ORTEGA Y EL ESTADO ROMANO

En 1941, estando en el exilio, José Ortega y Gasset publicó un pequeño ensayo, titulado Del Imperio Romano. En esta breve obra utiliza la excusa de la Historia de Roma para exponer algunas ideas políticas. Dichas ideas, en ciertos momentos del ensayo, se tornan filosofía, o más bien en ellas quedan fundidas la política y la filosofía. No es extraño esto en Ortega, que pensaba que lo único substancial, lo único real era el acontecer histórico, materia de la que estaban formados todos los fenómenos. Y la política, no era otra cosa que una manifestación más de ese acontecer histórico; eso sí, importante, pues en ella se ponían en juego todas las energías intelectuales de la sociedad. Cuando Ortega habla de Política, habla de Filosofía, y al final, en resumidas cuentas habla de Historia.
El ensayo fue escrito ya terminada la Guerra Civil Española y cuando la Segunda Guerra Mundial se encontraba en su apogeo; esto, sin duda, influyó en la redacción de la obra y en las ideas que en ella se exponen. Ortega salió de España en Julio de 1936, al poco del comienzo de la Guerra Civil, y regresó en 1945, al terminar la Guerra Mundial. Se le criticó por esto, por no haber permanecido en el exilio hasta su muerte ni manifestar un rechazo radical al régimen del general Franco. Lo cierto es que los que pretenden incluir a Ortega en un bando u otro se equivocan rotundamente y fracasan torpemente, pues juzgan a uno de los intelectuales más grandes de la Historia de España y a la cabeza más brillante del Siglo XX español. 
Al comienzo de la Segunda República, Ortega y Gasset participó activamente en la redacción del proyecto de la nueva Constitución a través de la Agrupación al Servicio de la República, siendo elegido diputado por esta formación política. Sin embargo, desde un principio se percata de la deriva del régimen republicano y alza su voz alertando de la inevitable fractura social y el creciente aumento del fanatismo y la violencia. Después abandonó la política para ser testigo de lo él había predicho.
Ortega era un liberal que hizo la más feroz crítica al liberalismo precisamente en Del Imperio Romano:

"Este liberalismo avuncular canjeaba la magna idea de la vida como libertad por unas cuantas libertades en plural, muy determinadas, que exorbitaba más allá de toda dimensión histórica, convirtiéndolas en entidades teológicas."...
..."Porque este fue el vicio original del liberalismo: creer que la sociedad es, por sí y sin más, una cosa bonita que marcha lindamente como un relojín suizo.  Ahora estamos pagando con los más atroces tormentos ese error de nuestros abuelos y el gusto que se dieron entregándose a un liberalismo encantador e irresponsable."

Estas ideas, y otras por el estilo, le granjearon la acusación de conservador y reaccionario por parte de los mismos inquisidores de siempre, que tanto abundan en España. Pero como hemos dicho, Ortega fue un liberal, o más bien un librepensador que veía con inquietud cualquier radicalismo en un sentido u otro.

José Ortega y Gasset.

Ortega estructura el ensayo que nos ocupa en tres partes que a la vez son tres conceptos: concordia, libertad y Estado. Esta forma de abordar las cuestiones es muy propia de Ortega; él es un desmenuzador de palabras, un cirujano de los conceptos. En torno a estos tres pilares y en un reducido espacio, monta el armazón del edificio político. Para hacer el diseño de esta estructura llama en su ayuda a Cicerón y su obra De Republica.



CONCORDIA

Ortega hace constar que Cicerón, durante la Guerra Civil entre César y Pompeyo, se sentía preso por la angustia; y no por causa de presentir una muerte violenta, sino por ser consciente de que el Estado romano se iba a pique de forma inevitable. Cicerón era un romano culto y había leído a los griegos, sobre todo a Polibio de Megalópolis, que escribió una Historia en la que adelanta el destino de Roma, que no era otro sino el de unir Oriente con Occidente y llevar a su madurez a la civilización mediterránea. Y en este trabajo de predecir el futuro, Polibio escudriña en las vísceras del Estado romano llegando a la conclusión de que, al contrario de las polis griegas, Roma se formó políticamente en base a la experiencia, es decir, en base a la secuencia ensayo-fracaso-ensayo que le llevó finalmente a encontrar la solución más adecuada a cada situación. Muy lejos de la política griega, basada en la razón y el ideal.
Polibio destaca que las luchas políticas no son siempre nocivas, sino que gracias a ellas se forja un Estado mejor. Sin embargo, Cicerón, aunque pensaba igual que Polibio, reconocía que la disensión que enfrentaba a los romanos en aquel momento tenía otro carácter, era destructiva. Esto lo achacaba a la pérdida de la Concordia en el seno de la ciudadanía romana. La Concórdia con mayúscula era aquel conjunto de creencias comunes de las que participaban todos los miembros de una sociedad; podían disentir en multitud de cuestiones, pero había otras en las que todos se hallaban de acuerdo, que no se ponían en duda, que era inconcebible su discusión. 
Para Cicerón la Concordia en Aquella Roma de mediados del Siglo I a. C. se había roto porque ya no había creencias comunes para toda la sociedad, cuestiones indiscutibles. El resultado de todo ello era la inminente destrucción del Estado, de ahí la angustia del hombre público.
Para Cicerón el principal elemento de conflicto era que los romanos ya no estaban de acuerdo en quién debía mandar. Desde la fundación de la República hasta ese momento a nadie se le había ocurrido discutir que el mando debía se ejercido por el senado; pero ahora las cosas eran distintas, no había acuerdo en esto, muchos romanos creían que la autoridad del senado debía ser puesta en cuestión.
En De Republica, Cicerón sostiene que el fundamento del Estado romano son los auspicios y el senado. Los auspicios eran un requisito ineludible antes de que cualquier magistrado romano decidiese llevar a cabo una empresa. Sobre esto Ortega afirma lo siguiente:

"Al auspiciar, el hombre reconoce que no está solo, sino que en torno suyo, no se sabe dónde, hay realidades absolutas que pueden más que él y con las cuales es preciso contar. En vez de dejarse ir, sin más, a la acción que su mente propone, debe el hombre detenerse y someter ese proyecto al juicio de los dioses."

Este andarse con prudencia es, según Ortega, el núcleo esencial de la religión, pues:

"Religio no viene, como suele decirse, de religare, de estar atado el hombre a Dios. Como tantas veces, es el adjetivo quien nos conserva la significación original del sustantivo, y religiosus quería decir escrupuloso; por tanto, el que no se comporta a la ligera, sino cuidadosamente. Lo contrario de religión es negligencia, descuido, desentenderse, abandonarse. Frente a re-lego está nec-lego; religente se opone a negligente."

Cuando la sociedad romana dejó su comportamiento escrupuloso y comenzó a dudar sobre la legitimidad del mando del senado, la República quebró y surgió un nuevo proyecto político, el Imperio.

Cicerón.




LIBERTAS

El otro concepto que maneja Ortega en su ensayo es el de libertad. Cicerón en De Republica ya es consciente de que la crisis que acabará con el Estado republicano también acabará con la libertad. La Historia de Occidente y Oriente es la Historia de la libertad contra la esclavitud; no fueron los liberales los que descubrieron este concepto, aunque así lo pretendan. La idea de la libertad es tan antigua como la Historia de la civilización Occidental.
Sin embargo, para Ortega la idea de la libertad romana no tiene nada que ver con la del liberalismo. Según nuestro filósofo, el liberalismo del Siglo XIX no llegó a entender el verdadero carácter de la sociedad. Para esta forma de pensar el hombre es sociable por naturaleza, cuando, por el contrario, solo una parte del ser humano muestra tendencias sociales, mientras la otra parte es claramente antisocial:

"Conste, pues, que en toda colectividad de hombres actúan tantas fuerzas sociales como fuerzas antisociales."

Lo que llamamos sociedad en realidad es la arena donde combaten las fuerzas sociales contra las antisociales sin llegar a vencerse jamás una a la otra:

"No se diga, pues, tampoco que la sociedad es el triunfo de las fuerzas sociales sobre las antisociales. Ese triunfo no se ha dado nunca. Lo que hay, lo único que hay a la vista es la lucha permanente entre aquellas dos potencias y las vicisitudes propias de toda contienda."

El lema del liberalismo era laisser faire, laisser passer, es decir, en cuanto a la sociedad lo que había que hacer era no hacer nada. Pero esto en realidad no es así, sino que la sociedad debe consumir una parte importante de sus energías en reprimir las tendencias antisociales. Este agotador trabajo se denomina mando y su instrumento es el Estado.
A estas alturas cabe preguntarse si verdaderamente Ortega era un liberal. Posiblemente lo fue durante un tiempo, pero los acontecimientos que presenció durante su vida lo convirtieron en el más acerado crítico de esta ideología; acabó siendo un auténtico librepensador, despojado de toda atadura ideológica:

"Ahora bien, el mando y, por consiguiente, el Estado son siempre, en última instancia, violencia, menor en las sazones mejores, tremenda en las crisis sociales. La mermelada intelectual que fue el dulce liberalismo no llegó nunca a ver claro lo que significa el fiero hecho que es el Estado, necesidad congénita a toda sociedad."

El liberalismo entendía la libertad como la suma de una pluralidad de libertades determinadas. Por el contrario, los romanos entendían la libertad en singular.
La primera libertad que exigió el liberalismo a finales del Siglo XVIII  fue la libertad de contrato, la libertad de comercio; de ahí surgió toda la doctrina liberal y el concepto del resto de libertades concretas. Sin embargo, el propio capitalismo, último beneficiario de dicha libertad de comercio, andando el tiempo tuvo que poner límites a este derecho, pues productores y comerciantes acabaron estorbándose unos a otros en su actividad y generando conflictos. Es el mismo liberalismo el que reconoció que el laisser faire no podía ser absoluto. 

Senatus Populusque Romanus.

Para los romanos la palabra Libertas significaba en principio vida pública sin reyes. A los occidentales contemporáneos nos cuesta mucho trabajo entender el odio que sentían los romanos hacia los reyes; este odio permaneció a lo largo de los siglos sin ceder en intensidad; su manifestación más vigorosa fue la pasión de los romanos por la ley.
Este amor de los romanos por el derecho procedía de su desconfianza en el ser humano; consideraban la ley como el mejor instrumento para mediar entre quienes no se fían uno del otro. Tito Livio dice lo siguiente acerca de esto:

"Es la ley cosa sorda e inexorable, incapaz de ablandamiento ni benignidad ante la menor transgresión."

Todos son iguales ante la ley, pero según Ortega, en la monarquía no ocurría así:

"En la monarquía pasa lo contrario: los súbditos se hallan bajo la ley, pero el monarca se confunde con ella y la prescripción legal queda sustituida por la voluntad de un hombre."

Para los romanos la palabra Libertas significaba vivir bajo las leyes y las instituciones de Roma; se sentían libres cuando se sentían bajo las leyes de Roma y el gobierno de sus magistrados.

Loba Capitolina.

Los europeos consideraron siempre que el poder político tenía unos límites muy claros; la ley no podía entrar en ciertos sectores privados del individuo. Sin embargo, para los romanos el poder público no tenía límites según Ortega:

"No concibe siquiera qué pueda ser un individuo humano aparte de la colectividad a la que pertenece. El hombre, a su juicio, no es hombre sino como miembro de una ciudad. Esta es antes que él. La ciudad no es una suma de individuos, sino un cuerpo legalmente organizado, con su estructura propiamente colectiva."

Hasta tal punto esto era así que el romano no podía dirigirse individualmente a los dioses; la ciudad tenía sus magistrados, una de cuyas funciones estribaba en tratar con los dioses según rituales preestablecidos. Tampoco el individuo (privatus) podía dirigirse al pueblo libremente; esta operación era atributo exclusivo de ciertas magistraturas. El Estado romano, viéndose incapaz de llegar a todos los pliegues de la sociedad, delega su poder en el pater familias, para que lo ejerza en el ámbito familiar. La familia es interpretada así como un minúsculo Estado, de ahí su aparente libertad.


ESTADO

Mientras que en el Siglo XIX se concebía la libertad como una situación en la que existían unos límites al poder público, en Roma la libertad se interpretaba como la seguridad de que no mandaría una persona individual, sino la ley hecha en común por los ciudadanos.
Las instituciones romanas habían surgido poco a poco, al hilo de las circunstancias, y habían sufrido modificaciones desde un principio. El Imperio Romano, según Ortega, fue una reforma más de la estructura política romana; pero no llegó a cuajar, aunque duró cinco siglos. Fueron los bárbaros los que aceptaron de mejor gana el concepto imperial, aunque contribuyeran a veces a su desmoronamiento.
Para Ortega el Estado es coacción sobre los individuos; pero se trata de una coacción ineludible, porque sin Estado no existe sociedad alguna, y sin ella el ser humano es incapaz de sobrevivir. El hombre, inevitablemente, siempre estará oprimido. Por eso la libertad no consiste en la ausencia de opresión, en la ausencia de Estado, sino en que los individuos elijan el tipo de Estado que mejor conviene a sus intereses. Cuando los seres humanos no pueden elegir el modelo de Estado que desean, solo les queda adaptarse de forma resignada a lo que se les impone; la ausencia de libertad implica, por tanto, adaptación.
La revolución que acabó con los reyes de Roma y desembocó en la instauración de la República siempre ha sido interpretada como una reacción contra los abusos de dichos reyes. Para Ortega esto no es más que un tópico de mitin y editorial. Según él, la idea de la República ya estaba mucho antes en las mentes de los romanos; habían visto claramente otro modelo de Estado, la República, que se avenía mejor con sus intereses individuales y sociales. Esta idea política tenía un modelo en las ciudades griegas de Campania y toda la Magna Grecia.

Patricio con imágenes de antepasados.

Fue después de que la idea republicana estuviese bien asentada en las cabezas de los romanos cuando la monarquía comenzó a parecerles intolerable. Ortega afirma sobre esto:

"Se había incorporado en éstas (mentes romanas) la figura sugestiva de una nueva organización civil, de un Estado impersonal en que el mando no emanara de la voluntad de ningún individuo, sino de un imperativo anónimo en cuya formación todos, más o menos, colaborasen y que se enuncia en el decir de nadie que es la Ley."

Esta precedencia del ideal es lo que expresa la frase de Dantón en la Convención el 13 de Agosto de 1793:

"La revolución estaba en los espíritus, cuando menos, veinte años antes de su proclamación."

Cuando los seres humanos no tienen una idea política en sus cabezas, cuando no desean un modelo de Estado concreto, no tienen más remedio que adaptarse a lo que les sobreviene, a lo que se les impone. Este es el caso del Imperio Romano según Ortega. El filósofo español se hace al respecto las siguientes preguntas:

"¿Fue este cambio radical y definitivo en la vida pública romana mera contingencia que hubiera podido evitarse, o hay motivos para sospechar que toda sociedad libre llega a un momento de su historia en que no le queda más forma de vida que el mecanismo de adaptación?" 

Sin duda Ortega se vio muy influenciado por los acontecimientos históricos que tuvieron lugar en España y Europa entre 1931 y 1945. Con un espíritu próximo al liberalismo colaboró en la redacción de la Constitución de la Segunda República, pero alarmado por los abusos y la deriva violenta y totalitaria del nuevo régimen, emprendió una crítica durísima contra la demagogia y el populismo. Después, lleno de repugnancia por los acontecimientos de la Guerra Civil y el estallido de la Segunda Guerra Mundial, sobrepasado por las circunstancias, intenta comprender el mecanismo de los procesos políticos en las sociedades de todos los tiempos. Este es el estímulo que le incitó a escribir el ensayo tema de este modesto artículo.
Para Ortega, Estado, poder público y mando son sinónimos. Cuando Roma expulsó a sus Reyes, dicho poder quedó en manos del Senado, consejo de aristócratas que encargó al Consulado la misión de ejecutar dicho mando. El Consulado se adaptaba perfectamente a los intereses de los romanos, pues se trataba de un órgano que al ser colegiado impedía que el poder estuviese en manos de un solo hombre.
Cuando la sociedad romana aumentó su complejidad, fueron apareciendo otras instituciones que surgieron como respuesta a los problemas concretos que se iban planteando. El Estado romano se fue amoldando al cuerpo social como la piel se adapta a nuestro cuerpo; nos ciñe, pero nos sentimos libres dentro de ella.
Para Ortega, el ejemplo más claro de la genialidad romana para crear instituciones que respondiesen de la forma más adecuada a cada situación es el Tribuno de la Plebe. Esta magistratura surgió para satisfacer la necesidad del Estado de incorporar a la plebe a la gestión de los asuntos públicos. El número de plebeyos había crecido enormemente y superaban ampliamente a los patricios; su deseo era participar en el mando, pero eran conscientes de que no tenían experiencia en el asunto, ni conocían el derecho y desconocían el procedimiento administrativo y diplomático; por esta razón, comprendían que su papel en los asuntos públicos no podía ser dirigente. Los patricios por su lado, no estaban dispuestos a ceder ni una sola porción de poder; como consecuencia se desencadenó una lucha entre ambos grupos sociales.
Ortega deja claro que entre patricios y plebeyos hubo lucha, pero no estalló ninguna revolución porque ambos mantenían unas creencias comunes y la concordia los unía. Los plebeyos no pensaron en destruir el Estado Romano y construir otro sobre sus cenizas, tan solo amenazaron con retirarse a un monte cercano para construir allí una nueva ciudad.
Finalmente los patricios cedieron de la manera más sencilla posible, permitieron al jefe de la muchedumbre participar el mando con el nombre de Tribuno de la Plebe. Su particularidad es que se trataba de una magistratura exclusiva de la plebe, no de toda la ciudad. Por otra parte, su capacidad de mando es negativa, es decir, no puede ordenar que se haga algo, pero sí puede impedir que algo se haga gracias al veto. Según Ortega esta era su función:

"Su atribución principal es el veto. Como el animal fabuloso que paraliza cuanto mira, el tremendo tribuno con un gesto detenía la actuación de todo otro magistrado, incluso de los cónsules: podía congelar el Estado entero."

Al tribuno de la Plebe se le otorgó además de una garantía de seguridad, se le declaró persona sagrada, inviolable. La institución tribunicia aseguró durante siglos la solidaridad entre el Senado y el "pueblo" y evitó las revoluciones durante tres siglos y medio. Cuando la República Romana naufragó entre guerras civiles y asesinatos, los supervivientes de la catástrofe buscaron afanosamente un hombre que con poderes absolutos rehaga un Estado y resucite el mando. Para dar legitimidad a este nuevo hombre poderoso se utilizó la figura del Tribuno e la Plebe, por encima del Consulado.
Según Ortega el hecho de que una institución tan aparentemente extravagante como el tribunado debió su éxito a que la plebe era solidaria en último extremo con el Senado a pesar de sus diferencias puntuales.
José Ortega y Gasset en 1941 estaba absolutamente seguro de que los sistemas parlamentarios liberales europeos habían fracasado y tenían los días contados. Achacaba este fracaso a que el liberalismo no había comprendido la esencia fundamental de la sociedad, a que siempre había creído que la sociedad se regulaba sí misma, sin necesidad de intervenir, a que el Estado era poco necesario. La Segunda República acabó con su optimismo político y le llevó a pensar que los liberales del Siglo XIX eran poco más que unos ingenuos que, de la forma más torpe, habían llevado a Europa a un callejón sin salida, y que ahora se habían esfumado todas las alternativas, mientras en el horizonte solo se destacaba la grosera figura del totalitarismo.

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