Pedro encarcelado se abandona a la bondad de Dios

FUENTE: RADIOVATICANA.ORG

Texto completo de la catequesis del Papa

Queridos hermanos y hermanas, 

hoy voy a tocar el último episodio de la vida de San Pedro narrado en los Hechos de los Apóstoles: su encarcelamiento por orden de Herodes Agripa y su puesta en libertad por la intervención prodigiosa del Ángel del Señor, en la víspera de su juicio en Jerusalén (cf. del 12,1 a 17). 

La historia una vez más está marcada por la oración de la Iglesia. San Lucas, en efecto, escribe: " Mientras Pedro estaba bajo custodia en la prisión, la Iglesia no cesaba de orar a Dios por él" (Hechos 12,5). Y, después de haber salido milagrosamente de la cárcel, con motivo de su visita a la casa de María, la madre de Juan, llamado Marcos, afirma que "un grupo numeroso se hallaba allí reunido en oración” (Hechos 12:12). Entre estas dos anotaciones importantes que ilustran la actitud de la comunidad cristiana frente al peligro y la persecución, se narra la detención y la liberación de Pedro, que comprende toda la noche. La fuerza de la oración incesante de la Iglesia se eleva a Dios y el Señor escucha y cumple una inesperada liberación, mediante el envío de su Ángel.

La narración recuerda los grandes elementos de la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto, la Pascua hebrea. Como ocurrió en aquel evento fundamental, también en este caso la acción principal se lleva a cabo por el Ángel del Señor que libera a Pedro. Y las mismas acciones del Apóstol -al que se le pide que se ponga de pie rápidamente, se ate la túnica con el cinturón - estos eventos, recalcan los del pueblo elegido en la noche de la liberación por la intervención de Dios, cuando todos fueron invitados a comer a toda prisa el cordero: con los cinturones ceñidos, el calzado en los pies, el bastón en mano, listos para salir del País (cf. Ex 12:11). Así, Pedro puede exclamar: "¡Ahora sé que realmente el Señor envió a su Ángel y me libró de las manos de Herodes" (Hechos 12:11). 

Pero el ángel recuerda no sólo el de la liberación de Israel de Egipto, sino también el de la Resurrección de Cristo. Nos dicen, en efecto, los Hechos de los Apóstoles: "De pronto, apareció el Ángel del Señor y una luz resplandeció en el calabozo. El Ángel sacudió a Pedro y lo despertó" (Hechos 12,7). La luz que llena la habitación de la cárcel, el acto mismo de despertar el Apóstol, recuerdan la luz liberadora de la Pascua del Señor que vence a las tinieblas de la noche y el mal. La invitación, por último, "Cúbrete con el manto y sígueme» (Hch 12,8), hace resonar en nuestros corazones las palabras de la primera llamada de Jesús (cf. Mc 1,17), que se repiten después de la resurrección en el lago de Tiberiades, donde el Señor dice dos veces a Pedro: "Sígueme" (Jn 21,19.22). Es una apremiante invitación a seguirlo: solo saliendo de sí mismos para ponerse en camino con el Señor y hacer su voluntad, se vive la verdadera libertad. 

Me gustaría hacer hincapié en otro aspecto de la actitud de Pedro en la cárcel; se observa, en efecto, que mientras la comunidad cristiana ora fervientemente por él, Pedro, "estaba dormido" (Hechos 12,6) así nos lo indica San Lucas. En una situación tan crítica y de grave peligro, es una actitud que puede parecer extraña, pero que en cambio denota tranquilidad y confianza; Pedro confía en Dios, sabe que está rodeado por la solidaridad y la oración de los suyos y se abandona totalmente en las manos de Señor. Así debe ser nuestra oración: asidua, solidaria con los demás, plenamente confiando en Dios, que nos conoce profundamente y cuida de nosotros hasta tal punto - dice Jesús – que "hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. Así pues no tengáis miedo..." (Mt 10, 30-31). Pedro vive la noche del cautiverio y la liberación de la cárcel como un momento más del seguimiento del Señor, que vence a las tinieblas de la noche y libera de las cadenas de la esclavitud y del peligro de muerte. Su liberación es prodigiosa, marcada por varios pasajes cuidadosamente descritos: guiado por el Ángel, a pesar de la vigilancia de los guardias, atraviesa el primero y segundo puestos de guardia, hasta la puerta de hierro que daba a la ciudad. La puerta se abrió sola delante de ellos (cf. Hch 12,10). Pedro y el ángel del Señor, hacen juntos un largo trecho de camino, hasta que de nuevo en sí mismo, el Apóstol es consciente de que el Señor lo ha liberado realmente y, tras haber reflexionado, se fue a la casa de María, la madre de Marcos, donde muchos discípulos estaban reunidos en oración, una vez más la respuesta de la comunidad ante la dificultad y el peligro es confiarse a Dios, fortalecer la relación con Él. 

Aquí parece útil recordar otra situación difícil, que ha vivido la comunidad cristiana de los orígenes. Santiago nos habla de ello en su Carta. Es una comunidad en crisis, en dificultades, no tanto por las persecuciones, sino porque en su interior hay celos y contiendas (cf. Santiago 3,14-16). El Apóstol se pregunta la razón de esta situación. Y encuentra dos razones principales: la primera es la de dejarse dominar por las pasiones, por la dictadura de sus propios deseos, por el egoísmo (cf. Santiago 4,1-2a). Y la segunda es la falta de oración - "no piden", dice (Santiago 4.2 b) - o la presencia de una oración que no puede ser definida como tal - "piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones" (Santiago 4.3). 

Según Santiago, esta situación podía cambiar si toda la comunidad hablara con Dios, rezando verdaderamente de forma asidua y unánime. En efecto, incluso todo lo que se dice sobre Dios, corre el riesgo de perder su fuerza interior y el testimonio se vuelve árido si no están animados, apoyados y acompañados por la oración, por la continuidad de un diálogo vivo con el Señor. Es un recordatorio importante también para nosotros y para nuestras comunidades, tanto las pequeñas como la familia, así como las más grandes como la parroquia, la diócesis, la Iglesia entera. Me hace pensar que en la comunidad de Santiago, había rezado pero habían rezado mal, sólo por sus propias pasiones. Tenemos que aprender siempre de nuevo a orar bien, a orar realmente, orientándonos hacia Dios y no hacia nuestro propio bien. 

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Sin embargo, la comunidad que acompaña el encarcelamiento de Pedro es una comunidad que reza realmente, durante toda la noche, profundamente unida. Y es una alegría incontenible la que llena los corazones de todos, cuando el Apóstol llama a la puerta inesperadamente. Se trata de la alegría y del asombro ante la acción de Dios que escucha. Es así que, de la Iglesia se eleva la oración por Pedro y que él vuelve para contar "cómo el Señor lo había sacado de la cárcel " (Hechos 12:17). En aquella Iglesia donde fue colocado como roca (cf. Mt 16:18), Pedro cuenta su "Pascua" de liberación: él experimenta que la verdadera libertad estriba en seguir a Jesús, envueltos por la luz radiante de la Resurrección, y, por ello, puede testimoniar hasta el martirio que el Señor es el Resucitado, y que "realmente el Señor envió a su Ángel y lo libró de las manos de Herodes " (Hechos 12:11). Luego, el martirio que iba a sufrir en Roma lo unirá definitivamente a Cristo, que le había dicho: cuando seas viejo, otro te llevará a donde no quieras, indicándole con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios (cf. Jn 21,18-19). 

Queridos hermanos y hermanas, el episodio de la liberación de Pedro, que cuenta Lucas, nos dice que la Iglesia, cada uno de nosotros, atraviesa la noche de la prueba, pero que es la incesante vigilancia de la oración la que nos sostiene. Yo, también, desde el primer momento de mi elección como Sucesor de San Pedro, me he sentido siempre sostenido por vuestras oraciones y por la oración de la Iglesia, sobre todo en los momentos más difíciles, os agradezco de corazón. Con la oración constante y confiada, el Señor nos libera de las cadenas, nos guía para atravesar cualquier noche de cautiverio, que puede atenazar nuestro corazón, nos da la serenidad del corazón para hacer frente a las dificultades de la vida, aun el rechazo, la oposición y la persecución. El episodio de Pedro muestra el poder de la oración. Y el Apóstol, aun estando encadenado, se siente tranquilo, confiado en la certeza de no estar nunca solo: la comunidad está orando por él, el Señor está a su lado, aún más, sabe que "el poder de Cristo se manifiesta plenamente en la debilidad" (2 Cor 12,9). La oración constante y unánime es un instrumento precioso también para superar las pruebas que puedan surgir en el camino de la vida, porque estando profundamente unidos a Dios, nos permite también estar profundamente unidos a los demás. Gracias.