CARAVANA HACIA EL SUR

Julio César fue un hombre poco común. Queremos decir con esto que pocas veces se reúnen en una sola persona tantas cualidades como tenía César. Fue un gran militar y un político imaginativo y creador; cuando subía a la tribuna, su voz apaciguaba, convencía o enardecía al auditorio de manera eficaz. Fue un ingeniero inteligente y un competente administrador. Pero además, fue uno de los más grandes escritores de la Historia.
Cuando a finales del mes de mayo del año 59 a. C., en virtud de la Lex Vatinia, se le otorgó el poder proconsular en Galia Cisalpina e Iliria, César vio la ocasión de obtener unos triunfos militares que le permitiesen continuar su carrera política. A estas provincias se les sumó la Galia Transalpina, que había quedado vacante al fallecer su gobernador, Metelo Celer.
Desde un primer momento César fue consciente de que no bastaba con obtener victorias en los campos de batalla, había en conseguirlas también en el campo de la opinión pública, es decir, era necesario llevar a cabo una poderosa campaña propagandística. Con la seguridad que le caracterizaba, decidió encargarse personalmente de escribir un registro de sus victorias; de esta manera redactó los siete libros que conocemos con el título de Comentarios a la Guerra de las Galias. En estos escritos, César, nos ofrece una versión personal e interesada de los hechos; resalta lo que le conviene, ignora lo que no le interesa y elabora una serie de ideas que orientan la opinión del lector en un sentido u otro.
Una de las ideas que construye a lo largo de sus Comentarios es la de la clara diferenciación entre Galia y Germania; ambas separadas nítidamente por el río Rin. A César le interesaba que sus lectores establecieran esta diferencia porque necesitaba justificar su intervención militar en Galia, de manera que todos entendiesen que sus campañas al norte de la Transalpina solo pretendían defender a los aliados de Roma del peligro de una invasión de los germanos. En el año 59 a. C., durante su consulado, él ya tenía idea de que la situación en aquellos territorios era muy inestable. Siguiendo una política de apaciguamiento había concedido el tratamiento de amigo del pueblo romano a Ariovisto, rey de los suevos. Sin embargo, en la primavera del año 58 cambió de actitud cuando se vio obligado a perseguir y aniquilar a los helvecios que emigraban hacia el Oeste huyendo de la situación insoportable que había creado el rey suevo en los territorios colindantes con Suevia.
 
Las Galias en 58 a. C.
 
Aquella primavera del 58 vio claro que con Ariovisto la política de apaciguamiento no funcionaba, dada la enorme ambición del germano. Fue entonces cuando César pensó en establecer una frontera que separase definitivamente Galia de Germania y tomó la firme determinación de arrojar a los germanos a la orilla oriental del Rin. Esta idea la iría perfilando en sus Comentarios poco a poco, pero sería rematada totalmente en el Comentario VI cuando dice:

"Mas ya que la ocasión se ha ofrecido, no será fuera de propósito describir las costumbres de la Galia y la Germania, y la diferencia que hay entre ambas naciones."

Poco después dice lo siguiente:

"Las costumbres de los germanos son muy diferentes. Pues ni tienen druidas que hagan oficio de sacerdotes, ni se curan de sacrificios. Sus dioses son solos aquellos que ven con los ojos y cuya beneficencia experimentan sensiblemente, como el sol, el fuego y la luna; de los demás ni aun noticia tienen."

Como podemos comprobar, César deja claro a sus lectores que los germanos son muy diferentes de los galos, y a la vez, un pueblo homogéneo en sus costumbres y en sus creencias. Pero esto no era totalmente cierto, aunque le interesase a Julio César. Aquí demuestra una gran habilidad política al simplificar los hechos para hacerlos más asimilables para los ciudadanos romanos y crear la rudimentaria pero eficaz imagen de un enemigo peligroso al que hay que vencer. Sobre la ferocidad de los germanos dice lo siguiente en el mismo Comentario VI:

"Los pueblos ponen su gloria en estar rodeados de páramos vastísimos, asolados todos los contornos. Juzgan ser gran prueba de valor que los confinantes exterminados les cedan el campo y que ninguno de fuera ose hacer asiento cerca de ellos."

Poco después dice lo siguiente:

"Si es que alguno de los principales se ofrece en el concejo a ser capitán, convidando a los que quieran seguirle, se alzan en pie los que aprueban la empresa y la persona, y prometen acompañarle."

Efectivamente los germanos hablaban dialectos de una misma lengua común, pero distaban mucho de tener las mismas costumbres; es más, en tiempos de César el territorio que él identificaba como Germania estaba habitado por algunos pueblos de lengua celta, sobre los que afirma que habían abandonado sus costumbres propias para adoptar el comportamiento menos civilizado de los germanos.

Los romanos no eran totalmente ignorantes al respecto, pues unos cincuenta años antes habían tenido ya un primer contacto con los germanos. Ocurrió cuando en 113 a. C. los cimbros y los teutones aparecieron al norte de los Alpes. Al año siguiente, el cónsul romano Cneo Papirio Carbón acampó con sus legiones frente a ellos y les invitó a que abandonasen el territorio de los taurinos, aliados de Roma. Los germanos decidieron obedecer, pero Carbón, viendo la oportunidad de obtener una gran victoria y hacer un buen negocio vendiendo a los cimbros y teutones como esclavos, intentó atacarlos por sorpresa en las proximidades de Noreia. Fue una grave equivocación, pues sufrió una tremenda derrota y huyó con los restos de su ejército en medio de una gran tormenta que detuvo el ataque enemigo. Sorprendidos y desconfiando de su propia victoria, los germanos en lugar de entrar en Italia se dirigieron al Rin, lo cruzaron y pasaron a la Galia. Es difícil saber el número aproximado de los germanos; en todo caso, se trataba de una gran masa humana que quizás sobrepasase las 300.000 personas. Se desplazaban en carros, donde transportaban sus enseres; la gran horda estaba compuesta por los hombres capaces de combatir, las mujeres y los niños. Iban muy despacio, pues no podía ser de otra manera cuando viajaban tantos seres humanos. Probablemente los cimbros procedían de la Península de Jutlandia, a la que los griegos llamaban el Quersoneso Címbrico. El grupo de los teutones estaba formado de una manera más heterogénea; el núcleo principal provenía de Frisia y el sur de Jutlandia; a ellos se habían unido otras gentes de lengua celta originarios del valle del Elba; de hecho, la palabra Teutones proviene del término celta tuatha, que significa pueblo, gente.

Tras cruzar el Rin, los germanos derrotaron en 109 a. C. a otro cónsul romano, Marco Junio Silano. En 107 a.C. se enfrentaron en las cercanías de Burdigala, al sur de Galia, al cónsul Lucio Casio Longino, que también fue vencido. Finalmente, y ante tanto desastre, Roma les opuso al cónsul Cneo Malio Máximo y al procónsul Quinto Servilio Cepión que, estando enfrentados y en desacuerdo entre sí, sufrieron en el otoño del 105 a. C., en Arausio, la más grande derrota desde la batalla de Cannas.

En 104 a. C., los romanos, desesperados, eligieron cónsul a Cayo Mario, a pesar de estar ausente de Roma. Mario había llevado a cabo una serie de reformas en el ejército y en 102 a. C. consideró que estaba preparado para vencer a los germanos; así lo hizo, venció a los teutones en Aquae Sextiae y a los cimbros en Vercellae. Los supervivientes fueron vendidos en los mercados de esclavos, cuyos precios cayeron en picado por el enorme aumento de la oferta.

Ruta de los cimbros y los teutones.
 
Los romanos no tenían claro quiénes eran y de dónde venían los cimbros y los teutones; tampoco les interesaba mucho, para ellos se trataba de bárbaros sin civilizar. Desde un principio los consideraron un peligro, sobre todo después de la derrota de Noreia. Aún en nuestros días sus orígenes parecen oscuros y su comportamiento extraño. Según algunas informaciones que obtuvieron los contemporáneos, hacia 120 a. C. los cimbros se vieron obligados a abandonar sus tierras de la Península de Jutlandia a causa de una catástrofe natural, posiblemente una transgresión marina que inundó sus campos y sus poblados; se trataba por tanto de desarraigados que habían salido de su tierra por pura necesidad. En su huida se unieron a otras gentes de la costa del Mar del Norte que posiblemente también habían sido víctimas de la catástrofe; estos eran los teutones. Sin embargo, los teutones más bien parecían un conglomerado de pueblos de lengua celta cuya procedencia era muy diversa. Ya hemos dicho que la palabra teutón tiene su origen en el término tuatha, de origen celta. Junto a los teutones emigraron de sus tierras del Mar del Norte los ambrones, también de origen celta, y más tarde se unieron a estos otros muchos celtas de la cuenca del Danubio. La migración se dirigió hacia el sur, siguiendo el valle del Elba, conduciendo sus carromatos hasta las llanuras de Bohemia; allí fue donde el grupo debió adquirir su verdadera cohesión y allí fue donde debieron de unírseles otras muchas gentes del valle del Danubio. No sabemos como se produjeron los acontecimientos, pero lo cierto es que los boyos, numeroso pueblo celta de aquella región, los expulsaron violentamente y tuvieron que dirigirse hacia Occidente. Lo que sí tiene aspecto de ser posible es que aquella estancia en las tierras del Danubio fue más compleja de lo que parece; prueba de ello es que en 101 a. C., cuando los cimbros se enfrentaron a Mario en Vercellae, estaban dirigidos por un caudillo al que llamaban Boiorix, palabra celta que significa "rey de los boyos". 
No cabe duda de que aquellos germanos eran en realidad un conglomerado de diversos pueblos que se habían unido poco a poco al grupo original de emigrantes que había salido de las costas del Mar del Norte. Las causas por las que se les fueron uniendo también debieron ser diversas. En principio, el grupo original estaba compuesto por fugitivos que habían perdido sus tierras y sus medios de vida. En esto hay que tener en cuenta que la economía de los habitantes de la Península de Jutlandia se basaba preferentemente en la ganadería, y por tanto pudieron emprender su migración con todo el ganado que pudieron conservar. No obstante, aquellos ganaderos errantes pronto se dieron cuenta de que el saqueo les proporcionaba un botín cuantioso y, a veces, fácil de obtener, sobre todo si eran muy numerosos, pues una gran masa humana era imparable.
De esta forma se les fueron uniendo muchos; unos porque también eran desarraigados, otros por deseo de botín, otros por admiración por sus victorias y otros, al fin, por sometimiento. Cuando cruzaron el Rin y entraron en Galia fueron acogidos por muchas gentes de allí, y otros se les unieron, entre ellos los tigurinos. Tras la gran victoria de Arausio, adquirieron fama y tentaron saquear Hispania, pero como les ocurrió en Bohemia fueron rechazados, en este caso por los celtíberos. Desde luego que la caravana errante que fue aniquilada en Aquae Sextiae era muy diferente a la que partió veinte años antes de Jutlandia; el saqueo se había convertido en su principal medio de vida, por eso decidieron dirigirse a Italia, donde las posibilidades de conseguir botín eran mayores.
Cayo Mario.
 

 Lo que comenzó como algo excepcional, acabó convirtiéndose en algo acostumbrado. Aquellos campesinos se habituaron a la guerra y el pillaje; en su escala de valores se alzaron las cualidades del guerrero por encima de todo lo demás. En este proceso tuvieron mucho que ver los líderes que los conducían y que eran ejemplo de las virtudes guerreras. Sabemos que en la batalla de Aquae Sextiae los teutones estaban dirigidos por Teutobod, y que en Vercellae los cimbros lo estaban por Boiorix; los romanos los consideraban reyes a ambos, pero más bien parecen caudillos guerreros que deben su autoridad y su poder a la fortuna en la guerra. Estos jefes dirigían a los guerreros porque inspiraban confianza y habían demostrado en varias ocasiones que sabían obtener la victoria y proporcionar un cuantioso botín a quienes les seguían. Es posible que estas jefaturas guerreras alcanzaran su madurez al entrar en contacto con los boyos, de ahí el nombre de Boiorix.

Ariovisto, rey de los suevos, habría conocido a estos caudillos solo de oídas, pues las correrías de los cimbros y los teutones tuvieron lugar cincuenta años antes de que él se enfrentase a César en Vesontio en el año 58 a. C.; no obstante, su perfil guarda muchas similitudes con aquellos "reyes". Boiorix y Teutobod alcanzaron gran fama tras la victoria de Arausio, de la misma forma que Ariovisto fue conocido en toda la Galia tras la victoria de Magetobriga. Los romanos llamaban a Ariovisto rey de los suevos, pero en realidad dirigía a gentes de distinta procedencia, entre los cuales los suevos no eran los más numerosos; Julio César los nombra antes de narrar la batalla de Vesontio:

"Él mismo en persona, formado su ejército en tres columnas, fue avanzando hasta las trincheras contrarias. Los germanos, entonces, a más no poder salieron fuera, repartidos por naciones a trechos iguales, harudes, marcómanos, tribocos, vangiones, nemetes, sedusios y suevos, cercando todas las tropas con carretas y carros para que ninguno librase la esperanza en la fuga."

Es evidente que en torno a Ariovisto se habían reunido gentes pertenecientes a diversos pueblos germanos. Los suevos, bajo cuyo nombre se presentaba esta confederación, habitaban en las orillas del río Elba. No conocemos el momento exacto en que una porción de ellos emigró a las cabeceras del Danubio y del Neckar, pero podemos imaginarlos con sus carros cargados de enseres y provisiones, sus mujeres y sus hijos. Lo que llama la atención es que estos suevos siguieron un camino semejante al de los cimbros y teutones años antes, caminaron Elba arriba hasta que llegaron a las estribaciones de los Alpes. La razón por la que abandonaron su tierra original también la ignoramos; atrás quedaron la mayoría de sus compatriotas, que continuaron habitando sus poblados. En todo caso, se trataba de gentes que creían salir ganando al abandonar la tierra en que nacieron, es decir, buscaban nuevas oportunidades, otros medios de vida y recursos para subsistir. Lo más probable es que fuese eso, una crisis de subsistencia, lo que les impulsó a emigrar.

Cráneo de un guerrero suevo con el característico moño.

 Otros grupos habían venido de muy lejos para unirse a Ariovisto. el druida Diviciaco se refiere a ello cuando se entrevista con César tras la victoria sobre los helvecios:

"pues que Ariovisto, rey de los germanos, avecinándose allí, había ocupado la tercera parte de su país, el más pingüe de toda la Galia; y ahora les mandaba evacuar otra tercera parte, dando por razón que pocos meses ha le han llegado veinticuatro mil harudes, a quien es forzoso preparar alojamiento."

Estos harudes provenían de la Península de Jutlandia y acudían a ponerse a las órdenes de Ariovisto con la esperanza de que les entregase tierras donde asentarse y poder participar del botín de las futuras victorias del rey suevo. Como los otros germanos que habían emigrado hacia el sur a lo largo del valle del Elba, se trataba de gentes que buscaban recursos y medios de subsistencia. Ariovisto, como antes lo hicieran Boiorix y Teutobod, había reunido en torno suyo un gran número de guerreros dispuestos al pillaje, y gracias a ello lanzaba continuas incursiones contra los pueblos vecinos. Se le ofreció una gran oportunidad cuando los sécuanos le invitaron a cruzar el Rin para, en alianza con ellos, intervenir en la disputa que mantenían con los eduos. Así comenzó a trasladar gente desde Germania a Galia, hasta conseguir la victoria en la batalla de Magetobriga, tras la cual los eduos, derrotados, enviaron una embajada a Roma pidiendo ayuda. Después, obligó a los sécuanos, sus antiguos aliados, a entregarle extensos territorios entre el Saona y el Rin; además exigió tributos a todas estas naciones y amenazó con extender su dominio a toda la Galia. En los momentos inmediatos a su fatal enfrentamiento con César, proyectaba pasar mucha más gente a la orilla occidental del Rin, probablemente a la totalidad de sus guerreros con sus familias; algo semejante a lo que hicieron los cimbros y los teutones cincuenta años antes. 

Que Ariovisto era, en esencia, un líder militar, queda demostrado en el momento en que César va en su busca para obligarle a volver a Germania. César había calado totalmente a Ariovisto, y se dio cuenta de que el rey suevo no podía rechazar un desafío. Por esta razón, se aproximó a los suevos, y cuando ellos hicieron lo mismo plantando su campamento a poca distancia de los romanos, todos los días formaba sus legiones frente al enemigo, invitándole a trabar combate. César, en sus comentarios nos cuenta por qué Ariovisto no aceptó el desafío a la primera:

Inquiriendo César de los prisioneros la causa de no querer pelear Ariovisto, entendió ser cierta usanza de los germanos que sus mujeres hubiesen de decidir por suertes divinatorias si convenía, o no, dar la batalla, y que al presente decían: «no poder los germanos ganar la victoria si antes de la luna nueva daban labatalla».

Pero Ariovisto no podía permitir que se le desafiase continuamente sin responder a ello; su autoridad y su poder se basaban en su prestigio militar, en su carácter de jefe victorioso, y era una catástrofe que esto se pusiese en duda; cada vez que César le desafiaba y él no salía al campo de batalla su autoridad se resentía. Ante la posibilidad de ser rechazado por sus propios guerreros, prefirió aceptar el combate a pesar del consejo de las adivinas. Fue derrotado y salvó su vida cruzando el Rin en una barca. Ignoramos qué fue de él tras estos acontecimientos, lo más significativo es que después de su derrota desaparece de la Historia. Lo más probable es que toda la gente que lo seguía se disolviese. Al menos sabemos una cosa, los suevos dejaron de pasar gente a las tierras de los eduos y los sécuanos.

 

Orillas del Rin en las cercanías de la batalla en que fue vencido Ariovisto.

 

 Es evidente que a finales del Siglo II a. C. el valle del Elba entró en un proceso de cambios que comenzaron con la migración de los cimbros y los teutones. Todo el valle se convirtió en un gran corredor por donde los grupos de población se desplazaban hacia el sur, hacia el valle del Danubio y hacia los macizos de Centroeuropa. No tenemos datos pero es posible que la población de los llanos del Elba hubiese aumentado en esta época. También es posible que el incremento de la población se debiese a la llegada de gentes de la Península de Jutlandia y del Sur de Escandinavia. Cuando César retrata a los germanos en su comentario VI, nos transmite una idea muy subjetiva sobre ellos:

"No se dedican a la agricultura, y la mayor parte de su vianda se reduce a leche, queso y carne."

 Por supuesto que los germanos practicaban la agricultura. Las investigaciones arqueológicas han demostrado que cultivaban cebada y mijo, con cuyo grano hacían unas gachas que tenían gran importancia en su dieta. También criaban caballos, cabras, ovejas y vacas; sobre todo en el norte, en Escandinavia, donde el clima era menos favorable para la agricultura. Estos campesinos vivían en aldeas y granjas dispersas; sus casas tenían una estructura de madera y las paredes eran de paja y barro. La cubierta se construía con paja sobre el armazón de madera.

Armazón de madera de una vivienda germana.

 El historiador Tácito, en su obra De origine et situ Germanorum, nos hace una descripción del tipo de poblamiento de los germanos:

"Cosa sabida es que ninguno de los pueblos de Germania habita en ciudades cercadas, ni sufren que sus casas estén arrimadas unas a otras. Viven divididos y apartados unos de otros, donde más les agrada, allí donde un manantial o el bosque son de su agrado. No hacen sus aldeas a nuestro modo, juntando y trabajando todos los edificios: cada uno cerca su casa con cierto espacio alrededor, o por remedio contra los accidentes del fuego, o porque no saben edificar."

 Aquellos campesinos usaban las armas y entablaban guerras por la tierra o los recursos, pero básicamente su economía se basaba en la agricultura y la ganadería. Una de sus principales divinidades era Nerthus, identificada con la Madre Tierra; proporcionaba buenas cosechas y propiciaba la fertilidad, por ello se le ofrecían sacrificios. Sin duda su tecnología agrícola era rudimentaria, de ahí que los contratiempos climatológicos o las guerras les pusieran con facilidad al límite de la subsistencia.

Ídolos columnares de Oberdorla.

Hacia finales del Siglo II a. C. se observa un cambio en los ajuares de aquellas comunidades campesinas; las armas aparecen más frecuentemente, lo que indica que aquella sociedad comenzó a militarizarse progresivamente. Además, los dioses guerreros comienzan en esta época a desplazar a las divinidades de la fertilidad y la naturaleza; poco a poco se reafirma y toma un lugar preferente la mitología de Wotán, dios del cielo, de la luz y de los campos de batalla.

En esta evolución jugaron un papel muy importante las jefaturas guerreras que comenzaron a perfilarse por aquel tiempo. Aquéllos jefes o reyes reunían a su alrededor bandas de guerreros que confiaban ser conducidos a la victoria. Todos ellos serían recompensados con lo que obtuviesen del pillaje o con los beneficios que les otorgase el caudillo guerrero, hombre enriquecido y caracterizado por su generosidad. 

Diversos factores fueron confluyendo para crear una economía basada en la depredación y no en la producción. La incertidumbre de las cosechas y el desequilibrio entre población y recursos en algunas zonas, animaron a muchos a seguir a quienes les prometían una ganancia abundante a cambio de empuñar las armas. Los grupos que emigraban, ya fuese por la fuerza de las circunstancias, ya por propia decisión, se deslizaban pronto hacia esta economía predadora, que a su vez exigía continuar desplazándose para encontrar nuevas presas.

Los suevos se habían alejado de las orillas del Rin tras la derrota de Ariovisto, pero la situación en el Elba continuó presentando una gran conflictividad; la guerra, como sistema económico, se había asentado firmemente en aquellas tierras, sobre todo en el tramo bajo del valle, donde los suevos y otros pueblos aliados saqueaban constantemente las aldeas de los pueblos vecinos. Este fue el caso de los usípetes y los tencteros, pueblos germanos que habitaban al Oeste de los suevos. Durante años soportaron los pillajes de estos, hasta que hartos de una guerra que no parecía tener fin, decidieron abandonar sus tierras y desplazarse hacia el Oeste, junto al Rin. A finales del año 56 a. C., huyendo todavía de los suevos, cruzaron el Rin durante el invierno; César, que en aquel momento se encontraba en la Cisalpina, fue advertido de ello y, a toda prisa, acudió al Norte de la Galia para detener a los emigrantes. Según nos cuenta en sus Comentarios, la cifra de germanos que habían cruzado el río rondaba los cuatrocientos treinta mil, cifra que parece exagerada. En todo caso, un número enorme de germanos habían pasado a la Galia en un movimiento muy semejante al que llevaron a cabo los helvecios en 58 a. C.(Ejércitos Romanos de finales de la República). De forma parecida a como ocurrió en aquella ocasión, se desplazaban con sus mujeres e hijos, transportando sus enseres en pesados carromatos. No avanzaban en una sola columna, sino en muchas que iban en la misma dirección caminando por una amplia zona. Aunque eran fugitivos, al entrar en Galia por tierra de los menapios se dedicaron al saqueo y confiscaron todas las provisiones que encontraron en las aldeas; después se dirigieron hacia el sur, a las tierras de los eburones y los condrusos. Estos últimos se habían sometido y entregado rehenes a César, por lo cual éste se sintió obligado a protegerlos. Por otra parte, el procónsul pensaba que aquellos fugitivos iban a crear un grasve problema de inestabilidad en la zona, pues de la misma forma que antes había ocurrido con los suevos de Ariovisto, ahora algunos jefes galos se habían puesto en contacto con los emigrantes, ofreciéndoles todo tipo de beneficios si combatían junto a ellos en sus conflictos locales. La peor situación podría plantearse si varias naciones galas se aliaban con los germanos para expulsar a César de Galia.


 Usípetes y téncteros en Galia. Invierno 56-55 a. C.

 En el invierno del año 55 a. C., César llevó sus legiones al encuentro de los usípetes y los téncteros. Cuando se aproximaba a ellos, los germanos le enviaron una delegación que alegó que la razón de haber cruzado el Rin era que huían de los suevos y que su única intención era establecerse pacíficamente en Galia. César les contestó que debían regresar a Germania y que él intercedería para que se estableciesen entre los úbios, nación germana que ya le había entregado rehenes. Una segunda delegación de los germanos pidió tiempo para arreglar con los úbios su traslado a Germania, pero César continuó avanzando, aunque más despacio. Sin embargo, de forma imprevista, se produjo un combate entre la caballería de los germanos y la caballería gala de César, en el que ésta última salió perdiendo. A la mañana siguiente una tercera delegación de los germanos se presentó en el campamento de César; estaba compuesta toda ella por gente de la máxima autoridad. Explicaron que lamentaban lo ocurrido el día anterior y que querían seguir negociando; pero César los apresó a todos y acto seguido atacó los campamentos de los usípetes y los téncteros, que estando desprevenidos fueron masacrados y capturados para ser vendidos como esclavos. Aún así, muchos consiguieron escapar y se refugiaron al otro lado del Rin entre los sicambros.

La situación entre el Elba y el Rin era tan inestable que César comprendió que las bandas de guerreros y las caravanas de carromatos no cesarían de cruzar el río si él no dejaba claro que aquellas aguas eran una frontera infranqueable, que nadie podía cruzar sin enfrentarse a las legiones de Roma. Así pues, tomó la determinación de cruzar el Rin para meter miedo a cuantos habitaban la margen derecha, sobre todo a los suevos y sus aliados. Aunque contó con la colaboración de los úbios para cruzar el río, decidió construir un puente de madera que estuvo terminado en diez días; auténtica obra maestra de la ingeniería. El puente tenía dos baluartes para proteger sus extremos, y aunque no sabemos su localización exacta, es probable que su emplazamiento estuviese en algún lugar entre las actuales Coblenza y Andernach.

El Rin entre Coblenza y Andernach.

 Cuando César cruzó al otro lado del río los sicambros y los suevos se refugiaron en la espesura de los bosques y en las zonas pantanosas de sus territorios. No hallando enemigos con los que combatir, César se entretuvo dieciocho días en saquear e incendiar las aldeas de una amplia zona; después volvió por donde había venido y destruyó el puente. Aquella rapidísima campaña en Germania demostró que César era capaz de cruzar en cualquier momento el Rin y llevar la guerra a la orilla oriental. Era un serio aviso para todos aquellos que por una razón u otra pretendiesen cruzar la nueva frontera que César había trazado; la distinción entre Galia y Germania había quedado claramente establecida.

Al otro lado del Rin, César, había dejado aliados; entre los más fieles, los ubios. Si analizamos el comportamiento de este pueblo germano, observaremos que no difiere en absoluto del resto de pueblos que habitaban entre el Rin y el Elba. Los ubios se comportaban con César como otros se habían comportado con Ariovisto; para ellos el procónsul era un jefe guerrero victorioso, lleno de prestigio, que les protegería de sus enemigos, y del cual podían obtener grandes beneficios. Muchos ubios se alistaron en la caballería de César como tropas auxiliares, en las que ya combatían numerosos galos, algunos de ellos pertenecientes a la aristocracia. Estos jinetes deseaban obtener grandes ventajas poniéndose al servicio de un jefe militar de la categoría de César; incluso lo veían como alguien muy próximo a un rey; combatían por su general, del que esperaban parte del botín; no por Roma, demasiado lejana y algo incomprensible para ellos. Su actitud no era diferente de la de aquellas bandas de guerreros que se unían a los caudillos suevos para dedicarse al saqueo.

A pesar de sus victorias sobre los germanos, César pudo comprobar en 53 a. C. que la frontera del Rin no estaba totalmente impermeabilizada; durante la rebelión de los galos Induciomaro y Ambiórix, algunas bandas de germanos habían cruzado el río para luchar a las órdenes de estos dos jefes. Aquello no era algo extraordinario, los guerreros germanos llevaban ya muchos años haciendo de mercenarios en Galia; pero ahora era diferente, Julio César había establecido la nueva frontera y cualquier violación de la misma exigía la aplicación del correspondiente castigo. Por esta razón, César decidió volver a cruzar el Rin en 53 a. C. Ordenó a sus legionarios que construyeran otro puente semejante y en un lugar próximo al anterior. Por supuesto que en esta ocasión también contó con el apoyo de los ubios, y de nuevo los suevos se retiraron al interior de su territorio, donde aguardaron preparados para la guerra. Sin embargo, César no tenía intenciones de llevar las cosas demasiado lejos; comprendía las dificultades de emprender una campaña en el interior de Germania y su deseo ere concentrarse en el sometimiento total de Galia. Conseguido su objetivo de amedrentar a los germanos, regresó al puente y destruyó el tramo que daba a la orilla oriental. En la ribera occidental dejó una guarnición para que nadie olvidase que podía volver a cruzar el río cuando quisiese.


 En el Siglo I a. C. la situación entre el Rin y el Elba era muy conflictiva; el desarrollo de unas aristocracias militares y el crecimiento y las migraciones de la población habían desencadenado un aumento de la actividad bélica en toda la zona. César había creado una frontera y había puesto freno a la expansión de estas condiciones más allá de la margen izquierda del Rin. Como siempre se conducía de una manera práctica, renunció a intervenir en Germania; sabía que una campaña para someter a las poblaciones de aquel territorio debía ser larga y muy dura, quizás mucho más que la conquista de Galia. Por otra parte, el desarrollo económico de los germanos no permitía obtener grandes beneficios de aquella empresa. En cierto modo él intuía la existencia de unas extensiones inmensas más allá de la frontera; tierras salvajes, cubiertas de bosques y páramos desolados, habitadas por gentes belicosas y extrañas para la mente de un romano. Un territorio cuyos límites se desconocían; vastas regiones cuyos linderos estaban fuera de lo que se podía concebir. Que tenía una cierta idea de todo esto se pone de relieve en este párrafo del Comentario VI:

XXV. La selva Hercinia, de que arriba se hizo mención, tiene de ancho nueve largas jornadas; sin que se pueda explicar de otra suerte, pues no tienen medidas itinerarias. Comienza en los confines de los helvecios, nemetes y rauracos; y por las orillas del Danubio va en derechura hasta las fronteras de los dacos y anartes. Desde allí tuerce a mano izquierda por regiones apartadas del río, y por ser tan extendida, entra en los términos de muchas naciones. No hay hombre de la Germania conocida que asegure haber llegado al principio de esta selva aun después de haber andado sesenta días de camino, o que tenga noticia de dónde nace.

 

 Cayo Julio César.

 

 Después de haber vencido a Vercingetorix en Alesia a finales del año 52 a. C., César estaba convencido de que las Galias estaban sometidas por fin. En cuanto a la frontera del Rin, sabía que era necesario vigilarla constantemente, pues nadie podía asegurar que las aguas del río no fueran cruzadas por los germanos. Por supuesto que había alcanzado enorme prestigio entre las gentes de allende el río, y era temido tanto en Galia como en Germania, pero esto no era garantía de seguridad, debido a la constante actividad bélica de la región; en cualquier momento otra caravana de carros podía presentarse en la orilla oriental. Además estaba seguro de que cualquier rebelión en Galia estaría apoyada por las bandas de mercenarios germanos. Él mismo se había servido de estas bandas de germanos alistándolos en la caballería para combatir contra Vercingetorix. Así narra los hechos de estos jinetes en su Comentario VII:

XIII. César destaca su caballería, que se traba con la enemiga; yendo ya los suyos de vencida, los refuerza con cuatrocientos caballos germanos, que desde el principio solía tener consigo. Los galos no pudieron aguantar su furia, y puestos en huida, con pérdida de muchos se retiraron al ejército. Ahuyentados éstos, atemorizados de nuevo los sitiados, condujeron presos a César a los que creían haber alborotado la plebe, y se rindieron.

Lo más probable es que estos jinetes germanos fuesen ubios, que como gente de confianza habían sido incorporados a la caballería de César cuando cruzó a Germania  la primera o la segunda vez. En otro episodio del Comentario VII, César nos cuenta lo siguiente:

LXVII. Aprobada la propuesta, y obligados todos a jurar en esta 
forma, el día inmediato, dividida la caballería en tres cuerpos, dos se 
presentan a los dos flancos, y el tercero por el frente comenzó a 
cortar el paso. Al primer aviso César da también orden que su 
caballería en tres divisiones avance contra el enemigo. Empiézase un 
combate general; detiénese la marcha, y se recoge el bagaje en 
medio de las legiones. Dondequiera que los nuestros iban de caído o 
se veían más acosados, César estaba encima, revolviendo allá todas 
sus fuerzas. Con eso cejaban los enemigos, y con la esperanza del 
refuerzo se rehacían los nuestros. Al cabo los germanos por la banda 
derecha, ganando un repecho, derrocan a los enemigos, y echan tras ell
os, matan a muchos hasta el río, donde acampaba Vercingetórige 
con la infantería. Lo cual visto, los demás temiendo ser cogidos en 
medio, huyen de rota batida, y es general el estrago.

Tiempo después, durante la Guerra Civil, continuó utilizando la caballería germana, cuyo número de jinetes aumentó. A pesar de todo, César jamás se planteó llevar una campaña de envergadura en Germania; sus proyectos estaban en Oriente, planeaba una guerra contra los partos, con la cual obtendría una grandísima gloria. Así estaban las cosas cuando fue asesinado a mediados del mes de Marzo del año 44 a. C.
No se equivocaba César cuando pensaba que la frontera del Rin permanecería tranquila, pero que había que vigilarla. Cuando en tiempos de Augusto se tuvo la tentación de llevar la frontera más hacia el Este, hasta el Elba, el proyecto fracasó tras la catastrófica derrota de Teutoburgo. Por aquel tiempo la expansión de los suevos ya había cesado, y a punto estuvieron los romanos de someter toda la zona y convertirla definitivamente en una provincia; pero entonces los queruscos y sus aliados se sublevaron, y Roma tuvo que reconocer que la frontera debía retroceder de nuevo al Rin.
La verdad es que durante siglos todo aquel territorio permaneció en una relativa tranquilidad; la inestabilidad y el peligro pasó entonces al Danubio, en donde los marcómanos en el Siglo II a. C. y los godos durante el Siglo III d. C. hicieron que el sistema defensivo se derrumbase. Los suevos, en aquel tiempo, junto a otros pueblos, formaron una confederación llamada de los alamanes, que estuvo creando graves problemas al Imperio Romano entre el Alto Rin y el Alto Danubio.
Cuando César reclutó a su caballería germana no podía imaginar que aquello se convertiría en una costumbre trescientos años después. Los emperadores romanos, necesitados de buenos soldados, no solo permitían que los germanos se alistasen en la caballería, sino también en la infantería; al principio como auxiliares y después como auténticos legionarios. Se dio un paso más cuando se contrató los servicios de jefes germanos que luchaban por el emperador al frente de amplios grupos de guerreros de diversa procedencia, o como caudillos o reyes de pueblos como los godos o los francos.

Columna de Trajano. Ejecución de cautivos marcómanos.

Muchos de aquellos jefes alcanzaron la fama o se formaron militarmente en el ejército romano. El primer ejemplo que tenemos de ello es el de Arminio. Hijo de un jefe querusco, fue entregado a los romanos como rehén; recibió entrenamiento militar y obtuvo el derecho de ciudadanía. Siendo aún muy joven fue nombrado comandante de un cuerpo auxiliar compuesto por queruscos y luchó en Panonia por el emperador Augusto. Sin embargo, cuando regresó a Germania urdió un complot contra los romanos en el que participaban los queruscos y otros pueblos que habitaban entre el Rin y el Elba. En el otoño del año 9 d. C. tendió una emboscada al legado Publio Quintilio Varo en la selva de Teutoburgo, donde fueron aniquiladas tres legiones; Varo murió en la batalla.

Plano de la batalla del bosque de Teutoburgo.

Roma proporcionaba un modelo social y político en la frontera que presentaba la actividad bélica como algo sumamente provechoso. Obtener ganancias y prestigio alistándose a las tropas auxiliares del Imperio parecía interesante a muchos queruscos, suevos, vándalos, hérulos y godos entre otros. La imagen del mercenario profesional iba perfilándose poco a poco en las mentes de todas aquellas gentes.
A finales del Siglo III a. C. la frontera del Rin estaba vigilada y protegida por germanos que servían en las legiones y que tenían allí, junto a ellos, a sus mujeres y sus hijos, viviendo en campamentos que comenzaban a parecerse a pequeñas poblaciones. Nuevas caravanas de carros se habían puesto en movimiento hacia el Sur; pero esta vez encontraban el paso franco, pues el emperador les proporcionaba alojamiento dentro del Imperio a cambio de que, cuando fuese necesario, prestasen un servicio de armas. El caso más significativo es el de los visigodos que en 376 a. C. se acercaron a la orilla del Bajo Danubio y solicitaron al emperador Valente que les dejase entrar en el territorio del Imperio, pues venían huyendo de los hunos. Valente les permitió que cruzasen el Danubio y se asentasen dentro del Imperio a cambio de que defendiesen la frontera de otros godos y de los hunos y los alanos. No obstante, como consecuencia de los abusos de los funcionarios y los soldados romanos, en 377 a. C. se rebelaron, y conducidos por su caudillo Fritigerno derrotaron a los romanos en 378 a. C., en Adrianópolis, donde Valente murio junto a la mayor parte de su ejército.
Es conveniente hacer constar que el derrotado ejército del emperador Valente estaba compuesto por una confusa mezcla de gentes muy diversas, muchos de ellos provenientes de las orillas del Mar Negro, entre los que los godos no eran poco numerosos. 



Aquellos antiguos campesinos que manejaban el hacha y el arado habían cambiado a lo largo de los siglos. Poco a poco fueron dejando sus aperos de labranza y olvidando el cuidado de sus ganados para convertirse en saqueadores y soldados de fortuna. Llegó un momento en que solo ellos mantenían en pie al moribundo Imperio Romano; eran ellos los que ponían y quitaban emperadores, los que un día defendían una provincia y al siguiente la saqueaban. Quizás la superpoblación en territorios de difícil equilibrio entre recursos y bocas que alimentar, como la Península de Escandinavia, empujó a muchos de estos campesinos a migrar hacia el Sur, hacia tierras donde los campos maduraban al sol. Pero al fin fue una forma de vida la que se impuso, una economía dependiente de la guerra y de todas las circunstancias que la acompañan.
Estos cambios culturales fueron dotándose lentamente de una estructura ideológica. El guerrero necesitaba no temer a la muerte, al contrario, desearla en último término. Así surgió la creencia en Valhalla, magnífico salón adonde iban los caídos en combate para vivir una segunda vida entre festines y desafíos; quien moría de muerte natural descendía a Hell, horrible lugar, frío y siniestro, donde languidecía atormentado.
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