Moscú 2012

Por Antonio Tausiet
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Viernes 8 de junio de 2012
En estos momentos estoy volando a Moscú. En 1991, durante un viaje por Europa, intenté llegar hasta allí. Pero en Budapest me dijeron que tras el golpe de estado en la URSS (que yo había vivido en Berlín días antes), las fronteras estaban cerradas. Veintiún años después, la URSS ya no existe, pero Moscú me espera, por fin.
Acabo de comprar por 6 euros una caja de turrón de Alicante 1880. Hace años se anunciaba en televisión como “el turrón más caro del mundo”. Mi pasión por el absurdo en ocasiones bordea la locura. Comprar turrón en un avión y en primavera es del tipo de mis acciones favoritas. Acabo además de enterarme de que mi sencillo acto ha provocado una reacción en cadena que ha terminado con las reservas de turrón del avión. Qué bueno es Millás, incluso cuando se inventa tonterías, como en su columna de hoy sobre las firmas en la feria del libro y los insultos que generan ordenadas las iniciales de sus fans.
 

Martes 12 de junio de 2012

Hoy es el día nacional de Rusia y estoy, como a la ida, sentado junto a la puerta de emergencia del avión. Esta vez, de vuelta a Madrid. Recientemente se ha reinaugurado una gran iglesia en el centro de Moscú, junto al río Moscova. Se trata de la catedral del Cristo Redentor, que había sido demolida previamente por Stalin. Ésta sigue el modelo basilical católico renacentista y no la arquitectura de la herencia oriental. Es la tarjeta de visita de la Rusia postcomunista, la de la falta de escrúpulos e ideología, la de Putin y Medvedev. En su lateral se erige una estatua de regusto revolucionario, pero nada de eso: es el zar Alejandro II, es la vieja Rusia.
 

 

 

Las personas encargadas de limpiar los lugares públicos son mujeres de las repúblicas orientales de la ex URSS, como Kazajistán. Toda la ciudad, y especialmente su metro, está plagada de símbolos referentes al período 1917-1989, centrados en los eventos de la Segunda Guerra Mundial. Lo hortera, lo rancio y lo cutre reinan por doquier. Los mosquitos pican, son gordos, pero el efecto de su picotazo no dura mucho tiempo. Hay una sopa de col y remolacha llamada borscht, muy sabrosa, y unas brochetas de carne de nombre shashlik, tiernas y jugosas. También una bebida de trigo (kvas), muy rica. Son las comidas y la bebida más populares, además del vodka, claro.
Es primavera y se alterna el viento muy fuerte con la lluvia torrencial y el sol desolador. Los jardines de la ciudad, sus parques, son pequeños bosques con árboles centenarios, ardillas, setas, hierba fresca y flores silvestres. También abundan los vagabundos borrachos y los perros vagabundos. Es frecuente que las jóvenes sean rubias y atractivas; también que las mujeres maduras sean gordas y feas. La palabra kremlin quiere decir ciudadela, y la de Moscú alberga el palacio presidencial y otros edificios importantes, como las catedrales de San Basilio, tan colorida, y la de la Dormición de la Virgen, con sus cúpulas doradas del siglo XV.
Al pie de las escaleras mecánicas del lujosísimo metro comunista (de 1935 en adelante), hay cabinas con vigilantes que velan por la seguridad y detienen el artefacto en caso de emergencia. En la juventud crece la moda de establecer relaciones homosexuales entre heterosexuales, fenómeno muy interesante.
El Centro Panruso de Exposiciones, recinto ferial dedicado a las antiguas repúblicas y regiones autónomas de la URSS, con un pabellón central palaciego, es ahora un paraíso capitalista ultradecadente. Pasear junto a cientos de familias por el parque que alberga los antiguos pabellones comunistas es similar a visitar un gigantesco cementerio repoblado por zombis. Los interiores de los lujosos edificios son hoy mecadillos de electrónica, complementos juveniles tribales y suciedad. Alejándose del paseo central es posible dejar de escuchar la música atronadora que acompaña la venta de cachivaches y oír los pájaros mientras se reposa, entre pinos y robles, de tanta falta de gusto, de la aparente ausencia absoluta de sensibilidad.
Moscú no ofrece tesoros arquitectónicos ni arte ancestral, pero no es una ciudad fea. Moscú está orgullosa de su museo de bellas artes, la Galería Tretyakov (cerca de la bella iglesia barroca de la Resurrección de Kadashi), con alguna obra maestra y decenas de inverosimilitudes. En el frontal de la gran biblioteca Lenin (hoy llamada "del Estado Ruso"), una estatua de Dostoyevski. Junto al Kremlin, la Plaza Roja, cerrada al público estos días de celebración, porque hay un mitin de Putin y compañía. La momia de Lenin se remueve en su lecho. La llama permanente dedicada al soldado desconocido, con su cambio de guardia al paso de la oca, también. Un curioso reloj giratorio horizontal que marca las horas del mundo avanza inmutable hacia ninguna parte.
Parece una tendencia cierta que las cosas funcionan más o menos. Si pides un tipo de helado, costumbre muy arraigada, te dan otro tipo. Si esperas un barco en un muelle del río, atraca en otro muelle. La puerta de embarque del aeropuerto de Domodedovo varía varias veces. En un mismo recinto cerrado puede hacer frío y calor, según el rincón que ocupes.
A la orilla del Moscova, junto al parque Gorki, se ha repuesto recientemente una bella estatua histórica, pero nadie le hace mucho caso: está rodeada de grupos de danzas de las llamadas latinas, ese nombre que inventaron los estadounidenses para apropiarse del término América. En todos los lugares no hispanohablantes del mundo, lo han conseguido y ahora existen América (USA) y Sudamérica (el sur de USA), ese lugar pintoresco lleno de “latinos”, o sea, procedentes del Lacio, la región italiana donde se halla Roma, antigua capital imperial cuyas basílicas van siendo imitadas.
Además de los héroes de la Segunda Guerra Mundial, de los partisanos, de los campesinos de los koljós (con sus hoces) y de los obreros (con sus martillos), de los intelectuales y los artistas (incluyendo a los líderes ideológicos), están los cosmonautas. Hay monumentos dedicados a glorificar la carrera espacial soviética y sus hazañas pioneras. En sus recurrencias, el comunismo se refiere al pensamiento, al trabajo, al arte o a la ciencia. Pero sobre todo, el comunismo oficial extinguido en Moscú se refiere a la guerra, a la patria y al heroísmo, unos conceptos que chocan con el progresismo pacifista, internacionalista y sin alharacas rituales.
Como mi avión sale con dos horas de retraso, quizás pierda el autobús que me lleva de Madrid a Zaragoza. Es la última broma de un territorio único, orgulloso, troglodita. Donde no es sencillo encontrar el equilibrio porque el concepto de punto medio no existe. Para el visitante esporádico, resulta atractivo y estimulante. Pero si eres habitante de Moscú, o te integras en la masa ultraborracha o te sumes en la tristeza, que también genera arte bellísimo (o lo generó). No hay más que oír cantar a las mujeres de garganta limpia en las misas ortodoxas.
Diez kilómetros al noreste del centro de la ciudad se levanta el llamado Pequeño Kremlin, junto al parque Izmailovo. Era el lugar de residencia de verano de los zares. Hoy alberga un particular rastro o Mercado de las Pulgas, nombre heredado del de París. Sin embargo, el mercadillo moscovita fascina por sus construcciones de madera añeja, sus casetas coloridas, sus vendedores goyescos, sus mercancías comunistas, sinónimo allí de régimen acabado, pero no de régimen del que avergonzarse como en los países de herencia fascista (España, Italia, Alemania). Lo que no se encuentra en ningún lado es la idea de comunismo que circuló por Occidente el siglo pasado, ni para mal (enemigos de la gente) ni para bien (generosos humanistas).
Los jóvenes que velan por el fuego patriota del monumento al soldado desconocido son rigurosamente seleccionados por su aspecto físico, que debe responder al modelo ideal de hombre ruso. Los famosos grandes almacenes Gum son una inmensa galería acristalada que hoy es un centro comercial de franquicias de lujo. Su sabor parisino se respira también en algunos otros ámbitos de Moscú. No en vano, los rusos consideran su capital como la tercera Roma (incluso la ciudad está erigida sobre siete colinas), después de París, y las riberas del Moscova al atardecer te trasladan fácilmente a las del Sena. Pero pronto el visitante se encuentra de vuelta: el canal Vodootvodni, que circula paralelo al río, es cruzado por un pequeño puente que contiene una hilera de árboles metálicos, cuyas hojas son los hoy famosos candados del amor, y adonde van los recién casados a prometerse fidelidad eterna acompañados de un acordeonista.
Epicúreo y ascético. Así me denomina mi anfitriona. Ciertamente no son epítetos que se suelan atribuir a cualquier viandante casual, así que me siento halagado y continúo devorando ensaladilla rusa para desayunar. Por supuesto, en Rusia no se llama así, como tampoco las montañas rusas de los abundantes parques de atracciones, aquí americanas. O sea, estadounidenses. Las ardillas no tienen mucho miedo, pero no son tan confiadas como las londinenses. Un riachuelo, integrado en el pequeño parque junto al Kremlin que alberga el reloj giratorio, contiene esculturas de cuentos y fábulas de tradición rusa, con zorros, osos, ranas, princesas, brujas y cigüeñas.
Los hombres llevan el pelo casi exclusivamente rapado. Los tacones altos están muy extendidos entre las mujeres. Existen líneas de autobús que funcionan con un pantógrafo eléctrico que posibilita cambios de carril. Los gorros de policía son tan ridículos como los policías que los llevan. El arte urbano en general es un híbrido entre el peor Dalí y las vanguardias disidentes de los años setenta, surgidas de la ausencia de libertad creativa. Hay una admiración generalizada por esta disidencia, que no se contradice con el mantenimiento asumido de la herencia retórica comunista. No en vano las diferencias entre las capas sociales se han disparado fulminantemente con el advenimiento de las aves rapaces encabezadas por Yeltsin. La camarilla mafiosa que controla los movimientos económicos tiene en la base de su pirámide a miles de varones que se dedican a la seguridad pública y privada. Matones a sueldo que en el mejor de los casos te amedrentan con la mirada y cuatro palabras amenazantes. Mientras, en el hotel construido para las olimpiadas de 1980, si abres una puerta al azar, aparece un lugar oscuro en el que se perfila la piel blanca y desnuda de mujeres contoneándose al ritmo de la música machacona. Es el mismo hotel con bar 24 horas donde se puede fumar, que sin embargo cierra durante 20 minutos antes de medianoche: 23 horas y 40 minutos de servicio.
Las aceras de Moscú no están diseñadas para las lluvias. Un calzado estándar no sirve para caminar bajo la tormenta. Pronto los pies navegan dentro de los zapatos. Los perros callejeros se organizan en bandadas y abrevan juntos de las fuentes públicas ornamentales. Los humanos excomunistas repiten los mismos movimientos. Han sustituido la censura y la policía política por la extorsión y la trata de blancas. El ciudadano moscovita es amable y educado. Aún parece conservar la tradición heredada del amor por la cultura, por la literatura, por esa mezcla de sentimientos, de añoranza, de tristeza, de humildad, de dejadez, de indignación, de fuerza, de violencia, de hospitalidad inhóspita, de traición al pasado para abrazar un presente postapocalíptico, mientras fuman mirando hacia las nubes de tormenta que saben que pasará y volverá. Eslavos liberados tantas veces como vueltos a esclavizar.
Moscú vende matrioskas de madera de tilo, cúpulas de cobre, aluvión de folclores, pasado imperial, y en las esquinas cachorros de perro cuyo sexo es a gusto del comprador. Grandes anuncios publicitarios de bebidas refrescantes cubren las columnas de los arcos conmemorativos. Viejas casi centenarias intentan venderte un humilde vestido de colores que muestran con sus manos arrugadas. Limusinas gigantescas de colores de chicle albergan a la nueva generación de novios sin amor. Todo ha sido sencillo: sólo se ha colocado un gorro rojo a la efigie de Marx y ahora es Santa Claus, que nos trae consolas de videojuegos y miseria económica, ética e intelectual. Los nuevos presidentes juran sus cargos en la iglesia que ellos mismos han reconstruido con el dinero robado al pueblo.
El gusto estético es como el culinario. Depende en gran parte del entorno cultural. Las opiniones de este texto acerca de arte no son otra cosa que opiniones, subjetivas por naturaleza. Las conversaciones privadas mantenidas en Moscú acerca de homosexualidad, terrorismo, naturaleza y artificio, cultura, política, modos de vida, idealismo e ingenuidad, lenguaje y etimología, arte y gastronomía, han sido mantenidas en un inglés primario y probablemente han arrojado más penumbras que luz a estas opiniones salteadas, a este ramillete de vivencias exteriores e interiores de un viajero curioso y atento, pero cansado.
Al menos, Moscú cuenta con cientos de bancos a la sombra, eficaces antídotos contra la fatiga. Las sotanas de los popes barbudos hacen verónicas al viento mientras pasan rozándolas sin percatarse los portadores de la última remesa de chándales de Hong Kong, el nuevo uniforme del proletariado alienado. Recuerdo esas imágenes y por supuesto las piernas y los escotes de las rusas veinteañeras y las gaviotas y los patos y los caballos y la famosa torre de la iglesia del Kremlin desde la que se acostumbraba a suicidarse. Y el avión continúa su largo viaje de regreso a Madrid. Voy a descansar.
 

 
 

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