SALMO DEL DÍA

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Martes 3-3-09

 

Rómpele el brazo al malvado,
pídele cuentas de su maldad, y que desaparezca.
El Señor reinará eternamente
y los gentiles desaparecerán de su tierra.

Señor, tú escuchas los deseos de los humildes,
les prestas oído y los animas;
tú defiendes al huérfano y al desvalido:
que el hombre hecho de tierra
no vuelva a sembrar su terror.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2 Tú, Señor, ves las penas y los trabajos.

Ant. 3 Las palabras del Señor son palabras sinceras,
como plata refinada siete veces.

- Salmo 11 -

Sálvanos, Señor, que se acaban los buenos,
que desaparece la lealtad entre los hombres:
no hacen más que mentir a su prójimo,
hablan con labios embusteros
y con doblés de corazón.

Extirpe el Señor los labios embusteros
y la lengua orgullosa
de los que dicen: "La lengua es nuestra fuerza,
nuestros labios nos defienden,
¿quién será nuestro amo?"

El Señor responde: "Por la opresión del humilde,
por el gemido del pobre, yo me levantaré,
y pondré a salvo al que lo ansía."

Las palabras del Señor son palabras sinceras,
como plata limpia de escoria,
refinada siete veces.

Tú nos guardarás, Señor,
nos librarás para siempre de esa gente:
de los malvados que merodean
para chupar como sanguijuelas sangre humana.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 3 Las palabras del Señor son palabras sinceras,
como plata refinada siete veces.

VERSÍCULO

V. Ahora es el tiempo propicio.
R. Ahora es el día de la salvación.

PRIMERA LECTURA

Del libro del Deuteronomio
9, 7-21. 25-29

En aquellos días, dijo Moisés al pueblo estas palabras:

"Recuerda y no olvides que provocaste al Señor, tu
Dios, en el desierto; desde el día que saliste de Egipto
hasta que llegasteis a este lugar, habéis sido rebeldes
al Señor: en el Horeb provocasteis al Señor, y el Señor
se irritó con vosotros y os quiso destruir.

Cuando yo subí al monte a recibir las losas de pie-
dra, las tablas de la alianza que concertó el Señor con
vosotros, me quedé en el monte cuarenta días y cua-
renta noches, sin comer pan ni beber agua, Luego, el
Señor me entregó las dos losas de piedra, escritas de la
mano de Dios: en ellas estaban todas las palabras que
os dijo el Señor en la montaña, desde el fuego, el día
de la asamblea. Pasados los cuarenta días y cuarenta
noches, me entregó el Señor las dos losas de piedra,
las tablas de la alianza y me dijo:

"Levántate, baja de aquí en seguida, que se ha per-
vertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto
se han apartado del camino que les marcaste: se han
fundido un ídolo."

El Señor añadió:

"He visto que este pueblo es un pueblo terco. Déja-
me destruirlos y borrar su nombre bajo el cielo; de ti
haré un pueblo más fuerte y numeroso que él."

Yo me puse a bajar de la montaña, mientras la mon-
taña ardía; llevaba en las manos las dos tablas de la
alianza. Miré, y era verdad: Habíais pecado contra el
Señor, vuestro Dios, os habíais hecho un becerro de fun-
dición. Pronto os apartasteis del camino que el Señor
os había marcado. Entonces con las tablas, las arrojé
con las dos manos y las estrellé ante vuestros ojos.
Luego me postré ante el Señor curenta noches, como
la vez anterior, sin comer pan ni beber agua, pidiendo
perdón por el pecado que habíais cometido al hacer lo
que parece mal al Señór hasta el punto de irritarlo; por-
que tenía miedo que la ira y la cólera del Señor contra
vosotros os destruyese. También aquella vez me escuchó
el Señor.

Con Aarón se irritó tanto el Señor, que quería des-
truirlo, y entonces tuve que interceder también por
Aarón. Después tomé el objeto de pecado que os habíais
fabricado, el becerro, y lo quemé; lo machaqué, lo tri-
turé hasta pulverizarlo como ceniza y arrojé la ceniza
en el torrente que baja de la montaña.

Me postré ante el Señor, estuve postrado cuarenta
días y cuarenta noches, porque el Señor pensaba des-
truiros; oré al Señor diciendo:

"Señor mío, no destruyas a tu pueblo, la heredad que
redimiste con tu grandeza, que sacaste de Egipto con
mano fuerte. Acuérdate de tus siervos Abraham, Isaac y
Jacob, no te fijes en la terquedad de este pueblo, en
su crimen y su pecado, no sea que digan en la tiera de
donde nos sacaste: ·No pudo el Señor introducirlos en
la tierra que las había prometido·, o ·Los sacó por odio,
para matarlos en el desierto.· Son tu pueblo, la heredad
que sacaste con tu mano poderosa y con tu brazo exten-
dido." "

Responsorio

R. Moisés suplicó al Señor, su Dios, diciendo: "¿Por
qué, Señor, se ha de encender tu ira contra tu pue-
blo? Abandona el ardor de tu cólera; acuérdate de
Abraham, Isaac y Jacob, a quienes juraste dar una
tierra que mana leche y miel." Y el Señor renun-
ció a la amenaza que había lanzado contra su pueblo.

V. Dijo el señor a Moisés: "has hallado gracia ante
mis ojos, pues te he conocido más que a todos."

R. Y el Señor renunció a la amenaza que había lanzado
contra su pueblo.

SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la
oración del Señor.

Los preceptos evangélicos, hermanos muy amados, no
son sino enseñanzas divinas, fundamentos para edificar
la esperanza, medios para consolidar la fe, alimento para
inflamar el corazón, guía para indicar el camino, am-
para para obtener la salvación: ellos, intruyendo las
mentes dóciles de los creyentes en la tierra, los condu-
cen a la vida eterna.

ya por los profetas, sus siervos, Dios quiso hablar y
hacerse oír de muchas maneras; pero muchó más es lo
que nos dice el Hijo, lo que la Palabra de Dios, que
estuvo en los profetas, atestigua ahora con su propia
voz, pues ya no manda preparar el camino para el que
ha de venir, sino que viene él mismo, nos abré y mues-
tra el camino, a fin de que, los que antes errábamos
ciegos y a tientas en las tinieblas de la muerte, ilumi-
nados ahora por la luz de la gracia, sigamos la senda
de la vida, bajo la tutela y dirección de Dios.

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Era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria

San Anastasio de Antioquía

Sermón 4,1-2

Después que Cristo se había mostrado, a través de sus palabras y sus obras, como Dios verdadero y Señor del universo, decía a sus discípulos, a punto ya de subir a Jerusalén: Mirad, estamos subiendo a Jerusalén y el Hijo del hombre va a ser entregado a los gentiles y a los sumos sacerdotes y a los escribas, para que lo azoten, se burlen de él y lo crucifiquen. Esto que decía estaba de acuerdo con las predicciones de los profetas, que habían anunciado de antemano el final que debía tener en Jerusalén. Las sagradas Escrituras habían profetizado desde el principio la muerte de Cristo y todo lo que sufriría antes de su muerte; como también lo que había de suceder con su cuerpo, después de muerto; con ello predecían que este Dios, al que tales cosas acontecieron, era impasible e inmortal; y no podríamos tenerlo por Dios, si, al contemplar la realidad de su encarnación, no descubriésemos en ella el motivo justo y verdadero para profesar nuestra fe en ambos extremos; a saber, en su pasión y en su impasibilidad; como también el motivo por el cual el Verbo de Dios, por lo demás impasible, quiso sufrir la pasión: porque era el único modo como podía ser salvado el hombre. Cosas, todas éstas, que sólo las conoce él y aquellos a quienes él se las revela; él, en efecto, conoce todo lo que atañe al Padre, de la misma manera que el Espíritu sondea la profundidad de los misterios divinos.

El Mesías, pues, tenía que padecer, y su pasión era totalmente necesaria, como él mismo lo afirmó cuando calificó de hombres sin inteligencia y cortos de entendimiento a aquellos discípulos que ignoraban que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria.

Porque él, en verdad, vino para salvar a su pueblo, dejando aquella gloria que tenía junto al Padre antes que el mundo existiese; y esta salvación es aquella perfección que había de obtenerse por medio de la pasión, y que había de ser atribuida al guía de nuestra salvación, como nos enseña la carta a los Hebreos, cuando dice que él es el guía de nuestra salvación, perfeccionado y consagrado con sufrimientos. Y vemos, en cierto modo, cómo aquella gloria que poseía como Unigénito, y a la que por nosotros había renunciado por un breve tiempo, le es restituida a través de la cruz en la misma carne que había asumido; dice, en efecto, san Juan, en su evangelio, al explicar en qué consiste aquella agua que dijo el Salvador que manaría como un torrente de las entrañas del que crea en él:

Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado; aquí el evangelista identifica la gloria con la muerte en cruz. Por eso el Señor, en la oración que dirige al Padre antes de la pasión, le pide que lo glorifique con aquella gloria que tenía junto a él, antes que el mudo existiese.

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 De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

En la oración y en las súplicas, pediremos al Artífice de todas las cosas que guarde, en todo el mundo, el número contado de sus elegidos, por medio de su Hijo amado, Jesucristo; en él nos llamó de las tinieblas a la luz, de la ignorancia al conocimiento de su gloria.

Nos llamaste para que nosotros esperáramos siempre, Señor, en tu nombre, pues él es el principio de toda criatura. Tú abriste los ojos de nuestro corazón, para que te conocieran a ti, el solo Altísimo en lo más alto de los cielos, el Santo que habita entre los santos. A ti, que abates la altivez de los soberbios, que deshaces los planes de las naciones, que levantas a los humildes y abates a los orgullosos; a ti, que enriqueces y empobreces; a ti, que das la muerte y devuelves la vida.

Tú eres el único bienhechor de los espíritus y Dios de toda carne, que penetras con tu mirada los abismos y escrutas las obras de los hombres; tú eres ayuda para los que están en peligro, salvador de los desesperados, criador y guardián de todo espíritu.

Tú multiplicas los pueblos sobre la tierra y, de entre ellos, escoges a los que te aman, por Jesucristo, tu siervo amado, por quien nos enseñas, nos santificas y nos honras.

Te rogamos, Señor, que seas nuestra ayuda y nuestra protección: salva a los oprimidos, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, muestra tu bondad a los necesitados, da la salud a los enfermos, concede la conversión a los que han abandonado a tu pueblo, da alimento a los hambrientos, liberta a los prisioneros, endereza a los que se doblan, afianza a los que desfallecen. Que todos los pueblos te reconozcan a ti, único Dios, y a Jesucristo, tu Hijo, y vean en nosotros tu pueblo y las ovejas de tu rebaño.

Por tus obras has manifestado el orden eterno del mundo, Señor, creador del universo. Tú permaneces inmutable a través de todas las generaciones: justo en tus juicios, admirable en tu fuerza y magnificencia, sabio en la creación, providente en sustentar lo creado, bueno en tus dones visibles y fiel en los que confían en ti, el único misericordioso y compasivo.

Perdona nuestros pecados, nuestros errores, nuestras debilidades, nuestras negligencias. No tengas en cuenta los pecados de tus siervos y de tus siervas, antes purifícanos con el baño de tu verdad y endereza nuestros pasos por la senda de la santidad de corazón, a fin de que obremos siempre lo que es bueno y agradable ante tus ojos y ante los ojos de los que nos gobiernan.

Sí, oh Señor, haz brillar tu rostro sobre nosotros, concédenos todo bien en la paz, protégenos con tu mano poderosa, líbranos, con tu brazo excelso, de todo mal y de cuantos nos aborrecen sin motivo. Danos, Señor, la paz y la concordia, a nosotros y a cuantos habitan en la tierra, como la diste en otro tiempo a nuestros padres, cuando te invocaban piadosamente con confianza y rectitud de corazón.

Oración

Padre de bondad, que, con amor y sabiduría, quisiste someter la tierra al dominio del hombre, para que de ella sacara su sustento y en ella contemplara tu grandeza tu providencia, te damos gracias por los dones que de ti hemos recibido y te pedimos nos concedas emplearlos en alabanza tuya y en bien de nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 
 
 
 
 
 









 
 
 


 
 
 
 
 

Morada Terrestre

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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 A más de otras enseñanzas y preceptos divinos, con

los cuales encaminó a su pueblo a la salvación, Cristo
nos enseñó también la forma de orar, él mismo nos
inculcó y enseñó las cosas que hemos de pedir. Quien
nos dio la vida nos enseñó también a orar, con aquella
misma benignidad con que se dignó dar y conferir los
demás dones, para que, al hablar ante el Padre con la
misma oración que el Hijo enseñó, más fácilmente sea-
mos escuchados.

El Señor había ya predicho que se acercaba la hora en que los verdaderos adoradores adorarían al Padre en espíritu y en verdad; y cumplió lo que antes había prometido, de manera que nosotros, que por su santificación hemos recibido el espíritu y la verdad, también por su enseñanza podamos adorar en verdad y en espíritu.

¿Pues qué otra oración en espíritu puede haber fue-
ra de la que nos fue dada por Cristo, el mismo que nos
envió el Espíritu Santo? ¿Qué otra plegaria puede haber
que sea en verdad ante el Padre, sino la pronunciada
por boca del Hijo, que es la misma verdad? Hasta tal
punto, que orar de manera distinta de la que él nos
enseñó no sólo es ignorancia, sino también culpa, ya
que él mismo dijo:Anuláis el mandamiento de Dios por
seguir vuestras tradiciones

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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