SALVADOR MORENO VALENCIA

NARRATIVA  


Salvador Moreno Valencia (Setenil de las Bodegas 1961 -Cádiz-) de formación autodidacta, escribe poesía, novela, relato y artículos de opinión. Dirige la revista LetrasTRL, es editoror de El Diario de Alvaeno y fundador de Ediciones Alvaeno.

Su primer libro "Una puerta en el laberinto" se publicó en 2004, año en el que ocurre el acontecimiento más importante de su vida: el nacimiento de su hijo Leo Zacarías.

Desde entonces ha publicado trece libros.
En marzo de 2011 su libro Hilos rotos para una marioneta fue finalista del I Casting Literario organizado por OnLine Studio Productions para la App Store.
En el mismo mes de marzo se publica su novela Santa Compaña que ha estado durante el 2011 entre los diez libros más vendidos de Casa Eolo libros.

Para más información visite la página web oficial del autor: http://alvaeno.com/salvabiografia.htm 


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EL DEFECTO MARIPOSA  
 
A las cuatro en punto de la tarde, minuto arriba, minuto abajo, un barco hace su entrada en el puerto. A esa misma hora, minuto abajo, minuto arriba, un señor con gafas entra en una cafetería. El barco lleva realizando la acción de entrar al puerto y salir de él desde que saliera del armador, hace casi quince años. El hombre de gafas realiza la acción de entrar en la cafetería y salir de ella, también desde hace unos quince años, precisamente desde que el hombre aprobara las oposiciones convirtiéndose en funcionario público. ¿Qué pueden tener de común estas situaciones? Nada, excepto que se producen, cada día, a la misma hora.
Pero hoy ha sucedido algo impensable. El barco ha encallado en la entrada del puerto. Sin embargo, el funcionario ha hecho su entrada en la cafetería a la misma hora, sin que nada le haya impedido hacerlo. Tanto el señor de gafas como el patrón del barco son ajenos, el uno del otro, además de que desconocen dichas coincidencias. Cada uno de ellos realiza su función, digamos que cada uno hace acto de presencia en su escena cotidiana sin saber nada del otro. Sin imaginar que éstas acciones que llevan a cabo cada día, hoy les deparen una sorpresa. El defecto mariposa para ambos es desconocido y por tanto carece de sentido y valor.


EN LA CARRETARA NO SE VEÍA NADA 

 

     La luz de los faros no era suficiente. Habían perdido parte de la carga de la batería. No se podía hacer nada. Así que June se atusó el mentón nervioso. Encendió un cigarrillo. Lena a su lado menos nerviosa fumaba en silencio.

     -¿Ahora qué vamos hacer?- preguntó sin convicción. 
     -No sé- respondió June aspirando hondamente de su cigarro. El coche se llenó de humo. 
   Lena abrió dos dedos la ventanilla, el viento frío se coló por la rendija. Hacía una noche de perros que ni se atrevían a salir a fornicar los gatos en los callejones.
     -¡Uf!, vaya nochecita que hemos elegido para ir a ver a tía Bernadette- dijo Lena con la misma convicción de siempre.
     -Sí, podáimos haberlo dejado para otro día, pero… - June seguía el recorrido del humo mientras lo exhalaba de su interior.
     -¿Y si nos volvemos?- preguntó Lena sabiendo que esa pregunta no la llevaría…, no los llevaría ni a ella ni a June a tomar una decisión y dar marcha atrás. Ambos eran bastante tozudos y cuando tomaban una decisión no había quien los hiciera desistir de ella.

     La tía Bernadette vivía en un lugar alejado de la carretera principal que comunica Potellí con Potallá, y en ese punto intermedio y en medio de un espeso bosque sin lobos y sin caperucitas vivía la mujer, algo rara, también tozuda, y misántropa, se aisló del mundo cuando murió su quinto marido.
     -Pero ella necesita esta noche su medicina, si no llegamos será terrible, morirá.
     -No puedo hacer nada amor- respondió June viendo que el motor rugía con estertores moribundo y a punto de dar por finalizada su función: “hasta aquí los servicios prestados”.
     -Tal y como está la noche podremos llegar en un par de horas caminando, a lo máximo tres- dijo Lena sin convicción a pesar de tu testarudez era una mujer que no se creía nada que viniera del exterior y menos del interior, era lo que se dice una auténtica escéptica convencida por cabezonería de su escepticismo.
     -Sí, creo que podemos llegar incluso antes- terminó June de fumar su cigarro.

     El coche murió en el mismo momento en que su mano apagaba, aplastando la colilla, estrujándola con sus gordos dedos, el índice, el corazón y el pulgar fueron los que interpretaron el papel de verdugos como miembros de la LAT, convencidos de que el tabaco mata.

     Salieron del coche abotonándose los abrigos, Lena dio dos vueltas a su bufanda de color naranja. June se subió los cuellos de su gabardina gris que le llegaban más arriba de las orejas.

     Bernadette estaba eufórica esa noche y no sabía por qué. La medicina se le había acabado y espera ansiosa que su sobrina Lena y el marido de ésta, llegaran a tiempo, sin intuir el contratiempo que habían tenido en el camino. Puso la canción que siempre le recordaba a su quinto esposo. Un señor afincado en Follaquí y que tenía la libido siempre golpeando las nalgas de su querida Bernadette. Y murió en pleno acto, sí, entre las piernas tersas y suaves de la diva. Sí, de ella, sí, entre sus muslos tersos que habían sido y eran el punto de mira de los deseos de mucos hombres, incluso ahora que ella, sí, Bernadette había cumplido cincuenta y siete. Él, sí, el quinto marido murió con sesenta y nueve para más curiosidad y por algo de la casualidad o el destino, precisamente murió practicando el 69. Paradojas que tiene la vida. Y ella, sí Bernadette, esperaba con tranquilidad su medicina. Tenía tan solo dos horas para tomarla, luego pasaría a engrosar la lista de los cementerios, y pensó qué pena no poder morir como él, sí, como su quinto marido practicando el 69.

     No murió Bernadette aquella noche porque Lena y June, expertos guardabosques conocían como la palma de la mano. Pero Bernadette murió días más tarde por aquello de las paradojas de la vida, y no por falta de su medicina, mientras le practicaba una felación a un pastos misántropo que vivía cerca de ella, con el que llevaba manteniendo relaciones desde hacía unos meses.
     -Qué triste morir tan joven- dijo Lena, su sobrina, sin convicción en el entierro.
     -Sí, pero para ella no fue tan triste- dijo June mirando al pastor que frente a ellos con el sombrero en la mano ocultaba la erección que el recuerdo le había producido. Y pensó:
“Espero que allí sigas chupándola tan bien”.