REY JOSÍAS

 

Este artículo ha sido escrito íntegramente en base a las investigaciones y publicaciones de Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman.

 
 
" A ti, Judá, te alabarán tus hermanos;
tu mano pesará sobre la nuca de tus enemigos,
los hijos de tu padre se postrarán ante ti.
Cachorro de león es Judá;
de la presa has subido, hijo mío.
Está agazapado, tendido cual león,
ocomo leona. ¿Quién se atreverá a desafiarla?
No se apartará de Judá el cetro,
ni de entre sus pies el bastón de mando,
hasta que se le ofrezca el tributo
y los pueblos le obedezcan."
Génesis 49:8-10
 
Con estas palabras pronunciadas por Jacob, proclama el Génesis la supremacía de la tribu de Judá sobre el resto de las tribus de Israel. Hasta ese momento, el primer libro de la Biblia se había limitado a narrar las vicisitudes de los patriarcas en las tierras de Canaán y poner de manifiesto que Dios había hecho una alianza con Abraham, el primero de ellos. De hecho, Judá, progenitor de la tribu del mismo nombre, aparece como un personaje poco importante en el relato del Génesis, excepto en el pequeño cuento donde se narra lo que le ocurrió con su nuera en el capítulo 38 ; historia en la que su imagen no queda bien parada. Porque en realidad, en el Génesis, de los hijos de Jacob solo es exaltado José, el más querido por su padre. A él se le dedican los capítulos 37 al 48, excepto el 38, dedicado a la historia de Judá y Tamar, como hemos dicho anteriormente. Por si fuera poco, en el capítulo 50, último del Génesis, donde se narran las exequias de Jacob, quien se encarga de todos los detalles del funeral es José. El Génesis acaba con estas palabras:
"Murió José a la edad de ciento diez años. Lo embalsamaron, y fue colocado en un sarcófago en Egipto."
Posible ubicación de la región de Gosén, donde se estableció José.
 
Pero en el Génesis ya queda claro cuando Jacob bendice a sus hijos, que la descendencia de Judá tendría el cetro en sus manos y reinaría sobre el resto de las tribus de Israel. No cabe duda de que con ello se hace referencia a la casa del rey David, que según se dice en el Segundo Libro de Samuel, en el Primer Libro de los Reyes y en el Primero y Segundo Libro de Las Crónicas, reinó sobre toda la tierra de Israel y sometió a sus vecinos. También se dice en el Primero y Segundo Libro de los Reyes y en el Segundo Libro de Las Crónicas que los descendientes de David reinaron en Judá hasta la destrucción de Jerusalén en 588 a. C. 
 Sin duda algo había ocurrido durante la edición de la Biblia para que se hubiese producido un quiebro tan importante después del Pentateuco ( Los Cinco Libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio ). El capítulo 49 del Génesis donde se hace referencia a la dignidad real de la tribu de Judá es claramente un texto intercalado en tiempos posteriores.
Los redactores de la Biblia realizaron una labor titánica, pues debieron ensamblar una gran cantidad de textos de diversa procedencia y que fueron escritos en distintas épocas. Además, recopilaron un buen número de tradiciones orales procedentes de distintos lugares de Oriente Próximo. Todo esto se desprende del sistemático estudio de los textos bíblicos, gracias al cual se pueden distinguir en el Pentateuco al menos cuatro fuentes documentales distintas, conocidas por los estudiosos con los nombres J, E, P y D.
En la fuente J, procedente de Jerusalen, siempre se utilizan las letras YHWH para nombrar a Dios. En la fuente E, procedente del norte del país, siempre se utilizaban las palabras Elohim o El para nombrar a Dios. La fuente P está compuesta por un tratado escrito por los sacerdotes, de ahí su interés por las cuestiones del culto y la pureza. La fuente D es el Deuteronomio, que posee un mensaje y estilo propios. 
Estas fuentes a menudo daban versiones distintas de un mismo acontecimiento, de ahí que sean frecuentes las repeticiones, y a veces las contradicciones. La labor de ir uniendo todos estos documentos de manera coherente y armoniosa fue sin duda una tarea muy difícil, en la que hubieron de intervenir muchas personas, escribas, sacerdotes y funcionarios. A veces se nota mucho el trabajo de enlace que tuvieron que llevar a cabo los escribas compiladores, que consiste a menudo en frases de transición y excursos editoriales. Estos últimos pasajes han sido denominados como R por los estudiosos. 
Torah hebrea, correspondiente al Pentateuco cristiano.
 

Hasta principios del Siglo XX los estudiosos creían firmemente que el Pentateuco había sido escrito en tiempos muy anteriores al resto de los libros que componen la Biblia. Algunos de ellos incluso creían que Levítico, Números y Deuteronomio habían sido escritos por el mismo Moisés, al cual daban categoría de personaje plenamente histórico. Y no solo esto; muchos pensaban que las andanzas de los patriarcas que se narran en el Génesis eran en su mayor parte fieles a la realidad histórica, es decir, se referían a acontecimientos que efectivamente habían ocurrido en el pasado. Por tanto, la bendición de Jacob, donde se otorga la dignidad real a los descendientes de Judá, sería una profecía que luego fue corroborada por los hechos, cuando el rey David se hizo con el trono de Israel.

Según esta teoría en la Biblia se narra de manera fiel la historia de una familia, la de Abraham, Isaac y Jacob, que acaba convirtiéndose en una numerosa nación en cumplimiento de la promesa divina, y que finalmente se organiza en un reino unificado bajo la dignidad real de David y sus descendientes, pertenecientes a Judá, una de las doce tribus de Israel. Sin embargo, hemos visto que en el Pentateuco se distinguen varias fuentes distintas que a menudo dan versiones diferentes de un mismo acontecimiento y que a veces se contradicen. También hemos dicho que se hace evidente la mano de los redactores intercalando expresiones y frases de enlace entre los distintos textos. Esto hace sospechar que el Pentateuco fue redactado en tiempos muy posteriores a los que se suponía y casi a la par de otros textos de la Biblia como Josué, Jueces, Samuel y Reyes.

Concretando; lo que queremos decir es que el núcleo documental de la Biblia fue redactado en un corto período de tiempo que va desde mediados del Siglo VIII a. C. hasta finales del Siglo VII a. C.; en total, poco más de cien años. Esta teoría, contraria a la que afirma que los libros más antiguos de la Biblia comenzaron a redactarse a finales del segundo milenio, se apoya en diversos argumentos que tienen su base en el ejercicio de contrastar los textos con los hallazgos arqueológicos. El libro del Génesis está plagado de detalles que siendo en sí mismos claros anacronismos, nos ponen en la auténtica pista. Por ejemplo, los patriarcas aparecen como padres de varias naciones, como Amón, Moab ( Génesis 19:30-38 ) y Edom ( Génesis 25:23 ), las cuales no hicieron su aparición en la Historia hasta el Siglo VIII, justamente cuando comenzó la redacción de la Biblia. Si los patriarcas habían recorrido Canaán en la primera mitad del segundo milenio es imposible que mantuviesen relación alguna con aquellos pueblos. Lo mismo ocurre con los filisteos, que son nombrados en el Génesis, siendo ellos un pueblo que se estableció en la costa mediterránea del sur de Canaán a finales del Siglo XIII a. C., y que no alcanzaron un alto grado de urbanismo hasta finales del Siglo X. Es más, en el Génesis, hablando sobre Isaac, se nombra a la ciudad filistea de Guerar como un gran centro urbano ( Génesis 26:1 ), ocurriendo que aquella población no alcanzó la categoría de asentamiento urbano hasta finales del Siglo VIII, cuando el imperio asirio comenzó a controlar la región.

Si los patriarcas habían vagado por tierras de Canaán en la primera mitad del segundo milenio como se había supuesto durante tanto tiempo, era imposible que hubiesen mantenido relaciones con los arameos, que se establecieron al norte de Galilea solo a partir de 1100 a. C. Sin embargo, en la Biblia se relaciona a todos los patriarcas con los arameos, especialmente a Jacob, en textos E, originarios del norte de Canaán. En el Deuteronomio se llega a describir a Jacob como “un arameo herrante” ( Deuteronomio 26:5 ). En realidad fue a principios del Siglo IX cuando el reino de Aram-Damasco, fronterizo por el norte con el reino de Israel, comenzó a ejercer influencia en Canaán.

Uno de los anacronismos más chocantes es el que encontramos en la importantísima historia relatada en el Génesis  en la que los hijos de Jacob venden como esclavo a su hermano José a unos comerciantes ismaelitas, es decir, árabes, que hacían la ruta del Sinaí que llevaba hasta Egipto ( Génesis 37:25 ).  Aquellos comerciantes transportaban sus productos en camellos según el texto bíblico; sin embargo el camello no fue domesticado y utilizado como animal de carga hasta finales del segundo milenio. Otro dato significativo es el tipo de mercancías que transportaban aquellos camellos: goma, bálsamo y mirra, los principales productos del lucrativo comercio árabe floreciente en los siglos VIII-VII a. C.

Es, por tanto, evidente que la inmensa mayoría de los elementos ambientales en que se desarrollan los acontecimientos que se narran en el Pentateuco corresponden a los siglos VIII y VII a. c., y no al segundo milenio. Esto apoya firmemente la teoría de que el contenido básico de la Biblia fue escrito entre mediados del Siglo VIII y finales del VII.

La Canaán de los Patriarcas.
 

No puede caber duda de que la Biblia fue redactada en Jerusalén, capital del pequeño reino de Judá, por escribas y funcionarios al servicio del rey y por sacerdotes del templo. Recopilaron antiguos textos, tradiciones y leyendas del reino de Judá e intentaron combinarlas y hacerlas compatibles con otros textos y tradiciones del reino norteño de Israel, liquidado por el imperio asirio en 720 a. C. Verdaderamente Judá había sido hasta entonces un reino insignificante alrededor de su pequeña capital, Jerusalén; entre sus actividades económicas figuraba de manera relevante el pastoreo por las sierras que ocupaban la mayor parte de su territorio. Se trataba de un país poco poblado, apartado de las grandes rutas de comunicación, atrasado en lo económico y social y débil militarmente. Había permanecido siempre en un segundo plano, oscurecido por la riqueza y el esplendor de su vecino del norte, el reino de Israel; pero a mediados del Siglo VIII los asirios habían emprendido una serie de campañas con el objetivo de someter el norte de Canaán y todo aquello había terminado con la destrucción de Samaría, capital del reino de Israel. A partir de ese momento la fortuna cambió para el reino de Judá, cuya monarquía vio la ocasión de convertirse en la heredera de los restos del reino de Israel y convertirse en símbolo de la unidad de todos los que se sentían identificados con el pueblo israelita. A finales del Siglo VIII, por tanto, surgió en Jerusalén el nuevo concepto del panisraelismo. El mero hecho de su supervivencia fue para aquel reino una prueba de la intención de Dios desde los tiempos de los patriarcas de que Judá reinaría sobre todo el territorio de Israel.

La primera tarea que tuvieron que emprender los patrocinadores de aquel nuevo proyecto político fue la de demostrar que efectivamente todos los que se reconocían como israelitas procedían de unos mismos antepasados, es decir, de los patriarcas. Esta labor se llevó a cabo en el Génesis  y fue ardua, pues debieron recopilar leyendas de distintos héroes que no guardaban relación entre sí y hacerlos aparecer como los sucesivos miembros de una familia. Así, Abraham, que en un principio aparece relacionado con la tierra de Aram, después construye altares a YHWH, dios de Israel, en Betel y Siquem, y es el protagonista de una serie de hechos localizados en el sur, en las serranías de Judá y en los límites del desierto del Neguev; de esta manera funciona como unificador de las tradiciones septentrionales y meridionales. También su hijo Isaac aparece relacionado con las sierras del sur, con la región de Berseba y el desierto del Neguev. Sin embargo, Jacob, el tercero en la línea familiar lleva acabo sus gestas en el norte preferentemente, entre los arameos, en Jarán, y en transjordania, junto al río Yaboc. No obstante, para ratificar la pertenencia de todos ellos a una misma familia, el Génesis insiste en que todos ellos fueron enterrados en la misma tumba, en la cueva de Macpela, en Hebrón.

Por supuesto que los escribas y sacerdotes de Jerusalén que llevaban a cabo esta labor de recopilación y composición encontraron otros argumentos para subrayar la inequívoca unidad del pueblo de Israel y su destino como nación y reino. Uno de los más útiles era el recuerdo de inmigrantes cananeos llegados a Egipto por diversas causas y que al menos en una ocasión fueron expulsados violentamente del país del Nilo. Las migraciones desde Canaán a Egipto fueron frecuentes desde comienzos del segundo milenio hasta mediados del primero. Muchas veces se producían como consecuencia de las sequías y consecuentes hambrunas que asolaban Canaán; el país del Nilo era un buen refugio donde no faltaba el agua y los alimentos. Otras veces se trataba de grandes grupos de trabajadores cananeos que acudían a Egipto para trabajar en las grandes construcciones de los faraones. Estos movimientos migratorios eran conocidos en todo Canaán y alguno de ellos había dejado un profundo recuerdo; nos referimos a la migración de los que fueron llamados hicsos por los egipcios. Los hicsos acabaron dominando el delta del Nilo, se establecieron en su capital, Avaris, y sus reyes fueron después identificados con la XV dinastía, que gobernó Egipto entre 1670 a. C. y 1570 a. C. En esta última fecha los hicsos fueron expulsados y Avaris destruida por el faraón Amosis.

 Cananeos en el delta del Nilo.
 

No obstante, la salida de Egipto a la que hace referencia el Exodo no puede ser la de los hicsos, porque el texto bíblico nos dice que por aquel tiempo los israelitas trabajaban como esclavos construyendo la ciudad de Ramsés ( Exodo 1:11 ) y el primer faraón que llevó ese nombre no ocupó el trono hasta 1320 a. C.; por tanto el éxodo bíblico debió producirse en el Siglo XIII a. C., cuando el faraón Ramsés II, que reinó desde 1279 hasta 1213 a. C., construyó la ciudad de Pi-Ramsés ( Casa de Ramsés ), utilizando para ello trabajadores semitas. Pero el dato de mayor importancia que sitúa los acontecimientos que se narran en el Exodo en el Siglo XIII es la mención más temprana de Israel en un texto extrabíblico que se encuentra en la estela de Merneptah, hijo de Ramsés II, donde se describe una campaña militar de este faraón en Canaán a finales del Siglo XIII en la que un pueblo llamado Israel fue diezmado hasta tal punto en que Merneptah dice “¡Ya no existe!”.

Fragmento de la Estela de Merneptah donde se nombra a Israel.
 

De todos modos, los acontecimientos que se narran en el Exodo tampoco pudieron ocurrir en el Siglo XIII, porque, dejando aparte los milagros, ¿Cómo es posible que un grupo numeroso de personas pudiese salir de Egipto sin que haya quedado ni la más mínima referencia de ello en los archivos de Ramsés II, el rey más poderoso de su tiempo, poseedor de un enorme imperio que llegaba desde Siria por el norte hasta Nubia por el sur y Libia por el oeste? Además los fugitivos según el Exodo  atravesaron el desierto de Sinaí, cuya ruta costera y límite norte estaba guarnecido por un sistema de fuertes egipcios guarnecidos por soldados y funcionarios del faraón que vigilaban constantemente los movimientos de extranjeros desde Canaán al delta del Nilo; de haber pasado una gran masa de israelitas en fuga por las fortificaciones fronterizas, habría existido un informe; pero no tenemos ni una sola palabra de ello. Los restos de estos fuertes fueron descubiertos en investigaciones arqueológicas realizadas en el norte del Sinaí por Eliécer Oren, de la Universidad Ben Gurión, en la década de 1970; todos ellos constaban de muros sólidos construidos con ladrillos, unos almacenes para provisiones y un depósito de agua.

Por otra parte, un grupo numeroso de seres humanos hubiera dejado algún resto durante los 40 años que según el Exodo duró la travesía del desierto, pero las investigaciones arqueológicas en el Sinaí no han conseguido encontrar nada; sí se han encontrado restos de vida pastoril en el tercer milenio a. C.  y los períodos helenístico y bizantino, pero nada del Siglo XIII a. C.

Para que quede claro que lo que se cuenta en el Exodo es poco probable, cuando no imposible, hay que considerar que en tiempos de Ramsés II el país de Canaán estaba sometido firmemente por Egipto, que poseía allí fortalezas, y funcionarios egipcios administraban los asuntos de la región. Los ejércitos egipcios partían del delta siguiendo el camino de la costa hasta Gaza, y una vez allí penetraban en Canaán sin dificultad hasta llegar al Eufrates; no en vano Egipto compartía con el Imperio Hitita el dominio del mundo en aquella época. Es difícil, por tanto, que los soldados del faraón permitiesen a un grupo humano importante el libre desplazamiento por aquella zona, y mucho menos la conquista de un extenso territorio como se nos relata en el libro de Josué. Por si no fuese bastante, las investigaciones arqueológicas han demostrado que la famosa ciudad de Jericó, cuya conquista se nos narra en Josué 6, no estuvo habitada en el Siglo XIII, y en el siglo anterior era un pequeño poblado que carecía de murallas. Tampoco en la ciudad de Ay, donde Josué según el texto bíblico obtuvo una gran victoria, se encontraron restos del Bronce Reciente en las excavaciones de 1933-35, dirigidas por la arqueóloga Judith Marquet-Krause, ni en las excavaciones posteriores de la década de 1960; simplemente, Ay no estaba poblada en los siglos XIII y XII a. C.

En realidad era sumamente difícil que un pueblo de nómadas como aparece Israel retratado en el Exodo pudiese entrar en Canaán y destruir y saquear grandes ciudades, ya que Egipto tenía aquel país bajo su absoluto control en aquellos tiempos. En la década de 1920 se excavó un fuerte egipcio en el emplazamiento de Beisán, al sur del mar de Galilea. Sus diversas estructuras y patios contenían estatuas y monumentos con textos jeroglíficos de los días del faraón Seti I (1294-1279 a. C.), Ramsés II (1279-1213 a. C.) y Ramsés III (1184-1153 a. C.).

Imagen de Ramsés II en Abú Simbel.
 

Sabemos que entre finales del Siglo XIII y la primera mitad del Siglo XII se produjeron una serie de destrucciones en todo el Mediterráneo Oriental; Grecia, Anatolia, Siria y el delta del Nilo sufrieron ataques violentos y muchas ciudades importantes fueron destruidas; el Imperio Hitita desapareció y Egipto estuvo a punto de sucumbir; pero estos acontecimientos, probablemente debidos a diferentes causas, carecen de concordancia con lo que se nos relata en el libro de Josué respecto a la conquista de la Tierra Prometida por las doce tribus de Israel. Hubo destrucciones y sus ecos quedaron reflejados en el libro de Josué, pero cuando aquel texto fue redactado, la intención de sus creadores no fue exponer fielmente los acontecimientos históricos de unos siglos atrás, sino dar un paso más hacia la creación de una identidad panisraelita.

El libro de Josué  fue escrito en el reino de Judá en el Siglo VII a. C.; la prueba de ello es que la lista de localidades del territorio de la tribu de Judá, detallada en Josué 15:21-62, corresponde con precisión a las fronteras del reino de Judá durante el reinado de Josías. La ideología que impregna el libro de Josué y el Deuteronomio es la que afirma que la tierra entera de Israel debería ser gobernada por el dirigente elegido por Dios para la totalidad del pueblo israelita, cumplidor estricto de las leyes entregadas en el Sinaí y vigilante contra la idolatría, tal como se expone en el Deuteronomio.

Cuando Josías fue coronado en 639 a. C., el pequeño reino de Judá abarcaba los territorios tradicionales de las tribus de Judá, Simeón y una franja de Benjamín; el resto de la Tierra Prometida se hallaba desde hacía casi un siglo bajo el dominio del Imperio Asirio. Judá por aquellos tiempos era un reino vasallo de Asiria.

Pocos años después, los asirios se retiraron y la unificación de todos los israelitas pareció una tarea posible. El libro de Josué fue compuesto entonces como un ejemplo para todos los israelitas; en él se pretendía demostrar que si se cumplían las leyes de Dios, se mantenía la pureza y se erradicaba la idolatría, nada podría impedir la unión de todos los israelitas y la derrota de sus enemigos. En Josué 1:8-9, Dios ordena a Josué meditar día y noche sobre “el libro de la Ley”, en un claro paralelismo con la descripción bíblica de Josías como rey preocupado únicamente por el estudio de la Ley de Moisés ( 2 Reyes 23:25 ). No obstante el proyecto de Josías de anexionarse los territorios del desaparecido reino del norte presentaba algunas dificultades. En primer lugar era necesario aumentar la fuerza militar de Judá; en segundo, era necesario una campaña propagandística entre los habitantes de aquellos territorios para convencerlos de la necesidad de la unión de todos los israelitas bajo un rey de la Casa de David. Cuando Josías y sus partidarios dirigieron su mirada al norte con la idea de unificar la tierra de Israel, hicieron hincapié en que, por sí sola, la conquista carecía de valor sin una obediencia constante y exclusiva a YHWH. Según los códigos legales del Deuteronomio, la población pagana era un peligro mortal en el seno de la tierra de Israel, y por esa razón debía resistir a la tentación de la idolatría.

Reinos de Israel y Judá a mediados del Siglo VIII.
 

Un expresivo ejemplo de esta ideología lo encontramos en el capítulo primero de Jueces, donde se nos cuenta cómo las tribus que formaban el núcleo del reino del sur, Judá y Simeón, cumplieron perfectamente su misión sagrada de conquistar todas las ciudades cananeas de sus territorios. No ocurrió lo mismo con las tribus que compusieron más tarde el núcleo del reino septentrional de Israel, pues según cuenta el texto bíblico, todas ellas fracasaron en su intento de eliminar a los habitantes de Canaán. La consecuencia de esto, según la ideología deuteronomista es que el reino de Judá sobrevivió, mientras que el apóstata reino de Israel fue derrotado y desapareció.

Josías pertenecía al linaje de la Casa de David. Como todas las familias reinantes, los reyes de Judá remontaban el origen de su realeza a un antepasado que alcanzó el trono por méritos propios o por intervención divina; en el caso de David, por haber sido elegido por YHWH. En el libro Primero de Samuel se narra cómo los israelitas pidieron al profeta Samuel que les nombrara un rey, e YHWH eligió en principio a Saúl, de la tribu de Benjamín. Pero Saúl albergaba dudas y violó los mandatos de YHWH (1 Samuel 15:10-26). Por esta causa, YHWH ordenó a Samuel que visitase a la familia de Jesé de Belén de Judá, porque había elegido como nuevo rey a David, el hijo más pequeño (1 Samuel 16-1).

La historia bíblica del rey David está repleta de grandes hazañas y hechos legendarios; derrota al campeón filisteo Goliat con una honda (1 Samuel 17:45), derrota a los filisteos en varias ocasiones y despierta la envidia de Saúl (1 Samuel 18:7), vaga por los desiertos de Judá como un fugitivo, es declarado rey en Hebrón tras la muerte de Saúl, conquista la ciudad de Jerusalén que estaba en manos de los cananeos, traslada allí el Arca de la Alianza y emprende una serie de campañas gracias a las cuales su reino se extenderá desde el Eúfrates hasta el mar Rojo.

Cuando David conquistó Jerusalén recibió una promesa de YHWH:

“Así dice el Señor de los Ejércitos:

Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para ser jefe de mi pueblo, Israel. Yo he estado contigo en todas tus empresas; he aniquilado a todos tus enemigos; te haré famoso como a los más famosos de la Tierra; daré un puesto a mi pueblo, Israel: lo plantaré, para que viva en él sin sobresaltos, sin que vuelvan a humillarlo los malvados como antaño, cuando nombré jueces en mi pueblo, Israel; te daré paz con todos tus enemigos, y, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y cuando hayas llegado al término de tu vida y descanses con tus antepasados, estableceré después de ti a una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y consolidaré tu reino. Él edificará un templo en mi honor y yo consolidaré su trono real para siempre. Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo; si se tuerce lo corregiré con varas y golpes, como suelen los hombres; pero no le retiraré mi lealtad como se la retiré a Saúl, al que aparté de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”. (2 Samuel 7:8-16).

 

Con estas palabras los redactores del libro de Samuel quisieron dejar muy claro que el único Dios verdadero, YHWH, tenía un pueblo que era Israel, y ese pueblo debía permanecer unido en un solo reino, en cuyo trono se sentaría un descendiente de David, de la tribu de Judá. Dios estaría siempre con la casa de David, que reinaría por siempre.

Sin embargo, en los libros de los Reyes se dice que tras la muerte de David heredó el trono su hijo Salomón, a quien Dios otorgó gran sabiduría; y tras este subió al trono su hijo Roboán, que abusando de su poder, impuso tributos y trabajos insoportables a las tribus del norte, por lo cual estas se sublevaron, negaron la autoridad de Jerusalén y la casa de David y fundaron un nuevo reino llamado Israel, en cuyo trono sentaron a Jeroboán, de la tribu de Efraín. Para que la ruptura fuese más completa las tribus del norte fundaron nuevos centros de culto en Betel y Dan con la intención de que compitiesen con Jerusalén. Según Reyes se crearon dos Estados independientes, Judá, que fue gobernada por la dinastía davídica desde Jerusalén, con su territorio limitado a la parte meridional de las serranías centrales; e Israel, que controlaba los extensos territorios del norte.

Pero si analizamos lo que se nos cuenta en los libros de Samuel y Reyes, podremos comprobar que hay muchos elementos que no se ajustan a los hechos comprobados por la investigación histórica y arqueológica. En primer lugar ocurre que todas las excavaciones llevadas a cabo en Jerusalén han dado como resultado que el antiguo asentamiento del Siglo X a. C. no pasaba de ser un pequeño poblado de agricultores y ganaderos que no destacaba en absoluto del resto de poblados de las sierras centrales de Canaán. Teniendo esto en cuenta parece difícil imaginar aquel pequeño asentamiento como la capital del gran reino de David, y mucho menos la capital del poderoso, rico y culto Salomón. No hay absolutamente ningún indicio arqueológico en la Jerusalén del Siglo X, época de la monarquía unificada, de la riqueza, los recursos humanos y el nivel de organización que se habrían requerido para sostener los victoriosos ejércitos del rey David o la administración del brillante reino de Salomón.

Además, no solo inclina a la duda el hecho de que no se haya encontrado ni un solo resto del templo que Salomón construyó según las indicaciones de YHWH, sino que los palacios de Megiddo, Jasor y Guézer que según 1 Reyes 9:15 fueron construidos por Salomón, en realidad datan del Siglo IX, cincuenta años después, pues son del tipo conocido como bit hilani. Este tipo de construcciones tienen su origen en el norte de Siria y están formados por una entrada monumental e hileras de pequeñas cámaras en torno a una habitación oficial destinada a las recepciones. Estos bit hilani, prototipo de los palacios de Megiddo, aparecen por primera vez a comienzos del Siglo IX a. C.; es, por tanto, imposible que los arquitectos de Salomón hubieran podido construir estos palacios en el Siglo X a. C.

Palacio del Norte de Megiddo. Siglo IX a. C.
 
 
Ciudad Palacial de Megiddo. Siglo IX a. C.
 

 

La conclusión de lo anteriormente dicho es que la razón de que Judá y Jerusalén sean tan pobres en hallazgos arqueológicos del Siglo X a.C. se debe a que en aquel momento Judá era una región remota y subdesarrollada. En tiempos de David el país era abrumadoramente rural y no hay restos de documentos escritos. El territorio de Judá estaba escasamente poblado, pues en él habitaba solo el diez por ciento de la población de todas las tierras altas de Canaán. Se considera que el número de de habitantes de Judá en el Siglo X a. C. no pasaba de los cinco mil, que se repartían entre Jerusalén, Hebrón y otras veinte aldeas.

No cabe duda de que en aquella sociedad pequeña y rural se mantuvo el recuerdo de reyes como David y Salomón a lo largo de los siglos; David y Salomón existieron, pero no fueron como los retrata el texto bíblico. Sus leyendas, que probablemente eran conocidas en las sierras de Canaán, fueron utilizadas por los redactores de la Biblia como un poderoso instrumento de propaganda política, aprovechando la creencia de los israelitas en un antiguo y desaparecido reino unificado.

En el Siglo VII a. C., época de la redacción del núcleo central de la Biblia, las condiciones habían cambiado mucho en Judá; Jerusalén era una ciudad relativamente grande dominada por un templo dedicado al Dios de Israel que servía como único santuario nacional. Las instituciones de la realeza, el ejército profesional y la administración habían alcanzado un nivel de complejidad que igualaba, incluso superaba, el de los Estados vecinos.

En el Siglo VII a. C. se había desarrollado en Jerusalén una compleja teología para vincular a los herederos de David con el destino de todo el pueblo de Israel. La gloriosa epopeya de la monarquía unificada fue una brillante composición que entretejió cuentos y leyendas antiguas hasta formar una profecía coherente y persuasiva para el pueblo de Israel en el Siglo VII a. C.

En el momento en que se fraguó la epopeya bíblica, el pueblo de Judá creía que había accedido al trono un nuevo David dedicado a restablecer la gloria de sus antepasados. Se trataba de Josías, descrito como el rey judaíta más devoto. Josías emprendió la aventura de instituir una monarquía unificada que enlazaría a Judá con los territorios del antiguo reino del norte mediante las instituciones reales y una devoción inquebrantable hacia Jerusalén. Josías, heredero legítimo de David, estaba dispuesto a “recuperar” las tierras del reino septentrional, entonces destruido.

No debemos dudar de la verdadera existencia de personajes históricos como David y Salomón, pero es muy poco probable que en el Siglo X a. C. hubiese existido un reino unificado de Israel; no hay ninguna prueba arqueológica de que la situación del norte y el sur se crearan a partir de una anterior unidad política, y carecemos de testimonios que demuestren que, en tiempos de David, Salomón y Roboán, Jerusalén fuese algo más que un modesto pueblo serrano. Por el contrario, la zona norte, es decir, el futuro reino de Israel, estaba densamente ocupada por docenas de enclaves, con un sistema de doblamiento bien desarrollado que incluía grandes centros regionales; mientras Judá seguía siendo económicamente marginal y retrasada, Israel vivía una época de auge. En Israel se crearon centros administrativos regionales a comienzos del Siglo IX. Estaban fortificados y disponían de complejos palacios construidos con sillares y decorados con capiteles de piedra. En esas mismas fechas se desarrolló en el reino de Israel una importante industria de aceite de oliva y vino orientada hacia la exportación.

No cabe duda de que en el Siglo IX los reinos de Israel y Judá tenían mucho en común, pues ambos veneraban a YHWH, compartían muchas leyendas, héroes e historias acerca de un pasado común y hablaban lenguas similares; pero eran muy diferentes en su composición demográfica, su economía y su cultura material. En cierto sentido, Judá era poco más que el interior rural de Israel.

El reino de Israel tenía sus santuarios en los que se rendía culto a YHWH y a otros dioses cananeos; con respecto a este asunto en 1 Reyes 13:1-2  se dice lo siguiente:

“Llegó un hombre de Dios de Judá mandado por el Señor. Y gritó contra el altar, por orden del Señor: ¡Altar, altar! Así dice el Señor: Nacerá un descendiente de David llamado Josías que sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los altozanos que queman incienso sobre ti y quemará sobre ti huesos humanos”.

Efectivamente, tres siglos después de esta profecía el rey Josías destruyó el santuario de Betel, mató a los sacerdotes y profanó el altar con sus restos. Esta es la prueba que revela que dicha profecía fue escrita en el Siglo VII a. C. y no en el Siglo X a. C. Por aquellas fechas, el reino de Israel era ya un recuerdo borroso; sus ciudades habían sido destruidas, y un gran número de sus habitantes deportado a lugares remotos del Imperio Asirio; entretanto, Judá había prosperado y desarrollado ambiciones territoriales afirmando ser el único heredero legítimo de los extensos territorios de Israel.

La ideología de los redactores de la Biblia se sustentaba en la idea de que el culto israelita debería estar totalmente centralizado en el Templo de Jerusalén y Josías ambicionaba expandirse hacia el norte y apoderarse de los territorios de las tierras altas, pertenecientes en otros tiempos al reino septentrional. Los habitantes del desaparecido reino de Israel debían volver sus ojos a Jerusalén y reconocer que Josías era el heredero del trono de David y de la promesa eterna dada a éste por YHWH.

Con josías llega para Judá el momento de alcanzar la grandeza. Pero, para poder restablecer la Edad de Oro, este nuevo David necesita cancelar los pecados de Salomón y Jeroboán. Israel debe ser purificado mediante la destrucción del santuario de Betel, lo que conducirá a la reunificación de todo Israel bajo el Templo de YHWH y el trono de David en Jerusalén.

Muros de Jerusalén.
 

 

 

ISRAEL

El reino del norte, es decir, Israel, alcanzó la categoría de Estado plenamente desarrollado con la dinastía de los omritas, llamados así por el nombre del primer monarca, Omrí. Esta familia reinó en Israel durante cuarenta años, desde 884 a. C. hasta 842 a. C. y convirtieron aquel pequeño Estado de las sierras del norte de Canaán en la potencia económica y militar más importante de la zona. En la estela de Mesá, rey de Moab, podemos leer lo siguiente: “Omrí (era) rey de Israel y oprimió a Moab durante muchos días… Y su hijo le sucedió y también él dijo: Humillaré a Moab. Así habló en mis días… Y Omrí se había apoderado de la tierra de Medeba. Y residió en ella durante sus días, y la suma de los días de su hijo fue de cuarenta años”. El rey Mesá se sublevó contra Israel y destruyó los principales asentamientos israelitas al este del Jordán; esto demuestra que los Omrítas no solo dominaron las sierras, sino que ensancharon su reino por el valle del Jordán y las mesetas de Transjordania. En la inscripción de la “Casa de David”, erigida por el rey Jazael de Aram con motivo de sus victorias sobre Israel, podemos leer: “El rey de Israel había entrado previamente en la tierra de mi padre”. Esto demuestra que bajo los Omrítas el reino de Israel se extendía por el norte hasta las cercanías de Damasco. Al extenderse desde sus dominios originales del territorio de las serranías del reino septentrional de Israel hacia el corazón del antiguo territorio cananeo, en Megiddo, Jasor y Guézer, y hacia el interior de los territorios del sur de Siria y Transjordania, los omritas hicieron realidad el sueño secular de los soberanos de las colinas de crear un Estado territorial extenso y diverso que controlara unas tierras agrícolas ricas y unas rutas de comercio internacional muy frecuentadas. Esta expansión territorial solo pudo llevarse a cabo gracias a la formación de un gran ejército. El poder militar de Israel en tiempos de los omritas llegó a ser el más importante de la zona, como demuestra la Inscripción Monolítica de Nimrod en la que se hace relación detallada de los contingentes militares que aportan cada uno de los miembros de una coalición de estados cananeos que se enfrentó al rey asirio Salmanasar en la batalla de Karkar. En dicha inscripción aparece el ejército de Ajab el israelita como el más poderoso, con 2.000 carros y 10.000 infantes. Sin embargo, este gran poder militar no evitó que Jazael, rey de Aram, venciese en Ramot de Galaad al último de los omritas, Jorán, destruyese la ciudad palacial de Yezrael y conquistase la ciudad de Dan y todo el norte del valle del Jordán y la Transjordania, tal y como se narra en la inscripción de Tel Dan, donde Jazael se jacta en estos términos: “ Maté a Jorán, hijo de Ajab, rey de Israel y también maté a Ocozías, hijo de Jorán, rey de la casa de David. Y arruiné sus ciudades y asolé su país”. Tras esta derrota, Jehú, comandante del ejército israelita mató a todos los descendientes de la casa de Omrí y se coronó rey; de esta manera acabó la dinastía de los omritas. Jazael continuó durante años azotando el reino de Israel, sumiéndolo en un período de decadencia; ejemplo de ello fue la destrucción de la ciudad de Megiddo. Esta situación se prolongó desde 842 a. C., año en que murió Jorán, último de los omritas, hasta finales del Siglo IX, cuando los asirios destruyeron el reino de Aram.

Los omritas superaron con mucho a cualquier otro monarca de Israel o Judá como constructores y administradores. La ciudad de Samaría fue construida por Omrí para que fuese la capital del reino. Al estar situada en lo alto de una colina, aquel lugar no era adecuado para una residencia real de grandes dimensiones. La solución de los constructores al problema consistió en realizar labores masivas de movimiento de tierras para crear sobre la cima una colosal plataforma artificial. En torno a la colina se levantó un muro enorme construido a base de casamatas que encerraba la cumbre en el marco de un amplio recinto rectangular. Una vez concluido este muro de contención, las cuadrillas de trabajadores rellenaron el interior con miles de toneladas de tierra acarreadas de las proximidades. De ese modo se creó una acrópolis real de dos hectáreas. En uno de los lados de la plataforma artificial se alzaba un palacio excepcionalmente grande y hermoso que competía por su escala y magnificencia con los palacios contemporáneos de los Estados del norte de Siria. Entre los restos de este palacio de Samaría se han encontrado capiteles protoeólicos y placas de marfil con decoradas con motivos siriofenicios y egipcios.

Capitel protoeólico.
 

Con características muy similares fue construido el conjunto palacial de Megiddo y la ciudad de Jasor, ambas con enormes túneles subterráneos para la toma de agua. Otro gran palacio omrita que posee las mismas características es el de Yezrael, circundado por un formidable foso de, al menos, siete metros y medio de anchura y más de cuatro y medio de profundidad excavado en el lecho de roca.

En los libros de los Reyes se retrata a los omritas como malvados que reciben el castigo divino por su arrogante y pecaminoso comportamiento; su intención es resaltar el lado oscuro de la estirpe de Omrí. Deseaba deslegitimar a los omritas y mostrar que toda la historia del reino del norte había sido una historia de pecado que le llevó a la desgracia y a su inevitable destrucción; la posibilidad de que los reyes israelitas, que mantenían tratos con otras naciones, se casaban con mujeres extranjeras y construían santuarios y palacios de tipo cananeo, llegaran a prosperar resultaba insoportable e impensable.

El rey Jehú ante Salmanasar.
 

Todavía el reino de Israel conoció una segunda etapa de esplendor en tiempos de Jeroboán II, que reinó entre 788 a. C. y 747 a. C. El rey Jehú (842-814) había jurado lealtad al rey asirio Salmanasar III y éste le trató como su vasallo más favorecido. Ya desde tiempos del rey Joás (800-784) Israel comenzó a recuperar los territorios que le habían arrebatado los arameos y a reconstruir los palacios y ciudades destruidas. Durante aquella primera mitad del Siglo VIII la población del reino rondaba las 350.000 personas. Jeroboán II es el primer monarca israelita de quien tenemos un sello oficial. Este bello objeto de tamaño excepcional fue encontrado a comienzos del Siglo XX en Megiddo. Muestra la imagen de un poderoso león rugiente y una inscripción en hebreo que dice: “Propiedad de Shema, servidor de Jeroboán”.

Sello de Jeroboán II.

Sin embargo, al morir Jeroboán II en 747 a. C. las cosas comenzaron a ir mal. Los reyes se sucedieron con relativa rapidez y de manera cruenta y las buenas relaciones con Asiria se fueron deteriorando. En 745 a. C. subió al trono de Asiria Teglatfalasar III, que emprendió una reforma del Imperio Asirio e intentó someter a sus vasallos a un control mucho más directo; en el año 743 a. C. condujo a su ejército hacia el oeste con la intención de amedrentar y doblegar a los vasallos de Asiria e imponerles exigencias económicas sin precedentes. En 737 a. C. Pécaj, nuevo rey de Israel, suspendió los pagos a Asiria y se unió a una coalición de potencias locales con la intención de organizar un amplio frente de resistencia contra Asiria. Teglatfalasar montó en cólera y, tras capturar Damasco, destruyó las principales ciudades de Israel y deportó a una parte de su población. El reino de Israel quedó reducido a las sierras que rodeaban la capital de Samaría. En una inscripción monumental Teglatfalasar dijo así: “El país de la casa de Omrí, cuyas ciudades he arrasado sin dejar una en mis anteriores campañas… he saqueado sus ganados y solo he perdonado a la aislada Samaría”. Los asirios repoblaron las zonas que habían quedado desiertas con gentes traídas de Mesopotamia; de esta manera el territorio de Israel fue habitado por extranjeros.

Megiddo. Siglo VIII a. C.

Al morir Teglatfalasar en 727, Oseas, último rey de Israel, aprovechando el momento de inseguridad por el que pasaba el Imperio Asirio, comenzó a mantener contactos con Egipto para organizar una alianza  antiasiria e interrumpió el pago de los tributos. El nuevo rey de Asiria, Salmanasar V, emprendió al instante una campaña de liquidación, sitió Samaría, la tomó al asalto y deportó a una parte de la población a regiones lejanas. Sobre estos acontecimientos existen dudas acerca si ocurrieron en 724 a. C. o en 722 a. C., reinando ya Sargón II en Asiria.

De cualquier manera, aquello significó el fin del reino de Israel. El libro Segundo de los Reyes se expresa de esta manera sobre este asunto: “El rey de Asiria trajo gente de Babilonia, Cutá, Avá, Jamat y Sefarvain y la estableció en las poblaciones de Samaría y se instalaron en sus poblados” (2 Reyes 17:24). La cifra total dada por las fuentes asirias para las dos deportaciones, la de Teglatfalasar III desde Galilea, y la de Sargón II desde Samaría, ronda las cuarenta mil personas, lo que no excede de una quinta parte de la población calculada del reino del norte en las tierras al oeste del Jordán en el Siglo VIII a. C.

Desde el punto de vista del reino de Judá del Siglo VII, plenamente consciente de la terrible destrucción que había azotado al reino del norte, el significado de la historia de Israel estaba claro; la destrucción era la forma en que se manifestaba el castigo divino como consecuencia de los pecados cometidos por los monarcas y el pueblo contra YHWH. El reino de Israel, más antiguo y en otros tiempos poderoso, había perdido su herencia, a pesar de haber sido bendecido con tierras fértiles y una población productiva. Ahora, el reino superviviente de Judá representaría pronto el papel de hermano menor favorecido por Dios, ansioso por apoderarse de la primogenitura y redimir la tierra y las gentes de Israel.

 

Sargón II en un relieve del palacio de Khorsabad.
 

 

 

JUDÁ

Judá no alcanzó la categoría de Estado plenamente desarrollado, con el necesario complemento de sacerdotes profesionales y escribas cualificados hasta la caída de Israel. Cuando Judá se vio solo frente al mundo no israelita, necesitó un texto definitorio y motivador. Ese texto fue el núcleo histórico de la Biblia, compuesto en Jerusalén durante el Siglo VII a. C.

Cuando la Biblia  se refiere a los reyes de Judá, lo hace dividiéndolos en dos grupos; reyes pecadores que permitían la idolatría, y que por ello eran castigados, y reyes virtuosos y fieles al Dios de Israel, en cuyo caso el reino prosperaba. Sin embargo, los reyes buenos ocupan la mayor parte de la historia del reino del sur.

La arqueología muestra que los primeros soberanos de Judá no estaban a la altura de sus homólogos del norte en cuanto a poder o capacidad administrativa. Israel y Judá eran dos mundos diferentes. No hay en el interior de Judá señales de centros regionales complejos, el urbanismo y la arquitectura eran rústicos y las técnicas de construcción monumental no aparecieron en el sur antes del Siglo VII a. C. No se ha encontrado ni una sola huella de actividad literaria judaíta en el Siglo X y faltan testimonios de una alfabetización amplia hasta finales del Siglo VIII. Una minúscula elite ejercía el poder desde Jerusalén, pero todo hace pensar que las instituciones del Templo y el palacio no dominaban la vida de la población hasta el punto sugerido por los textos bíblicos.

Los hallazgos arqueológicos de figurillas de barro cocido, altares para quemar incienso, recipientes para libaciones y estrados para ofrendas que aparecen por todo Judá dan a entender que la práctica religiosa era muy variada, estaba geográficamente descentralizada y, sin duda, no se reducía al culto exclusivo a YHWH en el Templo de Jerusalén. Los clanes dispersos por la zona rural tenían sus propias prácticas religiosas; allí, todas las fases de la vida, incluida la religión, estaban dominadas por redes complejas de relaciones de parentesco. Se ofrecían sacrificios en santuarios situados en las aldeas y granjas, en las tumbas familiares y en altares al aire libre de toda la zona rural. Se veneraba a YHWH junto con una diversidad de dioses y diosas conocidos o adoptados de los cultos de los pueblos vecinos. Este culto no se limitaba a las comarcas rurales, sino que también floreció en Jerusalén incluso en épocas tardías de la monarquía; YHWH era venerado junto con otras divinidades como Baal, Asera, las huestes celestiales y otras divinidades nacionales de los países vecinos.

 

Diosa encontrada en Tell el-Duweir (antigua Laquis). Posiblemente Asera. 
 
 

A partir del 720 a. C., con la conquista de Samaría y la caída de Israel, Judá estuvo rodeado de provincias y vasallos asirios, y en una sola generación, Jerusalén se transformó de sede de una dinastía local insignificante en centro político y religioso de una potencia regional. A finales del Siglo VIII a. C., Jerusalén experimentó repentinamente una explosión demográfica sin precedentes y se construyó una formidable muralla defensiva para incluir nuevos suburbios; la población de la ciudad pasó de unos mil a unos quince mil habitantes. Las zonas rurales también experimentaron un enorme crecimiento demográfico y se vieron inundadas de nuevos asentamientos agrícolas y ganaderos; muchas aldeas antiguas aumentaron de tamaño y se convirtieron en poblados. Al concluir el Siglo VIII a. C. había en Judá unos trescientos asentamientos de todos los tamaños y la población rondaba los ciento veinte mil habitantes.

En esta época se convierte Judá en un Estado maduro, con inscripciones monumentales, sellos e improntas de sellos y la utilización de sillares y capiteles de piedra en la construcción. Aquel desarrollo se debió a que Judá comenzó a cooperar con el Imperio Asirio y se integró en su estructura económica. Judá participó en la intensificación del comercio árabe a finales del Siglo VIII, bajo dominio asirio, y se abrieron nuevos mercados para los productos judaítas, lo que estimuló un incremento de la producción de aceite y vino. La riqueza se acumuló especialmente en Jerusalén, donde se decidían las medidas diplomáticas y económicas del reino y donde se controlaban las instituciones de la nación.

A finales del Siglo VIII a. C. también tuvo lugar una intensa lucha religiosa vinculada directamente al nacimiento de la Biblia. Tras la caída de Samaría comenzó a imponerse una actitud nueva y más definida en relación con la ley y la práctica religiosa; había que definir los métodos “adecuados” de culto para todo el pueblo de Judá y para los israelitas que vivían bajo el poder asirio en el norte. Algunos estudiosos de la Biblia, como Baruch Halpern, consideran que aquel período de unas décadas de finales del Siglo VIII a. C. y principios del VII a. C. fue el momento del nacimiento de la tradición monoteísta judeocristiana. En algún momento de finales del Siglo VIII surgió una escuela de pensamiento que insistió en que los cultos de las zonas rurales eran pecaminosos y que YHWH era el único Dios al que se debía rendir culto. Es posible que en este movimiento religioso participaran sacerdotes del destruido reino de Israel huidos al sur y círculos vinculados al Templo de Jerusalén, resueltos a ejercer el control religioso y económico sobre unas zonas rurales cada vez más desarrolladas. Uno de los puntos principales de aquel programa de reforma era declarar la guerra a los seguidores de las costumbres y los titos religiosos judaítas más antiguos y tradicionales. Aunque eran una minoría, fueron quienes produjeron la mayor parte de la historiografía bíblica y , por tanto, su influencia posterior fue enorme. Su intención era crear una ortodoxia de culto no cuestionada y una historia nacional única con su centro en Jerusalén. El resultado de esas ideas sería la unificación de todo Israel bajo un rey que gobernara desde Jerusalén, la destrucción de los centros de culto del norte y la centralización del culto israelita en esa ciudad.

 

 

 

EZEQUÍAS

 

La subida del rey Ezequías al trono de Judá a finales del Siglo VIII a. C. fue recordada por los autores del libro de los Reyes  como un suceso sin precedentes. El país de Judá experimentó un profundo cambio durante el reinado de Ezequías; en ese momento Judá era el centro del pueblo de Israel y Jerusalén, el del culto a YHWH. Ezequías promovió una reforma religiosa cuyo objetivo era la instauración del culto exclusivo a YHWH en el único lugar legítimo para ello, el Templo de Jerusalén.

Sin embargo, Ezequías cometió una tremenda equivocación al rebelarse contra el Imperio Asirio, aprovechando que Sargón II había muerto en 705 a. C. y su heredero, Senaquerib hubo de enfrentarse a una ola de disturbios. El rey de Judá se incorporó a una coalición antiasiria sustentada por Egipto y cuatro años después, en 701 a. C., el nuevo rey asirio se presentó con un ejército formidable. No cogió esto por sorpresa a Ezequías, que se preparó concienzudamente para resistir la invasión de Senaquerib. Creó almacenes de grano, aceite y vino y establos para el ganado en todo el reino; construyó un muro de fortificación de más de seis metros de espesor para proteger los barrios recién creados en la colina occidental de Jerusalén y proporcionó a la ciudad un suministro seguro de agua excavando un largo túnel subterráneo que atravesaba la roca para llevar agua desde la fuente de Guijón hasta un estanque protegido intramuros. La ciudad de Laquis, en la Sefela,  fue circundada por un formidable sistema de fortificaciones, con un enorme bastión que protegía la puerta de seis cámaras que daba acceso a la ciudad.

Túnel de Ezequías.
 

A pesar de tantos preparativos, la invasión de Senaquerib fue un desastre para Judá; los asirios asediaron todas las poblaciones y saquearon los campos de la rica región de la Sefela. Era una campaña calculada de destrucción económica en la que se arrebatarían al reino rebelde sus fuentes de riqueza. El asedio más significativo fue el de la ciudad de Laquis, situada en la zona agraria más fértil de Judá y segunda ciudad principal del reino después de Jerusalén. En un gran relieve mural que decoraba en otros tiempos el palacio de Senaquerib de Nínive se ha encontrado una representación del asedio asirio a esta ciudad; allí puede verse como los asirios construyeron una rampa de asedio por la que empujaron los arietes para batir las murallas de la fortaleza, y como a pesar de la encarnizada lucha de los defensores, finalmente la ciudad fue saqueada e incendiada y los habitantes que no habían muerto fueron sacados por la puerta de Laquis como cautivos.

Asedio de Laquis.
 

Después Senaquerib subió hasta Jerusalén y la sitió. En una inscripción Senaquerib dice sobre Ezequías lo siguiente: “En cuanto a él, lo hice prisionero en Jerusalén, su residencia real, como pájaro en jaula. Lo rodeé con terraplenes para importunar a quienes salían por la puerta de su ciudad”.

Finalmente, Ezequías se vio obligado a pagar un fuerte tributo a Asiria y un importante número de judaítas fue deportado a este país; extensas zonas de Judá fueron devastadas y la Sefela no se recuperó nunca del terrible golpe sufrido. El territorio de Judá se redujo de manera espectacular y solo se libraron de la destrucción Jerusalén y las colinas situadas al sur de la ciudad. Asiria fue la gran triunfadora y Senaquerib consiguió plenamente sus objetivos: quebró la resistencia del reino de Judá y lo sometió. Ezequías había heredado un Estado próspero y Senaquerib lo destruyó.

Prisioneros de Laquis.
 

No obstante, los redactores de la Biblia vieron las cosas de otra manera. En 2 Reyes 19:6-7, 32-34 se dice que el profeta Isaías llevó un mensaje de Dios a Ezequías en el que le aseguraba que Jerusalén se salvaría y Senaquerib sería derrotado. En 2 Reyes 19:35-37 se dice: “Aquella misma noche salió el ángel del Señor e hirió en el campamento asirio a ciento ochenta mil hombres. Por la mañana, al despertar, los encontraron ya cadáveres. Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento, se volvió a Nínive y se quedó allí. Un día, mientras estaba postrado en el templo de su dios Nisroc, Adramélec y Saréser, sus hijos, lo asesinaron con la espada”.

Los redactores de la Biblia muestran a Ezequías como un gran héroe, un rey ideal comparable únicamente a David, pues siguió los pasos de Moisés y limpió Judá de todas las trasgresiones del pasado; gracias a su piedad, los asirios se retiraron sin haber podido conquistar Jerusalén.

 

 

 

MANASÉS

 

La política de purificación religiosa y enfrentamiento con los asirios practicada por Ezequías debió parecer a muchos un error temerario, de forma que en 698 a. C., cuando murió Ezequías y subió al trono su hijo Manasés, se restableció el pluralismo religioso en las zonas rurales de Judá. Por esa razón, para los redactores de la Biblia, Manasés no solo fue un apóstata, sino el monarca más pecador que hubiera visto nunca el reino de Judá. Rematando la idea, el libro de los Reyes le atribuye la responsabilidad de la “futura” destrucción de Jerusalén (2 Reyes 21:11-15).

El objetivo de Manasés era la recuperación económica de Judá y aquello requería devolver cierto grado de autonomía económica al campo, que solo era posible con la colaboración de las antiguas estructuras sociales de las zonas rurales, organizadas en torno a la parentela, lo que significaba permitir la reanudación del culto en los altozanos a Baal, Asera y las huestes del cielo.

Manasés se dio cuenta de que la recuperación económica de Judá interesaba al Imperio Asirio; y no se equivocaba, ya que por un texto del Siglo VII sabemos que el tributo exigido a Judá era considerablemente menor que el que debían pagar los Estados vecinos. Además, el rey asirio Asurbanipal menciona a Manasés como uno de los reyes que le ayudaron a conquistar Egipto.

El reinado de Manasés duró cincuenta y cinco años y fue un tiempo de paz para Judá; la población creció en las tierras altas, debido en parte a la llegada de refugiados judaítas huidos de las zonas devastadas por la guerra. La producción agraria se intensificó en torno a la capital; en el Siglo VII a. C.  se construyó un denso sistema de alquerías alrededor de Jerusalén y en el entorno de Belén, orientadas al cultivo del olivo y la vid.

Al quedar reducida la extensión de suelo cultivable con la pérdida de la Sefela, comarca cerealista, la población de Judá emprendió la colonización de las zonas áridas del desierto de Judea y el valle de Berseba. Esta expansión agraria hacia el sur fue, sin duda, patrocinada y dirigida por la monarquía a través de las medidas políticas y económicas de Manasés.

Tell de Berseba.
 

Con Manasés, Judá se integró totalmente en la economía internacional asiria. En aquel tiempo la ciudad de Gaza era la “aduana de Asiria”; hasta ella llegaban los artículos de lujo que transportaban los árabes en sus caravanas a través del desierto. Aquellas mercancías venían de Arabia y el Índico en dirección al Mediterráneo Oriental. Algunas de las más importantes rutas de caravanas pasaban por los territorios del sur de Judá, en el valle de Berseba, y los judaítas, junto a fenicios, edomitas, árabes y asirios, participaban en esta actividad comercial que proporcionaba grandes ganancias. En el interior del desierto había al menos dos grandes fortalezas para el control de las caravanas; uno de ellos en Cades Barne, en el Neguev, y otro en Haseva al sur del mar Muerto, ambos con guarniciones judaítas y edomitas.

El otro pilar en que se apoyaba el desarrollo económico de Judá en tiempos de Manasés era la producción de aceite de oliva, centralizada en la ciudad de Ecrón, donde se han encontrado más de cien prensas aceiteras, con una producción anual aproximada de mil toneladas de aceite. Esta industria olivarera estaba orientada a la exportación a Egipto y Mesopotamia.

Manasés significó la vuelta al poder del bando moderado, opuesto a la política de Ezequías; el rey optó por cooperar con Asiria y reincorporó Judá a la economía internacional. Los profetas y sabios partidarios del culto exclusivo a YHWH se sintieron frustrados por aquella deriva de los acontecimientos; si Ezequías era considerado por ellos el salvador de Israel, su hijo Manasés era la encarnación del mal. Cuando Manasés murió en 642 a. C. los redactores de la Biblia ajustaron cuentas y lo retrataron como el rey más malvado y el padre de todos los apóstatas.

 

 

 

JOSÍAS

 

A Manasés le sucedió Amón, de corto reinado, porque a los dos años de subir al trono fue asesinado y los notables y sacerdotes de Judá se apresuraron a coronar a Josías, hijo del rey muerto y de ocho años de edad. Era el año 639 a. C. Durante su gobierno de treinta y un años, Josías fue reconocido por muchos como la máxima esperanza de redención nacional, un auténtico mesías destinado a restablecer las decaídas glorias de la casa de Israel. La Biblia contempla al rey Josías como un noble sucesor de Moisés, Josué y David, y dice de él: “Ni antes ni después hubo un rey como él, que se convirtiera al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas, conforme en todo con la Ley de Moisés”. (2 Reyes 23:25).

Ostraca de época de Josías que hace referencia a conceptos legales deuteronomistas.
 

Josías es el ideal hacia el que parecía tender toda la historia de Israel. Emprendió una campaña para desarraigar cualquier rastro de culto extranjero o sincretista, incluidos los venerables altozanos de las zonas rurales; no se detuvo siquiera en la tradicional frontera septentrional de su reino, sino que continuó hacia el norte, hasta Betel, donde se encontraba el templo rival del de Jerusalén. Lideró un movimiento religioso que produjo los documentos centrales de la Biblia a raíz del descubrimiento fortuito del Libro de la Ley mientras se realizaban unas obras de restauración del Templo de Jerusalén en 622 a. C. Aquel libro, identificado por la mayoría de los estudiosos como una forma original del Deuteronomio, provocó una revolución en el ritual y una reformulación completa de la identidad israelita. Contenía las características esenciales del monoteísmo bíblico: la adoración exclusiva a un Dios en un lugar, la observancia centralizada y nacional de las principales fiestas del año judío y un conjunto de leyes que trataban del bienestar social, la justicia y la moralidad personal.

El libro fue encontrado por Jelcías, sumo sacerdote, quien inmediatamente se lo entregó al rey, que quedó profundamente impresionado por su contenido. Josías reunió enseguida al pueblo de Judá para realizar un solemne juramento de someterse enteramente a los mandamientos divinos detallados en el libro recién descubierto.

El Libro de la Ley fue considerado el código legal definitivo entregado por Dios a Moisés en el Sinaí y se pensó que su observancia garantizaría la supervivencia del pueblo de Israel. Los paralelos concretos y directos entre los contenidos del Deuteronomio y las ideas expresadas en la descripción bíblica de la reforma de Josías indican claramente que ambos compartían una misma ideología. El Deuteronomio es el único libro del Pentateuco que afirma contener las “palabras de la alianza” que todo Israel debe seguir (29:9); es el único libro que prohíbe ofrecer sacrificios fuera del “lugar que el Señor, vuestro Dios elija” (12:5); y es el único libro que describe el sacrificio nacional de la Pascua en un santuario nacional (16:1-8). Podemos decir con toda seguridad que el Libro de la Ley es una versión original del Deuteronomio y que, más que un libro antiguo repentinamente descubierto, fue escrito en el Siglo VII a. C., inmediatamente antes del reinado de Josías o en el curso del mismo.

Josías emprendió la reforma puritana más profunda de la historia de Judá; acabó con los ritos idólatras en Jerusalén y con todos los santuarios de dioses extranjeros; puso fin a los ritos sacrificiales celebrados por los sacerdotes rurales en los altozanos, cuyos altares profanó.

Esta reforma era la superestructura ideológica de un gran proyecto político: expandir Judá hacia el norte, apoderarse de las comarcas de las tierras altas del reino septentrional vencido, centralizar el culto israelita y crear un gran Estado de todo Israel. Un plan tan ambicioso requería una propaganda vigorosa y activa; y para satisfacer esta necesidad, se redactó el núcleo principal de la Biblia. Es imposible saber si se habían compuesto versiones anteriores de la historia de Israel en tiempos de Ezequías o por iniciativa de alguna facción disidente durante el largo reinado de Manasés, o si la gran epopeya fue redactada enteramente durante el reinado de Josías.

Sin embargo, un programa de reformas de esta envergadura no era posible sin que contemplase el aspecto social. Por esta razón el Deuteronomio contiene leyes éticas y disposiciones para el bienestar social, e invita a proteger al individuo y a defender los derechos y la dignidad humanos. Los derechos de la tierra familiar debían protegerse contra el desplazamiento de las antiguas lindes (19:14); se garantizaban los derechos de las esposas repudiadas por sus maridos (21:15-17); se ordenaba a los agricultores dar cada tres años el diezmo a los pobres (14:28-29); los esclavos debían ser liberados tras seis años de servidumbre (15:12-15).

Pero todo este programa de reformas y este proyecto político no hubieran sido posibles si la fortuna no hubiese brindado la ocasión al rey Josías. Cuando el príncipe Josías subió al trono de Judá en 639 a. C., el Imperio Asirio estaba en decadencia, debido a la presión de los escitas en el norte y los conflictos en Babilonia y Elam en el sur. En 626 a. C. estalló una sublevación en Babilonia y en 623 a. C. una guerra civil en la propia Asiria. De esta situación se aprovechó el faraón Psamético I, fundador de la XXVI dinastía. Durante su reinado, desde 664 hasta 610 a. C., las fuerzas asirias se retiraron de Egipto y dejaron Canaán en manos egipcias. La retirada asiria fue pacífica; es posible incluso que se llegase a un acuerdo para que Egipto heredara las provincias asirias al oeste del Éufrates a cambio de apoyar militarmente al decadente Imperio Asirio. En virtud de estos acontecimientos, los egipcios pasaron a controlar las rutas comerciales de la llanura costera de Canaán.

El reino de Judá vio entonces abierto el camino para apoderarse de las tierras del desaparecido reino del norte y unir a todos los israelitas. Aunque no existen testimonios arqueológicos que lo demuestren, lo más probable es que Josías extendiese su reino hasta la región de Samaría por el norte, y por el sur hasta el desierto más allá de Berseba. En la Sefela, se reconstruyó Laquis y se fortificó de nuevo, pero es poco probable que Judá se extendiese más al oeste, hacia la llanura litoral, pues estos territorios estaban bajo el poder de Egipto.

El declive de Asiria era tan rápido que en 616 a. C. Egipto envió un ejercito hacia el norte para apoyar al moribundo imperio contra la amenaza de Babilonia; pero todo fue inútil, ya que en 612 a. C. cayó Nínive y la corte se refugió en Jarán, al oeste. Cuando murió Psamético en 610 a. C., subió al trono su hijo Necó II y los egipcios se vieron obligados a retirarse del norte, mientras los babilonios tomaban Jarán. Al año siguiente, 609 a. C., Necó decidió volver al norte acompañado de un gran ejército con la intención de obtener de sus vasallos de Palestina y Siria la renovación del juramento de lealtad que habían hecho anteriormente a su difunto padre. Al llegar a la fortaleza de Megiddo, Necó convocó a Josías para que se reuniese con él, pues se trataba de uno de sus vasallos. En aquel momento, Necó ordenó que ejecutasen al rey Josías.

En la Biblia se da otra versión de este acontecimiento. En el libro segundo de los Reyes se dice que “En su tiempo, el faraón Necó, rey de Egipto, subió a ver al rey de Asiria, camino del Éufrates. El rey Josías salió a hacerle frente, y Necó lo mató en Megiddo al primer encuentro” (2 Reyes 23:29).

El segundo libro de las Crónicas añade algún detalle y transforma la información sobre la muerte de Josías en una tragedia en el campo de batalla:

“Necó se dirigió a Cárquemis, junto al Éufrates, para entablar batalla. Josías salió a hacerle frente. Entonces Necó le envió este mensaje: No te metas en mis asuntos, rey de Judá. No vengo contra ti… Pero Josías, en vez de dejarle paso franco…, entabló batalla en la llanura de Megiddo. Los arqueros dispararon contra el rey Josías, y éste dijo a sus servidores: Sacadme del combate, porque estoy gravemente herido. Sus servidores lo sacaron del carro y lo trasladaron al otro que poseía y lo llevaron a Jerusalén, donde murió. Lo enterraron en las tumbas de sus antepasados” (2 Crónicas 35:20-24).

La versión bíblica tiene muchos partidarios; sin embargo, es difícil que Josías llegase a Megiddo con un gran ejército para detener a Necó; en primer lugar porque Josías no podía contar con un ejército comparable al del faraón. Además, alejarse tanto de Jerusalén con todos sus soldados era muy arriesgado, el corazón de Judá hubiera quedado totalmente indefenso.

La teoría de que Josías acudió a la llamada de Necó como vasallo obediente y no como enemigo, y que sorprendentemente fue ejecutado en Meggido, se basa en que el faraón Necó se encontraba enfurecido con él por la política expansionista que había desarrollado en las tierras del norte y, sobre todo, en la Sefela. Necó sospechaba que Josías iba a cambiar de aliados, poniéndose del lado de los babilonios. En resumidas cuentas, lo consideraba un traidor en potencia.

Una cosa es clara. Los redactores de la Biblia, que veían en Josías un mesías ungido por Dios y destinado a redimir el reino de Judá y conducirlo a la gloria, no supieron cómo explicar que pudiera haberse producido semejante catástrofe histórica. Los sueños de aquel rey aspirante a mesías fueron silenciados brutalmente y de la noche a la mañana se vinieron abajo décadas de renacimiento espiritual y esperanzas visionarias.

Sin embargo, y a pesar de la destrucción del reino de Judá y la ciudad de Jerusalén en 587 a. C. por Nabucodonosor, los afanes de Josías y el grupo de sacerdotes y escribas que estaban con él no fue en vano, pues de su esfuerzo surgió el texto más importante de la Literatura Universal, el que más influencia ha ejercido sobre el pensamiento de la humanidad y la semilla de un pensamiento teológico y ético que es el origen de las religiones monoteístas. Con todas sus virtudes y todos sus defectos.

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