Las catacumbas de san Calixto


FUENTE: primeroscristianos.com


Las Catacumbas de San Calixto se encuentran a la salida de Roma por la vía Apia.
En el siglo II, comenzó a utilizarse la zona como lugar de enterramiento,
y algunos de sus propietarios, indudablemente cristianos,
facilitaron que fuesen enterrados allí otros hermanos en la fe.
Por esta época recibió sepultura la joven mártir Cecilia,
cuya memoria fue muy venerada desde el momento de su muerte.


Santa Cecilia

Perteneciente a una familia patricia, Cecilia se convierte al cristianismo en su juventud. Se casa con Valeriano, a quien también acerca a la fe, y los dos deciden vivir virginalmente.

Poco después, Valeriano, que se ocupaba de recoger y sepultar los restos de los mártires, es descubierto y decapitado.

Cecilia también es delatada ante las autoridades.Intentan asfixiarla en las calderas de su casa y, tras salir ilesa, es condenada a muerte por decapitación.

La ley romana contemplaba que el verdugo podía dar tres golpes con la espada. Cecilia los recibe, pero no muere inmediatamente. Tendida en el suelo, antes de exhalar el último suspiro, tuvo fuerzas para extender tres dedos de la mano derecha y uno de la izquierda, testimoniando hasta el final su fe en el Dios Uno y Trino.

Cuando siglos más tarde, en 1599, se inspeccionaron sus reliquias, el cuerpo incorrupto de Santa Cecilia se encontraba aún en esa posición. Maderno la inmortalizó en una escultura que hoy se encuentra en la iglesia de Santa Cecilia en el Trastevere, su antigua casa, donde reposan desde el siglo IX los restos de la santa, y de la que hay una copia en las Catacumbas de San Calixto, en el lugar donde fue inicialmente sepultada.

En el siglo III, el cementerio es donado al Papa Ceferino (199-217), que confía su gestión al diácono Calixto. Nace así el primer cementerio propiedad de la Iglesia de Roma, que un siglo más tarde custodiará ya los restos mortales de dieciséis papas, casi todos mártires. Calixto trabajó al frente de las catacumbas casi veinte años, antes de convertirse en el sucesor del Papa Ceferino como cabeza visible de la Iglesia. Durante ese tiempo, amplió y mejoró la disposición de las áreas principales del cementerio: en especial, la Cripta de los Papas y la Cripta de Santa Cecilia.

Otro mártir que con su testimonio conmovió a la comunidad cristiana es San Tarsicio. En el siglo IV, San Dámaso Papa grabó sobre su sepulcro la fecha exacta en que recibió el martirio: el 15 de agosto del año 257, durante la persecución de Valeriano. Tarsicio era un adolescente que ayudaba como acólito a repartir la Comunión entre los cristianos presos en las cárceles. Aquel 15 de agosto fue descubierto, apresado y amenazado para que entregara las Sagradas Formas. Tarsicio se negó, y prefirió morir lapidado a permitir la profanación del Cuerpo de Cristo.

Sin embargo, en el siglo V, tras el saqueo de Roma llevado a cabo por Alarico, aumenta la inseguridad en el exterior de las murallas de la ciudad y serán cada vez menos frecuentadas.

En el siglo IX, se decide llevar los huesos de los santos a las iglesias que están dentro de la ciudad; y durante la Edad Media las catacumbas van cayendo progresivamente en el olvido: nadie acude a esos lugares y en muchos casos se pierde la memoria de su ubicación.

El interés por las catacumbas renace a partir del siglo XV, habrá que esperar hasta el XIX para que vuelvan a ser valoradas como lugar santo y tesoro de la cristiandad.

Giovanni Battista De Rossi, fundador de la arqueología cristiana moderna y redescubridor de las Catacumbas de San Calixto, cuenta en sus memorias cómo convenció a Pío IX para visitar las excavaciones.

Cuando llegaron a la Cripta de los Papas, De Rossi le explicó las inscripciones y le mostró la lápida que San Dámaso hizo colocar en el siglo IV con los nombres de los sucesores de Pedro martirizados y allí sepultados. Fue entonces cuando Pío IX tomó conciencia de dónde se encontraba. Con los ojos brillantes por la emoción, se arrodilló y estuvo un rato absorto en oración. Era la primera vez, después de casi mil años, que un Papa volvía a poner los pies en este lugar santificado por la sangre de los mártires.

Cómo nacen las catacumbas

La fuerte persecución iniciada por Nerón a partir del año 64 d. C. llevó al martirio a una ingente cantidad de cristianos. Calificados de ateos (al negarse a dar culto al emperador), peligrosos para la unidad del Imperio y enemigos del género humano, a los cristianos se les atribuían las peores atrocidades: infanticidios, antropofagia y desórdenes morales de todo tipo. Tertuliano, (160-220), lo describía así: No hay calamidad pública ni males que sufra el pueblo de que no tengan la culpa los cristianos. Si el Tíber crece y se sale de madre, si elNilo no crece y no riega los campos, si el cielo no da lluvia, si tiembla la tierra, si hay hambre, si hay peste, un mismo grito enseguida resuena: ¡los cristianos a las fieras!

Hasta el 313, año en que se alcanzó la paz con el Edicto de Milán, la Iglesia vivió perseguida.

Es cierto que las persecuciones no tuvieron siempre la misma intensidad y que, quitando algunos periodos concretos, los cristianos hacían vida normal; pero el riesgo de encontrar el martirio siempre estaba presente: bastaba la acusación de un enemigo para que se diera inicio a un proceso.

Quien se convertía era plenamente consciente de que el cristianismo suponía una opción radical que implicaba la búsqueda de la santidad y la profesión de la fe, llegando, si fuera necesario, a la entrega de la propia vida.

El martirio era considerado entre los fieles un privilegio y una gracia de Dios: una posibilidad de identificarse plenamente con Cristo en el momento de la muerte. Junto a esto, la conciencia de la propia debilidad les llevaba a implorar la ayuda del Señor para saber abrazarlo, si se presentaba la ocasión, y a venerar como modelos a los que habían alcanzado la palma del martirio.

Es fácil imaginar cómo emocionaría a la comunidad cristiana de Roma oír los detalles de la muerte santa de sus hermanos en la fe. Estos relatos eran a un tiempo consuelo y fortaleza para los creyentes, y semilla para nuevas conversiones. Las reliquias de los mártires se recogían y sepultaban con devoción, y a partir de ese momento se acudía a ellos como intercesores.

Desde muy antiguo, la ley romana establecía que las necrópolis, ciudades de los muertos, en griego, debían situarse fuera de las murallas de la ciudad. "Al hombre muerto ni se le sepultará ni se le quemará en la Urbe". Los romanos solían incinerar los cuerpos de los difuntos, pero también existían algunas familias que tenían por costumbre enterrar a los seres queridos en campos de su propiedad, costumbre que se fue imponiendo posteriormente por influencia del cristianismo.Al principio no había separación, y se enterraban juntos a fieles y paganos.

A partir del siglo II, gracias a las donaciones de algunos cristianos de buena posición social, la Iglesia comenzó a tener sus propias necrópolis, a las que los fieles comenzaron a llamar cementerios (coimeteria, del griego koimáo, dormir): lugares donde los cuerpos reposan en espera de la resurrección.

Así fueron surgiendo las catacumbas cristianas, que no eran, como a veces se piensa, escondrijos o sitios de reunión para las celebraciones litúrgicas, sino lugares de sepultura donde se custodiaban los restos mortales de los hermanos en la fe.

Originariamente, el término catacumba hacía referencia a la zona de la vía Apia que se encuentra entre la tumba de Cecilia Metella y la ciudad de Roma.

Con el tiempo, pasó de ser un toponímico a designar en general el cementerio cristiano bajo tierra.

En los primeros siglos fueron enterrados en ellas muchos mártires y, junto con las tumbas de San Pedro y San Pablo, las catacumbas pasaron a ser lugares de memoria y veneración muy queridos para los cristianos de Roma.

¡Cuántas veces, en los momentos difíciles, se escaparían a implorar la ayuda de Dios por intercesión de aquellos que habían proclamado el Evangelio con su sangre! Movidos por la devoción, era normal que los fieles quisiesen ser sepultados y esperar la resurrección en compañía de los demás miembros de la comunidad cristiana y, si era posible, cerca de algún Apóstol o de algún mártir.

«Pío IX tomó conciencia de dónde se encontraba. Con los ojos brillantes por la emoción, se arrodilló y estuvo un rato absorto en oración. Erala primera vez, después de casi mil años, que un Papa volvía aponer los pies en este lugar santificado por la sangre de losmártires.»

«Quien se convertía era plenamente consciente de que el cristianismo suponía una opción radical que implicaba la búsqueda de la santidad y la profesión de la fe, llegando, si fuera necesario, a la entrega de la propia vida. El martirio era considerado entre los fieles un privilegio y una gracia de Dios.»

                                        «Que sepas que aquí juntos reposan un grupo de santos 
                                                los venerados sepulcros conservan sus cuerpos 
                                        mientras que el reino de los cielos acoge sus almas elegidas.
                                Aquí están los compañeros de Sixto que triunfaron sobre el perseguidor;
                                                el grupo de papas que custodia el altar de Cristo;
                                                            el obispo que vivió en la larga paz
                                                    los santos confesores enviados desde Grecia;
                                            jóvenes y niños, y viejos con sus castos descendientes.
                                Aquí, también yo, Dámaso, lo confieso, habría querido ser sepultado,
                                        pero tuve miedo de turbar las cenizas de los santos.»

                                                                                                (Palabras recogidas en la lápida colocada por San Dámaso en la Cripta de los Papas)


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