ANTOLOGIA DE URGENCIA







FOTOGRAFÍA DEL 11 DE SEPTIEMBRE

Saltaron hacia abajo desde los pisos en llamas:
uno, dos, todavía unos cuantos
más arriba, más abajo.

La fotografía los mantuvo con vida,
y ahora los conserva
sobre la tierra, hacia la tierra.

Todos siguen siendo un todo
con un rostro individual
y con la sangre escondida.

Hay suficiente tiempo
para que revolotee el cabello
y de los bolsillos caigan
llaves, algunas monedas.

Siguen ahí, al alcance del aire,
en el marco de espacios
que justo se acaban de abrir.

Sólo dos cosas puedo hacer por ellos:
describir ese vuelo
y no decir la última palabra.



De una expedición no realizada a los Himalayas

Estos son los Himalayas

Montañas de un correr hacia la luna

momento del arranque eternizado

Sobre el cielo abierto

la llanura de las nubes rota,

de un golpe a la nada.

El eco: un sordomudo blanco

el silencio.

Yeti, abajo hay un miércoles,

un abecedario, un pan

y dos más dos son cuatro

y se derrite la nieve

Hay una manzana roja

partida en cuatro.

No sólo crímenes

podría haber entre nosotros,

Yeti, no todas las palabras

condenan a la muerte

Heredamos la esperanza

y el perdón

Mira cómo damos a luz

niños entre las ruinas.

Yeti, tenemos a Shakespeare

Yeti, tocamos el violín

Yeti, cuando anochece

encendemos la luz.

Aquí ni la tierra, ni la luna

y las lágrimas se congelan

o Yeti, puede ser el conejo de la luna

“Señor de la Luna”

piénsalo y regresa.

Entre las cuatro paredes de avalanchas

Estoy llamando al Yeti,

Zapateando para calentarme

sobre la nieve

eterna.


(1957)



WISTAWA SZYMBORSKA.

EJEMPLO



La tormenta

arrancó anoche todas las hojas del árbol

menos una de ellas,

dejada

para que se columpiara sola en la rama desnuda.



En este ejemplo

la Violencia demuestra

que sí,

que en ocasiones le gusta bromear.





Vietnam


Mujer, ¿cómo te llamas? -No sé.

¿Cuándo naciste, de dónde eres? -No sé.

¿Por qué cavaste esta madriguera? -No sé.

¿Desde cuándo te escondes? -No sé.

¿Por qué me mordiste el dedo cordial? -No sé.

¿Sabes que no te vamos a hacer nada? -No sé.

¿A favor de quién estás? -No sé.

Estamos en guerra, tienes que elegir. -No sé.

¿Existe todavía tu aldea? -No sé.

¿Éstos son tus hijos? -Sí.

                                 De "Mil alegrías -Un encanto-" 1967      Versión de Gerardo Beltrán


                           Del libro AQUÍ de Wislawa Szymborska (Bartleby Editores)




ADOLESCENTE

¿Yo, adolescente?

Si de repente, aquí, ahora, se plantara ante mí,

¿tendría que saludarla como a una persona próxima,

a pesar de que es para mí extraña y lejana?

¿Soltar una lágrima, besarla en la frente

por el mero hecho

de que tenemos la misma fecha de nacimiento?

Hay tantas diferencias entre nosotros

que probablemene sólo los huesos son los mismos,

la bóveda del cráneo, las cuencas de los ojos.

Porque ya sus ojos son como un poco más grandes,

sus pestañas más largas, su estatua mayor

y todo el cuerpo recubierto de una piel

ceñida y tersa, sin defectos.

Nos unen, es cierto, familiares y conocidos

pero casi todos están vivos en su mundo,

y en el mío prácticamente nadie

de ese círculo común.

Somos tan diferentes,

pensamos y decimos cosas tan distintas.

Ella sabe poco,

pero con una obstinación digna de mejores causas.





IDENTIFICACIÓN

Qué bien que hayas venido –dice.

¿Oíste que el jueves se estrelló un avión?

Ajá, pues precisamente por ese asunto

vinieron a buscarme.

Parece que él estaba en la lista de pasajeros.

Y qué, igual se arrepintió.

Me dieron una pastilla para que no me desmayara.

Todo negro, quemado, menos un brazo.

Un jirón de la camisa, el reloj, la alianza.

Me enfurecí, porque seguro que no era de él.

Nunca me haría eso, tener ese aspecto.

Y de esas camisas están llenas las tiendas.

Y ese reloj es un reloj corriente.

Y nuestros nombres en su alianza

son nombres muy comunes.

Qué bien que hayas venido. Siéntate aquí a mi lado.

Es cierto, tendría que haber vuelto el jueves.

Pero quedan muchos jueves todavía este año.

Ahora mismo pongo agua para el té.

Me lavo el pelo, y luego, luego qué,

intentaré despertarme de todo esto.

Qué bien que hayas venido, porque allí hacía frío,

y él en ese saco de dormir de goma,

él, quiero decir, ese pobre infeliz.

Ahora mismo pongo agua para el jueves, me lavo el té,

es que claro, con lo comunes que son nuestros nombres


Retrato de mujer

Debe ser a elección.

Cambiar para que no cambie nada.

Es fácil, imposible, difícil, vale un intento.

Sus ojos son, si cabe, una vez azules, otra vez grises,

negros, alegres, sin causa llenos de lágrimas.

Duerme con él como una cualquiera, única en el mundo.

Le parirá cuatro hijos, ningún hijo, uno.

Ingenua, mas la que mejor aconseja.

Débil, mas podrá con el peso.

No tiene cabeza, pues la tendrá.

Lee a Jaspers, y revistas de mujeres.

No sabe el porqué de este tornillo y construirá un puente.

Joven, como siempre joven, todavía joven.

Sostiene en sus manos un gorrión alirroto,

su propio dinero para un viaje largo y ajeno,

un mazo, una compresa y una copa de vodka.

¿A dónde corre? ¿no está cansada?

Que no, un poco, mucho, no pasa nada.

O le quiere o se empeña.

Por lo bueno, por lo malo y por el amor de Dios.


Prospecto

Soy un tranquilizante.

Funciono en casa,

Soy eficaz en la oficina,

me siento en los exámenes,

Comparezco ante los tribunales,

pego cuidadosamente las tazas rotas:

sólo tienes que tomarme,

¡ disolverme bajo la lengua,

tragarme,

sólo tienes que beber un poco de agua.

Sé qué hacer con la desgracia,

cómo sobrellevar una mala noticia,

disminuir la injusticia,

iluminar la ausencia de Dios,

escoger un sombrero de luto que quede bien con una cara.

A qué esperas,

confía en la piedad química.

Eres todavía un hombre (una mujer) joven,

deberías sentar la cabeza de algún modo.

¿Quién ha dicho

que la vida hay que vivirla arriesgadamente?

Entrégame tu abismo,

lo cubriré de sueño,

me estarás agradecido (agradecida)

por haber caído de pies.

Véndeme tu alma.

No habrá más comprador.

Ya no hay otro demonio.





NADA DOS VECES

Nada sucede dos veces

ni va a suceder, por eso

sin experiencia nacemos,

sin rutina moriremos.

En esta escuela del mundo

ni siendo malos alumnos

repetiremos un año,

un invierno, un verano.

No es el mismo ningún día,

no hay dos noches parecidas,

igual mirada en los ojos,

dos besos que se repitan.

Ayer mientras que tu nombre

en voz alta pronunciaban

sentí como si una rosa

cayera por la ventana.

Ahora que estamos juntos,

vuelvo la cara hacia el muro.

¿Rosa? ¿Cómo es la rosa?

¿Como una flor o una piedra?

Dime por qué, mala hora,

con miedo inútil te mezclas.

Eres y por eso pasas.

Pasas, por eso eres bella.

Medio abrazados, sonrientes,

buscaremos la cordura,

aun siendo tan diferentes

cual dos gotas de agua pura.





Posibilidades

Prefiero el cine.

Prefiero los gatos.

Prefiero los robles a orillas del Warta.

Prefiero Dickens a Dostoievski.

Prefiero que me guste la gente

a amar a la humanidad.

Prefiero tener a la mano hilo y aguja.

Prefiero no afirmar

que la razón es la culpable de todo.

Prefiero las excepciones.

Prefiero salir antes.

Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.

Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.

Prefiero lo ridículo de escribir poemas

a lo ridículo de no escribirlos.

Prefiero en el amor los aniversarios no exactos

que se celebran todos los días.

Prefiero a los moralistas

que no me prometen nada.

Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.

Prefiero la tierra vestida de civil.

Prefiero los países conquistados a los conquistadores.

Prefiero tener reservas.

Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.

Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas

del periódico.

Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.

Prefiero los perros con la cola sin cortar.

Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.

Prefiero los cajones.

Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado

a muchas otras tampoco mencionadas.

Prefiero el cero solo

al que hace cola en una cifra.

Prefiero el tiempo insectil al estelar.

Prefiero tocar madera.

Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.

Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad

de que el ser tiene su razón.

                                                De “Gente en el puente” 1986


Alabanza a mi hermana

Mi hermana no escribe poemas

y es improbable que de pronto comience a escribir poemas.

Le viene de su madre, que no escribía poemas

,y de su padre, que tampoco escribía poemas.

Bajo el techo de mi hermana me siento a salvo:

nada impulsaría al marido de mi hermana a escribir poemas.

Y aunque suene como un poema de Adam Macedonski,

ninguno de mis parientes se ocupa de escribir poemas.

En el escritorio de mi hermana no hay poemas viejo

sni nuevos en su bolso.

Y cuando mi hermana me invita a cenar,

sé que no tiene intenciones de leerme poemas.

Hace magníficas sopas sin esfuerzo,

y el café no se derrama sobre sus manuscritos.

En muchas familias nadie escribe poemas,

pero cuando lo hacen, rara vez es sólo una persona.

Algunas veces la poesía fluye en cascadas de generaciones

que ocasionan temibles corrientes en las relaciones familiares.

Mi hermana cultiva una prosa hablada decente,

pero toda su producción literaria está en tarjetas postales veraniegasque prometen la misma cosa cada año:

que cuando vuelva me contará todo,

todo,

todo.





Amor a primera vista

Ambos están convencidos

de que los ha unido un sentimiento repentino.

Es hermosa esa seguridad,

pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían

no había sucedido nada entre ellos.

Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos

en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles

si no recuerdan

-quizá un encuentro frente a frente

alguna vez en una puerta giratoria,

o algún “lo siento”

o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono-,

pero conozco su respuesta.

No recuerdan.

Se sorprenderían

de saber que ya hace mucho tiempo

que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada

para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,

que se interponía en su camino

y que conteniendo la risa

se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,

pero qué hacer si no eran comprensibles.

¿No habrá revoloteado

una hoja de un hombro a otro

hace tres años

o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.

Quién sabe si alguna pelota

en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres

en los que un tacto

se sobrepuso a otro tacto.

Maletas, una junto a otra, en una consigna.

Quizá una cierta noche el mismo sueño

desaparecido inmediatamente después de despertar.



Todo principio

no es mas que una continuación,

y el libro de los acontecimientos

se encuentra siempre abierto a la mitad.


De “Fin y principio” 1993

Wislawa Szymborska (1923)  Nació en Kórnik, Polonia y vive en Cracovia.






Alabanza a los sueños


En mis sueños

pinto como Vermeer van Delft.


Hablo fluidamente griego

y no sólo con los vivos.


Conduzco un auto

que me obedece.


Tengo talento,

escribo poemas largos, grandiosos.


Escucho voces

no menos que los grandes santos.


Se sorprenderían

de mi virtuosismo en el piano.


Floto en el aire como se debe,

es decir, por mí misma.


Si caigo del techo

puedo aterrizar suavemente en el verde césped.


No me es difícil

respirar bajo el agua.


No me puedo quejar :

he logrado descubrir la Atlántida.


Me complace que justo antes de morir

siempre me las arreglo para despertar.


Inmediatamente tras el estallido de la guerra

me vuelvo a mi lado favorito.


Soy, mas no necesito ser,

hija de mi tiempo.


Hace unos pocos años

vi dos soles.


Y antes de ayer un pingüino,

con toda claridad.


(1972)




A mi corazón el domingo


Gracias te doy, corazón mío,

por no quejarte, por ir y venir

sin premios, sin halagos,

por diligencia innata.


Tienes setenta merecimientos por minuto.

Cada una de tus sístoles

es como empujar una barca

hacia alta mar

en un viaje alrededor del mundo.


Gracias te doy, corazón mío,

porque una y otra vez

me extraes del todo,

y sigo separada hasta en el sueño.


Cuidas de que no me sueñe al vuelo,

y hasta el extremo de un vuelo

para el que no se necesitan alas.


Gracias te doy, corazón mío,

por haberme despertado de nuevo,

y aunque es domingo,

día de descanso,

bajo mis costillas

continúa el movimiento de un día laboral.

                                         De "Mil alegrías -Un encanto-" 1967      

                                           Versión de Gerardo Beltrán




Agradecimiento


Debo mucho

a quienes no amo.


El alivio con que acepto

que son más queridos por otro.


La alegría de no ser yo

el lobo de sus ovejas.


Estoy en paz con ellos

y en libertad con ellos,

yeso el amor ni puede darlo

ni sabe tomarlo.


No los espero

en un ir y venir de la ventana a la puerta.

Paciente

casi como un reloj de sol

entiendo

lo que el amor no entiende;

perdono

lo que el amor jamás perdonaría.


Desde el encuentro hasta la carta

no pasa una eternidad,

sino simplemente unos días o semanas.


Los viajes con ellos siempre son un éxito,

los conciertos son escuchados,

las catedrales visitadas,

los paisajes nítidos.


Y cuando nos separan

lejanos países

son países

bien conocidos en los mapas.


Es gracias a ellos

que yo vivo en tres dimensiones,

en un espacio no-lírico y no-retórico,

con un horizonte real por lo móvil.


Ni siquiera imaginan

cuánto hay en sus manos vacías.


"No les debo nada",

diría el amor

sobre este tema abierto.


                                                                     De "El gran número" 1976      

                                                                      Versión de Abel A. Murcia



Bajo una pequeña estrella


Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.

Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.

Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.

Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.

Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado

  por alto a cada segundo.

Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo

  el primero.

Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.

Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.

Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco

  de un minué.

Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño

  a las cinco de la mañana.

Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.

Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.

Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,

inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,

absuélveme, aunque fueras un ave disecada.

Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.

Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas

  respuestas.

Verdad, no me prestes demasiada atención.

Solemnidad, sé magnánima conmigo.

Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.

No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.

Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.

Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos,

  cada una de ellas.

Sé que mientras viva nada me justifica

porque yo misma me lo impido.

Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas

y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.

                                          




 Busco la palabra


Quiero definirlos en una sola palabra:

¿Cómo son?

Tomo las palabras corrientes, robo de

los diccionarios,

mido, peso e investigo.

Ninguna

responde

La más valiente – cobarde,

La más desdeñosa – aún santa

La más cruel – demasiado

misericordiosa,

La más odiosa - poco porfiada.

Esta palabra debe ser como un volcán,

que pegue, arrastre y derribe,

como la temerosa ira de Dios,

como el hervor del odio.

Quiero que ésta una sola palabra

esté impregnada de sangre,

que como los muros del calabozo

encierre en sí cada tumba colectiva.

Que describa precisa y claramente

quienes eran - todo lo que pasó.

Porque lo que oigo,

lo que se escribe,

resulta poco,

siempre poco.

Nuestra habla es endeble,

sus sonidos de pronto - pobres.

Con empeño busco ideas,

busco esta palabra -

y no la encuentro.

No la encuentro.

                      Escrito por Wislawa Szymborska cuando no había cumplido 22 años.

             Publicado el 14 de marzo de 1945 en Dziennik Krakowski (Diario de Cracovia).



Cálculo elegíaco


Cuántos de los que he conocido

(si de verdad los he conocido)

hombres, mujeres

(si esta división sigue vigente),

han atravesado este umbral

(si esto es un umbral),

han cruzado este puente

(si se puede llamar puente).


Cuántos después de una vida más corta o más larga

(si para ellos en eso sigue habiendo alguna diferencia),

buena porque ha empezado,

mala porque ha acabado

(si no prefirieran decirlo al revés),

se han encontrado en la otra orilla

(si se han encontrado

y si la otra orilla existe).


No me es dado saber

cuál fue su destino

(ni siquiera si se trata de un solo destino,

y si es todavía destino).


Todo

(si con esta palabra no lo delimito)

ha terminado para ellos

(si no lo tienen por delante).


Cuántos han saltado del tiempo en marcha

y se pierden a lo lejos con una nostalgia cada vez

mayor.

(si merece la pena creer en perspectivas).


Cuántos

(si la pregunta tiene algún sentido,

si se puede llegar a la suma final

antes de que el que cuenta se cuente a sí mismo)

han caído en el más profundo de los sueños

(si no hay otro más profundo).


Hasta la vista.

Hasta mañana.

Hasta la próxima.

Ya no quieren

(si es que no quieren) repetirlo.

Condenados a un interminable

(si no es otro) silencio.

Ocupados sólo con aquello

(si es sólo con aquello)

a lo que los obliga la ausencia.


De "Fin y principio" 1993        

Versión de Abel A. Murcia


Del montón


Soy la que soy,

casualidad inconcebible

como todas las casualidades.

Otros antepasados

podrían haber sido los míos

y yo habría abandonado

otro nido,

o me habría arrastrado cubierta de escamas

de debajo de algún árbol.

En el vestuario de la naturaleza

hay muchos trajes.

Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.

Cada uno, como hecho a medida,

se lleva dócilmente

hasta que se hace tiras.

Yo tampoco he elegido,

pero no me quejo.

Pude haber sido alguien

mucho menos personal.

Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,

partícula del paisaje sacudido por el viento.

Alguien mucho menos feliz

criado para un abrigo de pieles

o para una mesa navideña,

algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.

Árbol clavado en la tierra,

al que se aproxima un incendio.

Hierba arrollada

por el correr de incomprensibles sucesos.

Un tipo de mala estrella

que para algunos brilla.

¿Y si despertara miedo en la gente,

o solo asco,

o sólo compasión?

¿Y si hubiera nacido no en la tribu debida

y se cerraran ante mí los caminos?

El destino hasta ahora ,

ha sido benévolo conmigo.

Pudo no haberme sido dado

recordar buenos momentos.

Se me pudo haber privado

de la tendencia a comparar.

Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,

lo que habría significado

ser alguien totalmente diferente.




Descubrimiento


Creo en el gran descubrimiento.

Creo en el hombre que hará el descubrimiento.

Creo en el terror del hombre que hará el descubrimiento.

Creo en la palidez de su rostro,

la náusea, el sudor frío en su labio.


Creo en la quema de las notas,

quema hasta las cenizas,

quema hasta la última.


Creo en la dispersión de los números,

su dispersión sin remordimiento.


Creo en la rapidez del hombre,

la precisión de sus movimientos,

su libre albedrío irreprimido.


Creo en la destrucción de las tablillas,

el vertido de los líquidos,

la extinción del rayo.


Afirmo que todo funcionará

y que no será demasiado tarde,

y que las cosas se develarán en ausencia de testigos.

Nadie lo averiguará, no me cabe duda,

ni esposa ni muralla,

ni siquiera un pájaro, porque bien puede cantar.


Creo en la mano detenida,

creo en la carrera arruinada,

creo en la labor perdida de muchos años.

Creo en el secreto llevado a la tumba.


Para mí estas palabras se remontan por encima de las reglas.

No buscan apoyo en ejemplos de ninguna clase.

Mi fe es fuerte, ciega y sin ningún fundamento.

                                                                         De "Fin y principio" 1993        

                                                        Versión de Gerardo Beltrán


Despedida de un paisaje


No le reprocho a la primavera

que llegue de nuevo.

No me quejo de que cumpla

como todos los años

con sus obligaciones.


Comprendo que mi tristeza

no frenará la hierba.

Si los tallos vacilan

será sólo por el viento.


No me causa dolor

que los sotos de alisos

recuperen su murmullo.


Me doy por enterada

de que, como si vivieras,

la orilla de cierto lago

es tan bella como era.


No le guardo rencor

a la vista por la vista

de una bahía deslumbrante.


Puedo incluso imaginarme

que otros, no nosotros,

estén sentados ahora mismo

sobre el abedul derribado.


Respeto su derecho

a reír, a susurrar

y a quedarse felices en silencio.


Supongo incluso

que los une el amor

y que él la abraza a ella

con brazos llenos de vida.


Algo nuevo, como un trino,

comienza a gorgotear entre los juncos.

Sinceramente les deseo

que lo escuchen.


No exijo ningún cambio

de las olas a la orilla,

ligeras o perezosas,

pero nunca obedientes.

Nada le pido

a las aguas junto al bosque,

a veces esmeralda,

a veces zafiro,

a veces negras.


Una cosa no acepto.

Volver a ese lugar.

Renuncio al privilegio

de la presencia.

Te he sobrevivido suficiente

como para recordar desde lejos.

De "Fin y principio" 1993         

Versión de Gerardo Beltrán



Día 16 de mayo de 1973


Una de esas muchas fechas

que ya no me dicen nada.


A dónde fui ese día,

qué hice, no lo sé.

Si en los alrededores

se hubiera cometido un crimen,

no tendría coartada.


El sol brilló y se apagó

sin que yo me diera cuenta.

La tierra giró

y no lo mencioné en mi diario.


Preferiría pensar

que morí brevemente,

y no que nada recuerdo,

aunque viví sin pausa.


Pues si no fui ningún fantasma:

respiré y comí,

di pasos

que se oían

y las huellas de mis dedos

tuvieron que haber quedado en las puertas.


Me reflejé en el espejo.

Llevaba puesto algo de algún color.

Y seguro que hubo gente que me vio.


Quizá ese día

encontré algo que había perdido antes.

Quizá perdí algo que encontré después.


Me embargaron sensaciones, sentimientos.

Ahora todo eso es

como puntos entre paréntesis.


En dónde me metí,

en dónde me enterré,

en verdad no es un mal truco

perderse a una misma de vista.


Agito mi memoria,

tal vez algo en sus ramas,

adormecido por años,

salga de pronto volando.

No.

Evidentemente exijo demasiado:

tanto como un segundo.

                                                                            De "Fin y principio" 1993         

                                                                                                                Versión de Gerardo Beltrán



Discurso en el depósito de objetos perdidos


Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,

y también muchos dioses en el camino de este a oeste.

Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.

Se me hundió en el mar una isla, otra.

Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,

quién trae mi piel, quién vive en mi concha.

Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla

y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.

Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,

me alejé de mis sentidos muchísimas veces.

Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,

me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.


Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.

Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó

  de mí:

un individuo aislado, del género humano por ahora,

que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.


De "Si acaso" 1978        

Versión de Gerardo Beltrán



Entierro II


"Tan de repente, quién lo hubiera dicho"

"los nervios y el tabaco, yo se lo advertí"

"más o menos, gracias"

"desenvuelve estas flores"

"su hermano también murió del corazón, seguramente  es de familia"

"con esa barba jamás lo hubiera reconocido a usted"

"él tiene la culpa, siempre andaba metido en líos"

"he de hablarle pero no lo veo"

"Casimiro está en Varsovia, Tadeo en el extranjero"

"tú sí que eres lista, yo no pensé para nada en el paraguas"

"qué importa que fuera el mejor de ellos"

"es un cuarto de paso, Bárbara no estará de acuerdo"

"es cierto, tenía razón, pero eso no es motivo"

"barnizar la puerta, adivina por cuánto"

"dos yemas, una cucharada de azúcar"

"no era asunto suyo, por qué se metió"

"todos azules y sólo números pequeños"

"cinco veces, y nunca contestó nadie"

"vale, quizá yo haya podido, pero tú también podías"

"menos mal que ella tenía ese empleo"

"no lo sé, tal vez sean parientes"

"el cura, un verdadero Belmondo"

"no había estado nunca en esta parte del cementerio"

"soñé con él hace una semana, fue como un presentimiento"

"mira qué guapa la niña"

"no somos nadie"

"denle a la viuda de mi parte... tengo que llegar a"

"y sin embargo en latín sonaba más solemne"

"se acabó "

"hasta la vista, señora"

"¿qué tal una cerveza?"

"llámame y hablamos"

"con el tranvía cuatro o con el doce"

"yo voy por aquí"

"nosotros por allá"


                                                        De "Gente en el puente" 1986        

                                                           Versión de Abel A. Murcia



Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo...


Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo.

No vuelo sobre él, de él no huyo

Entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado cerca.

No es mi voz el canto del pez en la red.

Ni de mi dedo rueda el anillo.

Estoy demasiado cerca. La gran casa arde

Sin mí gritando socorro. Demasiado cerca

para que taña la campana en mi cabello.

Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped

que abriera las paredes a su paso.

Ya jamás volveré a morir tan levemente,

tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,

como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca,

demasiado cerca. Oigo el silbido

y veo la escama reluciente de esta palabra,

petrificada en abrazo. Él duerme,

en este momento, más al alcance de la cajera de un circo

ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,

que de mí que estoy a su lado.

Ahora, para ella crece en él el valle

de hojas rojas cerrado por una montaña nevada

en el aire azul. Estoy demasiado cerca,

para caer del cielo. Mi grito

sólo podría despertarle. Pobre,

limitada a mi propia figura,

mas he sido abedul, he sido lagarto,

y salía de tiempos y damascos

mudando los colores de mi piel. Y tenía

el don de desaparecer de sus ojos asombrados,

lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,

demasiado cerca para que él sueñe conmigo.

Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida,

Mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.

En la punta de cada una de ellas, para su recuento,

Se han sentado ángeles caídos.

                                                                             Versión de Elzbieta Borkiewicz


Fin y principio

Después de cada guerra

alguien tiene que limpiar.

No se van a ordenar solas las cosas,

digo yo.


Alguien debe echar los escombros

a la cuneta

para que puedan pasar

los carros llenos de cadáveres.


Alguien debe meterse

entre el barro, las cenizas,

los muelles de los sofás,

las astillas de cristal

y los trapos sangrientos.


Alguien tiene que arrastrar una viga

para apuntalar un muro,

alguien poner un vidrio en la ventana

y la puerta en sus goznes.


Eso de fotogénico tiene poco

y requiere años.

Todas las cámaras se han ido ya

a otra guerra.


A reconstruir puentes

y estaciones de nuevo.

Las mangas quedarán hechas jirones

de tanto arremangarse.


Alguien con la escoba en las manos

recordará todavía cómo fue.

Alguien escuchará

asintiendo con la cabeza en su sitio.

Pero a su alrededor

empezará a haber algunos

a quienes les aburra.


Todavía habrá quien a veces

encuentre entre hierbajos

argumentos mordidos por la herrumbre,

y los lleve al montón de la basura.


Aquellos que sabían

de qué iba aquí la cosa

tendrán que dejar su lugar

a los que saben poco.

Y menos que poco.

E incluso prácticamente nada.


En la hierba que cubra

causas y consecuencias

seguro que habrá alguien tumbado,

con una espiga entre los dientes,

mirando las nubes.

                                                                      De "Fin y principio" 1993        

                                                                                 Versión de Abel A. Murcia



Fotografía de la muchedumbre


En la fotografía de la muchedumbre

mi cabeza es la séptima de la orilla,

o tal vez la cuarta a la izquierda,

o la veinte desde abajo;


mi cabeza no sé cuál,

ya no una, no única,

ya parecida a las parecidas,

ni femenina, ni masculina,


las señales que me hace

son ningunos rasgos personales;


quizás la ve el Espíritu del Tiempo,

pero no la mira;


mi cabeza estadística

que consume acero y cables

tranquilísima, globalísimamente;


sin la vergüenza de ser una cualquiera,

sin la desesperación de ser cambiable;


como si no la tuviera en absoluto

a mi manera y por separado;

como si se hubiera desenterrado un cementerio

lleno de anónimos cráneos

en un aceptable estado de conservación

a pesar de su mortalidad;


como si ya hubiera estado allá

-mi cabeza, una cualquiera, ajena-


donde, si recuerda algo,

sea tal vez el profundo futuro.

                                                    De "Si acaso" 1978        

                                                                                 Versión de Abel A. Murcia


La habitación del suicida

Seguramente crees que la habitación estaba vacía.

Pues no. Había tres sillas bien firmes.

Una lámpara buena contra la oscuridad.

Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.

Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.

Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.

¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?


Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.

Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.

Saskia con una flor cordial.

Alegría, divina chispa.

Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador

tras las fatigas del canto quinto.

Moralistas,

apellidos estampados con sílabas doradas

sobre lomos bellamente curtidos.

Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.


No parecía que de esta habitación no hubiera salida,

al menos por la puerta,

o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.


Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.

Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.


Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.

Y si yo te dijera que no había ninguna carta.

Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos

en un sobre vacío apoyado en un vaso.


La mujer de Lot


Dicen que miró hacia atrás por curiosidad.

Pero yo podría haber tenido otras razones aparte de la curiosidad.

Miré hacia atrás por pena de una fuente de plata.

Por distracción mientras me ataba el cordón de mi sandalia.

Para evitar seguir mirando el justo cuello

de Lot, mi esposo.

Por una repentina certidumbre de que si yo hubiera muerto

él ni siquiera habría atenuado su marcha.

Por la desobediencia de los humildes.

Alerta a la persecución.

Repentinamente serena, esperanzada de que Dios hubiera cambiado de parecer.

Nuestras dos hijas ya estaban casi en la cima de la colina.

Sentí la ancianidad dentro de mí. Lejanía.

La futilidad de nuestro vagar. Somnolencia.

Miré hacia atrás mientras dejaba mi atado en el suelo.

Miré hacia atrás por miedo de dónde poner a continuación mi pie.

En mi camino aparecieron serpientes,

arañas, ratas de campo y buitres jóvenes.

Entonces no había justos ni malvados -simplemente todas las criaturas vivientes

reptaban y saltaban en medio de un pánico común.

Miré hacia atrás por soledad.

Por vergüenza de que estaba huyendo.

Por un deseo de gritar, de volver.

Justo cuando una súbita ráfaga de viento

me deshizo el peinado y me levantó mis vestidos.

Tuve la impresión de que lo estaban viendo todo desde las murallas de Sodoma

y estallaban en risas sonoras de vez en cuando.

Miré hacia atrás por rabia

para gozar de su gran ruina

miré hacia atrás por todas las razones que he mencionado.

Miré hacia atrás a pesar de mí misma.

Fue sólo una roca que se desprendió, resonando bajo los pies.

Una repentina grieta que cortó mi camino.

Al borde un hámster correteó parado en sus patas traseras.

Fue entonces que miramos los dos hacia atrás.

No, no. Yo seguí corriendo,

repté y gateé hacia arriba,

hasta que la oscuridad me aplastó desde el cielo,

y con ella, grava ardiente y pájaros muertos.

Por falta de aliento me balanceaba repetidamente.

Si alguien me hubiera visto podría haber pensado que estaba bailando.

No se descarta que mis ojos hayan estado abiertos.

Podría ser que siento mi cara vuelta hacia la ciudad.


(1976)


La realidad exige...


La realidad exige

que lo digamos bien claro:

la vida sigue su curso.

Sucede así en Cannas y en Borodinó,

en los llanos de Kosovo y en Guernica.


Hay una gasolinera

en una pequeña plaza de Jericó,

hay bancos recién pintados

cerca de Bila Hora.

Las cartas van y vienen

entre Pearl Harbor y Hastings,

pasa un camión de muebles

bajo la mirada del león de Queronea

y solo un frente atmosférico amenaza

los florecientes jardines cercanos a Verdún.


Hay tanto de Todo

que lo que hay de Nada queda muy bien cubierto.

De los yates de Accio

llega la música

y en la cubierta, al sol, bailan las parejas.


Pasan siempre tantas cosas

Que seguro tienen que pasar en todas partes.

Donde hay piedra sobre piedra

hay un carro de helados

cercado por los niños.


Donde estaba Hiroshima

de nuevo está Hiroshima

y se siguen produciendo

objetos de uso cotidiano.


No le faltan encantos a este hermoso mundo

ni tampoco amaneceres

para los que merece la pena despertar.


En los campos de Macejowice

La hierba es verde,

y en la hierba, como pasa en la hierba,

la escarcha, transparente.


Quizá no haya un lugar que no haya sido un campo de batalla,

los aún recordados,

los hoy ya olvidados,

bosques de cedros y bosques de abedules,

nieves y arenas, pantanos irisados

y barrancos de negro fracaso

donde en caso de urgencia

satisfacemos ahora nuestras necesidades.


Qué moraleja sale de todo esto: parece que ninguna.

Lo que de verdad sale es la sangre que seca rápida

y siempre algunos ríos, algunas nubes.


En esos desfiladeros trágicos

el viento se lleva los sombreros,

y es inevitable:

la imagen nos da risa.


De "Fin y principio" 1993

Versión de Abel Murcia

Las cartas de los difuntos


Leemos las cartas de los difuntos como impotentes dioses,

pero dioses a fin de cuentas porque conocemos las fechas

  posteriores.

Sabemos qué dinero no ha sido devuelto.

Con quién se casaron rápidamente las viudas.

Pobres difuntos, inocentes difuntos,

engañados, falibles, ineptamente precavidos.

Vemos los gestos y las señas que hacen a sus espaldas.

Cazamos con el oído el rumor de los testamentos rotos.

Están sentados frente a nosotros, ridículos, como en panecillos

  con mantequilla,

o se echan a correr tras los sombreros que vuelan de sus cabezas.

Su mal gusto, Napoleón, el vapor y la electricidad,

sus mortales curas para enfermedades curables,

el insensato Apocalipsis según San Juan,

el falso paraíso en la tierra según Juan Jacobo...

Observamos en silencio sus peones en el tablero,

sólo que tres casillas más allá.

Todo lo previsto por ellos salió de una manera totalmente

  diferente,

o un poco diferente, es decir, también totalmente diferente.

Los más diligentes nos miran ingenuamente a los ojos,

porque hacían cuenta de que encontrarían en ellos la perfección.


                                                                           De "Si acaso" 1972        


Las cuatro de la madrugada


Hora de la noche al día.

Hora de un costado al otro.

Hora para treintañeros.


Hora acicalada para el canto del gallo.

Hora en que la tierra niega nuestros nombres.

Hora en que el viento sopla desde los astros extintos.

Hora y-si-tras-de-nosotros-no-quedara-nada.


Hora vacía.

Sorda, estéril.

Fondo de todas las horas.


Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada.

Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,

habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,

si es que tenemos que seguir viviendo.


                                                        De "Llamando al Yeti" 1957       

                                                                            Versión de Gerardo Beltrán



Las tres palabras más extrañas


Cuando pronuncio la palabra Futuro,

la primera sílaba pertenece ya al pasado.

Cuando pronuncio la palabra Silencio,

lo destruyo.

Cuando pronuncio la palabra Nada,

creo algo que no cabe en ninguna no-existencia.


                                                Versión de Abel A. Murcia


Monólogo para Casandra


Soy yo, Casandra.

Y ésta es mi ciudad bajo las cenizas.

Y éste es mi bastón y éstas mis cintas de profeta.

Y ésta es mi cabeza llena de dudas.


Es verdad, triunfo.

Mi cordura llegó a golpear el cielo con un rojo resplandor.

Sólo los profetas que no son creídos

tienen esas vistas.

Sólo aquellos que empezaron a hacer mal las cosas,

y todo podría haberse cumplido tan pronto

como si nunca hubieran existido.


Ahora recuerdo con claridad

cómo la gente, al verme, callaba en mitad de la frase.

La risa se cortaba.

Se separaban las manos.

Los niños corrían hacia sus madres.

Ni siquiera conocía sus efímeros nombres.

Y esa canción sobre la hoja verde...

nadie la terminó en mi presencia.


Yo los amaba.

Pero los amaba desde lo alto.

Desde encima de la vida.

Desde el futuro. Un lugar siempre hay vacío

de donde qué más fácil que divisar la muerte.

Lamento que mi voz fuera áspera.

Mírense desde las estrellas -gritaba-,

mírense desde las estrellas.

Me oían y bajaban la mirada.


Vivían en la vida.

Llenos de miedo.

Condenados.

Desde que nacían en cuerpos de despedida.

Pero había en ellos una húmeda esperanza,

una llama que se alimentaba con su propio parpadeo.

Ellos sabían qué era un instante,

fuera el que fuera

antes de que...


Yo tenía razón.

Sólo que eso no significa nada.

Y éstas son mis ropas chamuscadas.

Y éstos, mis trastos de profeta.

Y ésta, la mueca de mi rostro.

Un rostro que no sabía que pudiera ser hermoso.

                                             De "Mil alegrías -Un encanto-" 1967      

                                             Versión de Abel A. Murcia




Movimiento


Tú aquí lloras, y allí bailan.

Y allí lloran en tu lágrima.

Allí fiesta, allí alegría.

Sin saber nada de nada.

Casi luz en los espejos.

Casi llamas de unas velas.

Casi patios y escaleras.

Casi puños, casi gestos.

El hidrógeno informal y el oxígeno a la par.

Los granujas cloro y sodio.

Ese golfo del nitrógeno en cortejo.

Que se alza, se evapora.

Gira y gira bajo el cielo.

Tú aquí lloras, a eso juegas.

Eine kleine Nachtmusik.

¿Tú quién eres, bella máscara?

                                                                  De "Mil alegrías -Un encanto-" 1967       

                                                  Versión de Abel A. Murcia

Opinión sobre la pornografía


No hay mayor lujuria que el pensar.

Se propaga este escarceo como la mala hierba

en el surco preparado para las margaritas.


No hay nada sagrado para aquellos que piensan.

Es insolente llamar a las cosas por su nombre,

los viciosos análisis, las síntesis lascivas,

la persecución salvaje y perversa de un hecho desnudo,

el manoseo obsceno de delicados temas,

los roces al expresar opiniones; música celestial en sus oídos.


A plena luz del día o al amparo de la noche

unen en parejas, triángulos y círculos.

Aquí cualquiera puede ser el sexo y la edad de los que juegan.

Les brillan los ojos, les arden las mejillas.

El amigo corrompe al amigo.

Degeneradas hijas pervierten a su padre.

Un hermano chulea a su hermana menor.


Otros son los frutos que desean

del prohibido árbol del conocimiento,

y no las rosadas nalgas de las revistas ilustradas,

pornografía esa tan ingenua en el fondo.

Les divierten libros que no están ilustrados.

Sólo son más amenos por frases especiales

marcadas con la uña o con un lápiz.

                                                De "Gente en el puente" 1986         

                                                   Versión de Abel A. Murcia




Parábola


Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella.

Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras:

"¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta.

Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí!"

-No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde.

La botella pudo haber flotado mucho tiempo, dijo el pescador primero.

-Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano,

dijo el pescador segundo.

-Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla "Aquí" está en todos lados,

dijo el pescador tercero.

El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio.

Las verdades generales tienen ese problema.

                                                                             De "Sal" 1962

                                                             Versión de Gerardo Beltrán


Puede ser sin título


Ocurre que estoy sentada bajo un árbol,

a la orilla del río,

en una mañana soleada.

Es un suceso banal

que no pasará a la historia.

No son batallas ni pactos

cuyas causas se investigan,

ni ningún tiranicidio digno de ser recordado.


Y sin embargo estoy sentada junto al río, es un hecho.

Y puesto que estoy aquí,

tengo que haber venido de algún lado

y antes

haber estado en muchos otros sitios,

exactamente igual que los descubridores

antes de subir a cubierta.


El instante más fugaz también tiene su pasado,

su viernes antes del sábado,

su mayo antes de junio.

Y son tan reales sus horizontes

como los de los prismáticos de los estrategas.


El árbol es un álamo que hace mucho echó raíces.

El río es el Raba, que fluye desde hace siglos.

No fue ayer cuando el sendero

se formó entre los arbustos.

El viento, para disipar las nubes

antes tuvo que traerlas.


Y aunque no sucede nada en los alrededores,

el mundo no es más pobre en sus detalles,

ni está peor justificado ni menos definido

que en la época de las grandes migraciones.


No sólo a las conjuras acompaña el silencio.

Ni sólo a los monarcas un séquito de causas.

Y pueden ser redondos no sólo los aniversarios,

sino también las piedras solemnes de la orilla.


Complejo y denso es el bordado de las circunstancias.

Tejido de hormigas en la hierba.

Hierba cosida a la tierra.

Diseño de olas en el que se enhebra un tallo.


Por alguna causa yo estoy aquí y miro.

Sobre mi cabeza una mariposa blanca aletea en el aire

con unas alas que son solamente suyas,

y una sombra sobrevuela mis manos,

no otra, no la de cualquiera, sino su propia sombra.


Ante una visión así, siempre me abandona la certeza

de que lo importante

es más importante que lo insignificante.


De "Fin y principio" 1993        

Versión de Gerardo Posada



Un encanto


Con que quiere felicidad,

con que quiere la verdad,

con que quiere eternidad,

¡vaya, vaya!


Apenas si acaba de distinguir el sueño de la vigilia,

apenas si acaba de darse cuenta de que él es él,

apenas si acaba de labrar su mano, descendiente de una aleta,

el pedernal y el cohete,

es fácil ahogarlo en la cuchara del océano,

demasiado poco ridículo incluso como para hacer reír al vacío,

con los ojos sólo ve,

con los oídos sólo oye,

el récord de su habla es el modo potencial,

con la razón vitupera a la razón,

en una palabra: casi nadie,

pero con la cabeza llena de libertad, de omnisciencia

   y de existencia

más allá de la estúpida carne,

¡vaya, vaya!


Porque quizá sí exista,

haya sucedido de verdad

bajo una de las pueblerinas estrellas.

A su modo, dinámico y movido.

Para ser una miserable degeneración del cristal,

bastante sorprendido.

Para haber tenido una difícil infancia en la obligatoriedad

  de la manada,

no está mal como individuo.

¡Vaya, vaya!


A seguir así, así aunque sea un instante,

¡a través del abrir y cerrar de ojos de una pequeña galaxia!

A ver si tenemos por fin una idea, aproximada al menos,

de qué va a ser, ya que ya es,

Y es obstinado.

Obstinado, hay que admitirlo, mucho.

Con ese aro en la nariz, con esa toga, con ese suéter.

Queramos o no, un encanto.

Pobrecito.

Un verdadero hombre.

                                                  De "Mil alegrías -Un encanto-" 1967       

                                                               Versión de Abel A. Murcia



           Primera fotografía de Hitler

¿Y QUIÉN ES ESTE NIÑO con su camisita?

Pero ¡si es Adolfito, el hijo de los Hitler!

¿Tal vez llegue a ser un doctor en leyes?

¿O quizá tenor en la ópera de Viena?

¿De quién es esta manita, de quién la orejita, el ojito, la naricita?

¿De quién la barriguita llena de leche? ¿No se sabe todavía?

¿De un impresor, de un médico, de un comerciante, de un cura?   

¿A dónde irán estos graciosos piecitos, a dónde?

¿A la huerta, a la escuela, a la oficina, a la boda

tal vez con la hija del alcalde?

Cielito, angelito, corazoncito, amorcito,

cuando hace un año vino al mundo,

no faltaron señales en cielo y en la tierra:

un sol de primavera, geranios en las ventanas,

música de organillo en el patio,

u presagio favorable envuelto en un fino papel de color rosa.

Antes del parto, su madre tuvo un sueño profético:

ver una paloma en sueños, será una buena noticia;

capturarla, llegará un visitante largamente esperado.

Toc, toc, quién es, así late el corazón de Adolfito.

Chupete, pañal , babero, sonaja,

el niño, gracias a Dios, está sano, toquemos madera,

se parece a los padres, al gatito en el cesto,

a los niños de todos los demás álbumes de familia.

Ah, no nos pondremos a llorar ahora, ¿verdad?,

mira, mira, el pajarito, ahora mismo lo suelta el fotógrafo.

Atelier Klinger, Grabenstrasse, Braunen,

y Braunen no es una muy grande, pero es una digna ciudad,

sólidas empresas, amistosos vecinos,

olor a pastel de levadura y a jabón de lavar.

No se oye el aullido de los perros, ni los pasos del destino.

El maestro de la historia se afloja el cuello

y bosteza encima de los cuadernos.


Un terrorista: Él observa

La bomba explotará en el bar a las trece veinte.

Ahora apenas son las trece y dieciséis.

Algunos todavía tendrán tiempo de salir.

Otros de entrar.

El terrorista ya se ha situado al otro lado de la calle.

Esa distancia lo protege de cualquier mal

y se ve como en el cine:

Una mujer con una cazadora amarilla: ella entra.

Un hombre con unas gafas oscuras: él sale.

Unos chicos con vaqueros: ellos está hablando.

Trece diecisiete y cuatro segundos.

Ese más abajo tiene suerte y sube a una moto,

y ese más alto entra.

Trece diecisiete y cuarenta segundos.

Una niña: ella va andando con una cinta verde en el pelo.

Sólo que de repente ese autobús la tapa.

Trece dieciocho.

Ya no está la niña.

Habrá sido tan tonta como para entrar, o no,

eso ya se verá cuando vayan sacando.

Trece diecinueve.

Y ahora como que no entra nadie.

En vez de entrar aún hay un gordo calvo que sale.

Pero parece que busca algo en sus bolsillos y

a las trece veinte menos diez segundos

vuelve a buscar sus miserables guantes.

Son las trece veinte.

Qué lento pasa el tiempo.

Parece que ya.

Todavía no.

Sí, ahora.

Una bomba: la bomba explota.

                                      Experimento

Antes de la película,

en la que los actores hicieron lo posible

para conmoverme e incluso hacerme reír,

proyectaron un curioso experimento

con una cabeza.

La cabeza

momentos antes aún pertenecía a…

ahora estaba cortada,

todo el mundo pudo ver que no había tronco.

Por la nuca colgaban las tuberías del aparato

gracias al que la sangre circulaba todavía.

La cabeza

se encontraba bien.

Sin señales de dolor, o siquiera de sorpresa,

seguía con la mirada el movimiento de la luz de una linterna.

Movía las orejas cuando sonaba un timbre.

con su nariz húmeda sabía distinguir

entre el olor a tocino y la inodora inexistencia,

y lamiéndose con evidente gusto

segregaba saliva en honor a la fisiología.

Fiel cabeza de perro,

bondadosa cabeza de perro,

cuando la acariciaban, entornaba los ojos

creyendo  que era todavía parte de un todo

que encorvaba el lomo bajo una caricia

y meneaba la cola.

Pensé en la felicidad y sentí miedo.

Porque si sólo de eso se trataba en la vida,

la cabeza

era feliz.

      

                                    Un gato en un piso vacío

Morir, eso no se le hace a un gato.

Porque qué puede hacer un gato

en un piso vacío.

Trepar por las paredes.

Restregarse entre los muebles.

Parece que nada ha cambiado

y, sin embargo, ha cambiado.

Que nada se ha movido,

pero está descolocado.

Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,

pero no son ésos.

La mano que pone el pescado en el plato

tampoco es aquella que lo ponía.

Hay algo aquí que no empieza

a la hora de siempre.

Hay algo que no ocurre

como debería.

Aquí había alguien que estaba y estaba,

que de repente se fue

e insistentemente no está.

Se ha buscado en todos los armarios.

Se ha recorrido la estantería.

Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.

Incluso se ha roto la prohibición

y se han desparramado los papeles.

Qué más se puede hacer.

Dormir y esperar.

Ya verá cuando regrese,

ya verá cuando aparezca.

Se va a enterar

de que eso no se le puede hacer a un gato.

Irá hacia él

como si no quisiera,

despacito,

con las patas muy ofendidas.

Y nada de saltos ni maullidos al principio.

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