MONARQUÍAS MICÉNICAS

MONARQUÍAS  MICÉNICAS

 

Pausanias, el gran viajero, escribió una “Descripción de Grecia” (Periégesis tes Helládos) en la que nos relata su visita a Micenas, conjunto de ruinas ya en aquel tiempo, y nos cuenta lo siguiente:

“Quedan trozos de muralla y la puerta, sobre la que hay unos leones. Todo esto se dice que es obra de los Cíclopes, que también construyeron para Preto la muralla de Tirinto.”

Esto lo escribía Pausanias en el siglo II d. C. y aquellas murallas no le parecían obra humana. Al menos esto es lo que había oído decir a los lugareños, que aquellos muros habían sido construidos por los Cíclopes, hijos de Urano, o quizás de Poseidón.

 En realidad, los griegos hacía mucho tiempo que suponían que aquellas construcciones de Micenas y Tirinto eran obra de los dioses. Ya en el siglo VIII a. C. creían que las murallas de Troya habían sido construidas por Poseidón, y que todas estas grandes obras se habían llevado a cabo en un tiempo impreciso, varios siglos atrás, en una época conocida como “Edad de los Héroes”. Aquel tiempo ya había acabado, los antiguos héroes habían muerto y había sobrevenido una nueva edad de violencia e injusticia conocida como “Edad del Hierro” que era en la que vivía la humanidad contemporánea. Los héroes estaban dominados por las pasiones y por ello eran imperfectos, pero eran descendientes de los dioses y estaban mucho más cerca de la divinidad. La humanidad posterior, aquella que vivía en la “Edad del Hierro”, carecía de virtudes y era incapaz de llevar a cabo semejantes construcciones.

Seguidamente Pausanias nos cuenta esto otro:

“También hay en las ruinas de Micenas una fuente llamada Persea y las construcciones subterráneas de Atreo y otras de los que al regreso de Ilión fueron muertos por Egisto después del banquete… Hay otra de Agamenón, otra de Aurimedón, su auriga, otra de Telédamo y Pélope, hijos gemelos de Casandra, a quienes mató de niños Egisto, junto con sus padres, y de Electra, casada por Orestes con Pílades…

Clitemnestra y Egisto están sepultados un poco apartados de la muralla, pues no se creyó que merecieran serlo dentro, donde yacen Agamenón y los que con él fueron muertos.”

 

Murallas de Tirinto

En este último párrafo Pausanias menciona a varios miembros de la familia real de Micenas, entre ellos al rey Agamenón, héroe que conocemos por la Ilíada, poema épico compuesto por Homero en el siglo VIII a. C. Según Pausanias, Agamenón estaba enterrado dentro del recinto de las murallas de Micenas, mientras que su padre, Atreo, yacía afuera, en una construcción subterránea.

Por supuesto que Pausanias carecía de pruebas contrastadas cuando afirmaba lo anteriormente expuesto; se basaba exclusivamente en informaciones que había recogido de unos y otros durante su viaje. Sin embargo, la lectura de aquella guía para viajeros encendió la imaginación de Heinrich Schliemann, un rico hombre de negocios que lo había abandonado todo para dedicarse a la arqueología. No obstante, Schliemann, practicaba un método muy peculiar, pues se basaba en tomar como absolutamente cierto lo que se narraba en los textos antiguos, sobre todo, lo que podía leerse en la Ilíada y en la Odisea. Aquello era arriesgado, pero a Schliemann le había dado resultado, pues guiándose por los versos de Homero en 1870 había descubierto las ruinas de Troya. El audaz alemán puso entonces su mirada en el texto de Pausanias y decidió viajar al Peloponeso para excavar la ciudad de Micenas, en la que esperaba encontrar grandes tesoros, pues homero la llamaba “la rica en oro”. Cuando llegó a Micenas solo estaban a la vista una gran tumba conocida como “Tesoro de Atreo” y la Puerta de los Leones. 

Puerta de los Leones de Micenas

Tras conseguir un permiso para realizar su búsqueda Schliemann volvió a tener suerte y en el verano de 1876 descubrió junto a la Puerta de los Leones, dentro de las murallas, un recinto circular de tumbas que se conoce como círculo A En aquel lugar excavó cinco de las seis tumbas que allí se encontraban, dotadas de espléndidos ajuares dignos de una estirpe principesca. Entre los objetos encontrados destacaban dagas de bronce con empuñaduras de oro y damasquinados, vasos de oro y plata labrados, máscaras de oro que cubrían el rostro de los difuntos y otras muchas joyas de gran valor. Cuando Schliemann exhumó la tumba número cinco encontró tres cuerpos de varón, todos ellos con ricos ajuares y con los rostros cubiertos por una máscara de oro; cuando levantó la tercera máscara, comprobó que los rasgos de su portador se habían conservado extraordinariamente bien durante los siglos. Se cuenta que Schliemann, emocionado, besó la mejilla del cadáver y después telegrafió al rey de Grecia lo siguiente: “He contemplado el rostro de Agamenón”.

La llamada Máscara de Agamenón del círculo de tumbas A  de Micenas.

Schliemann había leído a Homero desde niño porque su padre, un pastor protestante prusiano, le introdujo en la épica del poeta griego. Su pasión por los antiguos héroes de la guerra de Troya como Agamenón, Aquiles o Ulises no se apagó con el paso de los años, más bien al contrario, se convirtió en una obsesión que le hizo creer en la veracidad absoluta de todo lo que se narraba en la Ilíada. Obtuvo, por tanto, una gran satisfacción al excavar la ciudad de Micenas y encontrar las tumbas de aquellos que él creía eran el rey Agamenón y su familia. La riqueza de los ajuares le hizo creer que efectivamente era verdad lo que se decía en la Ilíada, que Micenas era la ciudad más importante de la Grecia de aquel tiempo y que efectivamente Agamenón acaudilló a todos los reyes griegos en la heroica empresa de la guerra de Troya.

Ryton de oro y plata de la tumba IV del círculo A de Micenas.

Schliemann fue un gran hombre, pero se precipitó al identificar aquel rostro con el de el rey Agamenón, pues posteriormente el círculo de tumbas A de Micenas fue datado cronológicamente entre los años 1600 y 1500 a. C., es decir, en el período que se denomina Heládico Medio Final, en el siglo XVI a. C., mientras que el reinado de Agamenón, si es que fue un personaje histórico realmente y no un héroe legendario, tuvo lugar en el siglo XIII, cuando la civilización micénica corría hacia su violento final.

¿Quiénes eran entonces aquellos que yacían en las tumbas de fosa del círculo A? Lo más probable es que perteneciesen todos a una misma familia que había alcanzado un gran poder en Micenas; al menos sabemos que eran muy ricos por los objetos con que se enterraron, muchos de ellos importados de Creta, de magnífica factura. El ajuar de la tumba más rica, la número IV, era impresionante; incluía puntas de obsidiana, joyas y adornos de oro, vasos de alabastro, de plata y de oro, máscaras de oro y armas de lujo. Entre los vasos destacaba un Rytón con forma de cabeza de toro hecho de plata y con los cuernos de oro, en el testuz lucía una bella roseta también de oro.

Los que habían sido enterrados en el círculo A pertenecían a una elite aristocrática que mantenía relaciones comerciales con Creta y Próximo Oriente, un grupo de personas emparentadas entre sí y que, gracias a la acumulación de riqueza que habían alcanzado, gustaban de importar objetos valiosos y bienes de prestigio.

Pero lo que verdaderamente nos aclara la significación de las tumbas del círculo A fue el descubrimiento de otro grupo de tumbas extramuros de Micenas al que se ha denominado Círculo B.  Fue excavado en 1951 y contiene 26 tumbas más pequeñas y provistas de ajuares más pobres. Todos los materiales que se encontraron en estas tumbas eran más antiguos que los del círculo A, aunque es posible que ambos círculos funerarios se utilizasen simultáneamente durante algún tiempo. Según las investigaciones arqueológicas el círculo B fue usado entre 1650 y 1550 a. C.; se trata, por tanto de enterramientos más antiguos que los del círculo A.

Círculo A de tumbas de Micenas.

Las tumbas del círculo B representan a una aristocracia más amplia y menos poderosa que la del círculo A; también menos rica, con menos relaciones internacionales, con una menor capacidad para controlar los intercambios a larga distancia. Es posible que en un momento concreto a principios del siglo XVI a. C. una estirpe perteneciente a esta aristocracia se desgajase del resto en virtud de su mayor riqueza e influencia y comenzase a enterrar a sus difuntos en un lugar aparte, en el círculo A. Con el tiempo el antiguo y más amplio grupo aristocrático sería olvidado; tanto es así que las tumbas del círculo B no fueron respetadas y sobre ellas se construyó en el siglo XIII un gran mausoleo de cámara circular con falsa cúpula conocido con el nombre de Tumba de Clitemnestra. El círculo A, por el contrario, corrió mejor suerte y, también en el Siglo XIII a. C., quedó en el interior de la nueva muralla que rodeaba la ciudadela de Micenas. 

Por tanto, con las tumbas del círculo A asistimos al nacimiento de una realeza en Micenas. Schliemann, después de aquel sensacional descubrimiento perdió el interés por aquel lugar y continuó sus excavaciones en Tirinto, donde obtuvo otro gran éxito. Sin embargo Micenas todavía guardaba una inmensa riqueza arqueológica. Animados por el ejemplo del alemán, otros arqueólogos excavaron en la ciudadela con métodos más rigurosos y sacaron a la luz un complejo palacial dotado de habitaciones reales, salón del trono, dependencias de funcionarios y oficiales, archivos y almacenes. Era este el centro del poder de la monarquía micénica, lugar desde el que administraba el territorio del reino, en el que se podían encontrar otros asentamientos de menor importancia y subordinados al palacio. El edificio más importante de la ciudad palacial era el mégaron o salón del trono, alrededor del cual se disponían las demás dependencias. En otras ciudadelas de Grecia encontramos otros ejemplos de mégaron, así en Tirinto y Pilos; y en todos los casos las estructuras, el diseño y las medidas de este tipo de edificio son semejantes.

Plano esquemático del complejo de un megaron. 1: Vestíbulo, 2: Sala principal, 3: Columnas del pórtico y de la sala principal.

Tras el vestíbulo se entraba en la sala principal en cuyo centro había un hogar rodeado por cuatro columnas que sostenían el techo, donde se abría un lucernario para que entrase la luz y saliesen los humos; el trono real se encontraba siempre a la derecha de la entrada, adosado a la pared. El mégaron era el edificio más rico y decorado del palacio micénico, el de Tirinto poseía un vestíbulo con zócalo revestido de placas de alabastro, con relieves de palmetas y rosetas resaltadas sobre un fondo azul de pasta vítrea, y pinturas al fresco en las paredes.

Plano de la ciudadela de Micenas.

Plano de la ciudadela de Tirinto.

Otros edificios importantes en las ciudades micénicas eran los almacenes. Allí se guardaba una parte importante de todo lo que producían los campos del reino; reservas de grano, aceite, vino, metales, tejidos, cerámica y otros muchos objetos manufacturados. Con estos productos se hacían intercambios a corta y larga distancia y se financiaban todos los gastos de un complejo aparato administrativo. Buena parte de estos productos procedían de los tributos que estaban obligados a pagar todos los habitantes del reino, pero también tenían su origen en las grandes propiedades agrarias del rey y en los beneficios obtenidos gracias al comercio marítimo que practicaba la hacienda real. La contabilidad de estos intercambios, del tesoro real y del movimiento de bienes de los almacenes reales la llevaban a cabo un nutrido grupo de escribas y los oficiales de palacio. Efectivamente el número de estos debió ser grande, lo que nos proporciona una idea del poder y la riqueza del rey, pues la mayoría de ellos poseían habitaciones privadas en el complejo palacial y eran remunerados por sus servicios. Los escribas anotaban cuidadosamente todos los movimientos de las cuentas reales gracias a un tipo de escritura que se ha denominado lineal B. Se trata de una escritura que presenta una estrecha afinidad con la escritura minoica del lineal A. Es, por tanto, una escritura silábica, pero que también utiliza ideogramas para expresar palabras enteras, o bien conceptos. Esta escritura fue descifrada en 1952 por Michael Ventris, joven arquitecto inglés, e inmediatamente se identificó la lengua de tales textos con un dialecto arcaico del griego. Los textos recuperados en las excavaciones están escritos sobre tablillas de arcilla y contienen apuntes transitorios, destinados al uso interno de la administración del palacio que muy raramente podrían ser comprensibles para los no iniciados.

Lineal B

Los textos del lineal B que conservamos están escritos en tablillas de barro arcilloso, que primero eran simplemente secadas al aire y luego duraban por breve tiempo; solo el incendio de los palacios, en los que aquellas se custodiaban, las ha conservado durante milenios. Presumiblemente, además del económico y frágil barro se disponía de otros soportes de escritura en los que se anotaría aquello que debía perdurar. Todo aquello pereció con la catástrofe, y no hubiera tampoco sobrevivido al paso del tiempo; mas las tablillas fueron salvadas por el incendio para la posteridad. La mayor parte de estas tablillas proceden del palacio de Pilos, al sur del Peloponeso, y del palacio de Cnosos, en la isla de Creta. El número de tablillas encontradas en Micenas ha sido inferior.

En las tablillas del reino de Pilos aparece el rey con el nombre de Wanaks; esta palabra aparece todavía en Homero designando al monarca. Para él trabajaba una nube de funcionarios de palacio que cobraban los tributos y organizaban la contabilidad, anotando las entradas y salidas en especie; todos ellos tenían asignadas las raciones de víveres que les correspondían.

En los textos, junto al rey aparece el Law-agetas, término confuso que podía denominar al heredero del trono o al comandante del ejército. En todo caso debía ser alguien muy importante, pues era la única persona que, además del rey, recibía un temenos, es decir, una porción del terreno público.  

Otro personaje de importancia en la administración del territorio que también aparece en las tablillas de Pilos es el gobernador de distrito que recibía el nombre de Korete. El reino de Pilos se hallaba dividido en varios distritos que se agrupaban en dos provincias; cada distrito era administrado por un Korete, que a su vez, era auxiliado por un lugarteniente denominado Prokorete. Todos ellos rendían cuentas ante el rey.

Como podemos ver la organización y la administración de los reinos micénicos alcanzó un alto grado de complejidad y la solidez de la autoridad real debió de ser grande. Al menos esto debió ser así desde finales del siglo XVI a. C. y alcanzó su punto culminante en el siglo XIII, como lo demuestran las grandes tumbas de corredor y cámara funeraria circular de falsa cúpula, denominadas tholos, que se encuentran en las afueras de Micenas.  

La más monumental de ellas, a poca distancia de la Puerta de los Leones, es conocida con el nombre de Tesoro de Atreo; Pausanias ya habla de ella y Schliemann la excavó durante su campaña en Micenas. Todo en ella impresiona; sus dimensiones son imponentes, su interior tiene un diámetro de 14,5 m y una altura máxima que sobrepasa los 13 m. Se accede a la cámara a través de un corredor a cielo abierto de 36 m de largo por 6 de ancho, que tiene al fondo una puerta, en fachada monumental, con un vano de 5,4 m de altura; le sirve de dintel un solo bloque gigantesco de 120 toneladas, protegido de las presiones verticales mediante un triángulo de descarga. Debió ser construido en el siglo XIII, es decir, poco antes de la desaparición de la civilización micénica.

Tesoro tumba de atreo agamenon, micenas

      Tesoro de Atreo

Alzado, planta y sección del Tesoro de Atreo

El Tesoro de Atreo es la mejor expresión del poder que alcanzó la monarquía a finales del período micénico, capaz de exigir el trabajo de muchos en una faena no productiva, capaz de organizar una sociedad que produzca enormes excedentes para dedicarlos a sustentar a la ingente mano de obra que era necesaria para construir estas tumbas monumentales, capaz de disponer de los mejores arquitectos de la época y traerlos de donde fuera.

Pero, como hemos apuntado anteriormente, esta capacidad para organizar a grandes masas humanas y esta compleja organización administrativa debió alcanzarse solo en los últimos tiempos de estas monarquías que se establecieron en Micenas, Tirinto,Argos, Pilos, Orcómeno, Yolco y Cnosos. En realidad en las tablillas de Pilos, por otra parte todas pertenecientes a finales del siglo XIII o principios del XII, aparecen algunos detalles que hacen pensar que los monarcas micénicos no siempre detentaron tanto poder. En concreto se menciona al Damos, es decir la comunidad. Se trata de una entidad corporativa que posee gran cantidad de tierras y que cede una parte de ellas al rey en usufructo. También el Damos cede tierras al lawagetas, aunque en menor cantidad. Estas tierras reciben el nombre de temenos. También Homero llama temenos a las tierras del rey, lo cual reafirma la existencia prolongada de este concepto. La existencia del Damos y de las tierras públicas que este posee induce a pensar que en los primeros tiempos de las monarquías micénicas la autoridad real estaba limitada por los derechos y prerrogativas de la comunidad. Sin embargo, es evidente que los reyes fueron aumentando su poder progresivamente conforme la administración y la burocracia del palacio creció y se hizo más compleja.

Para comprender cómo fue posible que este sistema administrativo se desarrollase hay que tener en cuenta que la civilización micénica tuvo desde un principio un modelo en el que inspirarse; dicho modelo fue la civilización cretense o minoica, que es como se la conoce. En efecto, los grupos humanos que más tarde formarían la civilización micénica entraron en contacto con los cretenses desde el primer momento y asimilaron con gran rapidez y empeño los contenidos culturales y tecnológicos de aquellas gentes. El aspecto comercial tuvo una importancia de primer orden en este proceso, pues además de ser un medio eficaz para la transmisión de ideas y procedimientos, permitió el enriquecimiento de una elite que poco a poco acabó convergiendo en una aristocracia de la que surgieron los reyes.

Barco cretense

Fue hacia 2000 a. C. cuando, procedentes del norte de los Balcanes, diferentes grupos humanos que hablaban dialectos del griego muy próximos entre sí comenzaron a establecerse en lo que hoy en día es la Grecia continental.Los distintos grupos poseían una cultura material semejante, perteneciente al período que se conoce como Heládico Medio (2000-1500 a. C.). Esta etapa comienza con destrucciones generalizadas de los asentamientos anteriores, cuyos causantes debieron ser, sin duda, los grupos recién llegados del norte a los que hemos hecho referencia. Se trata de indoeuropeos, pues hablan varios dialectos del griego, lengua que pertenece a ese tronco lingüístico. Con su llegada desplazan o se mezclan con los pueblos que ya se encontraban establecidos en Grecia, conocidos desde la antigüedad con el nombre de pelasgos. Una vez establecidos, viven en poblados sin fortificaciones, en casas con zócalo de piedras, paredes de adobe y estructura de madera; cuando mueren, son enterrados por el rito de la inhumación en fosas o en cistas. Estos primeros helenos llevan una vida sencilla, no conocen la escritura y se dedican a la agricultura y la ganadería. El grupo que más destaca entre ellos es el de los aqueos, llamados así por Homero siglos después en La Ilíada. Los aqueos se instalan principalmente en la península del Peloponeso, otros contingentes pertenecientes al mismo grupo lo hacen en Tesalia, los dos territorios de donde proceden los héroes más importantes del poema homérico.

Otro grupo importante son los jonios, que se establecen en el Ática, Eubea y las islas Cícladas.

Aqueos y jonios

Apenas llegados a Grecia estos pueblos helenos entraron en contacto con los cretenses. En la isla de Creta la civilización minoica alcanza su madurez hacia 2000 a. C., y es en este momento cuando se construyen los primeros palacios, como el de Cnosos. Los cretenses practicaron un intenso comercio marítimo en todo el Mediterráneo Oriental e influyeron decisivamente en el desarrollo de la civilización micénica, que gracias a estos contactos aumenta su riqueza, evoluciona hacia una sociedad más compleja y comienza a utilizar el tipo de escritura silábica conocido como Lineal B, que viene a ser una versión micénica del Lineal A, escritura minoica. Cuando en Micenas o en Pilos se construyen los primeros palacios, el modelo escogido es el de los grandes palacios cretenses como Cnosos o Faistos, e incluso se contrata a arquitectos cretenses para que proyecten las obras; para la decoración interior de estos palacios también se llama a artistas y artesanos de Creta.

Pintura mural del palacio de Tirinto

En 1700 a. C. tuvo lugar un fortísimo terremoto que destruyó los palacios de Creta. La catástrofe debió ser grande, sin embargo los cretenses se rehicieron con asombrosa rapidez, reconstruyeron los palacios a una escala mayor y en poco tiempo entraron con ímpetu en la etapa de mayor esplendor de la civilización minoica. El comercio marítimo es el mejor exponente de este período de apogeo de Creta; los barcos cretenses navegan hasta Egipto y el intercambio de mercancías es intenso en este momento; también visitan las costas de Siria y se convierten en los principales intermediarios entre Asia y Europa; fundan puestos comerciales y colonias en las islas del Egeo, mar sobre el que dominan. Los contactos con Grecia continental en estos tiempos son importantísimos y la influencia sobre los estados micénicos decisiva. Un siglo después del gran terremoto comienzan los enterramientos en el círculo A de tumbas de Micenas, momento que señala el comienzo de unas monarquías firmemente establecidas en la región. Testigos de los estrechos contactos entre ambas civilizaciones son los ajuares de las tumbas, en los que abundan objetos importados de los talleres de Creta.

El nuevo período en el que entra la civilización Micénica es conocido con el nombre de Heládico Reciente y se prolongará hasta la destrucción de los palacios micénicos alrededor del 1200 a. C.

El enriquecimiento de los estados micénicos en esta etapa está relacionado sobre todo con la intensificación de la actividad comercial. En los almacenes de los palacios se guardan los excedentes de la producción agrícola y ganadera de los territorios que integran el reino; allí se ingresan los tributos, cuya contabilidad se encuentra en manos de los escribas. Todos estos bienes son utilizados más tarde para mantener intercambios comerciales con cretenses, anatolios, sirios y egipcios y obtener grandes beneficios.  Uno de los capítulos más importantes de esta actividad mercantil se basa en la riqueza de las minas de cobre del Epiro y Tesalia, ambas en manos de los micénicos; metal que exportaban a Creta y que era muy demandado por ser imprescindible para producir bronce.

A mediados del siglo XV los griegos se encuentran en un momento de gran expansión económica y demográfica; comienzan a colonizar las islas del Egeo y la costa de Anatolia y entran en abierta rivalidad con los cretenses por el dominio de las rutas comerciales.

El desarrollo económico y el afianzamiento de la monarquía durante esta época corren paralelos a un aumento del militarismo de la sociedad micénica. La importancia simbólica de las armas es importante y la imagen del guerrero aumenta su valor entre unas gentes que tratan de imponerse en todo el mar Egeo. A su vez la autoridad real y el militarismo son fenómenos recíprocos, pues la formación de ejércitos aumenta el poder del rey; de la misma forma que solo una monarquía fuerte es capaz de reclutar un número mayor de combatientes.

En este ambiente de expansión económica y militar los aqueos invadieron la isla de Creta hacia el 1450 a. C. Es cierto que los cretenses se encontraban ya en una cierta decadencia debido a las catástrofes naturales y a las luchas internas, pero de todos modos fueron los aqueos procedentes del Peloponeso quienes destruyeron definitivamente los palacios y acabaron con la civilización Minoica. Posteriormente se produjo una colonización de la isla por gentes procedentes de la Grecia continental. Los nuevos pobladores aqueos reconstruyeron Cnosos y fundaron un estado que abarcaba toda la isla de Creta excepto el extremo oriental; de los archivos de este nuevo palacio procede la mayor colección de tablillas de Lineal B que poseemos, más de 4000 en total.

A partir de este momento los aqueos se hacen con el control de todas las rutas comerciales que ponen en contacto a Europa, Asia y Egipto, es la época en la que se construyen los grandes palacios de Micenas y Pilos, y es en el siglo XIII cuando se construyen las grandes tumbas monumentales de tipo Tholos. El expansionismo, lejos de detenerse, continúa a un mayor ritmo y es muy probable que los hechos que Homero narra en La Ilíada se inspiren en los intentos de los aqueos por controlar los accesos al mar Negro y la colonización de la costa de Anatolia.

Yelmo micénico.

En los textos hititas parece haber  pruebas de que los aqueos colonizaron la costa oeste de la península de Anatolia. En uno de estos textos se menciona a un personaje que parece ser rey de  Ahhiya, es decir, del reino de los aqueos. En otro texto, el rey hitita Mursili II (1339-1306 a. C.)  se enfrentó con un rey de Ahhiyawa a finales del siglo XIV al que derrotó. Algunos investigadores sugieren que este reino de Ahhiyawa se encontraba en la costa egea, detrás del reino de Arzawa, próximo por tanto a Hatti, país de los hititas. Es posible que uno de los asentamientos más importantes de estos aqueos de Anatolia fuese la ciudad que los textos hititas conocen con el nombre de Milawanda y que ha sido identificada con Mileto.

Ahhiyawa en Anatolia Occidental en el siglo XIV.
 

Pero hay que tener en cuenta que Milawanda a menudo aparece en las tablillas como un reino independiente de Ahhiyawa, lo que puede interpretarse como una prueba de que los aqueos de Anatolia no estaban unificados en un solo reino, sino que existían varios estados independientes. Sin embargo, en las tablillas que comentan hechos ocurridos en tiempos de Mursili II siempre se habla de Ahhiyawa como un solo reino que mantiene una firme alianza con la ciudad de Milawanda. Fuese como fuese, el reino de Ahhiyawa aparece siempre en los textos hititas formando y rompiendo alianzas a favor o en contra de los reinos de Anatolia Occidental aliados de los hititas. A finales del siglo XIV el aliado en ocasiones y el enemigo en otras es el reino de Arzawa. Como hemos mencionado antes, Mursili II hubo de hacer frente a una coalición entre Ahhiyawa y Arzawa, venció a ambos y saqueó Milawanda.

A finales del reinado de Mursili II Anatolia Occidental estaba pacificada y todos los reinos de la región se habían sometido a Hatti, incluido Ahhiyawa.

Durante el reinado de Muwatali II ( 1306-1282 a. C. ), sucesor de Mursili II, las relaciones entre Ahhiyawa y Hatti fueron cordiales al principio, después fueron empeorando; por aquellos tiempos el imperio hitita alcanzó su máxima extensión y tras la batalla de Qadesh en 1286 a. C. vino una época de paz y buen entendimiento entre Hatti y Egipto, las dos grandes potencias del momento.

 

 

 Proximo Oriente hacia 1300 a. C.

 

La batalla de Qadesh fue el enfrentamiento con carros más grande de la Historia; también supuso el fin de una época y el establecimiento de un equilibrio internacional entre las dos grandes potencias que eran Hatti y Egipto. Los reyes que enviaron a los ejércitos a combatir fueron Muwatali II por parte de los hititas y Ramsés II por parte de los egipcios. La causa del conflicto fue la ambición de ambos reyes por poseer Siria, región importantísima en aquella época, por ser uno de los mercados más activos de Próximo Oriente, que ponía en comunicación las rutas comerciales de Mesopotamia, Egipto y el Mediterráneo Oriental. Fue Ramsés II quien dio comienzo a las hostilidades avanzando con su ejército dividido en cuatro cuerpos hacia Qadesh por el camino de Gaza. La batalla tuvo lugar en las proximidades de la ciudad de Qadesh, y aunque los dos ejércitos combatieron valientemente y en apariencia el resultado quedó en tablas, lo cierto es que Ramsés hubo de retirarse y los hititas mantuvieron el control de Qadesh.

Pero Muwatali II no pudo disfrutar durante mucho tiempo de su victoria, pues murió en 1282 a. C. Le sucedió su hijo, Mursili III, que en 1275 fue destronado por su tío Hattusili III (1275-1250 a. C. ). El nuevo monarca se apresuró a firmar un tratado de paz con Ramsés II, en el cual el rey egipcio renuncia a Qadesh y las tierras del río Orontes, se acuerda la ayuda mutua de ambos imperios en caso de peligro y se establece la extradición de los enemigos de Hatti y Egipto respectivamente. Para reafirmar el tratado de paz se llevan a cabo enlaces matrimoniales en los que intervienen ambas partes.

 

 

 Tabla de arcilla conteniendo el Tratado de Qadesh

 

Este tratado proporcionó paz y orden durante varias décadas a Siria y Palestina; los negocios florecieron y el imperio hitita y Egipto se beneficiaron de todo ello. También obtuvieron beneficios los reinos micénicos de la Grecia continental, pues sus flotas mercantiles arribaban sin problemas a los puertos de Ugarit, Biblos, Tiro y Gaza y establecían colonias comerciales con sus oficinas y almacenes. Fue esta una época de enriquecimiento general del mundo micénico, que es conocida por los arqueólogos como Heládico Reciente III b; es evidente en ella un crecimiento de la población y una expansión de los asentamientos. Destaca en todos los aspectos la península del Peloponeso, donde el reino de Micenas no solo es el más rico, si no el que probablemente abarca un mayor territorio, toda la Argólida y quizás también Arcadia Oriental y Laconia. Pilos es el otro gran reino del Peloponeso, que se extendía por Mesenia y Arcadia Occidental y debía tener una población que rondaba los 50.000 habitantes. El reino aqueo de Creta, con capital en Cnosos, también es uno de los más grandes de la Grecia Micénica, pues se extiende por toda la isla, exceptuando su extremo oriental. Otros centros importantes eran Tebas y Orcómeno en la región de Beocia y Yolco en Tesalia.

El Heládico Reciente III b abarca todo el siglo XIII a. C. y en él se llevan a cabo las mayores construcciones y obras de ingeniería del mundo micénico. Este es el momento en el que se construyen las tumbas monumentales de tipo tholos en Micenas, símbolos del poder real, y es también cuando se construyen las murallas ciclópeas de Micenas y Tirinto, obras defensivas, pero también símbolos del poder del rey y del estado, muy al estilo hitita, la nueva fuente de inspiración para la civilización micénica desde la destrucción de los palacios cretenses. La puerta de los Leones de Micenas, que se construye en esta época, no solo es una muestra de la habilidad de los arquitectos micénicos, si no que a su vez es un instrumento de propaganda con el que se pretende impresionar al visitante, todo ello muy en la línea hitita.  Sin embargo, la obra de ingeniería más grandiosa de la civilización micénica es la desecación del lago Copais, llevada a cabo por los habitantes de la ciudad de Orcómeno, situada en su borde occidental, para asegurarse la obtención de magníficas tierras de cultivo. Numerosos arroyos y varios ríos desaguan en el lago; la obra consistió en conducir las aguas hacia los drenajes naturales, rodeando con diques el lago, y en ampliar y acondicionar aquellos mediante canales y obras subterráneas, para lo que hubo que practicar un túnel de más de dos kilómetros de longitud; las aguas eran de este modo conducidas hacia el golfo de Eubea. Este gran proyecto fue realizado en el siglo XIV a. C.  

El lago Copais en la antigua Beocia.

 

 

Lo más sorprendente de todo es que aquella brillante civilización estaba a punto de desaparecer. Hacia 1200 a. C. los palacios fueron destruidos y extensas zonas de Grecia Continental quedaron despobladas. También Creta sufrió las destrucciones, el palacio de Cnosos ardió y de esta forma las tablillas de arcilla, cocidas por el fuego, se preservaron para la posteridad. Destruidos los palacios y desaparecidos los reyes, toda la burocracia palatina y los escribas también desaparecieron con ellos, se abandonó la escritura y todo aquel mundo entró en una edad que llamamos Oscura por la ausencia de documentos escritos y la escasez y pobreza de restos materiales. Unos años antes de la gran catástrofe, estando los reinos micénicos en su apogeo, se detectan movimientos defensivos como precaución por algún peligro; se fortalecen las murallas, se hace acopio de armas. Pero ningún testimonio es claro sobre como evolucionó la situación a finales del siglo XIII y qué fue lo que ocurrió con exactitud. Hay, no obstante, un dato que nos pone sobre una buena pista; al mismo tiempo en que ocurre la destrucción de los palacios de Micenas, Tirinto, Pilos y Cnosos, desaparece, como llevado por un vendaval, el imperio hitita.

Algo terrible debió ocurrir a finales del siglo XIII para que uno de los dos imperios que dominaban el mundo conocido en aquel tiempo, Hatti y Egipto, desapareciese. Ambas potencias, tras la batalla de Qadesh, habían firmado un tratado que estabilizaba política y militarmente todo el Mediterráneo Oriental. De aquel pacto surgió un equilibrio que en realidad era bastante precario, pues bastaba que uno de los dos pilares en que se basaba cediese, para que toda la estructura se viniera abajo; y el pilar que cedió fue Hatti.

¿Qué le ocurrió a aquel gran estado que abarcaba la mitad oriental de la Península de Anatolia y Siria para derrumbarse tan rápida y radicalmente como lo harían también las monarquías micénicas? Lo que parece claro es que Hattusa, capital del reino hitita fue destruida o abandonada en la misma época en que ardió Micenas.

Aparentemente Hatti era la potencia más fuerte de las dos que firmaron el tratado de Qadesh; poseía un ejército imbatible, que contaba con una unidad de elite que eran los carros de guerra, mucho más eficaces que los egipcios, pues habían llevado a cabo unas mejoras tecnológicas en el eje que permitían transportar dos combatientes, además del auriga, en lugar de uno solo. Sobre estos carros combatían guerreros pertenecientes a la nobleza, aunque la propiedad de los vehículos fuese del rey. Esta característica también se da en los reinos micénicos, donde los carros también son propiedad del rey, quien los almacena en lugares dispuestos para ello, y entrega para el entrenamiento y el combate a guerreros pertenecientes a la aristocracia micénica. 

  

                 

 Carro micénico (Tirinto).

 

 

 

                                                                                                     Carro Hitita.

 

Por otra parte, el ejército hitita era un conglomerado compuesto por unidades pertenecientes a los reinos y pueblos aliados o sometidos al gran rey de Hattusa. Como ejemplo podemos decir que en la batalla de Qadesh acompañaron al ejercito hitita compañías de carros e infantería de Mittanni, Wilusa, Pitassa, Kizzuwatna, Lukka, Karkemish, Ugarit y otros.

Aunque el país de Hatti había derrotado a todos sus enemigos, se veía obligado a mantener en pie un ejército poderoso para defender sus fronteras, pues estas estaban constantemente amenazadas, sobre todo por los asirios al este y por los pueblos montañeses llamados gasgas al norte. La amenaza de los gasgas era especialmente peligrosa, pues tenían por costumbre realizar incursiones de pillaje en el rico país de Hatti.  

En la zona occidental de Anatolia la situación también era inestable. Allí los diversos reinos formaban o deshacían alianzas unas veces a favor y otras en contra de los hititas. Se observa en esta zona una progresiva penetración de los aqueos desde principios del siglo XV. Esta expansión aquea no cesa tras el tratado de Qadesh, más bien al contrario, la actividad militar de Ahhiyawa  aumentó durante el siglo XIII.

 En tiempos de Muwatali II (1306-1282 ) los aqueos de Anatolia mantuvieron una alianza con el imperio hitita. Aquella fue una época difícil para el Gran Rey de Hatti, porque los gasgas, desde las montañas del norte, llevaron a cabo una ofensiva que batió las defensas de los hititas, y Muwatali tuvo que abandonar Hattusa y establecer la capital más al sur, en Tarhundasa, un lugar más seguro. Las buenas relaciones entre los aqueos y Muwatali cambiaron entonces, sobre todo cuando un principe hitita enemigo del Gran Rey, llamado Piyamaradu, pidió refugio en el reino de Ahhiyawa. Este príncipe estrechó relaciones con la ciudad de Milawanda y todos los aqueos de Anatolia se pusieron de su lado. Poco después, los aqueos y Piyamaradu invadieron Wilusa, ciudad que ha sido identificada con la Ilión de Homero, es decir, Troya. Algunos autores se han atrevido incluso a identificar a Piyamaradu con Príamo, rey de los troyanos. Es posible que en todo esto haya algo de cierto; los acontecimientos a que hemos hecho referencia debieron de ocurrir en los primeros años del reinado de Muwatali II, probablemente a principios del siglo XIII; en aquel tiempo los reinos micénicos de Grecia Continental se hallaban en su apogeo y no es imposible que los aqueos del Peloponeso y Tesalia apoyasen a sus parientes de la Península de Anatolia. Nosotros, no obstante, pensamos que no hay razones sólidas para identificar a Piyamaradu con Príamo, pues este último es presentado como enemigo de los aqueos en la epopeya homérica. Además, cronológicamente la guerra de troya debe situarse a finales del siglo XIII y no al principio. En todo caso, estos hechos se encuadran en un período de expansión del mundo micénico que acabaría brúscamente hacia 1200 a. C. con la destrucción de los palacios. Sin embargo, Muwatali pudo reconducir la situación a partir de su victoria en Qadesh; apoyado por el sur de Anatolia y sus aliados de Siria, expulsó a Piyamaradu y los aqueos de Wilusa.

 Cuando murió Muwatali II, Piyamaradu, los aqueos de Ahhiyawa y la ciudad de Milawanda apoyaron a Mursili III (1282-1275 ), hijo del anterior monarca, en su lucha contra Hattusili III (1275-1250 ), su tío. Hattusili III, había alcanzado fama de gran guerrero tras la victoria de Qadesh, pues él había sido el comandante del ejército hitita. Más tarde, cuando subió al trono su sobrino Mursili, luchó valientemente contra los gasgas hasta que los expulsó de Hattusa, los puso en fuga y reconquistó la ciudad santa de Nerik. Convertido en héroe tras estas victorias, fue víctima de la envidia del rey, y viéndose en situación comprometida se rebeló contra su sobrino Mursili, a quien arrebató el trono. Como hemos dicho los aqueos estuvieron de parte de Mursili en este conflicto, y después, tras la subida al poder de Hattusili III, volvieron a invadir Wilusa junto con Piyamaradu. Conocedores los aqueos de las dificultades por las que pasaba Hattusili, invadieron la región de Lukka, al sur de la Península de Anatolia. Victoriosos los de Ahhiyawa, impusieron como rey de la región al príncipe aqueo Tawagalawa, hermano del rey de Ahhiyawa. Entonces,la gente de Lukka, dirigidos por Tawagalawa y aliados con los aqueos atacaron Hatti por el sur, llegando a dominar toda la costa hasta Kizzuwatna. Por estos acontecimientos se vio en gran aprieto Hattusili, rey de los hititas, pues toda Anatolia Occidental y la costa sur eran rebeldes y enemigas de Hatti. Piyamaradu lanzó en aquel momento un ataque desde Milawanda con la intención de amenazar el corazón de Hatti desde el oeste. Sin embargo fracasó, por que Hattusili consiguió derrotar a Piyamaradu y expulsar de nuevo a los aqueos de Wilusa. Más tarde, Tawagalawa también fue expulsado de Lukka y Ahhiyawa tuvo que resignarse a admitir el poder de Hattusili.

 

 

Expansión de los aqueos de Anatolia a mediados del Siglo XIII

 

Hattusili había conseguido una gran victoria, pero había quedado claro que Anatolia Occidental no se dejaba someter. A mediados del siglo XIII los aqueos, Arzawa y Lukka mantenían su alianza y el Gran Rey de Hatti se apoyaba cada vez más en sus aliados y súbditos de Siria.

La situación no cambió durante el reinado de Tudhaliya IV ( 1250-1220 ), hijo y sucesor de Hattusili III; Hatti seguía siendo poderoso, pero solo gracias a la paz con Egipto conseguía mantenerse frente a sus enemigos. En 1220 los pueblos de Anatolia Occidental se aliaron entre ellos y llevaron a cabo una expedición de pillaje por la costa de Siria. Finalmente llegaron al delta del Nilo, donde acordaron unir sus fuerzas a los libios para saquear Egipto. Les salió al encuentro el faraón Merenptah, quien los derrotó en la región occidental del delta. Entre los pueblos que formaban la coalición, además de los ekwesh ( aqueos ), estaban los lukka ( licios), shekelesh, teresh, meshwesh y shardana. Así se les nombra en varias inscripciones en Karnak, El Cairo, Atribis y Tebas, donde se conmemora la gran victoria de Merenptah. En estas inscripciones se alude a estos pueblos con el nombre de la Confederación de los Nueve Arcos, y evidentemente se trata de una expedición de piratas, entre los cuales figuran de manera sobresaliente los shardana, saqueadores y mercenarios, y los ekwesh, es decir, probablemente los aqueos. 

Aquellos acontecimientos fueron la antesala de lo que vendría después y ponen de relieve el interés de los monarcas micénicos por controlar totalmente las rutas comerciales del mar Negro y los puertos de Siria y Palestina. Las consecuencias fueron especialmente duras para el imperio hitita, pues afectó a su frontera sur, único flanco que mantenía una clara estabilidad hasta entonces. 

Rutas comerciales del Mediterráneo Oriental en el siglo XIII a. C.

El siglo XIII a. C. corresponde al período que la arqueología conoce como Heládico Reciente III B; esta etapa es la de mayor explendor de la civilización Micénica. A finales de este siglo los aqueos controlaban todas las rutas comerciales del Mediterráneo Oriental, tenían importantes colonias en la isla de Chipre y habían establecido puestos comerciales en Ugarit. En aquel tiempo el imperio Hitita se debilitaba progresivamente y los aqueos de Anatolia se aliaban con otros pueblos de la Península con el objetivo de hacer retroceder hacia el este a los ejércitos de Hattusa. La expedición de piratas que Merenptah consiguió derrotar era un ataque directo a los más fieles aliados de Hatti, las ciudades de Siria y Egipto. Es importante considerar que uno de los integrantes de esta coalición de piratas eran los shardana, que ya eran viejos conocidos de los egipcios, pues habían formado parte del ejército que Ramsés II había conducido hasta Qadesh; eran por tanto un pueblo de mercenarios que cambiaban de patrón según las circunstancias; si en Qadesh luchaban por Ramsés, en el delta estaban con los aqueos. ¿Pero qué aqueos eran aquellos? Lo más seguro es que fueran los de Ahhiyawa y Milawanda, pero también es posible que fuesen gentes del Peloponeso o de las islas del Egeo. Desde hace mucho tiempo la Historiografía ha incluido estos acontecimientos de los tiempos de Merenptah dentro de un fenómeno histórico que se ha denominado "La Invasión de los Pueblos del Mar". Este último término, sin embargo, induce a confusión, es inexacto en ocasiones y permite llamar con el mismo nombre a cosas distintas.
Fuesen quienes fuesen aquellos ekwesh, no podemos suponer de ninguna manera que los reinos micénicos estuviesen unificados bajo una sola monarquía como se desprende de la lectura de La Ilíada. Más bien al contrario, esta fue una época de luchas entre los reinos de Grecia continental, pues en ella se construyen las murallas que rodean a las ciudadelas donde residen los reyes y su aparato administrativo. Fue un tiempo en el que aumentó la piratería y la guerra para menoscabo de las dos grandes potencias de la época, Hatti y Egipto.
A finales del siglo XIII, encontrándose Hatti debilitado, se produjo un fenómeno que se ha repetido varias veces en la Historia, teniendo en cuenta las diferencias de cada momento concreto. Es lo que puede llamarse "Vasos Comunicantes". Este fenómeno consiste en el trasvase de una masa de población de un espacio geográfico a otro cercano, porque en este último se ha producido un vacío demográfico o un vacío de poder político. Esto mismo es lo que ocurrió entre la Península de los Balcanes y la Península de Anatolia a finales del siglo XIII a. C. La causa fue el vacío de poder que dejaron los hititas al irse retirando poco a poco hacia Siria empujados por los pueblos de Anatolia. La situación resultante fue una época de exaltación bélica y la proliferación del pillaje y la piratería. Como consecuencia, y encontrando un terreno favorable, distintos pueblos de la Península de los Balcanes cruzaron a Anatolia y destruyeron lo que quedaba del imperio hitita. Los reinos micénicos mantenían relaciones comerciales desde mucho antes con estos pueblos balcánicos y con gentes que vivían en las costas del Mar Negro; es posible que establecieran alianzas con ellos o que pasasen a Anatolia como mercenarios. Pero también es posible que cruzasen los estrechos que separan Europa de Asia en busca de botín, conocedores de la situación de indefensión de la zona como consecuencia de la retirada de los hititas. Todo son conjeturas, excepto que los frigios y otros tracios invadieron Anatolia a principios del siglo XII. Aquello acabó definitivamente con los hititas, Hattusa ardió hasta los cimientos y frovocó un efecto dominó entre otras muchas poblaciones que se desplazaron buscando donde asentarse unos, practicando el pillaje y la piratería otros como único medio de supervivencia. Tómese como ejemplo la carta que le escribe el rey de Ugarit al rey de Alasiya ( Chipre) informándole de que unos barcos repletos de enemigos están saqueando su tierra y que él no puede defenderse, pues ha enviado a todos sus guerreros junto a Shubiluliunma II, último rey de Hatti. Poco después Hattusa sería destruida y Ugarit y Alasiya serían totalmente saqueadas. Estos agresores de los barcos han sido identificados con los denominados Pueblos del Mar; gentes de Anatolia, del Egeo y del norte de Siria. En las cartas de Ugarit se habla de los shekelesh, probablemente los cilicios; los mismos que, junto a los ekwesh y los shardana, lucharon contra Merenptah en el delta del Nilo.
 Las destrucciones no solo afectaron a Anatolia, Siria y Palestina; también Grecia Continental sufrió los ataques de estas bandas de piratas. Los palacios de Pilos y Micenas ardieron, poblaciones enteras huyeron a lugares más seguros y, finalmente, la civilización Micénica se desplomó para no volver a levantarse. En las tablillas de Pilos se menciona a unos seguidores que tenían por misión vigilar las costas y comunicar rápidamente las novedades al palacio. No obstante, todo fue inútil, pues el palacio fue saqueado y destruido; además, todo indica que parte de sus moradores consiguieron huir hacia el norte del Peloponeso y el Ática, ya que los agresores procedían del sur y habían arribado hasta Pilos en sus barcos.
A pesar de sus murallas ciclópeas, Micenas también fue destruida hacia 1190 a. C., y parece ser que estuvo habitada todavía durante algún tiempo por una pequeña población cuya identidad no está clara en absoluto, como demuestra el hayazgo del denominado Vaso de los Guerreros (del Heládico Reciente III B, posterior a las destrucciones de 1190), en el que se representa una infantería de soldados cláramente no micénicos; son guerreros con faldellín y coselete, armados con grebas, lanzas, escudos redondos con una amplia escotadura y cascos con cuernos y penacho de plumas. Pertenecen, pues, a la estirpe de los "Pueblos del Mar", y recuerdan a los shardana.
Vaso de los guerreros de Micenas. Comienzos siglo XII a. C.

            

Mercenarios shardana en la batalla de Qadesh
 
Creta también sufrió graves destrucciones durante el Heládico Reciente III B. Durante todo el siglo XII se prolongan los saqueos y los grandes núcleos de población a orillas del mar son abandonados y sus habitantes huyen al interior, instalándose en poblados situados en lugares inaccesibles, a veces inverosímiles, de fácil defensa. Este es el caso de Karfi, poblado levantado a unos trescientos metros de altura sobre la llanura de Lashiti, en el sector centro-oriental de la isla. Lo construyeron hacia finales del siglo XII a. C. y en él se encuentra un edificio que recuerda al mégaron. Este poblado fue abandonado a comienzos del siglo X, cuando las condiciones del llano parecían más seguras.
El impacto de la entrada en Anatolia de los frigios y otros pueblos balcánicos fue enorme y multiplicó la inestabilidad que la región ya padecía como consecuencia de la descomposición del imperio hitita. Los frigios se asentaron en Anatolia Central y obligaron a otras poblaciones a desplazarse hacia el sur y hacia el oeste. Muchos de estos pueblos se aliaron entre sí y trataron de buscar nuevas tierras donde establecerse, actuando como piratas o como invasores según se lo permitía la situación. El comercio a larga distancia por mar y por tierra quedó roto y de esta manera los monarcas de los distintos reinos quedaron privados de una de las fuentes más importantes de donde extraían sus recursos. La avalancha de asaltos y destrucciones duró casi un siglo y tuvo su punto álgido en 1186, cuando una nueva coalición de pueblos intentó invadir el delta del Nilo. El faraón que tuvo que hacerles frente en esta ocasión fue Ramsés III, quien de nuevo los venció en una batalla naval que está magníficamente descrita en los textos y relieves de Medinet Habu. Es en estos textos donde aparece la denominación de "Pueblos del Mar", que luego se ha extendido en la historiografía, abarcando a todos los movimientos migratorios y actos de pillaje que se produjeron en el Mediterráneo Oriental desde finales del Siglo XIII hasta mediados del XII. Los pueblos a los que se enfrentó Ramsés III fueron según los textos los shardana, shekelesh, denyen, teresh, peleset, tjeker y weshesh. Como puede verse los shardana aparecen de nuevo como uno de los integrantes de esta coalición; sin embargo los ekwesh (aqueos) ya no son nombrados. Sin embargo, sí que aparecen los denyen, que han sido identificados con los danaos, nombre que Homero utiliza como sinónimo de aqueos a menudo, y los peleset, que es muy probable que se trate de aqueos de Creta, y que algunos años después de ser derrotados en el delta del Nilo se establecerán en la zona de la franja de Gaza en varios asentamientos, como está documentado en La Biblia y algunos textos asirios y egipcios. En cuanto al origen de los shardana hay teorías para todos los gustos; nosotros, sin embargo, pensamos que a falta de pruebas concluyentes la posibilidad más sugerente es que procediesen de la escarpada costa de Cilicia, nido de piratas durante siglos.
Peleset prisioneros en los bajorrelieves de Medinet Habu

La Historia tradicional, partiendo de las noticias transmitidas por los historiadores antiguos y del estudio de los dialectos griegos, explicaba el final de la civilización micénica como la consecuencia de la penetración en Grecia de una estirpe de griegos, los dorios, que desde las regiones del norte invadieron el territorio dominado por los micénicos.
Se creía que los dorios procedían de la cordillera del Pindo, desde donde se trasladaron hacia el sur empujados por otros pueblos del interior. Los dorios ocuparon gran parte del Peloponeso y pasaron a las islas del Egeo, Creta, Rodas y el extremo suroccidental de Anatolia. Esta invasión había dejado un recuerdo en la mitología con la leyenda del Retorno de los Heráclidas, en la cual se narraba que los descendientes de Heracles, expulsados del Peloponeso, regresaron acompañados de los dorios para reclamar su herencia.
Sin embargo, a partir de la década de los setenta del siglo XX, algunos historiadores que daban mayor importancia al aspecto social de la Historia, no solo negaban que hubiera habido una invasión de los dorios, si no que llegaban más allá y negaban la misma existencia de la estirpe griega de los dorios. En defensa de ello alegaban que el dialecto dorio en realidad era un estrato lingüístico de las clases inferiores al que llamaban substandar. A la cabeza de esta teoría se encontraba el lingüista inglés John Chadwick, que colaboró con Michael Ventris en el desciframiento del Lineal B.
Pero debemos hacer algunas objeciones a esta teoría. En principio, que ya en el siglo VIII había numerosas comunidades helenas que se reconocían a sí mismos como dorios; entre ellas algunas tan importantes como los lacedemonios, los de la Argólida y los mesenios solo en el Pelopoéso. Además, había dos territorios que eran conocidos como Dóride y Doria, al norte de Grecia continental y al suroeste de Anatolia respectivamente. Por otra parte, las comunidades que se reconocían a sí mismas como de origen dorio compartían una serie de costumbres y un cierto fondo cultural. Parece, por tanto, difícil de creer que lo dorio se redujese a un dialecto de las clases campesinas más pobres de la civilización micénica. Más bien parece que los dorios eran efectivamente una comunidad helena con dialecto propio que durante siglos estuvieron asentados al norte de Grecia; que compartían desde antiguo muchos de los contenidos de la civilización micénica, pero que formaban parte de una franja periférica y escasamente desarrollada de esta civilización. Lo más probable es que penetrasen en Grecia continental a mediados del siglo XII, cuando los palacios micénicos ya habían sido destruidos. Siendo estos dorios gentes que carecían de tradición urbana se establecieron en aldeas y granjas y no intentaron restablecer el aparato administrativo de las monarquías micénicas. Se extendieron con facilidad hacia las islas y Creta, quizás participando en los saqueos y actos de piratería que eran comunes en aquel período convulso del Heládico Reciente III C. Finalmente, pasaron a Rodas y Anatolia mezclados con otros emigrantes que buscaban un lugar para asentarse, de la misma forma que lo hicieron los peleset en Canaán.
Invasión de los dorios.
Los dorios carecían absolutamente de una cultura urbana, eran agricultores y ganaderos que no sintieron ninguna necesidad de reconstruir los palacios y restablecer el aparato administrativo de los monarcas micénicos. Por esta razón, tampoco sintieron necesidad de utilizar la escritura; no había contabilidad que llevar, aparte de la que era imprescindible para gestionar la granja o la explotación del predio, y para esto no hacía falta ningún complejo sistema de anotación. Por todo ello la escritura del lineal B desapareció y fue olvidada, hasta que en los tiempos contemporáneos atrajo la atención de los estudiosos y fue descifrada por Michael Ventris.
Durante más de un siglo el comercio a larga distancia casi desapareció en la Grecia continental mientras las ruinas de los antiguos palacios eran cubiertos por la maleza o eran utilizadas como necrópolis. Solo en algunos lugares como el Ática se mantuvo la actividad urbana y el comercio. Como la escritura desapareció, y por ello carecemos de documentos escritos, a esta época se la ha denominado Edad Oscura. Se prolongó desde comienzos del siglo XII hasta principios del siglo IX, abarcó, por tanto, unos trescientos años. Cuando las tinieblas se disiparon, la civilización griega surgió con una fuerza renovada y llegó hasta las más altas cotas de la Historia de la humanidad.




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