IMPERIO ROMANO

DIVINOS  JULIOS
 

 
Dice Virgilio al comienzo de la Eneida: 
 
 
“…ahora canto las terribles armas de Marte y el varón que, huyendo de las riberas de Troya por el rigor de los hados, pisó el primero la Italia y las costas lavinias. Largo tiempo anduvo errante por tierra y por mar, arrastrado a impulso de los dioses, por el furor de la rencorosa Juno. Mucho padeció en la guerra antes de que lograse edificar la gran ciudad y llevar sus dioses al Lacio, de donde vienen el linaje latino y los senadores Albanos, y las murallas de la soberbia Roma.”
 
 
El varón al que hace referencia Virgilio es Eneas, héroe de la Guerra de Troya que abandonó esta ciudad inmediatamente antes de su destrucción y así logró salvar su vida y la de su padre, el llamado Anquises. Esto es lo que cuenta el mito, pues tanto Eneas como su padre son personajes legendarios. Virgilio debía conocer desde muy joven estas historias pues, como cualquier romano bien educado, hablaba griego y había utilizado la Ilíada y la Odisea  como libros de texto. En realidad aquellos antiguos héroes eran conocidos por la mayoría de los romanos y los mitos griegos tenían una gran difusión entre la población porque la cultura helénica llevaba ya varios siglos influyendo en las costumbres y creencias de Roma.
En tiempos de Virgilio se creía firmemente que Eneas, tras abandonar Troya, había navegado junto a su familia y otros fieles troyanos hasta las costas del Lacio, donde había fundado la ciudad de Lavinio. Eneas poseía todas las características de un héroe griego y entre ellas destacaba haber sido engendrado por una divinidad; a otros muchos héroes les ocurría lo mismo; Aquiles, combatiente del lado contrario en la Guerra de Troya era hijo de Peleo y la diosa Tetis. El caso de Eneas, por tanto, no era extraño, era fruto del amor del héroe Anquises y la diosa Afrodita y, en general, todas las familias aristocráticas de la antigua Grecia decían descender de una divinidad.
Lo, cierto es que mucho antes de Virgilio los romanos creían que Iulo, hijo de Eneas, había fundado después una segunda ciudad, Alba Longa, en la que reinaron sus descendientes, entre los que se encuentran Rómulo y Remo, que a su vez, trescientos años más tarde fundaron Roma. Se aprecia en todo ello una secuencia un tanto forzada de fundaciones y linajes, pero esta versión se impuso en Roma y es la que expone Virgilio en su Envida con bellísimas palabras.
Vemos en esta historia cómo dos mitos se enlazan e intentan formar un cuerpo coherente. Este encadenamiento de historias debió producirse en un momento concreto, en aquel tiempo en que Roma dejó de ser una pequeña ciudad del Lacio y empezó a tratar con las otras ciudades Estado del Mediterráneo de igual a igual. Sobre todo, la mayor influencia provino de las ciudades griegas, las cuales siempre vinculaban su fundación a un hecho mitológico o a una intervención divina; las ciudades etruscas hicieron lo posible por vincular su origen con los héroes homéricos y los círculos cultos y muy helenizados de Roma trabajaron en el mismo sentido. Todo este fenómeno se vio muy favorecido por la llegada a la costa etrusca de griegos muy cultos que difundieron los mitos helenos en profundidad y esto explica que la ciudad tirrena de Caere levantase un Tesoro en Delfos para depositar sus ofrendas a Apolo. La inserción de mitos a que hacemos referencia debió de producirse en las décadas previas a la instauración de la República de Roma (509 a. C.), período que coincide con la mayor expansión de la civilización etrusca.
Virgilio no inventaba nada sustancial en esta historia, bebía de fuentes muy antiguas, de elaboraciones previas de otros eruditos; Roma tenía un origen divino, siguiendo el linaje de Rómulo hacia atrás en el tiempo se llegaba hasta los mismísimos dioses olímpicos, hasta Venus, identificada con la Afrodita griega. Eneas, héroe homérico había fundado el nuevo linaje al comenzar una nueva vida en las costas de Italia, lejos de la vieja Ilión. Su hijo Iulo había fundado Alba Longa, lugar donde nacieron los gemelos que amamantó la loba.
Pero en Roma, además, había algo que demostraba la veracidad de esta historia, y no era un resto ruinoso aunque venerable, era una familia, la familia julia.
Los Julios hacían descender su nomen de Iulo, hijo de Eneas, decían ser descendientes directos de Iulo y, por tanto, de Eneas, hijo de Venus.
En consecuencia, la sangre de los dioses corría por las venas de los Julios. Hemos visto cómo blasonaban de esto mismo todas las antiguas familias aristocráticas de Grecia, que los etruscos hicieron lo mismo, y es de conocimiento general que la realeza buscó un parentesco con las estirpes divinas que fortaleciese la legitimidad de su poder. Este panorama que aquí se retrata es propio de un ambiente fuertemente aristocrático como lo era el del Lacio de finales del siglo VI a. C.
Los julios habían llegado a Roma en tiempos del rey Tulo Hostilio, procedentes de Alba Longa, donde, supuestamente reinaba una rama de la familia. Tulo Hostilio había practicado una política muy agresiva con sus vecinos y finalmente había conquistado y destruido Alba Longa; a pesar de ello actuó con benevolencia y trasladó a Roma a las más ilustres familias albanas. Así quedaron los Julios incluidos entre los clanes aristocráticos de Roma y ya en los comienzos de la República formaban parte del patriciado, oligarquía que gobernaba la ciudad. Fue en esta época, de intensa competencia entre las familias patricias, cuando los Julios debieron reafirmarse en la convicción de ser descendientes de Venus ya que esto aumentaba considerablemente el nivel de la dignitas familiar.
Pero en el ambiente competitivo del cursus honorum los Julios solo tuvieron suerte al principio, ya que alcanzaron magistraturas curules doce miembros del clan durante los dos primeros siglos de la República, mientras que a partir de este momento, la familia comenzó a perder importancia. Un Julio de cognomen César fue pretor durante la segunda guerra púnica y parece que fue en esta época cuando el linaje de los Julios se dividió en dos ramas, ambas portando el cognomen César. En los años 91 y 90 a. C. dos Julios Césares subieron al Consulado pero no está claro si pertenecían a la misma rama del clan. A finales del siglo II a. C. la rama menos afortunada del clan estaba pasando auténticos apuros, Cayo Julio César, abuelo del conquistador de las Galias, temía que la Censura apease a sus hijos del ordo senatorialis por carecer de la renta necesaria (un millón de sextercios). Es probable que los Julios Césares se vieran arrastrados a esta situación por la inercia del sistema, ya que desde el comienzo de la expansión de Roma por el Mediterráneo, el cursus honorum se había convertido para las grandes familias romanas en el pez que se muerde la cola, de modo que a mayor cantidad de cargos públicos que ostentase una familia, más posibilidades de enriquecerse tenía, y cuanto más rica fuese una familia, mayor acceso tenía a los cargos públicos.
Pero el nieto de Cayo Julio resultó ser un personaje excepcional; varios siglos en la penumbra y de pronto la familia reluce como una estrella. El gran Cayo Julio César fue un hombre inteligentísimo que además tenía un muy alto concepto de sí mismo y cuando se le ofreció la ocasión de situarse en lo más alto solo dudó lo justo.
Por supuesto que Julio César conocía perfectamente la leyenda de Eneas y el niño Iulo, e indudablemente, creía con toda firmeza en el origen divino de su familia, esto a pesar de ser una de las mentes más practicas que ha conocido la Historia. Como había ocurrido siempre, este origen divino era el adorno más valioso de la dignitas de la familia y no tenía reserva alguna en ponerlo de relieve cuando venía al caso. Mas, los tiempos de Julio César quedaban muy lejanos de las épocas heroicas y Roma se parecía cada vez más a una timocracia donde los novi homines ascendían en la escala social gracias al poder económico. Sus pretendidos orígenes avalaban su coronación, y él acarició esta idea; en el año -45 el Senado declaró que César debía ser honrado como divus Iulius  y en algún momento entre el 9 y el 15 de febrero del año 44 a. C.  Antonio intentó coronarlo públicamente, lo que él rechazo sin demasiado entusiasmo. Sin embargo, Roma detestaba a los reyes profundamente y pocos días después fue asesinado víctima de una conjura.
Cayo Julio César Octaviano, más conocido por el cognomen de Augusto dejó escrito en sus Res Gestae lo siguiente:
 
 
“Proscribí a los asesinos de mi Padre, vindicando su crimen a través de un juicio legal; y cuando, más tarde, llevaron sus armas contra la República, los vencí por dos veces en campo abierto.”
 
 
Augusto había sido adoptado por Julio César y fue el depositario de la herencia del gran militar y hombre de Estado; al perseguir y vencer a los asesinos de su Padre había realizado una ultio (venganza por una ofensa recibida) que era una obligación moral que imponían la iustitia  y la pietas erga parentem;  y al cumplir con su deber de hijo, paralelamente, tomó el camino del poder en aquella Roma desangrada en guerras civiles. Al igual que Julio César, ansiaba el poder absoluto pero aceptó sus límites y renunció a la realeza y se mostró ante el pueblo como un primus inter. Pares, como un protector de la República, como un restaurador que devolvería a Roma a los tiempos de la virtud perdida. En este sentido Augusto declara en sus Res Gestae:
 
 
“…habiendo unánimemente decidido el pueblo y el Senado que fuese yo responsable único y máximo del cuidado de las costumbres y las leyes, no quise que se me confiara una magistratura en términos que hubieran resultado contrarios a la tradición ancestral…”
 
 
Es por esta razón que toma el cognomen de Augusto, que significa “el elegido”, y lo hace públicamente  mediante un senatus consultum:
 
 
“…decidí que el Gobierno de la República pasara de mi arbitrio al del Senado y el pueblo romano. Por tal meritoria acción, recibí el nombre de Augusto…”
 
 
Un Julio de origen divino escogido por los dioses para, como si de un nuevo Rómulo se tratase, fundar de nuevo la ciudad de Roma y devolverla a aquel tiempo mítico en el que los héroes brillaban por su virtud. Y es de nuevo en las Res Gestae Divi Augusti donde lo recuerda:
 
 
“El Senado hizo incluir mi nombre en el cántico de los sacerdotes Salios…”
 
 
Tras vencer en Accio y de vuelta a Roma Augusto se detuvo en Atela para curarse de una enfermedad de garganta y allí le leyó Virgilio sus Geórgicas. Esta lectura  con la 
Campania al fondo impresionó a Augusto y  entonces se percató de que había encontrado al fiel colaborador que necesitaba para su política de apaciguamiento y restauración. Corría el verano del 29 a. C. La composición de la Eneida estaba cerca.

Octavio Augusto durante su juventud













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