1914 - 2014. CENTENARIO DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

 
1914 - 2014.  CENTENARIO
 
El 28 de Julio de 2014 se cumplen cien años del comienzo de la Primera Guerra Mundial, también conocida como "La Gran Guerra". Fue este un conflicto que tuvo enormes consecuencias para la sociedad de su época y que marcó un antes y un después en la Historia de la humanidad.
La chispa que prendió el fuego de la guerra fue el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero del trono del Imperio Austro-Húngaro, el 28 de Junio de 1914 en Sarajevo.
Francisco Fernando de Austria fue un hombre al que la fortuna trató con generosidad y dureza alternativamente. Perteneciente a los Habsburgo, uno de los linajes más nobles y ricos de Europa, nació el 18 de Diciembre de 1863 en Graz, Austria. Era el hijo mayor del archiduque Carlos Luís de Austria, hermano del emperador Francisco José; su madre era la princesa María Anunciada de las Dos Sicilias.
A la edad de doce años tuvo la gran suerte de heredar una gran fortuna como consecuencia de la muerte de su primo Francisco V de Módena. La única condición que le ponía el testamento para heredar era añadir a su nombre el apellido Este. Así fue como se convirtió en uno de los hombres más ricos de Europa.
En 1889 la fortuna volvió a sonreirle de nuevo, pues su primo Rodolfo, Príncipe Heredero del Imperio Austro-Húngaro se suicidó, quedando el archiduque Carlos Luís de Austria, padre de Francisco Fernando como legítimo heredero del trono imperial. Lo natural era, por tanto, que Francisco Fernando sucediera a su padre y fuese al fin coronado emperador de Austria-Hungría. 
Francisco Fernando de Austria.
 
La fortuna no estuvo totalmente de su parte cuando se enamoró de la condesa Sofía Chotek, mujer perteneciente a una familia noble, pero de linaje muy inferior a los Habsburgo, y por tanto, excluida desde un principio para contraer matrimonio con el futuro heredero de la corona imperial. El emperador Francisco José se negó a dar su consentimiento al enlace de Francisco Fernando y Sofía, pero finalmente cedió ante la actitud testaruda de su sobrino y en 1899 le permitió casarse con Sofía, a condición de que los descendientes de dicho matrimonio no tuvieran derechos sucesorios. Francisco Fernando aceptó las condiciones y la boda se celebró el 1 de Julio de 1900.
Francisco Fernando y Sofía Chotek
 
A pesar de esta conducta, Francisco Fernando de Austria estaba muy lejos de ser un romántico de pensamiento soñador. Todo lo contrario; desde un principio demostró ser un hombre práctico que tenía las ideas muy claras; estuviesen estas equivocadas o no, que eso es otra cuestión.
Había llegado a la conclusión de que la monarquía de los Habsburgo estaba condenada a la desaparición si no se llevaban a cabo profundas reformas en la estructura del imperio Austro-Húngaro. Aquel estado estaba formado por un conglomerado de diversos pueblos y territorios sobre los que Austria ejercía un dominio suave en ocasiones, duro en otras. El poder político y militar estaba en manos de la aristocracia austriaca, que obtenía grandes recursos económicos y humanos del resto de los territorios, cuyos habitantes eran considerados meros súbditos carentes de derechos políticos básicos.
Esta situación era la que Francisco Fernando consideraba insostenible. No en vano en 1867 el emperador Francisco José había firmado un tratado llamado El Compromiso con los húngaros, gracias al cual el reino de Hungría adquiría la categoría de estado independiente de Austria y ambos estados se convertían en dos entidades con gobiernos y dietas propias, unidas bajo la monarquía de los Habsburgo. Sus habitantes alcanzaban la igualdad de derechos con los austriacos.
Francisco José I, Emperador de Austria-Hungría.
 
 El emperador había consentido con las pretensiones de los húngaros porque temía una nueva sublevación mucho más peligrosa que las anteriores. Los húngaros habían provocado revueltas y sublevaciones desde principios del siglo XVIII, al poco de ser expulsados los turcos de Budapest. Estos conflictos se habían vuelto más violentos en el siglo XIX con la expansión de las ideas nacionalistas por todo el continente europeo.
Imperio Austro-Húngaro a principios del siglo XX.
 
Que El Compromiso había funcionado con los húngaros era evidente, pues la agitación había disminuido notablemente y no se percibía riesgo de una nueva revuelta. Si esto había ocurrido con los húngaros, ¿por qué no podía ocurrir igual con los eslavos? Sobre todo con los checos, que habían protagonizado una rebelión en 1848 y entre los cuales había cuajado un fuerte sentimiento nacionalista. Pero Francisco Fernando, y otros muchos con él, pensaban que esta misma fórmula debía aplicarse con los eslavos de los Balcanes, incorporados hacía poco tiempo al imperio, divididos en diversos grupos étnicos y muy inquietos y agitados por sentimientos nacionalistas. Es más, tanto Francisco Fernando como el emperador Francisco José pensaban que el futuro de los Habsburgo estaba en los Balcanes, sobre todo después de la gran derrota sufrida por Austria en la guerra contra Prusia en el verano de 1866, cuando tras la batalla de Königgrätz quedó claro que el imperio de los Habsburgo no sería el núcleo alrededor del cual se llevaría a cabo la formación del Estado alemán; esa función le correspondería a Prusia. 
La expansión de Austria-Hungría hacia los Balcanes se hizo a costa de la descomposición del Imperio Otomano. Ya en una fecha tan temprana como 1815 los serbios se habían sublevado contra los turcos, y más tarde, en 1821, lo hicieron los griegos. Rusia, Francia e Inglaterra intervinieron en este conflicto; derrotados los otomanos por estas potencias tuvieron que aceptar en 1829 la independencia de Grecia y la autonomía de Serbia, Valaquia y Moldavia en el tratado de Adrianópolis. Rusia quedó como garante de la autonomía de Serbia, y por tanto, como una amenaza sobre el Imperio Otomano, que no podía hacer otra cosa que ceder ante las exigencias constantes de mayores cotas de autonomía de los serbios. Los rusos practicaban esta política como parte de una estrategia que consistía en expulsar a los turcos de Europa, satelizar a todos los pueblos eslavos de los Balcanes y obtener puertos en el Mediterráneo que permitiesen a la flota rusa operar en esas aguas. Quedó constituido así el Principado de Serbia que en 1867 fue independiente de facto cuando los soldados turcos abandonaron el país.
Los conflictos no acabaron aquí, ya que en 1875 se sublevaron Bosnia y Herzegovina, donde había una importante comunidad de serbios que aún se encontraban bajo dominio otomano; esto tuvo como consecuencia que el Principado de Serbia declarase la guerra a Turquía. Para complicar más la situación, al año siguiente se produjo un levantamiento en los territorios búlgaros. Estas nuevas revueltas y la derrota del ejército serbio en su enfrentamiento contra los otomanos hizo que Rusia declarase la guerra a Turquía el 24 de abril de 1877. En febrero de 1878, el ejército ruso casi había alcanzado Estambul; sin embargo esto no pareció bien a los ingleses, que temían que Rusia, convertida en una gran potencia, dominase además las aguas del Mediterráneo. Por esa razón, Inglaterra, la gran potencia militar y económica del siglo XIX, envió una flota de acorazados para intimidar a los rusos, y estos se vieron obligados a negociar y acabar firmando el tratado de San Stéfano, por el cual el Imperio Otomano reconocía la independencia de Rumanía, Serbia y Montenegro, así como la autonomía de Bulgaria.
El emperador Francisco José no estaba de acuerdo en absoluto con lo pactado en San Stéfano y veía sumamente peligrosa la creación de una Bulgaria que, si bien dependía nominalmente del Imperio Otomano, de hecho actuaba con gran independencia y abarcaba  un tercio de la Península de los Balcanes. Más aún, aquella Bulgaria surgida de San Stéfano actuaba como un verdadero tentáculo de Rusia.
Inglaterra tampoco había quedado satisfecha con la situación. Los negociadores ingleses de San Stéfano habían recibido fuertes críticas por haber conseguido pocos resultados tras haber movilizado una poderosa flota, y en Inglaterra se veía con preocupación el aumento del poder de los rusos. Desde la derrota de Napoleón en Warterloo, los ingleses habían seguido con insistencia la estrategia de impedir que en el continente europeo se elevase una potencia militar y económica por encima de las demás; sus desvelos se orientaban a mantener siempre dos o tres potencias de igual nivel y enfrentadas entre sí. Por esa razón, cuando Prusia y Francia se enfrentaron en 1870 los ingleses se mantuvieron al margen todo lo que pudieron.
Entonces, los británicos Benjamin Disraeli y Robert Gascoyne-Cecil presionaron para que los acuerdos de San Stéfano fuesen alterados y se firmase un nuevo tratado en el que los intereses británicos quedasen a salvo. Fue en aquel momento cuando, muy oportunamente, se brindo el canciller alemán Otto Von Bismarck para ejercer como anfitrión y mediador desinteresado entre las partes. El congreso se celebró ese mismo año de 1878 en Berlín, y en él se acordaron claras modificaciones con respecto al anterior. Entre ellas, y como algo de capital importancia, se reducía la autonomía y el territorio de Bulgaria. Además, Bosnia y Herzegovina pasaban a ser controladas por el Imperio Austro-Húngaro. Era esta última disposición una forma de acallar las protestas de los austriacos y de evitar que aquella extensa región callese antes o después en la órbita de Rusia. Pero aquél era un regalo envenenado como más tarde pudo comprobarse, aunque en principio los diplomáticos de Austria-Hungría no se diesen cuenta de ello.
 
 
En efecto, el tratado de Berlín dejaba importantes cabos sueltos; y además, lo hacía adrede. Uno de estos cabos sueltos era la situación legal de Bosnia y Herzegovina. Porque evidentemente estos territorios dejaban de pertenecer al Imperio Otomano, pero tampoco se anexionaban al Imperio Austro-Húngaro, sino que quedaban simplemente bajo la autoridad de Francisco José y bajo la administración imperial. Esta situación indefinida de estos territorios fue resultado de los difíciles ejercicios de equilibrio diplomático que tuvo que hacer Bismarck. Por un lado debía contentar a Inglaterra e impedir que el poder de Rusia en los Balcanes fuese desmesurado; por otro debía evitar enfurecer a Rusia y permitirle la esperanza de que aquellos territorios de Bosnia y Herzegovina pasasen dentro de un tiempo impreciso a ser satélites del imperio del zar. La solución fue entregárselos a Austria-Hungria como una especie de protectorado de líneas difusas. El emperador Francisco José aceptó el trato porque pensaba, al igual que los rusos, que aquellos territorios serían asimilados fácilmente.
Grave error, porque Bosnia y Herzegovina eran un auténtico avispero. En principio porque convivían musulmanes y cristianos ortodoxos que habían luchado durante siglos entre sí en los tiempos de la dominación turca. Pero esto no era lo peor, porque lo más conflictivo era que en estos territorios vivía una importante comunidad serbia que deseaba ardientemente unirse con el resto de serbios que habían creado el belicoso y expansivo Reino de Serbia.
El mismo Bismarck reconocía que estos acuerdos no podían durar mucho y que en breve sería necesario reunir a las potencias europeas para alcanzar otro acuerdo que evitase la guerra. Para él lo importante era que Inglaterra aceptase la existencia del nuevo estado alemán que se había constituido en la Sala de Los Espejos de Versalles y que Francia permaneciese el mayor tiempo posible en la situación de decaimiento en que la había sumido la grave derrota de Sedán. En resumidas cuentas, se trataba de no levantar recelos y de hacer ver al resto de las potencias que nada había cambiado, cuando de hecho era todo lo contrario, la situación había cambiado drásticamente. Y quién más preocupación debía tener era Inglaterra, pues en el centro de Europa se había alzado un nuevo Estado poderoso y militarmente muy competente. Aquel Estado era Alemania, y Bismarck había sido el artífice que, con increible habilidad, había creado aquel gigante. Por supuesto, el equilibrio europeo se había roto, y esto es lo que quería Bismarck que pasase desapercibido. Sin embargo, el enfrentamiento parecía inevitable, porque Francia se sentía terriblemente humillada tras su derrota en Sedán y la proclaración de Guillermo I como emperador de Alemania en Versalles; en Francia todos pensaban en la revancha desde el comienzo de la Tercera República Francesa en Septiembre de 1870, cuando Napoleón III cayó prisionero dce los prusianos.
 
Imperio Alemán 1871-1918
 
Bismarck no deseaba la guerra. En dos ocasiones había utilizado el recurso de las armas para conseguir la unificación de los estados alemenes bajo la monarquía prusiana; la primera vez en 1866, en la guerra contra Austria; la segunda en 1870-71, en la guerra contra Francia. Pero una vez creado el Estado alemán, el canciller pensaba que Alemania había alcanzado unas fronteras aceptables, y que lo que necesitaba era un largo período de paz para consolidar lo conseguido. Más bien al contrario, creía que otra guerra sería muy perjudicial para la nueva Alemania, que al contrario de los anteriores, sería un enfrentamiento imprevisible, y que podría incluso desestabilizar a la joven potencia. En términos generales el emperador Guillermo I estaba de acuerdo con estos planteamientos y dejaba hacer a su canciller. Indudablemente, todavía quedaban comunidades de lengua germana que no estaban dentro del Reich, pero su integración en la gran unidad alemana debería esperar, al menos mientras la monarquía de los Habsburgo estuviese en pie.
Para mantener esta paz Otto Von Bismarck creo un complejo sistema de alianzas que modificaba constrantemente según fuesen evolucionando los acontecimientos. Prendido por este afán, llego a firmar en secreto un tratado de reaseguro con Rusia -Rückversicherungsvertrag- en 1887, que prometía la neutralidad alemana si Austria atacaba a Rusia.
El canciller Otto Von Bismarck al final de su vida.
 
Pero mantener la paz entre Austria-Hungría y Rusia era cada vez más difícil, pues ambas potencias competían por sus intereses en los Balcanes. En Rusia se había desarrollado una teoría de corte nacionalista conocida como paneslavismo. Según esta idea Rusia era la predestinada a unir a todos los pueblos de lengua eslava y religión cristiana ortodoxa de Europa bajo una misma bandera. Por supuesto, la religión jugaba un papel importantísimo en este proyecto, pues era uno de los elementos vertebradores de esta unidad eslava bajo la monarquía de los Romanov. Por esta razón, entre otras, Rusia hizo todo lo que pudo para apoyar los movimientos independentistas de serbios y búlgaros, contribuyendo activamente a la descomposición del Imperio Otomano.
Rusia apoyaba y protegía en especial a Serbia con la que mantenía una sólida alianza desde principios del siglo XIX. El pequeño estado balcánico se había forjado luchando contra la dominación turca hasta alcanzar legalmente la independencia en el tratado de San Stéfano en 1878, que luego fue ratificada en el Congreso de Berlín en el mismo año.
Aún así, Serbia no estaba satisfecha, ya que la numerosa comunidad de los sebios de Bosnia quedaba fuera del Estado de la Gran Serbia. Como en virtud del Congreso de Berlín los territorios de Bosnia y Herzegovina habían sido entregados a Austria-Hungria solo como una especie de protectorado, Serbia esperaba que, gracias al apoyo de Rusia, en breve tiempo conseguiría la incorporación de estas comunidades serbias al proyecto nacional de la Gran Serbia. Por eso, desde Belgrado se fomentaba el nacionalismo radical antiaustriaco entre los serbios de Bosnia.
Esta agitación orquestada desde Belgrado, preocupaba muchísimo en Viena, y ese estado de ánimo había derivado en la formación de una línea política que abogaba por la mano dura en Bosnia. El mismo emperador Francisco José  estaba de acuerdo con ello y tras sopesar la situación se decidió anexionar los territorios de Bosnia y Herzegovina en el año 1908, rompiendo con ello lo acordado en el Congreso de Berlín en 1878. Como se trató de un acto claramente ilegal, dio unos magníficos argumentos a Serbia para presentar la campaña de agitación que patrocinaba como algo justo y legítimo. El resultado directo de esta anexión ilegal fue la intensificación del sentimiento nacionalista entre los serbios de Bosnia y la formación de grupos dispuestos a la acción terrorista.
Serbia era un Estado en expansión y poseido de un fuerte sentimiento nacionalista. Con intención de ampliar su territorio por el Sur, alcanzó en 1912 un pacto con Bulgaria, Montenegro y Grecia para anexionarse Kosovo y repartirse la región de Macedonia, que todavía se hallaba en manos del Imperio Otomano. Los aliados atacaron a los turcos en Octubre de ese mismo año y obtuvieron una rápida y clara victoria. Mientras los búlgaros avanzaban por Tracia y amenazaban Constantinopla, los serbios lo hacían por el Sur y entraban en Albania. El frente turco se había derrumbado y los estados vencedores se disponían a anexionarse los territorios conquistados.
Aquello era más de lo que podía soportar Austria-Hungría, ya que temía que Serbia se convirtiese en el Estado más poderoso de los Balcanes; no había tiempo que perder y era necesario tomar la iniciativa para detener a Serbia. Con esta intención el gobierno austro-húngaro dio su apoyo a los albaneses, que reunidos en Vlorë declararon la independencia de Albania el 28 de Noviembre de 1912.
Sin embargo, las cosas no estaban tan mal para los intereses de Austria-Hungría, pues los búlgaros habían fracasado en su intento de conquistar Constantinopla a finales de Noviembre de aquel año de 1912. Fue entonces cuando Austria-Hungría, aliada con Alemania, elevó el tono de sus protestas e Inglaterra no tuvo más remedio que intervenir diplomáticamente en el asunto. Los ingleses ante todo querían evitar un enfrentamiento entre Serbia y el Imperio Austro-Húngaro, porque de ocurrir esto, sería inevitable que Rusia y Alemania se involucraran en la guerra; finalmente, la propia Inglaterra se vería arrastrada por el conflicto. Fue así como la diplomacia inglesa consiguió reunir a los beligerantes y sus aliados en Londres. Por un lado, Austria-Hungría, Alemania y los independentistas albaneses, por el otro, Serbia, Montenegro, Bulgaria y Grecia apoyadas por Rusia. El tercer interesado en la conferencia de paz era el Imperio Otomano, al cual se le aconsejaba ceder a las pretensiones de los vencedores con la garantía de seguir conservando Constantinopla.
Las conversaciones de paz comenzaron el 17 de Diciembre de 1912 y desde el principio se convirtieron en un enfrentamiento entre las partes. A pesar de todo, a finales de Enero de 1913 parecía que todos iban a ponerse de acuerdo, cuando un casmbio en el gobierno turco provocó la ruptura de las negociaciones y la reanudación de las hostilidades. De nuevo los búlgaros y los serbios obtuvieron algunas victorias, pero comenzaron a disputar entre ellos a la hora de repartirse el territorio conquistado. Como consecuencia de ello, y bajo la presión de Inglaterra, volvieron de nuevo a la mesa de negociaciones y firmaron el Tratado de Londres el 30 de Mayo de 1913.
En aquella mesa el Imperio Austro-Húngaro consiguió mucho sin haber participado en la guerra; fue todo un éxito de la diplomacia imperial, y pudo alcanzarse gracias al apoyo del Reich alemán. En principio se reconocía la independencia de Albania, con lo que se paralizaba la expansión serbia y se le negaba a este Estado una salida al mar Adriático, con la consecuente merma de posibilidades económicas y estratégicas que esto suponía. A cambio se intentaba compensar a Serbia anexionándole la mitad del territorio de Sandzak, próximo a Montenegro.
Pero a principios de aquel verano de 1913 los antiguos aliados y vencedores del Imperio Otomano no habían quedado satisfechos ni mucho menos con lo acordado en Londres y entraron en guerra entre ellos para disputarse los despojos del Imperio Turco. El problema estaba en que el Tratado de Londres solo había intentado tranquilizar a Austria-Hungría y evitar un conflicto con Inglaterra, pero no había establecido unas fronteras claras entre los vencedores de la que vino a llamarse Primera Guerra de los Balcanes. Siendo Bulgaria las más beneficiada en este reparto territorial, Serbia, Montenegro y Grecia le declararon la que se llamaría Segunda guerra de los Balcanes, que tan solo duró 33 días, y que acabó con la derrota de Bulgaria cuando Rusia se inclinó por apoyar a Serbia, su mejor aliado en la zona, e intervinieron´en un segundo monento, Rumanía y el Imperio Otomano.
Todos combatieron contra Bulgaria, así la derrota de este Estado fue total; como consecuencia perdió gran parte del territorio conquistado anteriormente. La paz se firmó en Bucarest el 10 de Agosto de 1913, pero ninguno de los firmantes quedó contento. Serbia se consolidaba como la gran potencia de la zona, pero carecía de una salida al mar, objetivo que solo podía conseguir anexionándose los territorios de Bosnia y Herzegovina. La dificultad estribaba en que Austria-Hungría se le había adelantado anexionándoselos en 1908.
 
 
Las dos guerras balcánicas habían puesto a Europa al borde del abismo. Había faltado muy poco para que las grandes potencias interviniesen en el conflicto y se enfrentasen entre ellas. Los tiempos de Bismarck hacía tiempo que habían pasado. El mariscal alemán había visto el ocaso de su poder cuando en 1888 Guillermo I de Alemania murió a los 91 años de edad. Le sucedió en el trono su hijo Federico Guillermo que también murió tras un breve reinado de 99 días y tras él subió al trono Guillermo II, un joven de 28 años que encarnaba el amanecer del nacionalismo alemán, de la técnica y del poder. Los caracteres del nuevo monarca y su canciller eran demasiado opuestos y sus criterios divergentes; Guillermo era un joven impetuoso, con ambición de ejercer el poder. La pugna entre los dos fue durísima, pues Guillermo deseaba restar poder al canciller de su abuelo y, finalmente, Bismarck fue invitado a redactar su dimisión en Marzo de 1980. El viejo canciller prusiano murió en 1898.
 
Guillermo II de Alemania
 
 Sin embargo, Bismarck había creado escuela y la Realpolitik era practicada en todas las cancillerías europeas. La prueba más clara de ello es lo acordado en Londres en Mayo de 1913. Quedó allí muy claro que ninguna de las grandes potencias deseaba la guerra; la declaración de independencia de Albania demostró que Rusia prefería ceder en esto y evitar así la guerra entre Austria-Hungría y Serbia. Años antes, cuando en 1908 el emperador Francisco José decidió anexionarse Bosnia Herzegovina contra todo derecho, las potencias no hicieron apenas nada para evitarlo; todo ello para mantener la paz.
A pesar de lo anteriormente dicho, a finales de 1913 todos sabían que la Realpolitik tenía un límite, que no se podía estar eternamente acordando tratados que permanecían vigentes durante un par de semanas, o a lo sumo un par de meses. En el fondo, todos creían inevitable un enfrentamiento entre las grandes potencias europeas; sobre todo porque al problema de los Balcanes se había sumado la cuestión del repartimiento colonial, que había creado numerosos puntos de fricción, y que se había intentado resolver con la cada vez menos eficaz Realpolitik.
Lo que había quedado claro a finales del verano de 1913 es que en Europa se habían ido formando dos bloques de alianzas antagónicos entre sí. El más sólido parecía ser el de las potencias centrales, es decir, la alianza entre Alemania y Austria-Hungría, al que después se uniría el Imperio Otomano por oprtunismo estratégico. El otro bloque tenía menos coherencia, pues su origen estaba en la alianza entre Rusia y Francia. Ambos eran estados de carácterísticas opuestas, Rusia era una monarquía anclada en el antiguo régimen y remisa a llevar a cabo reformas democráticas; Francia era una República burguesa que, sin embargo, ya había cedido en el reconocimiento de numerosos derechos políticos y sociales. Desde un punto de vista formal Inglaterra era aliada de estas dos potencias, pero esta alianza no llegó a reafirmarse hasta que los alemanes invadieron Bélgica el 4 de Agosto de 1914.
 
 Alianzas Europeas en 1914.
 
Todos daban por hecho que la situación en los Balcanes volvería a estallar en breve y que cada vez sería más difícil evitar el enfrentamiento entre Rusia y Austria-Hungría. La agitación era especialmente alta en Bosnia-Herzegovina, donde la población de origen serbio se organizaba clandestinamente para sublevarse contra los Habsburgo. Toda esta agitación se organizaba desde Belgrado, con intervención directa del gobierno serbio. En Viena había un sector político importante que era partidario de la represión, y si hacía falta del enfrentamiento directo con Serbia; pero también se había extendido la opinión de que era imprescindible realizar una serie de reformas democráticas que alcanzasen a todos los territorios del Imperio, en especial a los eslavos, para de este modo dejar sin argumentos políticos a Rusia y Serbia y desctivar la estrategia del paneslavismo y la sublevación nacionalista. Uno de los que defendían esta última teoría era el mismísimo heredero imperial Francisco Fernando, del que hemos hablado anteriormente.
Francisco Fernando pensaba que no tardaría mucho en ser coronado emperador, pues Francisco José I de Austria era ya de muy avanzada edad. Su preocupación era grande, porque la dinastía de los Habsburgo parecía dirigirse hacia su fin si no se llevaban a cabo importantes reformas en la estructura del Estado. Con intención de reforzar su popularidad se había dedicado durante los últimos años a realizar visitas a los distintos territorios del imperio y en Junio de 1914 con ocasión de unas maniobras militares en Bosnia se le ofreció la oportunidad de visitar Sarajevo, llevar a cabo unos actos culturales, reunirse con las autoridades locales y hacerse visible al pueblo. La fecha elegida para la visita era el 28 de Junio.
Entre los serbios de Bosnia se habían organizado numerosos grupos nacionalistas que practicaban el terrorismo y el asesinato político como medio para alcanzar sus objetivos. El intento de atentado contra Marijan Beresanic, gobernador de Bosnia y Herzegovina en 1910 fue la excusa perfecta para llevar a cabo una dura represión contra los campesinos bosnios y radicalizó aún más a los grupos nacionalistas que buscaban la unión con Serbia.
Desde Belgrado se financiaba y se proveía de armas a estos grupos radicales; se disponía de abundantes militantes nacionalistas, reclutados muchos de ellos entre el campesinado, que estaban dispuestos a arriesgar sus vidas en un atentado contra las autoridades austro-húngaras.
La oportunidad que representaba la visita a Sarajevo del heredero imperial era una ocasión que había que aprovechar. Desde Belgrado se interpretaba que Francisco Fernando era el peor enemigo de la causa serbia, porque su proyecto de crar un estado federal, donde las distintas comunidades contaran con sus respectivos parlamentos y sus propios órganos de gobierno suponía desarmar la propaganda de la opresión y la tiranía que se ejercía contra los eslavos en general y contra los sebios de Bosnia en particular.
El atentado fue organizado desde Belgrado por el jefe de la inteligencia militar serbia, el coronel Dragutin Dimitrijevic y su mano derecha, el mayor Vojislav Tankosic. Ambos utilizaron como instrumento a la "Mano Negra", organización terrorista de nacionalistas serbios que también era conocida con el nombre de "Unificación o Muerte". Tankosic reclutó y entrenó en Belgrado a un grupo de serbobosnios, les proporcionó armas e instrucciones, así como medios para suicidarse en caso de que fuesen capturados. A mediados de Junio de 1914 el grupo estaba preparado para cometer el atentado y en la mañana del 28 de Junio el comando terrorista se apostó a lo largo de la ruta de la comitiva Imperial. Entre ellos se encontraba Gavrilo Princip, joven nacionalista radical serbobosnio que deseaba desde hacía años atentar contra las autoridades austro-húngaras.
 
Gavrilo Princip, asesino de Francisco Fernando de Austria.
 
Francisco Fernando de Austria-Hungría llegó a Sarajevo acompañado de su esposa Sofía Chotek y se organizó una comitiva compuesta por seis coches. Francisco Fernando y Sofía iban en un coche descapotable colocado en el centro de la comitiva, que marchaba en dirección al Ayuntamiento de Sarajevo; entonces, uno de los terroristas, Cabrinovic, les arrojó una bomba que rebotó en el vehículo y explotó bajo el coche que le seguía.
Cuando Francisco Fernando, ileso, llegó poco después al Ayuntamiento de Sarajevo, se mostró nervioso e irritado y decidió dirigirse al hospital, acompañado por Sofía, para visitar a los heridos del atentado.
 
Francisco Fernando y Sofía a la salida del Ayuntamiento de Sarajevo.
 
De nuevo el coche se puso en marcha, intentando evitar el centro de la ciudad. Dirigiéndose hacia el hospital por una ruta más discreta tuvieron la mala fortuna de toparse con Gavrilo Princip, que habiendo visto como el atentado fracasaba, se había dirigido hacía la zona de Sarajevo por donde cruzaba el coche del heredero imperial. Viendo la oportunidad y sin pensarlo mucho, Princip, se acercó al automóvil, que maniobraba penosamente en una curva. En ese momento, la fortuna que tantas veces había sonreido a Francisco Fernando, lo abandonó, pues el motor del coche se paró en la maniobra y Gavrilo Princip pudo disparar con toda facilidad sobre los ocupantes del vehículo. Francisco Fernando recibió un disparo en el cuello y Sofía Chotek otro en el abdomen. Princip fue detenido en ese mismo momento.
Captura de Gavrilo Princip en el momento del atentado.
 
Francisco Fernando, heredero del Imprio Austro-Húngaro y su esposa, la duquesa Sofía Chotek murieron instantes después. Todos los involucrados en el atentado fueron capturados y puestos a disposición de la justicia; el juicio se celebró, ya en plena guerra, entre el 12 y el 23 de Octubre de 1914. El veredicto fue dictado el día 28 de ese mismo mes; en él se decía:  "El tribunal considera probado por las pruebas que tanto la Narodna Odbrana como ciertos círculos militares del Reino de Serbia responsables de los servicios de espionaje, colaboraron con la conspiración".  Como Princip no tenía aún 20 años de edad al momento de cometer el crimen, se salvó de la pena de muerte y fue condenado a 20 años de prisión.
 Juicio del atentado de Sarajevo. Gavrilo Princip es el del centro de la primera fila.
 
El atentado de Sarajevo provocó una ola de indignación en Viena, sobre todo cuando las primeras investigaciones apuntaban al gobierno de Serbia como el inspirador del asesinato. La situación requería rapidez y el Ministerio de Asuntos Exteriores, situado en la  Ballhausplatz, se puso en movimiento; era necesario dar una respuesta adecuada a la agresión de que había sido objeto el Imperio Austro-Húngaro. En Ballhausplatz se había reunido un grupo de jóvenes políticos y altos funcionarios que eran partidarios de responder declarando la guerra a Serbia. Probablemente el más prudente de ellos era el propio ministro de Asuntos Exteriores, el conde Leopold Von Berchtold. Era un hombre que llevaba dos años en el cargo y que se había mostrado comedido en el cargo durante la guerra de los Balcanes, pero que había acabado pensando que la política del apaciguamiento y las concesiones con Serbia no llevaban a ningún sitio; además estaba convencido de que la expansión de la influencia rusa en los Balcanes significaba el fin de la monarquía de los Habsburgo. A pesar de haber nacido en Viena estaba muy vinculado a Hungría, donde su familia poseía extensas propiedades; su influencia aumentó cuando contrajo matrimonio con la hija de uno de los más ricos aristócratas húngaros. Esta estrecha relación con Hungría fue la causa de que Berchtold trajese al Ministerio de Exteriores a numerosos colaboradores húngaros; todos ellos partidarios de la mano dura en Bosnia y del enfrentamiento militar con Serbia.
Leopold Von Berchtold
 
Los húngaros en general no eran partidarios del proyecto político de Francisco Fernando, y pensaban que el nuevo Estado federal que planteaba y la extensión de derechos a los eslavos del Imperio acabaría perjudicándoles al situarles a todos en el mismo plano con respecto a Viena.
El hombre de confianza de Berchtold en  Ballhausplatz era su jefe de gabinete, el conde Alexander Von Hoyos, cuya familia también poseía valiosas propiedades en Hungría. Von Hoyos se destacaba como uno de los más claros partidarios de la guerra con Serbia y se había convertido en líder de un grupo de diplomáticos conocidos como los "Jóvenes Rebeldes", que estaban a favor del recurso bélico como solución a la cuestión eslava.
Alexander Von Hoyos.
 
Desde principios de Julio de 1914 la policía austro-húngara conocía la implicación de Serbia en el atentado. Todos los terroristas que habían intervenido directamente en el asesinato habían sidi capturados y se había obtenido mucha información de ellos. Se sabía que al menos tres de ellos habían sido entrenados en Serbia, desde donde habían entrado en Bosnia de forma clandestina; uno de estos tres era Gavrilo Princip. También se averiguo que las bombas, las armas y otro material había sido proporcionado directamente por los servicios de espionaje serbios. Y lo peor es que se sospechaba que el gobierno ruso estaba al tanto de la preparación del atentado.
Austria-Hungría exigió a Serbia una investigación a fondo entre los miembros de la inteligencia militar serbia que eran sospechosos de pertenecer a la "Mano Negra" y de haber organizado el atentado de Sarajevo; sin embargo, la respuesta de la diplomacia serbia fue evasiva, queriendo dar a entender que el Estado Serbio era totalmente ajeno a los acontecimientos de Bosnia.
Von Berchtold no quería dar un solo paso sin tener los apoyos que creía imprescindibles; era partidario de declarar la guerra a Serbia, pero no pensaba hacerlo sin el apoyo de Alemania; para conseguirlo el 4 de Julio envió a Berlín al conde Von Hoyos. Era su hombre de confianza, y además, un diplomático competente que estaba convencido de que la guerra con Serbia no solo era una solución adecuada al problema, si no que era inevitable. El día 5 de Julio Von Hoyos se reunió con el Subsecretario de Estado alemán Arthur Zimmermann y presentó una serie de cartas en las que se argumentaba sobre las intenciones de Rusia de hacerse con el control de los Balcanes utilizando su alianza con Serbia; entre las cartas se hallaba una del propio emperador de Austria-Hungría, Francisco José, llamando a cumplir la alianza establecida entre los dos imperios. Presentados estos documentos ante el Káiser Guillermo II, este mantuvo una reunión con su canciller, Bethmann Hollweg, y decidió confirmar sus compromisos con el emperador de Austria-Hungría. Al día siguiente Bethmann Hollweg y Zimmermann se reunieron con Hoyos y le informaron de la decisión del Káiser. 
El 7 de Julio de 1914 Alexander Von Hoyos volvió a Viena con el mensaje que aseguraba que Alemania apoyaría a Austria-Hungría en cualquier situación en el conflicto con Serbia; incluso si ello tenía como consecuencia llegar al enfrentamiento militar.
Los partidarios de la guerra habían conseguido remover algunos obstáculos que les impedían alcanzar su objetivo, pero no eran conscientes del terrible proceso que habían puesto en marcha.
Ese mismo 7 de Julio se reunió el Consejo de Ministros, oficiando Hoyos como secretario, y se planteó directamente la declaración de guerra a Serbia. No obstante se alzaron algunas voces en contra; entre ellas la del Primer Ministro de Hungría, Esteban Tisza, que argumentó que la declaración de guerra exigía una base jurídica en la que apoyarse. El consejo de Ministros decidió entonces exigir a Serbia unas demandas que fuesen muy difíciles de cumplir; Tisza pidió que las demandas fuesen difíciles, pero no imposibles.
 
 Esteban Tisza, Primer Ministro de Hungría.
 
El 9 de Julio Berchtold aconsejó a Francisco José I que presentara un ultimátum a Belgrado con las demandas que se habían planteado anteriormente y el 12 de Julio mostró el contenido del mismo a Heinrich Von Tschirschky, embajador de Alemania en Viena. Ambos convinieron que las exigencias de dicho ultimátum eran casi imposibles de cumplir por Serbia y que aquello desencadenaría la guerra. El gobierno alemán creía no solo que la guerra era inevitable, si no que era necesaria para Alemania; esta teoría tenía muchos partidarios en el Reich, pues pensaban que la estrategia de la Realpolitik de Bismarck, a la larga, había acabado perjudicando a Alemania, y por lo tanto, se imponía un golpe de fuerza. Los manejos de los partidarios de la guerra en Alemania llegaron hasta el punto de embarcar al Kaiser Guillermo en un crucero por el Mar del Norte porque le consideraban indeciso y débil a la hora de comprometerse totalmente en la empresa bélica. De esta forma, la presión de la diplomacia alemana para que Austria-Hungría declarase la guerra rápidamente a Serbia iba en aumento.
El 19 de Julio el Consejo de la Corona de Austria-Hungría redactó de manera definitiva el ultimátum que fue presentado a Serbia el día 23 de Julio de 1914. Las demandas que se exigían a Serbia eran las siguientes:
  1. Suprimir todas las publicaciones que incitasen al odio contra la Monarquía Austro-Húngara. 
  2. Disolver la sociedad Narodna Odbrana (Defensa del Pueblo) y todas las demás asociaciones nacionalistas serbias.
  3. Eliminar de la Enseñanza Pública Serbia todos los libros y documentos de propaganda contra Austria-Hungría y depurar a los docentes que hiciesen dicha propaganda.
  4. Retirar del servicio militar y de la administración en general a todos los funcionarios culpables de hacer propaganda contra Austria-Hungría.
  5. Permitir la colaboración de Austria-Hungría en la supresión del movimiento nacionalista subversivo serbio.
  6. Iniciar procedimientos judiciales contra los implicados en el atentado del 28 de Junio que se encontrasen en territorio serbio, todo ello bajo la dirección del Gobierno Austro-Húngaro. 
  7. Arresto del mayor Tankosic Voja y del funcionario público Milan Ciganovic, ambos participantes en el complot del asesinato.
  8. Acabar con el tráfico de armas y explosivos en la frontera con Bosnia-Herzegovina y castigar a los funcionarios que hubiesen participado en él.
  9. Dar explicaciones al Gobierno Austro-Húngaro sobre las declaraciones hostiles de algunos altos funcionarios serbios.
  10. Notificar sin demora a Austria-Hungría sobre la ejecución de estas medidas.
Serbia debía responder a este ultimátum antes de las cinco de la tarde del sábado 25 de Julio de 1914; si no lo hacía, el embajador de Austria-Hungría en Belgrado, el barón Von Gieslingen, debía abandonar la embajada con todo su personal.
La misma noche el 23 e Julio, el príncipe Alexander, regente de Serbia, se dirigió a la embajada de Rusia para solicitar ayuda en caso de que estallase la guerra.
 Príncipe Alexander, Regente de Serbia.
 
Pero el Ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergey Sazonov, aconsejó a Alexander que hiciese todo lo posible para cumplir todos los términos del ultimátum, puesto que Rusia no se encontraba en condiciones de mantener una guerra contra Alemania y Austria-Hungría, ya que aún no había completado la reforma de su ejército, anticuado y poco eficaz. 
Los rusos, efectivamente, necesitaban ganar tiempo. Considerabn que un enfrentamiento en aquel momento sería de dudoso resultado, y en todo caso necesitaban unas semanas más para movilizar un enorme ejército; conocían la superioridad dl ejército del Reich y sabían que su única posibilidad era organizar un frente al que enviar grandes masas e combatientes.
Por esa razón, Sazonov pidió al Gobierno Austro-Húngaro que ampliase el plazo del ultimátum; a lo que Viena se negó.
Sergey Sazonov, Ministro de asuntos exteriores de Rusia.
 
El gobierno serbio declaró que estaba dispuesto a hacer un esfuerzo y cumplir con la mayoría de las exigencias del ultimátum, pero de ninguna manera permitiría el control de Austria-Hungría sobre la policía serbia y los procedimientos judiciales a que diesen lugar las investigaciones. Esto último daba a los partidarios de la guerra un buen argumento para declarar que la situación no tenía otra salida que el enfrentamiento bélico.
En este sentido, en Alemania se había producido una división en el gobierno; por un lado el Káiser Guillermo II y algunos diplomáticos como Lichnowsky, embajador de Alemania en Londres que pensaban que el conflicto se extendería por toda Europa y acabaría en catástrofe; por otro lado estaban el canciller Bethmann Hollweg, el ministro de Asuntos Exteriores  Von Jagow, el subsecretario de Estado Arthur Zimmermann y los militares Moltke El Joven y Falkenhayn que afirmaban que un ataque rápido proporcionaría al Reich una victoria aplastante y que Inglaterra y Francia no se atreverían a intervenir.
Theobald von Bethmann Hollweg, Canciller del Reich.
 
El ministro de Asuntos Exteriores británico, Sir Edward Grey, intentó mediar pidiendo a Austria-Hungría que rebajase un poco las demandas del ultimátum, pero la diplomacia de Viena se negó rotundamente y el día 25 de Julio de 1914, vencida la hora del plazo, el emperador Francisco José firmó una orden de movilización del ejército austro-húngaro y su embajador dejó Belgrado. Mientras Rusia y Francia se movilizaban, Edward Grey manifestó al embajador Lichnowsky que Inglaterra no deseaba la guerra contra Alemania y que el conflicto todavía podía resolverse exclusivamente entre Austria-Hungría y Serbia, lo que fue interpretado por la diplomacia alemana como la confirmación de que la alianza entre Rusia, Francia e Inglaterra estaba rota.
Edward Grey, ministro de Asuntos Exteriores británico.
 
Aunque el jefe de la diplomacia Austro-Húngara, Von Berchtold, rechazó las propuestas de Grey, este último volvió a enviar el 27 de Julio una propuesta de paz, argumentando que si no se volvía a las conversaciones Inglaterra se vería obligada a intervenir aliándose con Rusia y Francia. Por otra parte el embajador de Alemania en París fue informado de que Francia deseaba hacer todo lo posible por evitar la guerra y que haría valer toda su influencia en San Petersburgo si Berlín convencía a Viena para que volviese a la senda diplomática.
Todavía Grey hizo una última propuesta el 28 de Julio para convocar una conferencia de paz entre Inglaterra, Alemania, Francia e Italia, con la intención de evitar la internacionalización del conflicto; sin embargo, ese mismo día Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia a las 11 de la mañana y el 29 de Julio Belgrado fue bombardeado por la artillería austro-húngara desde las orillas opuestas del Danubio y del Sava.
Esos días entre el 28 de Junio de 1914, en que fue asesinado el heredero de la Corona austro-húngara, y el 28 de Julio de 1914, en que Viena declaró la guerra al Reino de Serbia, son conocidos en la Historiografía con el nombre de Crisis de Julio. En un solo mes de aquel verano de 1914 se desmoronó toda la estrategia que los británicos habían practicado durante un siglo, y que consistía en evitar a toda costa que en Europa se alzara una potencia por encima de los demás Estados y se configurase una situación semejante a la del período napoleónico. Por eso, la diplomacia inglesa, encabezada por Grey fracasó al intentar reducir el asunto a otra guerra balcánica, cuando lo que de verdad estaba en juego era quién iba a dominar Europa en el siglo XX. Así lo entendieron los partidarios de la guerra en Alemania; entre ellos, y el que más, Moltke El Joven, que estaba seguro de que una acción rápida del ejército alemán desarticularía las defensas de Rusia y Francia.
El día 30 de Julio el Zar Nicolás II de Rusia ordenó la movilización de su ejército y envió un mensaje al Káiser Guillermo II informándole de ello; al día siguiente el Consejo de la Corona de Austria-Hungría decidió continuar con su ofensiva contra Serbia, a pesar de que ya era evidente que Rusia le declararía la guerra.
El Káiser Guillermo declaró entonces que Rusia y Francia habían acordado entre ellas destruir Alemania, y que Inglaterra no había jugado limpio, pues con la apariencia de mantener el equilibrio europeo lo que en realidad había estado haciendo era defender sus intereses a costa de los intereses del Reich. De esta manera Alemania le declaró la guerra a Rusia el 1 de Agosto de 1914.
El Zar Nicolás II de Rusia.
 
El 2 de Agosto de 1914 el ejército alemán invadió Luxemburgo como primer paso para entrar en Bélgica y desde allí dirigirse a París. Todo ello se hizo siguiendo el denominado Plan Schlieffen, llamado así por haberlo ideado el conde Alfred von Schlieffen. Según dicho plan, en una hipotética guerra contra Francia y Rusia a la misma vez, el éxito radicaría en lanzar un ataque relámpago contra Francia y tomar París lo más rápidamente posible, porque Rusia se mostraba muy lenta en organizar y desplazar su enorme ejército, y esto daría la oportunidad al ejército alemán de derrotar primero a Francia, y después, actuando en un solo frente, a Rusia.
El día 3 de Agosto el Gobierno alemán, tras declarar la guerra a Francia, solicitó formalmente paso libre para su ejército al Gobierno belga; Alberto, rey de los belgas rechazó la petición. Ante la negativa el día 4 de Agosto Alemania invadió Bélgica. Ese mismo día Inglaterra declaró la guerra a Alemania. 
Soldados franceses en combate.
 
Había comenzado la Primera Guerra Mundial. En aquellos primeros días de Agosto de 1914 el ambiente que se respiraba en las principales ciudades europeas era de euforia; los jóvenes corrían a alistarse, y en los cafés y las cervecerías animados grupos de ciudadanos entonaban canciones y lanzaban vivas y gritos patrióticos. Muchos de ellos morirían en los primeros meses de aquella guerra. Lo cierto es que casi todos pensaban que la guerra sería corta, que la paz y la victoria llegarían antes de que acabase aquel fatídico año. Como pudieron comprobar con amargura, estaban equivocados; la guerra se prolongó hasta Noviembre de 1918 y en ella murieron aproximadamente ocho millones de personas y seis millones más quedaron con graves secuelas físicas y psicológicas. Todos vieron el comienzo de aquel enfrentamiento bélico desde una perspectiva del siglo XIX; lo imaginaron repleto de vistosas guerreras, dorados galones y entorchados. Muchos pensaron que combatían por el honor de su patria, y todos en general acudieron al frente embargados por un sentimiento de exaltación nacional.
Llama la atención la enorme falta de responsabilidad de los políticos de aquel tiempo, que fueron incapaces de resolver los conflictos de manera pacífica y que en todo momento estuvieron más atentos a su promoción personal que a los intereses de un pueblo a menudo engañado con burdas consignas plagadas de falsedades.
Desde luego en aquel verano de 1914 ni los ciudadanos, ni los políticos y aristócratas que tenían el poder supusieron que aquella guerra se convertiría en un infierno en el que el honor y la gloria no tenían cabida. Jamás pensaron que su mundo se estaba viniendo abajo y que a partir de aquel año el mundo cambiaría radicalmente. De hecho el siglo XX comenzó realmente en 1914. Al final de la guerra desaparecieron tres de las monarquías más antiguas de Europa, los Romanov de Rusia, los Habsburgo de Austria-Hungría y los Hohenzollern de Prusia, y surgió en Europa un nuevo poder, el socialismo, que marcaría la Historia del continente durante todo el siglo.
Los recursos humanos malgastados fueron impresionantes; y en realidad Europa nunca se recuperó del todo, ya que comenzó un inexorable declive que abriría las puertas a la hegemonía de otras potencias de otros continentes.
En general, el mundo de la política y los dirigentes demostraron tal torpeza que fueron incapaces de cerrar la herida abierta cuando se firmó la paz, y como consecuencia el continente tendría que padecer algunos años después un segundo enfrentamiento bélico que acabaría en 1945.
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