en cualquier caso, Wiseman envejecía de modo que antes de que pasara demasiado tiempo la diócesis quedaría en manos apropiadas. Así estaban las cosas cuando, dos años después de que Errington fue nombrado coadjutor, Manning se convirtió en la cabeza de los Oblatos de San Carlos y Preboste del Capítulo de Westminster.

El Arzobispo de Trebizond se había vuelto más y más reticente a propósito de la influencia de Manning y a sus ojos su repentino encumbramiento parecía justificar sus peores temores. Pero su alarma se convirtió en furia al enterarse de que el Colegio de San Edmundo¾¾después de que había conseguido con gran esfuerzo deshacerse del profesor Ward¾¾quedaría bajo el control de los Oblatos de San Carlos. Los Oblatos no intentaron siquiera disfrazar que su principal intención era la de introducir las costumbres de los seminarios italianos en Inglaterra. Ante los ojos de los consternados viejos católicos se abrían perspectivas de espionaje y chismes, hábitos foráneos y devociones italianas en su peor expresión; se determinaron a resistirlo con todas sus fuerzas; y este asunto del control del Colegio de San Edmundo fue el terreno en donde se libró la primera batalla entre Errington y Manning.

Pero a esta altura se veía claro que Wiseman estaba viejo y que se encontraba de tres cuartos a repique. Un hombre de físico inmenso¾¾“Vuestra inmensidad” le decía un sirviente irlandés¾¾de temperamento optimista, simpático y flexible, parecía haber injertado en la robustez de su naturaleza británica las acomodaticias, cándidas y expansivas virtudes del Sur. Lejos de parecerse al Obispo Blougram (como se rumoreaba por allí) de hecho, era la antítesis de aquel mundano y sutil eclesiástico. Había anticipado inocentemente la reunión de Inglaterra y la Santa Sede y con el paso del tiempo llegó a creer que él mismo sería el instrumento de la Providencia que llevaría a cabo la consumación de tan notable milagro. ¿Acaso el Movimiento de Oxford, con su legión de conversos, no era una señal de la Divina Providencia? ¿Acaso no había sido él, el autor del oportuno e importante artículo acerca de San Agustín y los Donatistas que finalmente lo había convencido a Newman de que la Iglesia de Inglaterra era cismática? ¿Y no había logrado lanzar una cruzada de oración a lo largo y a lo ancho de Europa con el fin de que Inglaterra se convirtiera al catolicismo? Esperaba el resultado con gran expectativa y mientras tanto se dedicó a tratar de suavizar los ánimos de sus compatriotas con populares conferencias sobre literatura y arqueología. Le dedicó mucho empeño y tiempo a los detalles protocolares de su principesco cargo. Sus conocimientos de rúbricas y rituales y de la significación simbólica de sus vestidos no tenían paralelo y se complacía hondamente en llevar a cabo ordenada y minuciosamente las procesiones litúrgicas. Durante una de esas funciones ocurrió una dificultad: súbitamente el Maestro de Ceremonias dio la orden de alto y al ser consultado acerca de la razón, dijo que había recibido una especial revelación en tal sentido. Sin embargo, el Cardenal no se inmutó: sonriente le indicó que la procesión podía continuar, puesto que acababa de “recibir una especial revelación que lo autorizaba a continuar”. Pasaba sus horas de ocio en escribir edificantes novelas y en componer acrósticos, en memorizar versos latinos y en jugar con sus pequeñas sobrinas. En un solo punto se parecía al Obispo Blougram: su amor por la buena mesa. Algunos de los discípulos de Newman se sorprendieron al notar que en Cuaresma se sentaba a comer no menos de cuatro platos de diferentes pescados.

En verdad fue desafortunado que los hados hayan dispuesto que los últimos años de este confortable, cordial, bien dispuesto e inocente anciano se vieran ensombrecidos con la amarga furia de principios contrapuestos además del veneno de las animosidades personales. Pero así fue. Había caído en manos de uno que tenía en muy poco a los apacibles placeres del reposo. Lo hubieran dejado solo, y Wiseman había hallado fórmulas diplomáticas para apaciguar a los viejo- católicos y el Dr. Errington; pero en cuanto apareció Manning en escena cualquier solución de compromiso quedaba fuera de cuestión. El antiguo Archidiácono de Chichester, que había comprendido tan bien ese principio de moderación que la Iglesia de Inglaterra tenía en tan alta estima y que él, siendo anglicano, había practicado con tanto esmero cuanta habilidad, ahora, en su condición de Preboste de Westminster, Mannings se arrojó a la arena donde se desarrollaban las contiendas y riñas con la inflexible intensidad de fervor, con esa pasión tan extrema cuanto absoluta que es la nota distintiva de la Iglesia de Roma. Pudo saberse que incluso el Dr. Errington, este hombre petiso, robusto y determinado, con su “cara de cuervo”¾¾así lo describió uno de sus contemporáneos¾¾“que te contemplaba a través de sus azules anteojos”, había vacilado en presencia de su antagonista, con su alta y esbelta figura, sus pálidos rasgos ascéticos, sus helados y comprimidos labios y su mirada calma y penetrante. En cuanto al pobre Cardenal, no era mucho lo que podía hacer. De ahora en más no se podía andarse con chiquitas con aquel espíritu independentista de las antiguas familias católicas de Inglaterra¾¾¿acaso no era otra forma de Galicanismo? Debía mantenerse la supremacía del Vicario de Cristo contra viento y marea. Comparado con tales principios, ¿cuánto podían importar las protestas de viejos afectos y la paz doméstica? Wiseman suplicó en vano; su amistad de toda un vida con Errington fue extirpada de raíz y la armonía de su vida privada resultó por completo arruinada. Los de su propia casa se le habían sublevado. Su sobrino preferido, a quién había colocado entre los Oblatos de San Carlos bajo la especial tutela de Manning, había abandonado la Congregación para tomar abierto partido por Errington. Su secretario, siguió los mismos pasos; pero lo más triste de todo fue el caso de Monseñor Searle. En su condición de su confidente y gerente de diversos asuntos, de hecho Monseñor Searle había dominado en privado al Cardenal durante años, con esa especie de rango de indispensable que alcanzan con los años los sirvientes de autocrática fidelidad. De hecho, su devoción parecía haberse metamorfoseado físicamente puesto que era apenas menos fornido que su señor. Los dos eran inseparables; sus dos gigantescas figuras se paseaban juntos, como montañas vecinas; y en una ocasión, topándose con ellos en la calle, un caballero congratuló a Wiseman “por el espléndido hijo de su Eminencia”. Y con todo, he aquí que incluso esta sociedad fue desbaratada. Porque aquí también el implacable Presboste desenfundó su espada. Hubo explosiones de ira y recriminaciones. Monseñor Searle, al ver que su poder comenzaba a amenguar, armó escándalos y protestó y al fin fue lo suficientemente bobo como para acusar a Manning de peculado en su propia cara; después de eso quedó claro que sus días estaban contados y se vio obligado a replegarse refunfuñando a un segundo plano mientras que el Cardenal se estremecía en toda su inmensidad y lamentó muchas veces no haberse muerto.

Y sin embargo no carecía enteramente de algunos consuelos. De eso se ocupó Manning. Su penetrante ojo había detectado el secreto sendero que conducía a la intimidad del corazón del Cardenal¾¾había discernido el núcleo de sencilla fe que latía bajo su jovial compostura y conciliadora conversación. Había otros se contentaban con reír y charlar y arreglar sus asuntos con él; Manning era más artístico. Esperó que la oportunidad fuera venida y cuando calculó que el momento había llegado, con ágiles dedos tocó la cuerda de la Conversión de Inglaterra. Hubo respuesta inmediata, y tocó la misma cuerda de nuevo, y otra vez, y otra vez. Se convirtió en el confidente de las aspiraciones más íntimas del Cardenal. Sólo él comprendía y simpatizaba. “Si Dios me concede la fuerza para llevar a cabo este gran combate con la Infidelidad” escribió Wiseman “es a él a quien se lo deberé”.

Pero en realidad se encontró con un combate cuerpo a cuerpo con el Dr. Errington. La batalla por el Colegio de San Edmundo se volvió más y más estridente. Se oyeron duras palabras en el Capítulo, donde Monseñor Searle dirigió el asalto contra el Preboste lo que terminó con una resolución declarando que los Oblatos de San Carlos eran intrusos y que nada tenían que hacer en el Seminario. Entonces el Cardenal Wiseman anuló la dicha resolución con lo que el Capítulo apeló a Roma. Dejándose llevar por la furia de la controversia, el Dr. Errington apareció entonces como el declarado oponente del Preboste y del Cardenal. Fundándose en el articulado del Código de Derecho Canónico y los decretos del Concilio de Trento, redactó con su pluma la apelación del Capítulo a Roma. Wiseman se mostró muy apenado. “Mi propio coadjutor” exclamó “actúa contra mí como abogado querellante en una causa judicial”. Hubo una estampida hacia Roma donde, durante varios años más, los hostiles partidos católicos de Inglaterra llevaron a cabo una furiosa batalla en las antecámaras del Vaticano. Mas la disputa a propósito de los Oblatos se convirtió en insignificante al lado de una cuestión nueva y considerablemente más grave suscitada entre los airados contendientes, porque ahora estaba en juego la sucesión misma del Dr. Errington. El Cardenal, a pesar de su enfermedad, indolencia, y lazos de amistad, había sido inducido a dar un último paso: le estaba pidiendo al Papa nada menos ni nada más que la reducción y remoción del Arzobispo de Trebizond.

Hay dudas en torno a los detalles de lo que sucedió luego. Del vasto y complejo fárrago de documentos oficiales y epistolarios privados escritos en Inglés, Italiano y Latín, de decretos Papales, de reportes confidenciales, susurros episcopales y secretas conspiraciones, sólo resulta posible discernir con alguna claridad como emerge lenta e inexorablemente una silueta inquieta e indomable¾¾la figura de Manning que aparece como un petrel sobrevolando los furiosos mares de la controversia. Por su parte, Wiseman, dilatorio, inconducente y enfermo, estaba listo para dejar la conducción de estos negocios en otras manos. Tampoco Manning tardó mucho en caer en la cuenta de dónde estaba la llave de todo este asunto. Así como en los viejos tiempos cuando en Chichester se había asegurado de los buenos oficios del Obispo Shuttleworth cultivando una cuidadosa amistad con el Archidiácono Hare, así también ahora, en estas operaciones de escala considerablemente mayor, su sagacidad lo condujo presta e infaliblemente hacia la pequeña escalera circular de un apartamento del Vaticano que desembocaba en la más humilde de las puertas y que franqueaba el acceso al gabinete de Monseñor Talbot, el secretario privado del Papa.

  

 

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[1] La “Reform Bill” fue una ley que modificó los distritos electorales habilitando el voto a un número considerablemente mayor de votantes (aunque excluyó a las mujeres, lo que dio lugar al nacimiento de las organizaciones sufragistas femeninas). Fue bandera “Whig” muy atacada por los “Tories”, en particular por los sectores pertenecientes a la “High Church”. [N. del T.]

[2] A Strachey le hemos dejado pasar más de una, pero ésta, su afirmación de que Newman se convenció en términos de “Roma locuta, causa finita”, nos parece excesivamente alejada de la realidad¾¾aunque reconocemos que no le falta humor, puesto que muchos católicos (y son legión) así lo interpretan aún hoy en día. Ni tampoco nos sorprendería si se nos dijera que Manning lo entendía así también (respecto de otros, como W.G. Ward o Faber y otros archi-kukús, no hay duda alguna): como si dijéramos que Roma tuviese la potestad de “inventar” doctrinas o dogmas nuevos, según le venga en gana. Pero no. La brutal traducción del fino argumento de San Agustín y la perspicaz inteligencia de Newman ronda en torno a las palabras “Securus judicat orbis terrarum” por la que le atribuye específica misión al Obispo de Roma de último decidor (más que árbitro) en cuestiones controvertidas¾¾según y cómo se había interpretado por todos los Padres desde la más remota antigüedad. Ahora bien, esta afirmación requiere cierta puntualizaciobnes, como las que hizo el propia Newman en su Apología: “No que, por el momento, la multitud de los cristianos no puedan errar el juicio; no que en medio del huracanado furor Arriano no hubo innumerables Sedes Romanas que se plegaban ante semejantes ventarrones y dejaban solo a San Atanasio; no que la muchedumbre de Obispos Orientales  se las iba a arreglar sin la voz y el vigilante ojo de San León; no se trata de eso¾¾sino de que el deliberado juicio al que morosamente y quizá a las cansadas se aviene toda la Iglesia, es prescripción infalible y constituye automática excomunión de aquellas porciones que protestan y se separan de su cuerpo”. No se impaciente el lector (como a osadas se impacientó Strachey) porque este asunto¾¾que requiere de tantas y tan finas distinciones¾¾no carece de importancia, como se vio unos treinta años después, cuando se definió sin orden ni concierto el dogma de la infalibilidad papal, dogma al que Newman adhirió como buen católico, aunque no le gustó como se procedió en el Vaticano en aquella oportunidad. De allí su famosa carta al Duque de Norfolk. [N. del T.].

[3] El “Privy Council” era la sección del Parlamento inglés que regía la Iglesia de Inglaterra en nombre del Rey. Sus decisiones eran inapelables. [N. del T.]

[4] Expulsados durante las persecuciones isabelinas, los católicos habían fundado en Douay (Francia) un seminario para los ingleses que quisieran seguir una carrera eclesiástica. [N. del T.]