HARALD HARDRADA. EL ÚLTIMO VIKINGO

EL ÚLTIMO VIKINGO

¿Cuándo llegará Ragnarok? Esta pregunta se la hicieron los escandinavos durante siglos. Ragnarok significa literalmente “Crepúsculo de los dioses”. Un día impreciso, un día desconocido, la tierra temblaría, el cielo se oscurecería, las olas del mar se levantarían, los dioses morirían y el mundo sería destruido.

Nadie sabía en qué momento llegaría Ragnarok, pero llegaría con toda seguridad, y en aquella hora el lobo Fenrer abriría su enorme boca y devoraría a Odín, luz del mundo, señor de los dioses y padre de todos. En aquel día desconocido, Asgard, la morada de los relucientes dioses sería destruida, y ellos mismos morirían. En ayuda de Odín acudirían los héroes, muertos en combate desde el principio de los tiempos en todas las batallas de las que se tenía memoria; estos héroes esperaban su momento en Valhalla, gran sala donde, reunidos, comían, bebían y festejaban hasta que debieran tomar las armas en el Ragnarok.

No obstante, a mediados del siglo XI parecía que Ragnarok ya había llegado porque Odín había sido olvidado por todos. Para escuchar un juramento poniendo por testigo a Odín había que desplazarse a los lugares más apartados y mezclarse entre solitarios pastores y leñadores, habitantes de escondidas cabañas en el claro de un bosque.

Los primeros que habían olvidado a los antiguos dioses eran los príncipes y los reyes de Dinamarca, Noruega y Suecia. Todos ellos se habían bautizado los primeros y se habían puesto de rodillas ante el dios crucificado. Después de haber pasado más de doscientos años saqueando iglesias y quemando monasterios, habían cambiado radicalmente de actitud y ansiaban que monjes y santos se instalasen en sus tierras. Pocos fenómenos así ha contemplado la Historia; pero de esta manera ocurrió efectivamente.

Todo tiene su explicación; aquellos reyes y nobles del norte tenían cada vez más intereses en las tierras del sur, y la mejor manera de defenderlos era aparecer ante todos como auténticos cristianos, piadosos y llenos de fe.

Además, los viejos dioses ya no les eran útiles, más bien al contrario, les perjudicaban. Aquello de que la única forma aceptable de morir fuese de manera violenta ya no era admisible, porque ahora lo que se deseaba era tener súbditos obedientes, no guerreros indómitos, dispuestos a cambiar de líder constantemente. Odín y sus héroes del Valhalla ya no interesaban; sin embargo Cristo y una sociedad más pacífica y obediente parecían tener más atractivo.

El primero en dar el paso fue el caudillo vikingo Rollon, que en 912 se bautizó en la catedral de Ruan, en virtud de un tratado con el rey Carlos el Simple de Francia, según el cual el jefe vikingo abandonaría sus costumbres paganas a cambio de ser nombrado Conde de Ruan y señor de todas las tierras circundantes.

En marzo de 1027, Canuto, rey de Dinamarca y dominador del mar del Norte llegó a Roma en viaje de peregrinación, y con ello cerró el proceso de cristianización de los escandinavos, para esas fechas todos habían olvidado a los antiguos dioses y habían abrazado la nueva religión.

La época de los vikingos parecía esfumarse con el olvido definitivo de las creencias paganas, Canuto quería ser un rey cristiano, aunque toda su vida hubiese actuado como un despiadado pirata.


Dominios del rey Canuto

Sin embargo, había una zona del mundo donde parecía que el espíritu de los vikingos aún no se había extinguido. Esta tierra se conocía al principio como Suecia la Grande y era un inmenso país que se extendía hacia el este, más allá del Báltico. Eran tierras inhóspitas, cubiertas de lagos, pantanos e inmensos bosques. En invierno permanecían cubiertas de nieve y los ríos se helaban. Estaban pobladas de gentes incultas que tenían costumbres extrañas y salvajes. Pero los escandinavos no eran de los que se dejaban asustar fácilmente. Si bien era cierto que aquella tierra era dura y peligrosa, también era verdad que ofrecía posibilidad de ganancias a aquellos que tuvieses el suficiente arrojo para atravesar sus desoladas extensiones. Allí se podía comerciar con los habitantes de la región, gentes bárbaras en su comportamiento, pero inteligentes para comprender los beneficios de los intercambios. Aquella tierra era rica en algunas materias primas como las pieles, la miel, la cera y la resina. Además allí se encontraba otra mercancía más valiosa que las anteriores, los esclavos.

Los suecos desde al menos el siglo IX y después otros muchos escandinavos se establecieron en un principio a orillas del lago Ladoga, comerciando con los pueblos fineses y más tarde fundaron el establecimiento comercial de Novgorod, nombre que significa “Ciudad Nueva”. Desde allí, Dniéper abajo y remando sin descanso en sus barcos, los escandinavos fueron fundando pequeños puestos comerciales a lo largo del río. Desde un principio se les conoció con el nombre de varegos, es decir, hombres del trato, hombres de palabra. Pero al verlos remar río abajo y río arriba acabó llamándoseles rusos, palabra que en la lengua de los eslavos que poblaban aquellas tierras significaba remeros.

Bajando en sus barcos por el Dniéper los varegos llegaron a las orillas del mar Negro y, para su sorpresa, se encontraron con los puertos comerciales de Bizancio. Sin saberlo en un principio, habían abierto una ruta comercial que conectaba el Báltico con la ciudad más importante del mundo conocido. De entre todos los puertos fluviales que habían surgido a lo largo de la corriente pronto destacó Kiev, campo fortificado sobre una colina junto al río.

Otros varegos alcanzaron las orillas del Volga y explorando el curso del río llegaron hasta su desembocadura en el mar Caspio.


Incursiones y conquistas de los escandinavos

Para hombres atrevidos aquellas vastas tierras eran una oportunidad de obtener fortuna, pero no todo era pacífico comercio y buenos negocios, pues hay que tener en cuenta que la mercancía más importante y que más beneficios generaba en aquellas rutas fluviales eran los esclavos; y el medio más eficaz para obtener esclavos era la guerra. La llegada de mercaderes de esclavos de forma masiva supuso un aumento de la demanda, y por consiguiente aumentó la oferta y con ello la guerra. La presencia de los varegos o rusos en el Dniéper y el Volga supuso un aumento de la violencia considerable, porque los jefes eslavos locales se dedicaron a hacer la guerra con el único objetivo de capturar esclavos para venderlos después a los escandinavos. En medio de esta situación fue inevitable que los varegos interviniesen en las guerras de los eslavos de la zona, unas veces apoyando a unos, otras apoyando a otros y de vez en cuando amenazando a algún jefe eslavo demasiado ambicioso.

El ambiente era de claro peligro porque en los puertos fluviales de los varegos se almacenaban en ocasiones grandes cantidades de mercancías que despertaban la codicia de los habitantes de los alrededores. Por esta causa los mercaderes viajaban siempre formando grupos numerosos y bien armados; y desde el comienzo todos los establecimientos comerciales se rodearon de un foso y una empalizada para prevenir los posibles ataques. Aquellos comerciantes eran a la par exploradores y guerreros.

Esta situación atrajo muy pronto a mercenarios y gente de armas; venían sobre todo de Suecia, pero también de Noruega y Dinamarca. A veces eran grupos de eslavos los que prestaban servicios de armas en estos recintos fortificados o se encargaban de proteger las flotillas de barcas que navegaban por el Dniéper o el Volga. Cualquiera que supiese manejar las armas y tuviese suficiente ambición era bienvenido en aquellos puertos fluviales o en los fortines más alejados del río.

Desde principios del siglo IX los escandinavos comenzaron a intervenir en los asuntos de los eslavos y a someterlos, imponiéndoles después un tributo. Según la Crónica de Néstor los eslavos y los fineses no aceptaron de buen grado este tributo pero sus divisiones y disputas internas les condujeron al final a aceptar el dominio de la ciudad de Novgorod. Esta población era un gran recinto fortificado lleno de mercaderes, aventureros y mercenarios que se habían organizado y estaban dirigidos por un príncipe.

La Crónica de Néstor nos cuenta que hacia 880 un varego llamado Oleg fundó el puerto comercial de Kiev, a orillas del Dniéper y que sus primera gesta fue someter a los eslavos de los alrededores. En 907, actuando como un auténtico vikingo, atacó Constantinopla, asunto del que supo sacar partido, pues en 911 firmó un tratado comercial con el Imperio Bizantino en igualdad de condiciones. A partir de este momento el poder del principado de Kiev crecería sin pausa gracias a la cercanía de los puertos del mar Negro y a los derechos comerciales concedidos por Constantinopla. Dicha posición dominante aumentó cuando los demás recintos fortificados del Dniéper terminaron por reconocer su autoridad; incluso el más antiguo y poderoso de ellos Novgorod acabó sometiéndose a la hegemonía de Kiev. A mediados del siglo X los varegos de Kiev derrotaron a los jázaros y los búlgaros, lo que convirtió al puerto fluvial del Dniéper en el estado más grande y poderoso de toda la región. Aquellos mercaderes y guerreros de Kiev fueron conocidos con el nombre rus, es decir, remeros, nombre que ha perdurado hasta hoy en día para denominar a la gran nación rusa.


El rus de Kiev

En la primavera de 1031 llegó a Novgorod un joven de 15 años procedente de Noruega; su nombre era Harald Sigurdarson y destacaba entre los hombres de la comitiva que le acompañaba por su elevada estatura, a pesar de su juventud. Novgorod era una ciudad comercial construida enteramente de madera, casas, pavimento de las principales calles y murallas; hasta el palacio del príncipe Yaroslav estaba hecho de madera, el material más abundante en aquellas tierras. El poblado se asentaba junto a la desembocadura del río Volhov en el lago Ilmen. Durante todo el siglo IX Novgorod había sido el mercado de pieles y esclavos más importante de Suecia la Grande, pero desde principios del siglo X este rango se lo había arrebatado Kiev; eran tiempos aquellos en que las cosas evolucionaban rápidamente, y fue entonces cuando Suecia la Grande comenzó a ser conocida como Rusia.

A principios del siglo XI Novgorod ya no era un principado soberano, sino que dependía del gran reino de Kiev. Era una ciudad con dos siglos de antigüedad pero aún mantenía el ambiente fronterizo que siempre la había caracterizado; mercaderes, aventureros y mercenarios eran algunos de los personajes que podían verse en sus enlodadas calles.

Harald Sigurdarson venía huyendo de Noruega y esperaba encontrar ayuda en aquella lejana ciudad. En Novgorod eran habituales los exiliados de toda Escandinavia; sin ir más lejos el hermanastro de Harald, Olaf II de Noruega había permanecido allí durante dos años tras ser destronado por el temible Canuto, rey de Dinamarca.

Olaf había pasado aquellos dos años reuniendo adictos a su causa y reclutando mercenarios entre los varegos de la región; en esa tarea había hecho muchas amistades por aquellas tierras, incluso había conseguido la confianza del príncipe Yaroslav. En 1030 Olaf pensó que había llegado el momento de regresar a Noruega para recuperar la corona, pues Canuto de Dinamarca había muerto. El 29 de julio de aquel año tuvo que enfrentarse en una batalla a los nobles noruegos que abominaban de él porque mantenían fresco el recuerdo de su manera autoritaria y cruel de reinar. El choque tuvo lugar cerca de una aldea llamada Stiklestad, y allí murió Olaf a causa de varias heridas. Tras su muerte sus seguidores se dispersaron; entre ellos se encontraba su joven hermanastro, Harald Sigurdarson, que también estaba herido; pero tuvo suerte y fue sacado del campo de batalla por uno de los hombres de Olaf, que más tarde lo llevó hasta la cabaña de un campesino donde permaneció oculto hasta que la persecución de los fugitivos cesó.

Con las heridas recién curadas y una fuerte dosis de resentimiento Harald tomó el camino del Báltico; a él se fueron uniendo algunos de los supervivientes de la derrota de Stiklestad, atravesaron montañas, bosques y pantanos, y finalmente llegaron a Novgorod.

Los rus llamaban Kremlin al palacio del príncipe; y allí se dirigió Harald Sigurdarson con la intención de presentarse ante Yaroslav y pedirle ayuda; pensaba que le dispensaría la misma acogida que a su difunto hermanastro Olaf dos años antes. No se equivocaba, pues Yaroslav estaba necesitado de todos los varegos de Escandinavia que se le acercasen. Necesitaba soldados porque hacía años que andaba en guerra contra uno de sus hermanos.

En realidad Yaroslav había estado combatiendo contra sus hermanos desde que su padre, Vladimir el Grande había muerto en 1015. Los hijos del difunto rey se repartieron entre disputas los trozos del enorme principado de Kiev y Yaroslav pudo retener en su poder todo el norte, incluido Novgorod y el alto Volga.

En los años siguientes los hermanos lucharon a lo largo del Dniéper tiñendo de rojo la blanca nieve y poco a poco fueron muriendo uno tras otro. En 1031 ya solo quedaban dos de los hermanos, Yaroslav que controlaba el norte de Rusia y Mstislav que dominaba el sur.

Durante años y años los escandinavos habían acudido a la tierra de los rus , donde había una enorme demanda de mercenarios. Llegaban individualmente o formando bandas de guerreros en el más puro estilo vikingo para unirse a los ejércitos de cualquiera de los hijos de Vladimir el Grande.

Así empezó sus andanzas Harald Sigurdarson en la tierra de los rus. Aunque era muy joven ya tenía la experiencia de la batalla de Stiklestad y de inmediato formó parte del ejército de varegos de Yaroslav; en poco tiempo demostraría una agresividad poco común en combate y al ir madurando destacaría en estatura y corpulencia sobre todos los demás.


Yelmo vikingo

Desde 1031 hasta 1035 Harald estuvo al servicio del príncipe Yaroslav, combatiendo contra eslavos, búlgaros y pechenegos. También participó en las guerras contra el príncipe Mstislav, que se prolongaron hasta que este último murió en 1036 y sus posesiones pasaron definitivamente a manos de Yaroslav, que por aquellos tiempos ya empezaba a ser conocido con el sobrenombre de “El Sabio”.

A lo largo de estos años Harald Sigurdarson, todavía joven, se labró una fama de guerrero invencible que tuvo su eco más allá del Báltico, en Escandinavia. A unas aptitudes físicas muy notables unía una valentía y una crueldad en el combate que se ganaron la admiración de sus compañeros de armas; por esa razón, y por cuestiones de cálculo diplomático, Yaroslav nombró a Harald jefe de los varegos que luchaban bajo su estandarte. Yaroslav no era conocido como “El Sabio” en vano, sino que poseía una gran inteligencia, y por esta razón había captado las enormes posibilidades de Harald, que prometían un brillante futuro. Él había pasado gran parte de su vida luchando contra sus hermanos y contra otros enemigos que acechaban en las fronteras de su principado, y sabía perfectamente que tener aliados era algo valiosísimo; y aquel joven noruego podía convertirse en el futuro en un magnífico aliado; es más, Harald podía llegar a ser el rey de Noruega algún día. Como Yaroslav era un excelente estratega, tomaba posiciones con respecto a Harald antes de tiempo.

En aquella etapa no solo había crecido la fama de Harald, también lo había hecho su bolsa. A base de saqueos y botines había acumulado una buena fortuna y había comenzado a pensar en su proyección social; por eso se dirigió directamente a Yaroslav y le pidió la mano de su hija Elizabeta. Yaroslav le dio largas, pues pensaba desposar a su hija con algún rey o príncipe, y Harald todavía no era más que un capitán de varegos.

Cuando Harald estuvo en Kiev pudo observar cosas interesantes. En principio comprobó que los rus eran auténticos cristianos, sin lugar a equívocos; la iglesia de Santa Sofía de Kiev aún no estaba totalmente construida, sobre todo debido a los retrasos consecuencia de casi quince años de guerras fraticidas, pero ya faltaba poco para finalizar la obra; se trataba de un edificio extraño a los ojos de Harald, no solo por estar construido de piedra, sino por las cúpulas, elementos extraños para un noruego. Y los arquitectos que trabajaban en ella también eran gentes extrañas, decían ser romanos, originarios de las tierras del sur. Más allá de la desembocadura del Dniéper había un profundo mar, y mucho más allá, en la orilla opuesta se encontraba Miklagard la “Ciudad Grande”, lugar de donde procedían aquellas gentes. Pero lo que más impresionó al capitán varego fue el saber que aquella ciudad era la más hermosa de la Tierra, y la más rica. Era el lugar más lujoso y sus habitantes eran, según decían, auténticos romanos, gobernados por un emperador.

En el puerto fluvial de Kiev se contaban cosas maravillosas; palacios con los techos cubiertos de oro, tesoros fabulosos, bellas mujeres cubiertas de joyas. Miklagard no tenía comparación con ninguna otra ciudad; los que habían estado allí soñaban con volver.

A comienzos de la primavera se reunía una enorme flota en el puerto de Kiev, venían barcos de Novgorod, de Smolensco y de toda la orilla del Dniéper. Acudían a Kiev comerciantes de pieles y esclavos de todos los lugares del país de los rus remando sin descanso, sorteando los accidentes del río. En Kiev se reunía una multitud que a los pocos días zarpaba hacia el mar Negro, camino de Miklagard.


Barco vikingo

Harald no sentía interés alguno por el comercio, pero sí atrajo su atención la gran cantidad de soldados que se embarcaban rumbo a Miklagard. Supo que en aquel lejano imperio eran muy solicitados los mercenarios varegos, que muchos de ellos combatían allí y que el mismo emperador tenía una guardia compuesta exclusivamente por varegos llegados de Escandinavia y de Rusia.

Corría el año 1035 y Harald Sigurdarson decidió viajar a Miklagard; allí esperaba hacer fortuna y ganar muchas más riquezas de las que había conseguido junto a Yaroslav. En su viaje no iría solo, le acompañarían otros varegos que lo consideraban su jefe y habían depositado en él su confianza. Navegó Dniéper abajo y al llegar al mar Negro se dirigió al puerto de la ciudad de Quersoneso, en Crimea. Aquella ciudad era la puerta del Imperio Bizantino en el mar Negro y el primer puesto de vigilancia en las castigadas fronteras de la civilización más refinada de aquellos tiempos. En Quersoneso Harald se informó sobre la ruta hacia Miklagard, que entre los romanos tenía el nombre de Constantinopla, ciudad de Constantino, el legendario emperador romano que tuvo el favor de Cristo. Aquello era demasiado para los toscos varegos que creían acercarse al centro del mundo.


Imperio Bizantino en la segunda mitad del siglo XI

En Aquel mismo año de 1035 Harald y sus compañeros llegaron a Constantinopla con la intención de ser reclutados como mercenarios por el emperador, que a la sazón era Miguel IV, llamado “El Plafagonio”. Miguel había sido elevado a la púrpura gracias a su matrimonio con Zoe, la emperatriz.

Que el emperador debiese su poder a su esposa llamó la atención de Harald desde un principio y fue algo decisivo en su conducta durante los años que pasó en Constantinopla.

Mucho más claras vio las cosas cuando supo que Miguel IV era un enfermo que sufría frecuentes ataques de epilepsia y que había dejado el poder en manos de Juan“El Eunuco”, que era quién gobernaba de verdad el Imperio Bizantino desde hacía muchos años.

Si bien Miguel era un hombre débil, su hermano Juan era un hombre fuerte, y a sus órdenes los mercenarios varegos combatieron con fortuna en las fronteras del imperio.

Harald Sigurdarson luchó en Anatolia, en el asedio de Edesa, y en Sicilia contra los musulmanes, y obtuvo el rango de capitán de la guardia varega. En todas estas campañas estuvo a las órdenes de Jorge Maniakes, general bizantino de gran inteligencia y energía. Maniakes había reunido un imponente ejército de mercenarios varegos, normandos del sur de Italia y lombardos; con esta gente aguerrida derrotó al emir de Siracusa y conquistó toda Sicilia. Sin embargo, a causa de su carácter altivo y las ofensas hechas a algunos de sus capitanes fue destituido del cargo de general por Juan “El Eunuco”, lo que hizo que la fortuna diese un giro y los ejércitos imperiales sufriesen varias derrotas en el sur de Italia.

Para Harald, la única derrota digna de recordarse era la de Stiklestad, donde murió su hermanastro Olaf, y en realidad a él no le habían ido mal las cosas; además de haber conseguido un buen botín, ahora volvía a Constantinopla como el jefe de la guardia varega, el ejército de elite del emperador bizantino.

Constantinopla era la ciudad más bella del mundo, la nueva Roma, enriquecida con esculturas de Atenas y columnas y obeliscos de Alejandría. El más grande de sus emperadores, Justiniano, había construido el templo de Hagia Sofía, templo de la sabiduría, el más bello de los que había visto la humanidad, que poseía una enorme cúpula y albergaba una incomparable colección de reliquias. En la ciudad había un barrio donde vivían los rus, allí tenían sus almacenes y sus tiendas, y allí hacían sus negocios, vendían esclavos, pieles, miel, ámbar y cera a cambio de productos de lujo, a menudo exóticos, traídos del extremo oriente.

En Constantinopla la guardia varega era conocida como Tagma ton Varangion. Aquellos gigantes originarios de Escandinavia, Jutlandia, Novgorod y Kiev llamaban la atención por las calles de Constantinopla por su aspecto feroz y su rudo comportamiento. A pesar de infundir temor con su sola presencia, tenían fama de mostrar siempre una gran lealtad hacia el emperador, hasta el punto de preferir la muerte antes que abandonar a su señor en los momentos de peligro. Iban cubiertos por una cota de malla y un yelmo, y blandían un arma terrible, el hacha de mango largo. Eran conocidos en toda la ciudad por sus descomunales borracheras, cuestión de la que hacía burla todo el mundo en Constantinopla.


Guardia varega

En aquella gran ciudad Harald tuvo tiempo de llegar a conclusiones. Consideraba al emperador Miguel IV un hombre débil y enfermo, cuya única cualidad era ser instrumento de su hermano Juan “El Eunuco” y de la emperatriz Zoe; aquella mujer le parecía sumamente peligrosa, pues en boca de todos estaba que había envenenado a su anterior marido Romano III; veía la corte de Constantinopla como un nido de corrupción donde en cada esquina se escondían los traidores y arribistas.

Miguel IV tuvo una ocasión en 1040 de demostrar que a pesar de todo era capaz de mostrarse como un auténtico emperador romano; alertado por la rebelión de los búlgaros y el peligro en que se encontraban Tracia y Macedonia, acudió a enfrentarse con ellos al mando de su ejército de mercenarios y obtuvo una gran victoria. En esta guerra la fama de Harald Sigurdarson se elevó muy alto y los poetas de Rusia y Escandinavia cantaron con entusiasmo sus azañas.

Pero el 10 de diciembre de 1041 Miguel murió y Zoe corrió a nombrar emperador a Miguel V, sobrino e hijo adoptivo del difunto. Toda esta operación fue organizada por Juan “El Eunuco” que era quien estaba detrás de todas las intrigas del Sacrum Palatium.

Ante estos acontecimientos la guardia varega no dio un solo paso; aceptó la situación por fidelidad a la emperatriz Zoe. Harald, comandante de los varegos, había intimado con ella y sabía que Miguel V solo era un nuevo repuesto para mantener el poder; el tercero ya en la lista de Zoe. Sin embargo las cosas muy pronto iban a tomar un rumbo inesperado, Miguel V era mucho más ambicioso que su antecesor, y también más atrevido. Una de las primeras medidas que tomó fue recluir a su tío Juan “El Eunuco” en un monasterio y en abril de 1042 ordenó deportar a la emperatriz Zoe, con objeto de quedar como único emperador de Bizancio.

Pero Miguel V no las tenía todas consigo y a la mañana siguiente de llevar a cabo esta última acción el pueblo de Constantinopla se rebeló.

La guardia varega era fiel al emperador, pero en esta ocasión Harald decidió que las cosas iban a ser de otra manera; aprovechando el caos en el que la ciudad se encontraba, comenzó a saquear todo lo que encontraba a su paso acompañado de un grupo de varegos. Finalmente, con la intención de asestar un golpe definitivo a la inestable situación capturó a Miguel V y en un acto de gran crueldad lo dejó ciego.

No tardó Zoe en tomar de nuevo el poder y, mientras buscaba un nuevo marido, ordenó encarcelar a Harald.

El vikingo se había convertido en un indeseable en el palacio de Constantinopla; saqueador, secuestrador de un emperador, y al fin y al cabo, un hombre peligroso.

No obstante, mantener a Harald preso se mostró una tarea difícil, pues al poco y con ayuda del exterior, el vikingo, junto a otros hombres de la guardia varega escapó de la prisión y huyó de Constantinopla en un barco en dirección a Kiev.


Hagia Sofía, hoy en día gran mezquita de Estambul.

En mi opinión el comportamiento de Harald Sigurdarson en este episodio de Miguel V evoluciona según van cambiando las circunstancias. Si en un principio es fiel al nuevo emperador, conforme comprueba que este se aleja de quienes le han elevado hasta donde se encuentra, él también comienza a actuar por su cuenta; de tal manera que, viendo como la ciudad de Constantinopla se subleva, actúa como tenían por costumbre los jefes vikingos un siglo atrás y se dedica al saqueo. Más tarde, cuando entiende que el emperador ha perdido la partida, lo secuestra y lo ciega creyendo que él mismo puede ocupar su puesto. En este último caso actúa como aquellos antiguos generales romanos que se sublevaban en provincias y se autoproclamaban emperadores. Las cosas estaban mal en Constantinopla, pero no lo bastante para que un vikingo ocupase el trono del emperador.

Cuando Harald llegó a Kiev fue recibido como un héroe, pues ya en aquel tiempo se había convertido en una leyenda viviente. Yaroslav “El Sabio” le agasajó y expresó su admiración por las hazañas del noruego. Harald no regresó nunca más a Miklagard, pero en 1043 el hijo mayor y heredero de Yaroslav, el príncipe Vladimir, dirigió un ataque contra la capital del Imperio Bizantino. El asalto fracasó, pero los bizantinos se vieron obligados a entregar Quersoneso a los rus y a concertar un matrimonio entre una princesa imperial y uno de los hijos de Yaroslav. Aunque Harald no participó en la expedición del príncipe Vladimir, es posible que sus informes sobre la situación en Constantinopla fueran decisivos a la hora de tomar la decisión del ataque. En aquel año la emperatriz Zoe ya había encontrado un nuevo esposo, Constantino IX, y el imperio se encontraba debilitado por las revueltas y luchas intestinas del período anterior. Sin embargo, también es posible que el príncipe Vladimir y sus soldados actuasen en esta ocasión como simples mercenarios contratados por Jorge Maniates, antiguo general destituido en tiempos de las guerras de Sicilia que ahora se había declarado en rebeldía contra Zoe y su consorte. Era evidente que la inestabilidad no cesaba en el seno de Bizancio.

En aquel tiempo Yaroslav decidió conceder a Harald la mano de su hija Elizabeta, que años antes le había negado. Las cosas habían cambiado mucho, ya que el vikingo era ahora muy rico y hombre de gran fama. Además, el rey Canuto había muerto hacía tiempo y en Noruega reinaba ahora un sobrino de Harald, Magnus apodado “El Bueno”. Magnus era hijo del malogrado Olaf, que murió en la batalla de Stiklestad y Harald había mostrado abiertamente sus intenciones de disputarle la corona desde el mismo momento de su regreso de Miklagard. Yaroslav estaba absolutamente seguro de que Harald podía obtener el trono de Noruega y por eso se apresuró a desposarlo con su hija.

Pero lo más sorprendente de todo no eran las nuevas posibilidades de Harald Sigurdarson, sino que su hermanastro, el viejo Olaf, despedazado por un hacha en Stiklestad, ahora era considerado un santo, el primer rey santo de Escandinavia; no en vano ya se le conocía en todas partes como Olaf “El Santo”.Verdaderamente Olaf había perseguido con ahínco a todo el que no mostraba suficiente fidelidad a la nueva religión durante su reinado, y por esta causa se había ganado la enemistad de muchos de sus súbditos, pero ahora las cosas habían dado un giro inesperado y el cadáver del difunto rey se había convertido en una reliquia, sus partidarios lo habían desenterrado y habían comprobado con sorpresa que permanecía incorrupto desde la jornada de Stiklestad.

Harald reclutó un ejército de varegos y en 1046 puso rumbo a Noruega con la intención de disputarle el trono a su sobrino Magnus. Ambos se conocían desde mucho tiempo atrás, cuando estaban junto a Yaroslav en Rusia. Este último había ayudado a Magnus a conseguir el trono de Noruega, pero ahora había decidido dar un giro a su estrategia política y favorecer a Harald en su empresa. Por su parte, Magnus había hecho todo lo posible por agrandar su poder, y tras algunas inteligentes maniobras había sido coronado rey de Dinamarca; sus reinos por aquel tiempo eran extensos y su poder enorme.

Harald se comportó como un auténtico pirata, y tras varios enfrentamientos con su sobrino la situación tendía a estancarse. En ese momento, Magnus actuó diplomáticamente con el convencimiento de que la realidad era que no podía expulsar de Noruega a su tío; se imponía un acuerdo. Como hubiera hecho cualquier vikingo cien años atrás, Harald aceptó quedarse para él una parte de Noruega a cambio de hacer las paces con Magnus.

No obstante, la fortuna volvió a sonreír a Harald una vez más, pues en 1047 Magnus “El Bueno” murió repentinamente y el antiguo capitán de la guardia varega se coronó rey de toda Noruega. Su reino no fue pacífico, sino al contrario; luchó contra los daneses y conquistó todas las islas que hay entre Noruega y Gran Bretaña; trató a la nobleza con mano de hierro y aniquiló a cualquiera que osase ir contra él. Por todo ello empezó a conocérsele con el sobrenombre de “Hardrada”, que quiere decir “El que rige con dureza”.


Fiordo noruego.

En 1048 fundó la ciudad de Oslo en el fondo de un profundo fiordo; un lugar estratégicamente situado frente a las costas de Dinamarca.

Porque a pesar de la brutalidad con que se comportaba, Harald“Hardrada” tenía un proyecto político inteligente y lleno de coherencia. Su objetivo era recomponer el desaparecido imperio del rey Canuto, el mismo que venció a su hermanastro Olaf “El Santo”. Para ello se basaba en ser heredero de Magnus “El Bueno”, rey de Noruega y Dinamarca, y por tanto, sucesor del difunto Canuto.

Su ambición no pudo ser satisfecha en Dinamarca, pues los daneses tras la muerte de Magnus tomaron por rey en 1047 a Svend II, sobrino de Canuto “El Grande”. Harald combatió con él pero a la postre fracasó en su intento de obtener la corona de Dinamarca.

Otro frente de expansión de su proyecto político eran las Islas Británicas. Tras la conquista de las Orcadas sus barcos recorrían las cos tas de Escocia sin dificultad y Harald comenzó a elaborar argumentos que justificasen la invasión de Gran Bretaña. Aquellas tierras habían formado parte del imperio de Canuto “El Grande” y “Hardrada” hacía valer su derecho sobre la gran isla.

En Inglaterra, desde 1042 reinaba Eduardo “El Confesor”, descendiente de la antigua dinastía sajona, restaurada tras la muerte de Canuto. Era un rey querido por el pueblo, pero de carácter débil, más dado a las cuestiones religiosas que a la política y la guerra. Además, había sido incapaz de tener descendencia, obligación ineludible para un rey, y viendo cómo los ambiciosos lo rodeaban por doquier, había decidido dejar el gobierno del reino a dos hermanos pertenecientes a la casa de Godwin, la más poderosa e ilustre de Inglaterra. Harold, el hermano mayor, asumió el control del sur, mientras que Tostig, el menor, fue nombrado conde de Nothumbria. Todo parecía indicar que cuando Eduardo muriese uno de los dos hermanos sería coronado rey de Inglaterra; el que más posibilidades tenía era Harold, pues dominaba la zona más extensa, poblada y rica del reino.

Por otra parte, Tostig no era tan popular como su hermano; en Northumbria, debido a su carácter violento, era aborrecido por la nobleza local. Hasta tal punto llegó la cosa que en 1063 los nobles se sublevaron y ocuparon la ciudad de York. A los rebeldes se unieron Edwin, conde de Mercia y su hermano Morcar. Todo el norte se había sublevado y amenazaba con ir a la guerra si Tostig no era depuesto.



Bretaña durante la alta Edad Media

Los sublevados se dirigieron a Wessex, corazón del reino, con la intención de pedir al rey Eduardo que destituyese del cargo a Tostig y pusiese en su lugar a Morcar; a su encuentro salió Harold Godwinson, el hermano mayor de Tostig, y mantuvo una entrevista con ellos. Harold era el hombre más poderoso de Inglaterra y veía cercana la posibilidad de heredar la corona cuando falleciese Eduardo “El Confesor”. Estas circunstancias y su enorme ambición fueron la causa de que aceptase la propuesta de los rebeldes y apoyase la destitución de su hermano ante el rey. Tostig fue declarado proscrito cuando se negó a aceptar la nueva situación y acusó a su hermano de haber aprovechado la ocasión para deshacerse de un competidor en la lucha por el trono. Lleno de ira y abrasado por la sed de venganza huyó a Flandes para refugiarse junto a su cuñado Balduino V. Allí reclutó un ejército y consiguió una flota con la que desembarcó en la isla de Wight y desde esta base se dedicó a la piratería por toda la costa del sur de Inglaterra.

Sin embargo todo corría hacia un rápido desenlace, pues en la navidad de 1065 el rey Eduardo agonizaba y todos miraban al trono que en breve quedaría vacante. El 5 de enero de 1066 el rey murió y Harold Godwinson se precipitó a autoproclamarse como legítimo heredero y en el mismo lecho de muerte de Eduardo fue reconocido como rey de Inglaterra por toda la nobleza. Con estos apoyos Harold hizo la guerra a su hermano y lo derrotó; entonces Tostig, con los mercenarios flamencos que le quedaban, huyó a Escocia y pidió asilo al rey Malcolm. Desde allí entró en contacto con Harald Hardrada.

Harold Godwinson, rey de Inglaterra.


Tostig y Hardrada llegaron a un acuerdo; Northumbria sería para Tostig y el resto de Inglaterra para Hardrada. Para conseguirlo contaban con numerosos partidarios de Tostig y con el apoyo de la población de origen escandinavo que se había establecido en Northumbria en los tiempos de la invasión danesa. Por su parte, Hardrada, comenzó a reunir una flota y reclutar un ejército en Noruega. Para levantar la moral de sus soldados, el rey noruego tomó en sus manos un viejo estandarte llamado Land Waster, es decir, “El Devastador de Tierras”, que tenía fama de conducir a la victoria a aquel que lo enarbolaba. Decían desde antiguo que cuando el estandarte se dirigía a la batalla aparecía sobre él un cuervo, animal de Odín.

Tostig, en Escocia, había conseguido la ayuda del rey Malcom, quien había puesto a su disposición una flota y un ejército de escoceses; además, contaba con los barcos y los mercenarios flamencos que había conseguido salvar tras ser derrotado por su odiado hermano. Las flotas de los dos aliados se reunieron a finales del verano de 1066 en el estuario del río Forth, cerca de Edimburgo, y a mediados de septiembre se dirigían hacia el sur, siguiendo la costa, en dirección a Northumbria. Hardrada se había presentado con una flota de 300 barcos que transportaba un ejército de 10000 hombres.

La flota entró en el río Ouse y desembarcaron en Ricall, 14 Km al sur de York. Pero el río era muy estrecho hacia el interior y las naves avanzaban lentamente, pues tenían que desfilar de una en una. Aquello pareció una ventaja a los hermanos Edwin y Morcar que gobernaban Mercia y Northumbria. Morcar no esperaba la ayuda del rey Harold Godwindson; sabía que éste montaba guardia en Kent con su ejército a la espera de otra posible invasión desde Normandía, pues el duque Guillermo interpretaba que él era el legítimo rey de Inglaterra, ya que Eduardo “El Confesor” le había prometido la corona, y Harold Godwindson no era más que un vulgar usurpador que le había engañado. Por esta razón el ejército de Godwindson vigilaba el Canal de la Mancha, esperando enfrentarse al duque Guillermo de Normandía. Sabiendo Morcar que no recibiría ayuda ninguna, decidió aprovechar la dificultad que tenía la flota escandinava para penetrar en Yorkshire y le salió al encuentro con un ejército de 5000 soldados pertenecientes en su mayoría a la milicia.

La batalla tuvo lugar el 20 de septiembre de 1066, cerca de la aldea de Fulford, entre el río Ouse y una zona pantanosa. La lentitud del ejército de Hardrada le impidió desplegar desde el primer momento a todos sus soldados y a punto estuvieron de vencer los hombres de Northumbria en el primer choque; pero al rato, hardrada consiguió que acudieran más escandinavos y rechazaron al enemigo haciéndole retroceder. Viéndose en peligro de ser capturados los condes Morcar y Edwin huyeron.

La batalla fue durísima y las bajas muy numerosas en ambos bandos. Toda Northumbria quedó indefensa ante Hardrada, que renunció a saquear York porque Tostig se lo pidió; el sajón no quería ver arrasada la capital del territorio que le correspondería según lo acordado. Pero Hardrada no podía renunciar a ciertas cosas. En primer lugar necesitaba provisiones, pues los ejércitos vikingos siempre habían carecido de sistema de abastecimiento y sus barcos, de poco calado, tenían una pequeñísima capacidad de carga. Este problema lo solucionaban saqueando el terreno sobre el que se encontraban. En este caso, Hardrada pidió provisiones y un rescate a los habitantes de York como única forma de evitar el saqueo. Además Hardrada les exigió rehenes para asegurarse de que no volverían a empuñar las armas.

Tostig estaba en otras cosas. Había enviado mensajeros a todos los rincones de Northumbria para que se reunieran con él todos sus partidarios. En espera de las provisiones, los tributos, los rehenes y la milicia de fieles, Tostig y Hardrada se retiraron a las orillas del río Derwent, junto a un puente que había en un lugar llamado Stamford Bridge.

Hardrada pensaba seguir la misma estrategia que habían practicado los vikingos durante más de dos siglos en sus incursiones militares. Consistía en remontar el curso de los ríos con sus barcos y aparecer por sorpresa tierra adentro; así obtenían victorias rápidas que les permitían saquear toda la comarca. Después se retiraban y volvían a repetir lo mismo en otro lugar, y así sucesivamente. Al cabo del tiempo, el enemigo estaba tan agotado y desangrado que cedía a todas las exigencias de los invasores. Y esta era la estrategia de Hardrada; pensaba seguir por la costa hacia el sur, saqueando todo a su paso y retirándose después a los barcos, hasta que Harold Godwindson hubiese agotado sus recursos y comenzasen las deserciones. Era, por tanto, una estrategia lenta, basada en la asfixia del enemigo.

Por eso Hardrada envió a la mitad de su ejército de regreso a los barcos y, según dicen algunos, también ordenó embarcar las cotas de malla y toda la impedimenta pesada, pues pensaba que en Northumbria ya no tendría que combatir más.


Barco vikingo

Pero Hardrada estaba equivocado porque no contaba con el carácter de Harold Godwindson. El nuevo rey de Inglaterra era un hombre audaz, inteligente y muy rápido en sus movimientos; nada más enterarse del desembarco de los noruegos Godwindson partió de Wessex con su ejército y recorrió en menos de cinco días la distancia que le separaba de Stamford Bridge; toda una proeza. La mejor tropa de su ejército estaba compuesta por los huscarles, unidad permanente de soldados profesionales armados al estilo de la guardia varega, con cota de malla y hacha de mango largo. Estos deberían de ser unos 2000 aproximadamente y habían sido introducidos en Inglaterra en los tiempos de Canuto “El Grande”. El resto de los soldados de Harold Godwindson era el fyrd, es decir, la milicia de campesinos, que se reunían ocasionalmente en momentos de peligro. Estos debían ser alrededor de 8000. Por tanto las fuerzas de Godwindson y Hardrada estaban equilibradas.

No obstante, debemos matizar. Los soldados de Godwindson caminaron sin descanso durante casi cinco días, recorriendo unos 350 km en total, y por tanto, estaban mucho más cansados que los escandinavos. Por su lado, Hardrada había sufrido numerosas bajas en la batalla de Fulford y había enviado a una parte importante de su ejército a las naves, que se hallaban a orillas del Ouse y del Humber. Estos no debían de ser más de 6000, contando los mercenarios flamencos y los aliados de Escocia y Northumbria que iban con Tostig.

El día 25 de septiembre de 1066 había amanecido muy tranquilo y los hombres de Hardrada retozaban en Stamford Bridge cuando hacia el oeste, en dirección a York, apareció en el horizonte una nube de polvo. En un principio todos pensaron que se trataba de aliados de Northumbria que venían a unirse al ejército victorioso de Harald Hardrada. También pensaron que podía tratarse de las gentes de York, que acudían con el rescate solicitado y los rehenes. Pero todos los rostros se llenaron de estupor cuando vieron que se trataba del ejército de Harold Godwindson con sus resplandecientes armas.

Actual puente de Stamford Bridge. Construido con piedra.

Hardrada había cometido un grave error estratégico. Se había confiado y había creído que el enemigo era incapaz de moverse a la velocidad con que lo había hecho. Además, no había tomado medidas defensivas ni había puesto vigilancia en la comarca. Pero lo peor de todo es que, considerando la victoria por cierta, había dividido a su ejército y una parte importante de él se hallaba desperdigada a lo largo del Ouse y el Humber.

Siendo consciente de estas circunstancias, pensó con temor que lo peor que le podía ocurrir es verse obligado a combatir con el río Derwent a sus espaldas, y por esa razón ordenó a sus soldados cruzar el puente de madera y pasar a la ribera opuesta. Como no tenía mucho tiempo, cometió otra equivocación, una más de las muchas de aquella jornada; envió a un nutrido destacamento de soldados a retener durante un poco de tiempo a los sajones de Godwindson. Así sufrió ya una derrota en el primer encuentro.

Hay quienes afirman que Tostig le propuso retirarse lo más rápido posible hacia las naves, pero él rehusó. En realidad esto hubiera sido posible, pues el ejército de Godwidson se desplazaba a pie en su mayor parte y además se encontraba cansado. Pero este no era el carácter de Hardrada, el antiguo capitán de la guardia varega, y por otra parte, esto hubiese significado la pérdida del rescate y los rehenes.

Cuentan las crónicas que para retener a los sajones todavía más tiempo, Hardrada colocó en el puente a un gigantesco guerrero escandinavo para que impidiese el paso, y que mantuvo a raya a los hombres de Godwindson durante una hora, hasta que murió a causa de las heridas que recibió. Personalmente pienso que se trata de una leyenda con muy escaso fondo real. Quizás su origen esté en la actuación heroica de algún guerrero de Harald.

Otro episodio con ribetes legendarios es aquel en el que se cuenta que una vez que hubieron cruzado los sajones el río Derwent, de entre sus filas salió un grupo de jinetes que se acercó a los escandinavos y a voces, uno de aquellos jinetes, transmitió un mensaje de Harold Godwindson para Tostig, en el que le proponía que se pasase a sus filas a cambio de la mitad del reino; a lo que Tostig contestó que antes quería saber qué recompensa habría para el rey Harald Hardrada, y el mensajero le respondió a su vez: Le daré seis pies de tierra inglesa, y ya que es tan alto uno más. Después de estas palabras Tostig rechazó la oferta argumentando que él no era hombre que abandonase a un rey de esa manera. Cuando Hardrada le preguntó si conocía al osado mensajero, Tostig le respondió que sí, que era su hermano, Harold Godwindson.

Buena parte de los relatos que poseemos sobre esta batalla tienen este aire legendario y es difícil aclarar los acontecimientos para que reluzca la verdad. Lo que parece cierto es que Godwindson, muy en su estilo, tomó la iniciativa y envió al combate a los husecarles. Pero los escandinavos formaron una apretada línea cubriéndose con sus escudos que resistió la embestida. Convencido Godwindson de que así no conseguirían otra cosa que desgastarse, ordenó retirada y envió a la gente del fyrd contra los escudos de Hardrada. La milicia sajona tan solo arremetió contra el enemigo durante unos instantes y después dio la espalda y salió corriendo en dirección a su campo. Viendo esto los escandinavos creyeron ganada la batalla y, rompiendo filas, salieron a la carrera en persecución de los sajones. Aquí cometió Harald otra de sus fatales equivocaciones de aquel 25 de septiembre de 1066. Animó a sus guerreros para que corriesen tras los sajones y los aniquilaran. Pero entonces surgieron en formación los husecarles que golpearon como un martillo a los desordenados soldados de Hardrada. En ese momento los hombres del fyrdsajón se dieron la vuelta y los arqueros lanzaron una nube de flechas. Una de aquellas flechas alcanzó a Harald Hardrada en la garganta.

Monumento que conmemora la batalla en Stamford Bridge.

Aquí murió Harald Sigurdarson, conocido como Hardrada y recordado por la Historia como Harald III de Noruega. Su aliado Tostig murió poco después, cubierto de heridas. Aún así los noruegos resistieron, y recibieron el refuerzo de un destacamento que había sido avisado por los mensajeros que había enviado Hardrada cuando divisó al ejército sajón en el horizonte. Pero la respuesta no podía ser efectiva, con su rey muerto y diseminados en una amplia zona que llegaba hasta el Humber, los noruegos fueron despedazados hasta entrada la noche. La derrota fue total y se recordaría por muchos años. Hardrada murió como un vikingo, en combate; y con él moría toda una época, acababan así las hazañas de los escandinavos, remando en sus barcos, desde Rusia hasta Groenlandia.

Harold Godwindson triunfó, pero la dicha le duraría poco, pues el 28 de septiembre de 1066 el duque Guillermo de Normandía, reclamando para sí el trono de Inglaterra, desembarcó en Sussex con 9000 hombres y poco después, el 14 de octubre de 1066 tuvo lugar la batalla de Hastings, en la que Harold Godwindson murió y subió al trono el nuevo rey, Guillermo llamado “El Conquistador”.

Muerte de Harold Godwindson en Hastings.
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