ÁFRICA

       En términos generales, las personas privadas de su libertad en las cárceles africanas enfrentan años de encierro, a menudo hacinados en celdas sucias, con escasa provisión de alimentos, higiene inadecuada y poco o nada de vestimenta o de otras necesidades. Aunque estas condiciones no son uniformes en todo el continente, su predominio es preocupante y precisa ser tratado por medio de reformas carcelarias y desde un abordaje de derechos humanos. Por otra parte, también hay diversos obstáculos —incluyendo la cultura de secreto del Estado, la debilidad de la sociedad civil y la falta de interés público en la temática— que inhiben la recolección de datos confiables sobre las cárceles africanas. Este velo de ignorancia en cuanto a las condiciones carcelarias no hace más que alimentar la negligencia y el abuso sobre las personas privadas de su libertad en África. Es entonces imperativo analizar el estado de situación de las cárceles africanas para generar información sobre los problemas que afectan al sistema penal del continente.

Es claro que las cárceles africanas enfrentan un conjunto de desafíos, entre los que se incluyen los déficits de una buena gestión de asuntos carcelarios, de financiación y de otros recursos. Tales insuficiencias han dado lugar a condiciones de hacinamiento y a los consecuentes abusos. Sin embargo, también es claro que varios gobiernos y organizaciones se han comprometido a mejorar la situación de las personas privadas de libertad en África promoviendo sus derechos. Como resultado, África ha incorporado varios instrumentos e instituciones innovadoras dirigidos a la protección de los derechos de quienes están tras las rejas. Lo que se necesita ahora es la voluntad política y los recursos para traducir estas declaraciones a la práctica.

 

Las cárceles de África: otro legado del colonialismo:

 

Antes de emprender cualquier análisis sobre el estado actual de las cárceles africanas, es esencial mirar hacia el pasado para considerar el desarrollo de las instituciones penales en todo el continente. Porque la cárcel no es una institución nativa de África. Por el contrario, como tantos otros elementos de la burocracia africana actual, es un resabio de las épocas coloniales, una importación europea diseñada para aislar y castigar a los opositores políticos, ejercer superioridad racial y administrar castigo capital y corporal.

El encierro como castigo era desconocido en África cuando llegaron los primeros europeos. Aunque la privación de libertad sin juicio previo era común, la mala conducta se reparaba con restitución y no con castigo. Los sistemas de justicia locales se centraban más en la víctima que en el victimario, y su objetivo final era la compensación en vez del encarcelamiento. Incluso en los Estados con gobiernos centralizados que establecieron cárceles, el objetivo seguía siendo el asegurar la compensación para las víctimas más que el castigo a los delincuentes.  Dentro de los sistemas judiciales africanos, el encarcelamiento y el castigo capital se consideraban como un último recurso, y se utilizaban sólo cuando los victimarios, tales como los delincuentes reincidentes y las brujas, planteaban un riesgo identificable para las comunidades locales. 

Aunque el encarcelamiento como castigo no se arraigó en África sino hasta fines de 1800, 5 hubo dos excepciones a esta caracterización. Primero, sí se utilizaron cárceles en relación con el Comercio de Esclavos del Atlántico. Segundo, las naciones de África austral comenzaron a confiar en el encarcelamiento mucho antes que el resto del continente, en algunos casos incluso desde principios del siglo XIX.

Aún más. Cuando los poderes coloniales llegaron de Europa, la privación de libertad no se usó para castigar la comisión de delitos comunes sino para controlar y explotar las poblaciones locales potencialmente rebeldes. Por lo tanto, la experiencia más temprana de África con las cárceles formales no estaba dirigida a la rehabilitación o la resocialización de criminales sino a la subyugación económica, política y social de los pueblos indígenas. En estas primeras cárceles hasta los delincuentes de menor importancia eran sometidos a un confinamiento brutal y reclutados como fuente de mano de obra barata.

Las cárceles africanas de fines del siglo XIX no eran simples vertederos para las víctimas de la opresión colonial, también eran manifestaciones de la superioridad racial europea. Los colonos y conquistadores europeos consideraban a los pueblos africanos como infrahumanos, salvajes que no podían ser “civilizados”. Por ejemplo, los prisioneros blancos —a diferencia de sus compañeros negros— gozaban de ropa, alimento e instalaciones de mejor calidad, así como de una capacitación dirigida a prepararlos para la liberación, la rehabilitación y la reintegración social. Además, mientras las cárceles europeas eliminaron la tortura a fines de 1800, las cárceles coloniales confiaban cada vez más en su práctica como un medio para contener a los pueblos indígenas y reforzar el dogma racista. La caracterización de los africanos como incivilizados, infantiles y salvajes  por parte de los europeos, legitimó la tortura y el castigo capital.

Sin embargo, a pesar de la conexión entre la brutalidad de la cárcel y las políticas racistas y coloniales de fines de 1800, en el África postcolonial persiste la opresión penal en proporciones alarmantes y su penetración es espantosa. Es más, problemas concomitantes tales como el subdesarrollo, la dependencia de la ayuda exterior, la opresión política y la degradación humana continúan plagando el continente a pesar del retiro de los poderes coloniales ocurrido décadas atrás. Dentro de las cárceles, el hacinamiento, las fallas de infraestructura, el castigo corporal y capital, la corrupción, la prisión sin juicio previo generalizada, la cultura de las mafias y la atención inadecuada a mujeres y jóvenes no logran revertirse, pese a que los arquitectos penales de África partieron hace más de 40 años.

Como evidencia la historia de las cárceles africanas, el encierro fue traído al continente desde Europa como un medio para subyugar y castigar a quienes se oponían a la autoridad colonial. El principal objetivo de las primeras cárceles en África fue el empleo del castigo corporal y capital para sofocar la rebelión política. Entonces, teniendo en cuenta su origen, no debe sorprender que las cárceles africanas actuales no puedan cumplir con sus objetivos declarados de rehabilitación, y que de hecho continúen satisfaciendo los propósitos y cometiendo los mismos abusos que los de siglos atrás.

 

La privación de libertad sin juicio previo:

 

Antes de analizar la situación de los presos africanos, vale la pena explorar las causas que motivan su detención. Ello pues una gran proporción de la población carcelaria en los países africanos comprende individuos que esperan ser juzgados y sentenciados. Por ejemplo, dos tercios de los 18.000 internos en Uganda todavía no han sido juzgados. En la cárcel de Johannesburgo, Sudáfrica, algunos internos no han visto a un juez desde hace unos siete años.  Tales demoras conducen al endurecimiento de la cárcel y de las poblaciones de detenidos, y dan lugar al fenómeno del hacinamiento, que será considerado más adelante.

A pesar de la afirmación de tener algunas de las cárceles de mayor superpoblación del mundo, las cárceles africanas están cerca del promedio global de detenidos sin juicio previo. En África el promedio de presos en espera de juicio es de 45 cada 100.000, mientras que la proporción global es de 44 cada 100.000.  Mientas la proporción global de detenidos en espera de juicio promedia el 29 %, en África es del 36 %.  En algunos países latinoamericanos, como Paraguay y Honduras, la proporción alcanza el 90 %.

Si bien la detención sin juicio previo en sí no constituye una violación de derechos humanos, aquélla debe ocurrir bajo ciertas condiciones, por un período breve y como último recurso. Aunque en África es difícil obtener estadísticas sobre la duración de la detención sin juicio previo, la evidencia sugiere que las esperas son mayores en las naciones de África central y occidental y que, en general, tal detención es arbitraria, extensa y bajo condiciones terribles. Más importante, estos detenidos son en su gran mayoría pobres que no pueden pagar abogados o los sobornos necesarios para asegurarse una rápida liberación. Por otra parte, la extendida prisión sin juicio no sólo repercute en la situación de las personas detenidas, sino también en la del sistema carcelario en su conjunto por las altas tasas de prisionización. Por ejemplo, el índice más alto de presos encarcelados sin juicio previo en el mundo es el de Liberia (97.3%), seguida por Malí con el 88.7%; Benin se encuentra en el cuarto lugar con el 79,6% y Nigeria en el quinto, con el 76%. Sin dudas, el hacinamiento en dichos sistemas penitenciarios podría aliviarse reformando el sistema procesal que permite estas detenciones sin juicio previo.

La Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos ha propiciado una reforma en tal sentido, y ha publicado varios documentos estableciendo lineamientos para que las audiencias previas al juicio sean eficaces. La Comisión además ha adoptado diversos instrumentos para fortalecer estas recomendaciones, tales como: la Resolución sobre el Derecho al Recurso y al Debido Proceso de 1997, la Declaración de Kampala sobre las Condiciones Carcelarias en África, la Resolución sobre Directrices y Medidas para la Prohibición y Prevención de la Tortura y de Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes en África de 2002, el Plan de Acción de Ouagadougou de 2002, y los Principios y Directrices sobre el Derecho al Debido Proceso y la Defensa Legal en África de 2003. Aunque esos documentos sostienen la promesa de futuras “buenas prácticas”, se necesita mucho más para aliviar el tratamiento arbitrario, dispar e inhumano de los detenidos sin juicio previo en África.

 

Las condiciones de las cárceles africanas: superpoblación y recursos insuficientes

 

La superpoblación es quizá la preocupación más urgente que enfrentan las cárceles africanas. Las naciones africanas como Camerún, Zambia, Burundi, Kenia y Rwanda lideran la lista de países con las cárceles más superpobladas del mundo. También la superpoblación carcelaria tiene sus raíces en el pasado colonial del continente. Casi desde sus inicios, las cárceles africanas han estado en o por sobre su capacidad. Teniendo en cuenta los numerosos desafíos pendientes en el África postcolonial, no sorprende que las cárceles hayan quedado, para muchos gobiernos postcoloniales, fuera de las interminables listas de prioridades para el desarrollo.

Previo a examinar la situación de la población carcelaria en África, debemos referirnos brevemente a las condiciones físicas en las cuales se mantiene a dicha población. No es de extrañar que las cárceles en África se encuentren en mal estado. Los edificios son viejos, con mala ventilación, con sistemas cloacales inadecuados. Esas condiciones son propicias para la transmisión de enfermedades contagiosas. Con frecuencia los presos carecen de espacio suficiente para dormir o sentarse, la higiene es pobre y el alimento y la ropa son inadecuados. Entre tal decadencia y privación, al sobrecargado personal de la cárcel le resulta difícil supervisar a los presos o proporcionarles niveles más altos de saneamiento y nutrición.

 

Hacinamiento: las causas

 

La superpoblación carcelaria africana es producto, entre otras cosas, de la escasez de recursos del sistema judicial. En este sentido, aunque las cárceles africanas no alberguen a tantos presos como las de otras partes del mundo, la superpoblación carcelaria se debe, en particular, a la falta de policías y jueces, que ha provocado el incremento de detenidos y reincidentes sin juicio previo.

 

Hacinamiento: las consecuencias

 

A veces las cárceles africanas tienen “celdas superpobladas donde los internos duermen por turnos; [...] guardiacárceles que ‘venden’ a los delincuentes juveniles para el sexo con otros internos; y [...] guardias que contrabandean armas, drogas y alcohol para las bandas paramilitares de presos”. En la última década, las muertes en las cárceles relacionadas con el VIH/SIDA se han incrementado exponencialmente. Las celdas de confinamiento y las de reclusión, al estar superpobladas, también llevan a la agresión sexual y al suicidio. Aunque muchas cárceles africanas no sufren de problemas de salud y violencia extremos, la presencia de estas tendencias en muchas de ellas provoca preocupación.

En 2004, al denunciar las condiciones de las cárceles africanas, el periodista Michael Wines sostuvo que:

 

[l]a inhumanidad de las cárceles africanas es una vergüenza oculta a primera vista. La cárcel Black Beach en Guinea Ecuatorial es notoria por la tortura. En las cárceles de Zambia el alimento es tan escaso que las bandas lo manejan como instrumento de poder. Las cárceles del Congo han albergado niños de hasta 8 años de edad. Los presos de Kenia mueren por enfermedades fácilmente tratables como la gastroenteritis.

 

En la cárcel de Maula, en Malawi, muere aproximadamente uno de cada 60 presos mientras cumple su condena cuando, en comparación, en Estados Unidos muere uno cada 330. Además, es común la violación entre la población carcelaria, mayormente seropositiva, que funciona como un supuesto método de control por parte de las bandas dentro de las cárceles.

Aunque las condiciones inhumanas en las que viven los presos africanos son injustificables, es importante mencionar que tales circunstancias deben ubicarse dentro del contexto de privación de derechos generalizada que se evidencia en todo el continente. Considerando que la pobreza es la regla para la mayoría de los africanos, no llama la atención que las condiciones de vida sigan siendo pobres tras las paredes de la cárcel. Sin embargo, la Comisión Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos persiste en condenar el estado de las cárceles africanas:

 

Las condiciones de las cárceles y de los presos en muchos países africanos están agravadas por severas insuficiencias, incluyendo, entre otras, el hacinamiento, condiciones físicas, de salud y sanitarias pobres, programas de recreación, vocacionales y de rehabilitación inadecuados, contacto restringido con el mundo exterior, y grandes porcentajes de personas que aún no fueron juzgadas.

 

En cuanto a la salud dentro de las cárceles, aunque los datos no están tan fácilmente disponibles como en Estados Unidos, la evidencia sugiere que las tendencias son similares. Las investigaciones de académicos y ONG indican que la enfermedad es más frecuente entre las poblaciones africanas encarceladas en comparación con las poblaciones en libertad. Por ejemplo, algunas estimaciones de Sudáfrica sostienen que la tasa de infección de VIH es el doble entre los presos que en la población en general.  En Ghana se ha observado que la tasa de VIH es hasta mayor entre los oficiales penitenciarios que en la población en general. 

Además de enfermedades, los presos africanos también están más expuestos a muertes anormales en forma desproporcionada. En 2002, por ejemplo, al menos 100 presos ghaneses murieron por desnutrición y enfermedades resultantes del hacinamiento y la falta de saneamiento.  Del mismo modo, cientos de presos en Kenia, Nigeria, y Etiopía murieron como resultado de condiciones similares.

 

Hacinamiento: las soluciones

 

A pesar de que el hacinamiento carcelario implica una amenaza a la protección y seguridad social, los tribunales africanos no han hecho cumplir el derecho de los presos a un espacio suficiente. Las decisiones judiciales sólo se han referido a la duración del encierro, el nivel de ventilación de las celdas, a la cantidad de ejercicio y de luz natural permitidos a los presos, a la calidad de la comida, a las oportunidades de recreación y entrenamiento, al ambiente general o a las condiciones de trabajo existentes. En ausencia de una respuesta judicial, deberían establecerse “condiciones mínimas de detención” que “fijen estándares específicos que puedan exigirse judicialmente si fuera necesario”. Por ejemplo, una decisión de un tribunal sudafricano ha establecido que:

 

los remedios “usuales”, tal como el “declarator”, el interdicto prohibitorio, el ordenamiento judicial y los fallos por daños pueden no ser capaces de remediar [...] fallas sistemáticas o el cumplimiento inadecuado de las obligaciones constitucionales, particularmente si se trata de la protección, la promoción o el cumplimiento de los derechos de naturaleza programática.

 

Esto revela la capacidad limitada de la justicia para entender en el tema del hacinamiento. La decisión de un tribunal al otorgar un “amparo estructural”, un remedio que ordene a un órgano del Estado cumplir con sus obligaciones constitucionales e informar periódicamente [a la corte] sus progresos al respecto” sugiere, sin embargo, que los tribunales africanos podrían ser más proactivos y desempeñar un papel más importante para mitigar las pobres condiciones carcelarias.

Además de la falta de respuestas judiciales para los abusos resultantes del hacinamiento, tampoco han existido respuestas políticas al problema. A pesar de las gravedad de la situación, no se ha incrementado la capacidad del cupo carcelario ni se han privatizado o renovado las cárceles, como sí ha ocurrido en Norteamérica y Europa.

Aunque en África aún no se avanzó en la privatización del sistema carcelario, se está discutiendo otro tipo de reformas. Por ejemplo, en enero de 2006, Nigeria liberó 25.000 presos, algunos de los cuales habían estado esperando juicio durante una década. El gobierno también estableció juntas —conformadas por abogados de derechos humanos y representantes del sistema judicial—en cada una de las 227 cárceles del país. Además, creó un nuevo cargo penitenciario —inspector en jefe de cárceles— que reporta directamente al presidente, y nombró personal para esa posición. Según el ex Ministro de Justicia, Bayo Ojo, esas medidas se implementaron porque las “condiciones de las cárceles [eran] demasiado terribles. Las condiciones niegan la esencia del encarcelamiento, que es reformar”. Por su parte, el Presidente de Tanzania, Jakaya Mrisho Kikwete, también prometió mejorar las condiciones carcelarias de su país, al sostener que “la situación es terrible”. Asimismo ordenó realizar una investigación sobre el hacinamiento de las cárceles y declaró “Hay mucho para hacer para asegurarse de que se trate a los internos como a seres humanos”.

A nivel regional, se adoptaron las Declaraciones de Kampala sobre las Condiciones Penitenciarias en África, y de Ouagadougou sobre la Aceleración de la Reforma Penal y Carcelaria en África, en 1996 y en 2002 respectivamente. Ambos instrumentos se esfuerzan por mejorar las condiciones de las cárceles africanas. A nivel internacional, el Consejo de Europa adoptó el Reglamento de Prisiones Europeo en 2006. Aunque este reglamento no obliga a los Estados africanos, proporciona lineamientos útiles para el desarrollo de políticas carcelarias transparentes y consistentes. Sin embargo, aún si la Unión Africana adoptara pautas similares, lo cierto es que los recursos insuficientes y la inestabilidad institucional afectarían la implementación de cualquier reforma propuesta.

 

El fracaso en proteger a los vulnerables: mujeres y niños en las cárceles africanas

 

La situación de las mujeres y los niños en las cárceles africanas ha sido un problema totalmente ignorado tanto por académicos como por los responsables de las políticas penales. Como resultado, estas poblaciones vulnerables están particularmente marginadas en condiciones de vida de nivel inferior al normal. Si bien los sistemas penales europeos, norteamericanos y australianos han comenzado a impulsar medidas para resolver la especial situación de mujeres y niños privados de libertad, en África el tema recibe poco o nada de atención, en tanto la administración penitenciaria, como varias otras esferas, sigue siendo un entorno decididamente masculino y dominado por los adultos.

 

Mujeres

 

África se encuentra en la mitad del promedio global de mujeres presas, en relación con la población carcelaria total: el porcentaje promedio de las cárceles africanas oscila entre el 1 y el 6 % de mujeres en relación con el total de las personas privadas de su libertad. Aunque el promedio continental es más bajo que el de otras partes del mundo, los promedios nacionales varían en tasas tan altas como el 4.5 % en algunos países de África del norte, 5 % en África occidental (Cabo Verde) y Africa austral (Botswana), 3.3 % en África central (Angola) y 6.3 % en África del este (Mozambique), a tasas menores como el 1.7 % en África del norte (Sudán), 1 % en África occidental (Burkina Faso) y central (Santo Tomé y Príncipe), 1.2 % en África del este (Malawi), y 1.8 % en África austral (Namibia).

Antes de examinar las condiciones de encarcelamiento de las mujeres africanas, vale la pena observar las causas de su detención. La población femenina de las cárceles africanas es, en su gran mayoría, pobre y analfabeta. Por lo general, las mujeres son encarceladas por los delitos de homicidio, tentativa de homicidio, infanticidio, aborto y hurto. El sexismo es evidente en la criminalización de ciertas conductas. Por ejemplo, en muchos países, el aborto —que sólo criminaliza a las mujeres— se castiga hasta con cadena perpetua.

Una vez detenidas, persiste la discriminación contra ellas. A menudo a las mujeres presas se les niega el acceso a programas vocacionales y de recreación; y no se les proporcionan las provisiones sanitarias adecuadas para la menstruación.

Aún más. Aunque algunos sistemas penitenciarios tienen instalaciones separadas para las mujeres, en la mayoría de los países africanos, las mujeres están encarceladas en las mismas instalaciones que los hombres. Ello las hace más vulnerables al abuso físico y psicológico de los presos, abusos que el escaso personal carcelario no puede evitar o en el que, de hecho, participa.

Incluso en los casos en que las mujeres están detenidas en lugares diferentes a los hombres, también padecen violencia y abuso similares a los que se evidencian en las instalaciones masculinas. Las presas son particularmente vulnerables a los abusos sexuales de los guardiacárceles, tanto en prisiones para mujeres como en las mixtas.

Afortunadamente, la situación de las mujeres presas está siendo abordada por el movimiento regional que impulsa una reforma penal. Por ejemplo, la Declaración de Kampala procura mejorar las condiciones de detención de las mujeres africanas. No obstante ello, la declaración simplemente pide una “atención especial” y un “tratamiento apropiado” de las “necesidades especiales” de las mujeres. Esas aspiraciones tan vagas —por no decir nada sobre la terrible omisión de las mujeres embarazadas— reflejan la falta de voluntad política y de una conciencia del género hacia la reforma de las cárceles africanas que abarque a todas las personas que están detrás de las rejas.

 

Niños

 

Aunque en África hay muchos menos niños que mujeres en la cárcel, ciertas instalaciones en particular albergan grandes poblaciones de jóvenes. Además, muchos sistemas penales deliberadamente esconden parte de su población juvenil para evitar un escrutinio y una crítica más estrecha de sus políticas. Según los datos disponibles, los niños representan entre el 0.5 y el 2.5 % de la población carcelaria general; y la mayoría de esos niños se encuentra detenida en espera de un juicio durante meses e incluso años. Las cárceles sudafricanas albergan el mayor número de presos juveniles en África: 3.600. Las cárceles de Namibia albergan el mayor porcentaje de niños en relación con la población carcelaria total del país: el 5.5 %. 

En África los niños son privados de libertad por dos caminos diferentes: nacen de mujeres encarceladas, o son detenidos por la supuesta comisión de un delito. A menudo estas conductas criminales son ofensas y delitos menores, tales como vagancia, falta de identificación adecuada, callejeo, ausentismo escolar, mendicidad o falta de control paterno. Por estas ofensas leves, los niños pueden permanecer detenidos durante los años más importantes para su formación y desarrollo, en espera de un juicio.

Al igual que en el caso de las mujeres, la mayoría de los sistemas carcelarios africanos —con excepción de los de Sudáfrica, Costa de Marfil, Mali y Angola—, carecen de recursos para albergar a los niños separados de la población de varones adultos. La mezcla de niños con la población carcelaria general puede provocar consecuencias desastrosas. En primer lugar, porque los niños detenidos deben competir con los adultos por recursos escasos, tales como los alimentos. En segundo lugar, porque como las cárceles africanas no cumplen ni con los estándares mínimos más básicos para los adultos, tampoco cumplen con los estándares internacionales para la detención juvenil. Por ejemplo, el hacinamiento compromete la salud y la higiene de los niños presos y los expone al riesgo creciente del abuso sexual. Tampoco las necesidades educacionales, de desarrollo, salud y nutrición de los jóvenes detenidos son debidamente atendidas.

Aunque algunos países, particularmente los antes mencionados, han hecho algunos avances para separar a los niños presos de los adultos, es necesario hacer aún más. Egipto, por ejemplo, está experimentando con programas de justicia restaurativa, y con reformas que proponen medidas alternativas al encarcelamiento de los jóvenes.  Los programas de liberación anticipada, así como las políticas de rehabilitación y reintegración también deberían comprender a los niños delincuentes, a fin de que éstos no pierdan sus preciosos años de desarrollo en la cárcel.

 

Rehabilitación: una meta poco clara

 

Entre los diversos fines del encarcelamiento —retribución, disuasión, desaprobación pública, incapacitación, rehabilitación y reintegración— las dos últimas metas siguen siendo algunas de las más indefinidas y polémicas, particularmente en África.

Para muchas cárceles africanas, la rehabilitación es un objetivo difícil de alcanzar, en gran parte, debido a la falta de recursos. La superpoblación y la escasez de fondos obstaculizan la implementación de esquemas de resocialización eficaces. Si bien la rehabilitación sigue siendo el objetivo que aducen muchos responsables de las políticas penales en África, la falta de voluntad política impide su definitiva realización. Esto es lamentable pues la poca investigación disponible sobre el tema indica que en África las tasas de reincidencia disminuyen considerablemente con programas de rehabilitación sólidos y efectivos. Para que ello ocurra son fundamentales los vínculos entre los presos y sus familiares u otros miembros de la comunidad; estos vínculos pueden apoyar a los detenidos en los procesos de reintegración y ayudan a evitar la reincidencia.

La rehabilitación está contemplada en muchos instrumentos regionales dirigidos a mejorar las condiciones carcelarias en toda África. Por ejemplo, la Declaración de Ouagadougou sobre la Aceleración de la Reforma Penal y Carcelaria en África de 2002 requiere la promoción de la rehabilitación y la reintegración para ex-delincuentes. El Plan de Acción que acompaña la Declaración también especificó las medidas que podrían tomar los gobiernos y las ONG para aumentar la eficacia de la rehabilitación de delincuentes y detenidos sin juicio previo. En varias naciones africanas —como Gambia, Camerún, y Santo Tomé y Príncipe— la legislación también ha intentado promover los derechos humanos de los presos. Sin embargo, estas medidas se centran en el hacinamiento, la carencia de personal y entrenamiento y los estándares carcelarios mínimos y no se dedican a la rehabilitación.

Afortunadamente, países tales como Sudáfrica, Uganda y Botswana han tomado medidas para mejorar sus programas de rehabilitación. Si bien aún enfrentan varios desafíos para implementar sus programas de rehabilitación y reintegración adecuadamente, se esfuerzan por adherirse al Plan de Acción. Sus programas se enfocan en la formación educativa y vocacional, el apoyo psicológico, la promoción del contacto familiar fuera de la cárcel, el acceso a servicios religiosos y la participación de la sociedad civil para rehabilitar a los presos y reintegrarlos a la comunidad.

Es difícil medir el logro de esos esfuerzos por la falta de consenso respecto de los estándares e indicadores para dimensionar el éxito. Sin embargo, hasta la fecha, la práctica ha revelado algunas concordancias clave entre programas exitosos; como por ejemplo: la especial atención puesta a las habilidades relacionadas con el empleo, la flexibilidad suficiente para abastecer las necesidades individuales identificadas, servicios multidimensionales integrados para tratar una amplia gama de factores, supervisión y seguimiento continuos, equilibrio entre calidad y cantidad, colaboración con las familias y las comunidades, los componentes judiciales restaurativos en los que los delincuentes aceptan su responsabilidad, y períodos mínimos de 9 a 12 meses. Aunque los programas de rehabilitación y reintegración aún son nuevos en África, los progresos positivos que ya han logrado exigen que estas iniciativas reciban más apoyo.

 

Los recursos y la gestión de los asuntos penitenciarios

 

Las condiciones antes descritas se deben, en parte, a la escasez de recursos y a la falta de una buena gestión de los asuntos penitenciarios. De hecho, la escasez de recursos es uno de los desafíos más significativos que hoy enfrentan las cárceles africanas. En un continente con tantas necesidades sociales, la protección de los presos está lejos de los primeros lugares en muchas listas de prioridades. Es más, la opinión pública en general sostiene que la cárcel es un lugar de detención, castigo y disuasión, y se opone a la rehabilitación y la reintegración. Como resultado, las cárceles africanas experimentan una alta tasa de reincidencia, que perjudica aún más los recursos sociales y financieros de las naciones ya-empobrecidas. Además, la escasez de recursos provoca privaciones para los presos.

Es difícil definir y evaluar qué implica una buena gestión de los asuntos carcelarios, en parte porque ha habido muy poca investigación sobre la identificación de las buenas prácticas en África, en particular en las áreas de administración, gerenciamiento y funcionamiento. Varios instrumentos internacionales describen el consenso internacional sobre temas tales como objetivos, condiciones y tratamiento aceptables para los criminales encarcelados. Además, el incremento del delito en África, la disminución de los recursos y la creencia que el encarcelamiento es una forma de disciplina, han conspirado en algunas naciones para convertir las condiciones carcelarias en absolutas atrocidades.

En las cárceles africanas, la escasez de personal bien entrenado también obstaculiza la gestión de los asuntos carcelarios. La falta de personal suficiente puede sobrecargar al personal de la cárcel ya en tensión, produciendo desafíos adicionales en instituciones con suficientes problemas. El personal incompetente también puede empeorar el estado de las dificultades ya existentes. Cuando las cárceles carecen de personal suficiente, los presos deben estar confinados a sus celdas, empeorando así los problemas asociados con el hacinamiento antes descrito. El personal inadecuado también obstaculiza el diseño de y el acceso a los programas de rehabilitación. Finalmente, la buena gestión de los asuntos carcelarios es esencial para mantener los lineamientos básicos de la salud pública dentro de cárceles africanas. Se necesita una mayor cantidad de personal y métodos más eficientes para asegurar la eliminación de desperdicios, mejor alimentación, mayores raciones y medidas adecuadas para combatir el contagio de enfermedades, en especial de VIH/SIDA. Es preciso que los educadores de la salud pública enseñen a los presos cómo evitar contraer el VIH, se deben proveer preservativos, y los presos seropositivos deben recibir cuidado médico adecuado.

Estos desafíos pueden ser atenuados implementando programas de entrenamiento adecuados, contratando personal adicional, fomentando la camaradería entre el personal, aumentando los sueldos y los beneficios del personal, supervisando, dirigiendo, y disciplinando al personal en forma apropiada, e incentivando al personal con carreras laborales de ascenso móvil. Estas medidas no sólo aliviarán los problemas del personal y promoverán una mejor gestión de los asuntos carcelarios, sino también construirán un clima de respeto por los derechos de los presos.

A pesar de esta situación calamitosa de la gestión de los asuntos carcelarios y de la escasez de recursos en las cárceles africanas, durante la última década se han hecho algunas incursiones positivas hacia la mejora de la vida de los encarcelados en África. Por ejemplo, los donantes han contribuido con dinero y asistencia técnica para apoyar a los sistemas penales africanos. La mayoría de los gobiernos africanos ha demostrado su compromiso con los derechos de los presos por medio de la adopción de instrumentos, organización de eventos e impulso de instituciones regionales tales como la Declaración de Kampala sobre las Condiciones Penitenciarias en África, la Cuarta Conferencia de Directores de Servicios Correccionales de África central, del este y austral, la Declaración de Arusha sobre Buenas Prácticas Penitenciarias, y el Plan de Acción de Ouagadougou.

Esos instrumentos subrayan la importancia de una administración carcelaria eficaz y de una dirección carcelaria competente. La dirección de la cárcel tiñe todo el sistema penitenciario, mientras que la administración eficiente es crucial para asegurar que las instalaciones se manejen mejor. La contratación, entrenamiento y educación de personal eficiente también mejora la gestión de los asuntos carcelarios. Lamentablemente, muchas administraciones de cárceles africanas están subordinadas a la policía o a los militares, que pueden crear estructuras autoritarias y duras políticas disciplinarias. Si el manejo de las cárceles no está centralizado se puede afectar su buen gerenciamiento, en particular, por la falta de una autoridad carcelaria nacional.

 

 

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