Técnicas contemporáneas de creación y raíces culturales



*Por Alejandro Iglesias Rossi(Artículo publicado en la Revista del Consejo
Internacional de la Música de la UNESCO, Nro. 30/2001)*


El compositor en los llamados países periféricos se halla en la encrucijada
de encontrar su identidad personal en tanto que creador, y su identidad
cultural en tanto que miembro de una comunidad que lo abarca. Este desafío
es el de llegar a ser él mismo, ser su "unicidad" en su máxima potencia.

Este proceso no solo afecta al creador sino que influencia y transforma a la
misma geocultura que lo engendró.

La transculturación de elementos (el caso de las técnicas de escritura de
vanguardia y del componer "clásico" de raíz europea) precisa de un
digerimiento, de una internalización de los mismos para resurgir con una
potencia particular, un color único que ensanche los bordes del conocimiento
al explorar tierras desconocidas de la creación.

Este desafío no se plantea únicamente desde un punto de vista individual y
"cultural" sino también desde lo instrumental y operativo, es decir, desde
la elección de la técnica y fundamentalmente de los medios ( las
herramientas} que elegirá el creador, despojado de cualquier "a priori",
cualquier prejuicio que lo inhiba en su capacidad visionaria.

Hay que tomar en cuenta diferentes temas:

a) el antagonismo de un saber enciclopédico y un saber de sabiduría,

b) la no asunción del espacio en el que se habita,

c) la admiración hacia paradigmas extraños a nosotros mismos que sólo nos
pueden llevar a la insatisfacción.

Comprometernos con la exigencia de encontrar una forma de "ser y de hacer"
arraigada en el tiempo y la cultura a la cual pertenecemos hace desaparecer
la supuesta dicotomía entre técnicas contemporáneas de creación e identidad
cultural.

*Encontrar ese camino, aceptar ese desafío, abre a un espacio de libertad
insospechado.* *Este proceso, esta maduración la debe transitar el
compositor joven no sólo personalmente sino como integrante de una
comunidad, aunque, en realidad, ambas cosas son una.*


*HIPOSTASIS*


*Mi experiencia enseñando me ha demostrado que la única posibilidad de
estar, al mismo tiempo, abierto a lo mejor que nos ofrece la modernidad y
enraizados en nuestra cultura es encontrar aquello que la antigua teología
cristiana denomino Hipóstasis.*

Este término, comenzó a ser utilizado en el siglo cuarto para describir esa
"unicidad", ese algo único que cada uno de nosotros es: nuestra *persona
profunda*. A diferencia del concepto teológico de Naturaleza Humana, o sea,
aquello que todos nosotros como seres humanos compartimos (todos tenemos dos
piernas, dos ojos, una psiquis, etc.) la hipóstasis es indefinible
racionalmente. Se trata de un misterio, y la única forma de alcanzarla es
por Revelación. Es el nombre nuevo del que habla el Libro del Apocalipsis
cuando dice: "al vencedor le daré maná escondido; y le daré también una
piedrecita blanca y, grabado en la piedrecita, un *nombre nuevo* que nadie
conoce, sino el que lo recibe." Para dejar de ser hipóstasis "potenciales" y
convertirnos en la "plenitud" de nuestra persona, en ese nombre nuevo,
debemos atravesar un proceso de desvelamiento de despojamiento de todos los
"personajes" que creemos ser nosotros, y por los cuales sufrimos, ya que, a
pesar de todo, sabemos que esos personajes, esos condicionamientos no somos
"nosotros mismos".

Así como no se puede hablar de la hipóstasis fuera de un contexto ascético,
místico y escatológico, el componer tampoco puede ser pensado fuera de esos
tres contextos. Cada una de nuestras composiciones debe ser un acercamiento
a nuestro yo verdadero. Dicho de una forma operativa, si al terminar una
obra sentimos que no hubo nada que se transformó en nosotros, si no hubo una
*metanoia* de nuestro ser, esa obra se compuso en estado de ausencia
espiritual, por tanto sin valor transformante, y más vale olvidarla. Las
obras verdaderas son aquellas que nos llevan constantemente hacia
territorios desconocidos, constantemente al borde del abismo, y,
paradójicamente, el coraje de afrontar al abismo no lo logramos antes de
tirarnos a él sino durante la caída misma. Es en la praxis composicional y
no en una teoría en la que ocurre la progresiva iluminación de las
potencialidades personales. Esto es algo fundamental, nuestra persona se
aprehende existencialmente, a través de la experiencia espiritual. Componer
es un desvelamiento hacia nuestro ser, y el joven compositor debe tenerlo
constantemente en cuenta. Una historia medieval lo describe de forma fiel:
"un hombre camina y pasa por una cantera, hay dos hombres golpeando piedras,
le pregunta a uno qué es lo que está haciendo y éste le contesta: estoy
rompiendo piedras; luego le pregunta al otro qué está haciendo y éste le
dice: estoy construyendo una catedral".

Componer debe implicar un compromiso total. ¿Por qué ocurre así? Porque la
persona, la hipóstasis, es una consideración absoluta. Nos podemos acercar a
ella únicamente desde un compromiso implacable y despiadado, desde la
libertad más absoluta. Nuestra hipóstasis profunda es radicalmente libre, y
cuando la verdadera persona aflora conlleva en ella la aparición de un, como
decía antes, espacio de libertad insospechado.

Otra característica de la persona es que es incomparable. Podemos comparar
cosas semejantes, pero siendo que la persona es única, no puede ser
comparada, no existen hipóstasis mejores o peores, más o menos bellas. Como
dijo un maestro místico siglos atrás "cada uno de nosotros es un Nombre de
Dios". Esto es fundamental recalcárselo a los jóvenes que llegan con una
pesada carga de prejuicios con respecto a lo que se supone que deben ser, a
lo que otros ya han logrado y ellos no, a cuan rápidamente deben llegar a
resultados socialmente aceptables. La noción de competencia es ajena a la
búsqueda interior. Cada alumno es un desafío, cada uno de ellos es único y
la forma y la relación que debemos establecer para ayudarlos en su
crecimiento interior también debe ser única. La utilización rígida de un
"método", de una técnica., de cualquier tipo que sea, termina siempre
dándose de bruces con la realidad, por la simple razón que, como dice el
Evangelio, el Espíritu "sopla donde quiere" e intentar atraparlo es como
atrapar al viento, un imposible.

He visto, a través del tiempo, que sólo si el joven compositor esta
comprometido clara y absolutamente con la búsqueda de su yo profundo, su
vocación espiritual, plasmada en el componer en tanto que vocación total, es
que puede asimilar de forma radicalmente libre cualquier material que desee
y procesarlo personalmente brindando una síntesis única. El gran compositor
brasileño Heitor Villalobos lo había querido sintetizar en los años
cincuenta con una "boutade", cuando ante una pregunta de un periodista
sobre: ¿qué es el folclore? le respondió: el folclore soy yo.

Ampliando este concepto diría que yo soy el producto de mi tierra, estoy
hecho del aire de las pampas, de la nieve de los Andes, de los cuerpos de
cóndores que al polvo volvieron, de las esperanzas y dolores que quedaron
impregnadas a través de las generaciones en el cielo de América, es por eso
que si encuentro quien soy, el producto no va a ser solamente personal sino
telúricamente propio del lugar, de la geocultura que me vio nacer y
desarrollarme. Y de la misma forma que la ciencia moderna sabe hoy que el
aleteo de una mariposa en el Amazonas puede terminar generando un ciclón en
el Japón, así yo también soy el producto de los sueños y dolores de las
almas que habitaron a través de las generaciones este extraño planeta, del
color de las arenas del Sahara, y de las pedregullos de la ultima aldea
olvidada de la Tierra. Somos, como diría San Pablo, un solo cuerpo, y cada
uno de nosotros encontrando su propio lugar en esta sinfonía cósmica puede
llegar a ser absolutamente único y al mismo tiempo absolutamente universal.
 
 
 
 
 
 
 
 
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