situacion politica en norteamerica

Existe hoy una nueva situación política en Estados Unidos y en el mundo. Aunque la abrumadora victoria presidencial de Barack Obama no era inesperada, ahora que ya ha ocurrido, la forma en que demostró al mundo que algo grande ha cambiado en la clase obrera de los Estados Unidos, es tan sorprendente que muchas personas aún lo encuentran difícil de creer.

La larga historia de racismo en Estados Unidos parecía imposibilitar en un futuro cercano la elección de un presidente africano-americano. El desplome de Wall Street y la crisis capitalista más grave en 75 años detuvieron la intolerancia que pudo haber impedido la victoria de Obama.

Un número récord de votantes africana-americanas, latinas y una ola de votantes jóvenes—incluyendo a decenas de millones de trabajadoras blancas de Virginia y Carolina del Norte, Indiana, Ohio y Pennsylvania—solidificaron la coalición multinacional electoral que hizo historia.

Por supuesto, la clase dominante de Estados Unidos está todavía firmemente al mando. La lealtad al imperialismo estadounidense de los dos partidos políticos gobernantes, incluyendo al presidente electo, todavía está intacta.

Es cierto que muchas en la clase dominante de Estados Unidos concluyeron que Obama podría ser el cambio radical que su gobierno necesitaba para bregar con la crisis que se avecina. Pero este hecho no puede negar el papel de las masas en este fenómeno ni sus sentimientos.

En las comunidades africana-americanas desde Chicago hasta Harlem incluyendo la zona devastada por Katrina en Nueva Orleáns, hay júbilo por el resultado de estas elecciones, y aún mayor, un sentimiento de liberación del racismo nacido de la esclavitud y después convertido en estatus no oficial de segunda clase, forzado por el terror a manos de la policía, las prisiones y del KKK.

De hecho, cientos de miles de personas por todas partes, espontáneamente en su mayoría, se lanzaron a las calles después de que Obama fuera declarado ganador y el primer presidente africano-americano de un país construido por el trabajo de esclavas africanas.

Y la celebración no fue exclusivamente de la comunidad africana-americana. Por todas partes, tanto dentro como por fuera de las fronteras de los Estados Unidos, la gente de todas las razas y nacionalidades llenaron las calles llorando, gritando y abrazando a extraños como si una ocupación larga, terrible, reaccionaria y sofocante, representada por el régimen de Bush, finalmente había terminado.

¿Restaurarán estas elecciones la fe del pueblo en el sistema capitalista y el gobierno en el momento en que la exposición del sistema y del gobierno es tan crítica para forjar la lucha masiva en contra del capitalismo? Quizás por un tiempo, pero no durará mucho.

En los próximos días y meses, el sufrimiento masivo impuesto por la profundización de la crisis económica capitalista mundial y la realidad de la continuación de las guerras de Estados Unidos en Irak, Afganistán y en otras partes, dejará ver la verdad de lo que ha cambiado o no como resultado de las elecciones presidenciales.

El inevitable descubrimiento de qué cambio el gobierno entrante representa, y cómo las masas de obreras y oprimidas en Estados Unidos y en todas partes del mundo reaccionen a esta revelación, proveerá en gran parte el contenido de la lucha mundial en contra del imperialismo estadounidense en el próximo período.

En lugar de esa revelación, podemos decir que algo ya ha cambiado. Sólo el tiempo nos dirá cuán profundo y significativo es ese cambio. El pueblo, en decenas de millones, ha despertado y tiene expectativas desesperadas. El pueblo quiere que el gobierno capitalista de los EEUU acabe con las guerras en el exterior, que ponga un alto a los despidos y las ejecuciones hipotecarias de viviendas, que proporcione cuidado de salud y educación.

¿Terminará las guerras el nuevo gobierno? O ¿sacará las tropas de Irak sólo para desplegarlas hacia Afganistán?

¿Va el nuevo gobierno, con una amplia mayoría en el Congreso, a rescatar a las trabajadoras que están perdiendo sus empleos y sus casas? ¿Se pondrá del lado de las trabajadoras y en contra del capital?

Una de las cuestiones que probablemente surgirá ante el nuevo gobierno del Partido Demócrata es una simple propuesta de ley que hace tiempo está pendiente requiriendo que una mayoría de las trabajadoras en un lugar de trabajo firme tarjetas de afiliación a un sindicato para ser reconocidas como pertenecientes a un sindicato. El movimiento sindical ha estado esperando a que pase esa ley. ¿Pasará y se firmará esa propuesta de ley?

El pueblo quiere que el gobierno le rescate y no a Wall Street. Es peligroso despertar al pueblo y despertar esperanzas.

Ahora que el pueblo ha despertado podría organizarse y luchar para ganar lo que quiere y lo que necesita. Más que nada, es este potencial lo que indica una nueva situación política en los EEUU y en el mundo.

El sentimiento en las calles de ciudades grandes y pequeñas a través de los EEUU en la noche de la votación era que ahora todo es posible, y esto es cierto.

El 11 de mayo de 1831 arribaban a la isla de Manhattan, Nueva York, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont. Permanecerían en América nueve meses aproximadamente, período durante el cual recorrieron diversas ciudades fabriles del norte hasta llegar a Québec, y también del sur, como Tennessee, Alabama, Georgia y Nueva Orleáns. Por una serie de contratiempos no atravesaron el río Mississippi, aunque se percataron de la lenta marcha del pueblo norteamericano hacia el Océano Pacífico.

Durante su travesía por la Unión ambos viajeros observaron el funcionamiento de la democracia, admirándose a cada paso de la poderosa influencia que ejercía el principio de igualdad de condiciones sobre las leyes y costumbres que regulaban la vida de los angloamericanos. Así, según cuenta Tocqueville en uno de los capítulos iniciales de La Democracia en América, “a pesar de encontrarse en vigencia la ley de representación no fue nunca aplicada en las comunas”. Los asuntos locales se resolvían diariamente en la plaza pública, al mejor estilo ateniense.

Este gusto natural de los estadounidenses por el autogobierno, sumado a las impensadas consecuencias que trajo la aplicación de la ley de sucesiones, desempeñaron para el escritor francés un papel determinante en la construcción del estado social profundamente igualitario que ostentaban los norteamericanos a comienzos del siglo XIX. En este sentido, la obligación impuesta a las familias de repartir por igual los bienes del padre entre todos sus hijos derivó en una verdadera revolución de la propiedad: a partir de su promulgación las tierras no dejaron de achicarse con el paso de las generaciones puesto que por ley se prohibía su íntegro traspaso al hijo mayor de la familia. Una vez muerto el padre, sus heredades debían fraccionarse en tantas partes como descendientes hubiera.

Como no podía ser de otra manera, Tocqueville refleja en su obra la ira que provocó la sanción de esta ley en ciertos sectores aristocráticos tanto de la sociedad europea como norteamericana, quienes acusaron a la democracia de “favorecer los intereses de una mayoría pobre en detrimento de los ricos”. Ahora bien, lejos de apoyar a aquellos críticos de la democracia que en el gobierno de los muchos veían la destrucción inevitable de todos los derechos de propiedad, Tocqueville se limitó a demostrarles su error pintándoles un vivo retrato de la vida diaria norteamericana . Prueba de ello es el prefacio a su obra más famosa, en donde el joven autor se preocupó por señalar que en el país democrático más avanzado del mundo los derechos de la propiedad gozaban de mayores garantías que en ninguna otra parte.

Ahora bien, no todo en Tocqueville son halagos y alegres invitaciones a Europa a adoptar el sistema democrático. Como bien señala Hayden White, su estrategia al escribir La Democracia en América no era otra que la de inyectar en el mundo estático de la Francia orleanista un doble antídoto: contra el miedo a la democracia y contra la devoción irreflexiva por ella. Según este autor, Tocqueville se proponía “calmar los temores de los reaccionarios mostrando la medida en que la democracia era endémica en la historia europea, y al mismo tiempo moderar el entusiasmo de los radicales revelando las fallas de la democracia pura que se había desarrollado en el Nuevo Mundo”.

Estas fallas de la democracia, a su entender, se desprendían del mal uso (o abuso) que se había hecho en Norteamérica del principio de igualdad de condiciones, el mismo principio que otorgaba un sinnúmero de placeres diarios a sus habitantes pero que a su vez los hacía pasibles de padecer ciertos males como la centralización administrativa, el individualismo y la tiranía de la mayoría. De ahí que, llegado el momento de declarar la Independencia de la corona británica en el mes de julio de 1776, los representantes del Congreso Continental no hayan dudado en dejar por escrito las siguientes verdades evidentes, auténticos resguardos institucionales contra las asimetrías que podrían derivarse de la democracia en el futuro:

“Que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad”.

Resulta importante subrayar que quienes redactaron este documento (John Adams, Benjamín Franklin, R. Sherman, R. Livingston y Thomas Jefferson) se encontraban en un todo de acuerdo con los principios que motivaron la Declaración de Derechos de Virginia, aprobada con anterioridad a la Declaración de la Independencia. Este documento, inspirado en el pensamiento de John Locke, comenzaba de la siguiente manera:

“Todos los hombres son por naturaleza igualmente libres e independientes y tienen ciertos derechos innatos, de los cuales, cuando entran en un estado de sociedad, no pueden privar o desposeer a su posteridad por ningún pacto, a saber: el goce de la vida y la libertad, con los medios de adquirir y poseer la propiedad y de buscar y obtener la felicidad y la seguridad”.

Ambos documentos revelan el origen de las ideas en boga al momento en que Tocqueville y Gustave de Beaumont hicieron pie en el Nuevo Mundo. Indudablemente los ingleses Sydney y Locke habían dejado sentir su influencia en la sociedad norteamericana. Su liberalismo político, en este sentido, fue la causa que originó que en América “se confundieran las clases, se abatieran las barreras levantadas entre los hombres, se dividiera el dominio, se compartiera el poder, se esparcieran las luces y se igualaran las inteligencias” . He ahí, para Tocqueville, la verdadera causa por la que en América del Norte la aristocracia no había echado raíces. Al menos no todavía...

De acuerdo al joven Alexis, los primeros peregrinos en llegar al continente americano se constituyeron como una sociedad política de iguales dependiente de la corona británica, por cierto, aunque marcadamente autónoma en lo que concernía al gobierno de sus propios intereses. “De hecho -sostiene Helena Béjar- la monarquía bien podía ser la ley del Estado, pero era la república lo que latía en el municipio”. Mucho tuvo que ver en esto el punto de partida afortunado de sus sociedades. En este sentido, a diferencia de lo que ocurrió con la mayoría de las naciones europeas, la nación estadounidense tuvo la suerte de surgir y hacerse fuerte sin la presencia de Estados vecinos que se mostraran hostiles. En consonancia con lo anterior, para Raymond Aron “la sociedad norteamericana [en sus orígenes] tuvo la excepcional ventaja de poseer el mínimo de obligaciones diplomáticas, y de correr el mínimo de riesgos militares. Al mismo tiempo –agrega- esta sociedad fue creada por hombres que, dotados del equipo técnico completo de una civilización desarrollada, se establecieron en un espacio amplísimo. Esta situación sin igual en Europa es una de las explicaciones de la ausencia de aristocracia y de la primacía asignada a la actividad industrial”.

Como puede advertirse, para Alexis de Tocqueville Estados Unidos de América fue creado bajo circunstancias ideales. A la ausencia inicial de la metrópoli inglesa y de cualquier otra nación que pusiera en peligro las fronteras, los colonos añadieron la ventaja de fundar sus sociedades sobre la base del principio de igualdad de condiciones, esto es, en absoluta contraposición al legado monárquico inglés.

La noción de soberanía popular, traída a las colonias por los famosos Padres Peregrinos, forma parte de este mismo punto de partida venturoso que permitió a los angloamericanos llegar a la democracia sin sufrir revoluciones democráticas, y nacer iguales sin la necesidad de llegar a serlo. Dicha noción, según Tocqueville, se encontraba más presente y activa en los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XIX que en ninguna otra nación del mundo. Más no siempre esto fue así: mientras las colonias se mantuvieron leales a la metrópoli inglesa, el principio de la soberanía popular debió ocultarse largamente en las asambleas provinciales y comunales. Fue recién luego de la Declaración de la Independencia que el mismo salió a la luz y se apoderó del gobierno norteamericano en todos sus niveles.


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