En torno a la Utopía y la Esperanza

    

        PRIMICIAS 

 ANTROPOLÓGICAS 

DEL PENSAR UTÓPICO


Por Mario Domínguez

A manera de introducción

    Lo que a continuación presento es una serie de poemas que expresan, de una manera u otra, mi concepción de la utopía. La utopía es un sueño, pero entiéndase a la manera de Ernst Bloch, un “sueño soñado despierto”, un deseo acompañado del querer; es decir, un sueño que exige voluntad y acción del soñador. En la utopía se hace presente el deseo, y el deseo es siempre deseo de algo mejor, es sed de más, es resistencia. El deseo se resiste al anquilosamiento, siempre deseamos ir más allá, traspasar las barreras de lo dispuesto en el mundo –el propio y el común-. Ese sueño que es la utopía, es un sueño que siempre esperamos realizar, pero mientras esperamos –no de manera estática, sino todo lo contrario, este esperar se refiere al estar en procura de lo soñado que está por realizarse- somos conscientes de que nuestras esperanzas pueden o no realizarse, ya que los sueños se mueven en el ámbito de la posibilidad. Es entonces cuando afloran y se sienten, como nos lo hace saber Pedro Laín Entralgo, “la patentación de la finitud, la nada, la realidad, el ser, la infinitud", etc. Y sin embargo, sea que se realicen o no nuestras esperanzas, al final, siempre, dada nuestra condición humana, seguimos hacia adelante, pues, el mañana nos convoca, nadie vive hacia atrás, nadie soporta una vida de lamentos y anquilosada, todos buscamos realizar el gran proyecto humano: ser feliz.

 

I. La ensoñación

Cuando soñamos

El mundo se ensancha,

Ningún espacio es restringido

Sentimos siempre que la vida está por delante,

Que la vida es mañana.

Que el pasado es pasado mañana,

Que viene después.

El sueño soñado despierto,

La ensoñación,

Nos hace patente eso que somos

Y que ignoramos; nos recuerda

Que no somos herméticos,

Que somos en la medida en que

Estamos siendo: somos un por-venir.

La ensoñación nos permite siempre

Traspasar lo que es

Y aparece ante nosotros,

El sueño soñado despierto nos da siempre

Otras opciones

Nos permite recrear el mundo.

La ensoñación nos permite rozar el futuro

Nos ubica en un otro presente,

Nos permite anticipar de manera consciente

El mañana y nos compromete.

El sueño soñado despierto es un compromiso:

Pues, se trata de ser lo que queremos ser.

Se trata de llegar a ser lo que todavía no somos:

Lo soñado.

 

II. El deseo

Siempre estamos deseando.

¡Bendita insatisfacción!

El deseo se aminora

Cuando se acaricia lo deseado

Pero nunca se acaba,

Siempre hay algo que se divisa como

Lo mejor, como más pleno.

Siempre la satisfacción de un deseo

Es la gestación de otro más grande,

Nunca se acaba de desear.

Quien tiene poder, quiere más poder;

Quien tiene riquezas, quiere más riquezas;

Incluso, quien tiene una mujer;

Quiere dos, o tres y hasta más,

Tal es nuestra condición humana:

Somos esencialmente

Seres sedientos de más,

Seres deseantes.

Sin el deseo no habría hombres,

No habría humanidad,

No sólo por la atracción libidinal

Que se ejerce entre los cuerpos,

Sino porque el deseo nos mantiene con vida.

Ciertamente el deseo no es más

Que “perseverancia en la existencia”,

Es una insistencia en seguir siendo.

El deseo es un desenquilosante,

Nos pone en movimiento.

¡El deseo, siempre el deseo!

 

III. La espera

Muchas afecciones afloran

Mientras se espera.

Angustia, esperanza, miedo…

En la espera nos podemos

Hacer dueños de nosotros mismos.

 

IV. Cita con el mañana

El mañana me espera, porque hoy nos citamos;

fue un día arduo, todo él en preparación

para no dejar que mi existencia se congelara

en un presente sin final.

Ha llegado la noche, los párpados me pesan,

rebosante de alegría cierro mis ojos.

La aurora ha de llegar, el sol ha de brillar.

¿Cómo será el encuentro con el día que todavía no es

y que me espera deseoso de ser?

¿Cómo seré yo al momento del encuentro?

Sólo sé que no seremos los mismos de hoy.

Comprendo ahora las palabras de Heráclito:

“Todo fluye”, “nadie se baña dos veces en el mismo rio”

Soy cambiante. Soy un ser en apertura, no hermético.

Aún no me he realizado, de ahí mi alegría

Y esperanza de encontrarme con el mañana.

Todo lo que el hombre persigue

con actitud esperanzada es su feliz realización.

 

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publicado a la‎(s)‎ 16 ago. 2011 17:30 por Mario Dominguez   [ actualizado el 16 ago. 2011 17:48 ]

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA 

ESPERANZA V: 

autopoiesis


Por: Mario Domínguez


Simple Black Square Natural Wonders Sunrise IconLa esperanza a la que nos hemos referido en cada una de las líneas aquí presentadas es totalizadora, vincula, une, no es fragmentaria; refiere tanto lo que es –lo real-, como lo que puede ser –lo real posible-; no se desliga de la vida mundana para referirse a una vida celeste pues ese ha sido el error de toda visión escatológica. Ella tiene que estar enraizada y fundamentada en el ser que habita y el mundo que es el habitado, de lo contrario ni la vida del ser-en-el-mundo, ni el mundo como habitación del hombre tendrían razón de ser.

No hay desligación de ninguna realidad, sino que se trata de hacer coincidir, como garante de felicidad, todas las realidades posibles del hombre: tanto el mundo interior como el mundo exterior.  “Cuando esto sucede es fiesta para el alma y merece la pena vivir” [1]. La esperanza permite hacer coincidir estos dos mundos ¿De qué manera? En la medida en que es el hombre pensándose a sí mismo, desde una realidad en la que está inmerso, en perspectiva de futuro.

            Los hombres no somos “ángeles” o seres “celestiales” que vivimos con auroras resplandecientes sobre nuestra existencia, no vivimos fuera del mundo. Y es tal la certeza que tenemos de ello que postulamos y abogamos por una esperanza que lo decora, lo armoniza, lo hace habitable. El mundo está en estado de fragmento, la esperanza toma cada uno y lo organiza, de esta forma decimos que lo recrea. Al hombre lo hace conciente de su finitud, de su obligación para consigo mismo, con sus iguales y con su habitación. Es tal su virtud que, incluso, no sería erróneo decir que ella es en esencia poesía.

Corroborando lo dicho nos dice María Zambrano:

“El poeta, en su poema crea una unidad con la palabra esas palabras que tratan de apresar  lo más tenue, lo más alado, lo más distinto de cada cosa, de cada instante. El poema es ya la unidad no oculta, sino presente; la unidad realizada, diríamos encarnada (…) [El poeta] quiere la realidad, pero la realidad poética no es sólo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser, hasta lo que no ha podido ser jamás. El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro. El poeta no se afana para que las cosas que hay, unas sean y otras no lleguen a ese privilegio, sino que trabaja para que todo lo que hay y lo que no hay, llegue a ser. El poeta no teme a la nada”[2].

Luego de esta magistral comprensión de la poesía y de la labor del poeta que hace María Zambrano pregunto: ¿al igual que el poeta, el hombre que vive en actitud esperanzada no crea una unidad?  Y desde allí ¿La esperanza no es “unidad encarnada”? ¿Acaso el hombre esperanzado no quiere y vincula tanto la realidad, lo que hay, como lo que no es pero que puede ser, “lo real-posible”? ¿Acaso el hombre del cual hacemos referencia no trabaja al igual que el poeta para que aquello que aún no es llegue a ser?

La vida es como una vasija o un saco, es decir, en principio es vacía y cobra sentido en la medida en que la vamos llenando con experiencias, atreviéndonos a transformar en algo lo que antes era nada. Entonces decimos que así como el poeta, el hombre que vive en actitud esperanzada no teme a la nada, sino que la abraza y la colma de sentido.



[1] HESSE, Hermann, Demian, Madrid: Alianza Editorial, 1982, p., 171.

[2] Cf., Zambrano, María, filosofía y poesía, México: Fondo de Cultura Económica, 2001, p., 21-23.

publicado a la‎(s)‎ 16 ago. 2011 16:44 por Mario Dominguez   [ actualizado el 16 ago. 2011 18:03 ]


LA FILOSOFÍA COMO SABER DE 

LA ESPERANZA IV:

 “El mundo del mañana está en 

nuestras manos”


Por: Mario Domínguez



Simple Black Square Natural Wonders Sunrise IconLa evasión de la realidad es la enfermedad social del hombre contemporáneo. El material impermeable es el más vendido, son más frecuentados los gimnasios que las bibliotecas, resulta ser más rentable invertir en masacres que saciar el hambre y la sabiduría de los viejos deambula por las aulas de los ancianatos. No hay interés en afrontar la realidad propia ni la del otro. Así surge una necesidad y un imperativo para la filosofía: la reflexión filosófica debe entablar una relación dialogal con los problemas que acaecen a la realidad social que afrontan los hombres, para que estos puedan integrar al “tú” con un “yo” en vez de aislarles y sumirlos en la individualidad. Decimos entonces que se necesita habla y escucha para generar compromiso, pues sólo los hombres somos agentes de cambio social o porque, en palabras de Gabriel Marcel, “el mundo del mañana está en nuestras manos”[1]


Vivimos sin conciencia de nuestra finitud,

sin volvernos al reconocimiento de nuestra historia:

agonías, tristezas, triunfos, dichas…

Todo ello que constituye nuestro sentido de ser.

Ser aquí y ahora, ser mañana y siempre,

ser por nuestras obras, ser siendo concientes.

Conciencia ensoñadora que se crea en el presente,

presente que se inmola ante un devenir perenne.


Sin duda alguna en nuestras manos está el mañana que aun nos es incierto, pero que nos espera, y nos corresponde a nosotros labrar camino hacia el encuentro. Nos es imperativo inmolarnos con cada segundo que pasa para permitir el ser del otro, para permitir el devenir del tiempo, para permitir el devenir de nuevas experiencias que renuevan nuestra leve pero bella existencia. Así lo refiere Hermann Hesse en el poema escalones:


"Así como toda flor se enmustia y toda juventud cede a la edad,

así también florecen sucesivos los peldaños de la vida;

a su tiempo flora toda sabiduría, toda virtud,

mas no les es dado durar eternamente.

Es menester que el corazón, a cada llamamiento,

esté pronto al adiós y a comenzar de nuevo,

esté dispuesto a darse, animoso y sin duelos,

a nuevas y distintas ataduras.

En el fondo de cada comienzo hay un hechizo

que nos protege y nos ayuda a vivir.

Debemos ir serenos y alegres por la Tierra,

atravesar espacio tras espacio

sin aferrarnos a ninguno, cual si fuera una patria;

el espíritu universal no quiere encadenarnos:

quiere que nos elevemos, que nos ensanchemos

escalón tras escalón. Apenas hemos ganado intimidad

en un morada y en un ambiente, ya todo empieza a languidecer:

sólo quien está pronto a partir y peregrinar

podrá eludir la parálisis que causa la costumbre.

Aun la hora de la muerte acaso nos coloque

frente a nuevos espacios que debamos andar:

las llamadas de la vida no acabarán jamás para nosotros...

¡Ea, pues, corazón arriba! ¡Despídete, estás curado!”[2]


[1] MARCEL, Gabriel. Un cambio de esperanza. Buenos Aires: Guillermo Kraft Limitada, 1961, p., 284.
[2]  http://club.telepolis.com/abraxas_/numenabraxasweb/galefoto/hh/stufen_escalones.htm 17-10-2007, 3:15 pm. 

publicado a la‎(s)‎ 16 ago. 2011 16:41 por Mario Dominguez   [ actualizado el 16 ago. 2011 17:46 ]

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE

 LA ESPERANZA III:

 un problema contemporáneo


Por: Mario Domínguez


Simple Black Square Natural Wonders Sunrise Icon¿Quién podría tener el futuro en sus manos y no sentir la más fría desazón? ¿Quién puede ver lo que espera y no perder toda esperanza? ¿Cómo ser felices en un mundo de quietud donde ya todo está dado, donde el hombre ya no tiene perspectiva de futuro? ¿Cómo ser felices en un mundo de mera ancianidad, donde la inocencia y la inquietud del niño no tienen cabida? Quien diga vivir así es mejor que se declare muerto; quien no tiene esperanza no puede más que ver y quedarse en un ‘valle de lágrimas’, en un mundo ‘viejo’ donde la muerte reina, dado que la esperanza nos impulsa a recrear el mundo.

Cuando hablamos de recrear el mundo hacemos referencia a re-significarlo, pues es así como el hombre se re-significa también. El volver a significar implica adquirir una nueva visión y una nueva postura frente al mundo, frente a la realidad objetiva que circunda al hombre y desde allí al mundo y la realidad subjetiva que el hombre mismo experimenta. En este plano de la subjetividad donde para el hombre el mundo es su mundo, según diríaWittgenstein, la realidad, sin duda, cobra un significado distinto; un significado que la sociedad actual no reconoce gracias a que está viciada todavía por un pensar materialista que se heredó del empirismo y luego del positivismo. Permítasenos en este aspecto hacer referencia a un problema que afronta el mundo contemporáneo.

El problema de la contemporaneidad en realidad es un problema “arcaico” que como un huracán en crecida se ha desarrollado de manera bárbara, más específicamente desde los siglos XVII y XVIII, siglos en los que imperó la filosofía empirista y con ella el materialismo, dando como resultado la cosificación y enajenación del hombre. Es decir, predominó el dominio de la razón instrumental que le amputó al hombre la necesidad y capacidad de trascendencia.

Entiendo trascendencia como el encaminarse hacia el encuentro con el ser. El hombre ha perdido toda posibilidad de contemplar al ser que lo origina, que lo posibilita; se ha olvidado incluso de sí mismo y en consecuencia se ha olvidado también de su igual.

Una vez habiéndole amputado al hombre su capacidad de trascendencia, se le amputa así toda esperanza y con ello todo sentido de pertenencia por su propio existir. El hombre contemporáneo no vive, sobrevive. El pensar materialmente, el no ver más allá de lo que se le presenta le disminuye sus horizontes. Las demandas que el mundo contemporáneo exige: trabajar para pagar los servicios, para la alimentación, para estudio, para vivienda y demás necesidades que son ineludibles le hace olvidar que es un ser humano y le hace convertirse en máquina.

Cuando el hombre empieza a concebir como real sólo lo que es verificable, resulta que lo que se le convierte realmente importante es lo útil, se implementa el utilitarismo y el hombre sólo empieza a valer por lo que hace, incluso adquiere más valor lo que hace (el objeto o la cosa) que él que es quien lo hace, quedando así enajenado por su producto y en calidad de máquina ya que esto es lo único que en estos tiempos le permite sobrevivir.

La pregunta que suscita es ¿cómo hacer que el hombre deje de sobrevivir y se dedique a vivir? El hombre sobrevive porque se encuentra consumido por el “ego”, esa prepotencia de creerse capaz de todo individualmente, de no reconocer al igual como su apoyo.

Hay una realidad, en el universo no existe un solo hombre sino que existen muchos en calidad de iguales; en la medida en que esto se reconozca los problemas de la humanidad no se acabarán pero sí disminuirán o serán más llevaderos; en la medida que el hombre trascienda hacia el ser que se le revela en el otro, comprenderá cuan valioso es vivir y existir. La vida cobraría un sentido esperanzador, pues, la confianza que deposita en su igual dejaría de ser una confianza meramente mediada por un contrato, para convertirse en una confianza medida por lo que vale el otro e implícitamente por lo que el hombre vale en relación con éste.

 

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publicado a la‎(s)‎ 9 may. 2011 12:22 por Guillermo Gallardo Moran   [ actualizado el 16 ago. 2011 17:26 por Mario Dominguez ]

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA II: 

En camino hacia lo “todavía-no-dado”


Por Mario Domínguez

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El hombre que vive en actitud esperanzada no evade la realidad. La esperanza no es mera ilusión o fantasmagoría, sino que en ella se encuentra imbuido todo lo real, pero real no como inmutable y estático. Así lo atestigua Moltmann:

“la esperanza no toma las cosas tal como se encuentran ahí, sino tal como caminan, tal como se mueven y pueden modificarse en sus posibilidades. Las esperanzas tienen sentido tan sólo mientras el mundo y los hombres que viven en él se encuentran en estado inacabado, en un estado de fragmento y experimentación (…) Por ello, las esperanzas y las anticipaciones del futuro no son una aureola resplandeciente, colocada sobre una existencia que se ha vuelto gris, sino que son percepciones reales de lo real posible, que ponen todo en movimiento y lo mantienen en variabilidad”[1].

 De esta manera la esperanza no es un consuelo ante una existencia gris dado que no abarca un más allá sin termino, no se refiere a “lo real imposible” pero alentador, sino que se fundamenta enlo por-venir” como “lo real-posible”. El hombre y el mundo están en constante transformación y esto gracias al carácter de posibilidad, porque lo verdaderamente propio no se ha realizado ni en el hombre ni en el mundo, se halla en espera (…) Lo posible es, como lo no completamente condicionado, lo cierto[2].

Que lo propio del hombre y del mundo no esté realizado implica que están en camino. Esto lleva a pensar que nunca se llegará al final, sino que siempre estaremos en calidad de viajeros y, como seres finitos existencialmente, moriremos viajando y con la felicidad de haber hecho camino, de haber andado. En esto consiste la felicidad: en hacer camino. No en vano nos dice Fernando Gonzales que “el fin de la vida es conseguir capacidad de morir alegremente”.

La concepción del hombre como viajero invita, entre otras cosas, a pensar que la esperanza nunca es una conquista. Pues, la conquista de una esperanza sería el vientre de toda desesperanza. De ahí que Comte-Sponville piense que “cada nueva esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas”[3]. Pero si una desesperanza proviene de una esperanza previa es porque la esperanza se ha determinado, lo que de suyo es inconcebible. Esperar algo determinado no es una cuestión de esperanza, sino del deseo. Pues el deseo siempre está referido a un objeto o una cosa específica, algo de lo cual se carece, algo que se apetece, que se necesita y que demanda ser saciado. La esperanza no se refiere a nada determinado, sino que está abierta al horizonte para permitir el viaje hacia la felicidad y ésta nunca es algo determinado u objetivado.

Aunque la esperanza al igual que el deseo está referida a algo de lo que se carece y que necesita -y por eso decimos que el hombre y el mundo están en estado inacabado, en espera-, se diferencia de éste precisamente por la cualidad de su referente; para el deseo es algo que está ahí ya dado, para la esperanza es algo que también está ahí pero como todavía-no-dado.  La esperanza en tanto búsqueda de lo todavía-no-dado es una invitación a la creación, mientras que el deseo por buscar lo dado es una invitación a la empoderación. He aquí otra gran diferencia.



[1] Cf., MOLTMANN, Jürgen, Teología de la esperanza. Salamanca: Sígueme, 1981, p. 31-32.

[2] Cf., BLOCH, Ernst. Op. Cit.

[3] COMTE-SPONVILLE, André, El mito de Ícaro, Madrid: Mínimo Transito, 2001, p., 11.

LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA

publicado a la‎(s)‎ 19 feb. 2011 11:52 por Guillermo Gallardo Moran   [ actualizado el 16 ago. 2011 17:38 por Mario Dominguez ]

        LA FILOSOFÍA COMO SABER DE LA ESPERANZA

Por Mario Domínguez[1]


“La filosofía tendrá que tener conciencia moral del mañana, tomar partida por el futuro, saber de la esperanza, o no tendrá ya saber ninguno.”

Ernst Bloch

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Pensar en el mañana como detonante es arriesgarse a recrear el mundo junto con el hombre que lo habita. El hombre es ser-en-el-mundo como ya lo atestiguo Heidegger y como tal es un ser fragmentario e inacabado, haciendo a la vez al mundo tan fragmentario como él. En este campo el hombre pone en juego su pasado (su historia, su tradición), su presente (su ser-ahora), y su futuro (su no-ser). Pone en juego su realidad a partir de una deconstrucción de su existencia. Una existencia que es dinámica y tiene que ser así para que pueda tener algún sentido.

Que el mundo esté en estado de no-ser, en tanto inacabado y que el hombre esté, de manera ineludible, inmerso en tal mundo, supone un trabajo y tal es que busque la realización de su ser, desde la realización del mundo que habita y que por tal le pertenece, como un acto de responsabilidad, no sólo con él y el mundo, sino con la humanidad entera. Esto implica que el hombre se piense desde su historia, desde lo que en el ahora le acontece y finalmente de todo lo que esto le genera y le demanda en la construcción de su futuro.

Lo que se pretende, pues, al situar al hombre y al mundo en estado inacabado, es situar a la filosofía, en tanto ésta aborda al hombre en relación con el mundo, como una filosofía que debe ser pensada, desde el pasado pero sin quedarse en él, desde el presente como su campo de acción y desde el futuro, especialmente, como garante de saber, como conciencia de supervivencia.

Queremos hacer énfasis en el carácter de futuro como conciencia de supervivencia de la filosofía, porque si bien ésta tiene que plantearse los problemas que se presentan actualmente, tiene que pensarlos desde las implicaciones que estos puedan tener para la humanidad en un mañana, pues, ciertamente, ya tiene implicaciones en la humanidad del hoy. Todo esto puede ser elaborado muy bien desde los interrogantes ¿cuál es el mundo que queremos para las próximas generaciones? ¿Cuál es el tipo de hombre que estamos construyendo y que en realidad queremos construir? Esto último teniendo en cuenta que la realidad objetiva permea a todo ser humano en ella inmerso y que por tal le afecta. En definitiva el futuro del hombre y con él el del mundo deben ser pensados.

El hombre, es una realidad que no era ayer lo que es en este instante y no es ahora lo que será mañana. Su ser de hoy se da con perspectiva de lo todavía no dado: la vida baila al compás de un melodioso resurgir que acontece al resucitar cada mañana, al llegar el alba, luego de la muerte ensayada que produce el sueño de la noche. Vive en apertura, en actitud esperanzada, para permitir que se abra el horizonte de aquello que en él está dado como posibilidad. Lo que de suyo muestra que el hombre es un ser inacabado. Es el ‘ya’ pero ‘todavía no’.

Abrir el horizonte es permitir el viaje. Es zarpar mar adentro, es atreverse a escalar la inacabada colina de la vida y ascender en el autoconocimiento, a partir del conocimiento del mundo, de la realidad. Emprender el viaje es permitir “que se pueda navegar así en sueños, que sean posibles sueños diurnos, muy a menudo sin garantía, esto es lo que caracteriza el gran lugar de la vida todavía abierta, todavía incierta en el hombre”[2].

Se reconoce aquí un problema en cuanto a la esperanza. Tal problema radica en que puede hacer que el hombre duerma y se sumerja en un profundo sueño, esperando algo que no es seguro que llegue y como resultado le genere frustración. Esto cargaría a la esperanza con significación peyorativa. Pero también reconocemos que rechazar la posibilidad o existencia de la esperanza es comprensible, pues no es fácil confiar en un futuro cada vez más lejano, un futuro que ha sido relegado a un ‘más allá’ sin término y que lleva a que el hombre viva el hoy sin perspectiva de futuro, sin reconocer que el futuro tiene su realidad desde el hoy que se vive.

Comprendemos así que algunos piensen que cada nueva esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas, como es el caso de André Comte-Sponville; también comprendemos que se piense que la actitud esperanzada mantiene al hombre dormitado y que de esta manera no vive nunca, pero espera vivir. Como es el caso de Pascal, a quien cita Comte-Sponville en el prólogo del El Mito de Ícaro.

Acerca de que el hombre no vive, sino que espera vivir –si entendemos esto como evasión de la realidad que nos circunda- Leibniz tiene una forma muy particular de llamarlo: la razón perezosa, rescatando la sabiduría de los antiguos.

“En todo tiempo se han dejado llevar los hombres de un sofisma, que los antiguos llamaban la razón perezosa, porque lleva a no hacer nada, o por lo menos a no cuidarse de nada, y a seguir sólo la inclinación a los placeres del presente. Porque -se decía- si el porvenir es necesario, lo que debe suceder, sucederá, hágase lo que se quiera. Ahora bien; el porvenir -se añadía- es necesario, ya porque la divinidad lo prevé todo, y hasta lo preestablece de antemano al regir todas las cosas del universo”[3].

            La problemática que entraña tan particular razón se resuelve fácil si sostenemos la exposición que traemos al respecto de que la esperanza tiene su realidad en el ahora, puesto que no espera conseguir algo quien no trabaja por conseguirlo. Si el hombre espera aferrado a que alguien o algo ajeno a él lo haga un ser finalizado, acabado, esto ya no es actitud esperanzada sino, actitud (o razón) perezosa, y estas dos actitudes, no son afines.  Sin embargo, si el porvenir es necesario, como esfera de realización del hombre, no lo es en tanto algo ya determinado, como si el destino de cada hombre estuviese fijado desde antes de ser formado o antes de salir del seno materno. El destino es en la medida en que se va construyendo, no en vano dice Antonio Machado: “caminante no hay camino se hace camino al andar”.




[1] Filósofo egresado de la Fundación Universitaria Luís Amigo (Medellín, Antioquia-Colombia), Docente de educación básica secundaria y media técnica (grados 6° - 11°), candidato a Magister en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Antioquia-Colombia).

[2] Cf., Ernst Bloch, El principio esperanza, tomo I.  Trota, 2004, P., 237.

[3] LEIBNIZ, Godofredo Guillermo, Teodicea: ensayos sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. Buenos Aires: Claridad, 1946, p., 35.

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