RAMÓN CARBALLAL

POESÍA  


Ramón Carballal Durán nace en A Coruña, España, en 26.05.1959.

 

Escribe poesía desde hace aproximadamente cinco años. Practica el verso libre y su temática principal se nutre de lo cotidiano y de ciertos elementos asociados a la memoria de lo vivido. Su poesía tiene un fuerte componente imaginario que en ocasiones bordea el surrealismo.

 

Ha participado en algunas antologías de poesía, como la de Editorial Alaire y Poetas de Hoy. Un poema suyo ha sido publicado en la revista “El invisible anillo”. Recibió el premio como ganador del Tercer Certamen de Poesía Virtual Alaire.

 

 

E-Mail:

 

ramocarballal@hotmail.com

 


 

EL ACCIDENTE

 

Todavía las luces se están quemando en mis pupilas.

La noche de piedra me habla y estás tú, que ya no

eres pretérito sino un puente de marfil hacia la locura.

Apareciste como bosque de espejos,

ciega, insolente, anónima fue la primera palabra,

después los escarceos de un duende con mallas rojas

y pirañas que salían de libros para amanecer cotidianas en tus pechos,

¿Por qué recuerdo esa noche de cristales, de ciclones y teatros erguidos?

La felicidad es un meteoro,  guiña los ojos, maneja ardides de vieja

y me enseña flores en huecos blancos como un mago el racimo de tu carne roja.

 

Es tarde, siempre es tarde cuando hablas y yo estoy aquí asegurándote

que el magnolio se revuelca entre deseos,

que aquellas bocas regresan de una batalla de sueños,

que por un momento los búhos recitan tu nombre

y ese ulular cae como lluvia en mis manos abiertas.

No recuerdo bien los números, los lugares son amarillos,

imagino el humo vertiéndose en el halo de un faro ausente,

hay un punto de orgullo mas allá de las mesas de mármol

cuando me dices que no soportas los cantos de guerra ,

que estás harta de huir de los vértices de tu cuerpo.

 

Salir, retornar, vivir, tocar la rugosa piel de un árbol

del que ignoras su memoria, huir de la voz de los muertos (todo está muerto,

las pisadas hacen el camino de vuelta, el mar es un ojo seco, gelatinoso, inútil),

cinco güisquis, tres oportos, sólo para pronunciar ese arlequín de letras

que nos lleva a la herencia indómita de una chispa de fuego.

Volveremos, no lo dudes, a la piel lisa de los días perfectos,

pero no ahora que bajamos por calles de inmundicia,

comercios pequeños como pupilas de invierno,

letras en los rótulos(enfermas, demacradas),

orín en las cerraduras, arañas comiéndose el tiempo

y el mar haciendo su nido de azabache en el ángulo obtuso de tus senos.

 

Ahí está nuestro coche, amor, subamos al ruido de dos cuerpos que se hieren,

abre tus párpados, muerde en el centro, en la espina dorsal de mis miedos,

condúceme al odio, dame vida, ¿qué pasa en los cristales?,

dragones mueven mis brazos, tú me preguntas por aquel sueño

que se levanta intacto en los labios, iremos al teatro, lo juro, como lobos

iremos, porque la vida real sólo quiere rosas de ceniza en las venas,

un golpe de tiniebla, miríadas de lágrimas cristalinas golpean tus mejillas,

qué miseria de jardines, qué dolor de preguntas si es la sangre

una moneda de garfios relucientes, y ese cuerpo anónimo tendido en la niebla,

y nosotros llorando, y esta mierda de azar que se vuelve oscuro

en la lengua.

 

 

TE QUIERO EN LA DISTANCIA

 

Me gusta verte de lejos,

cuando eres un cuerpo

en su entereza.

 

Cerca,

tu proximidad me invade,

me entra por los ojos

y se disgrega en mi.

 

Entonces dejas una semilla

de pertenencia que no quiero.

 

A lo lejos, en el perfil

de una calle, a lomos

del asfalto, creces

–y eres como un pilar,

una estatua de carne

bellamente decorada–

a lo largo, te enseñoreas

de un espacio de luz

y materia.

 

Te quiero libre y lejana

como un pensamiento.

 

Te deseo pasajera,

aire y tiempo

en mis manos.

 

 

 

SIEMPRE TU VOZ

 

Asume que no es fácil admitir que los huesos hablan

–ni el vapor en los bolsillos, ni ese mercurio ciego 

que desprende una orquídea rota–.

 

Veintisiete años como un intersticio deshabitado de huellas.

Siempre el mar fuera del mar y los pasillos estrechos,

las vidrieras sin ángeles ni albatros.

 

Soy un habitante del rumor.

Sí, yo hago coro a las luces que son como pájaros

que han vendido mandíbulas de aire. Tengo una deuda

con la piel de las esquinas, cuento una historia imposible,

sembrada de mar,

poblada de labios que no han conocido palabra,

cada paso recorre siete veces el mundo y deposita la huella

en el único centro (aquí está tu plaza,

comida  de asfaltos como un ala de hierro).

 

Hay cosas que no es posible vender porque son refugio:

la arena en los pechos, el corazón de una ciudad,

sus monumentos antiguos que duermen bajo álamos,

acacias o noviembres.

 

Me falta el deseo de seguir aguardando, es como si se abrieran

las rodillas y el verbo no encontrara su faro o su espiga roja.

 

Tu cuerpo almacena pequeños estambres de luz.

 

Como el lecho de un río, se aposenta. Yo escucho hormigas

circuncidarse en mi sueño.

 

¿hay flores en los armarios

o es un precipicio el oro que se derrama?.

 

Siempre tu voz anula el trino, es fuerte y se mide en oráculos,

con su número y su consonante gris.
 

 

NUNCA EL VIAJE TERMINA

 

No es un anuncio, es la miel de una sombra,

las pisadas de un gong que no teme el crepúsculo,

la noche o la duda.

 

A través de los cristales de un río,

conmovida por los surcos de un viaje

al dolor.

Así, tú, tan parecida  a una lágrima abierta

sobre los nenúfares del tiempo.

 

¿Qué es lo que claudica cuando las alas

ejercen su nombre? No lo pienses,

aquí estamos en el centro del misterio,

pisando playas, en medio de un puente llamado Carlos,

casi en el sur, entre fresas y calles sin labios,

junto a los bosques que aún sangran

como madres de la tierra.

 

Sí, acompáñame a los canales, tan perfectos,

con su soga de luces, París como una frente traicionada

–allí el episodio de los restaurantes inútiles,

salidas o entradas, palabras cuya geometría se vació en tejados,

después las crines que una isla puso en su féretro,

el azul cansado de perder pupilas–.

 

Nuestra libertad paga un precio de relojes sin alma,

volvamos a las plazas que nos nombran,

al sueño imposible de las aceras,

tengo en la mano un vaso de ceniza

y en él te reflejas, inmensa

como la noche.

 

 

LA ÚLTIMA VEZ QUE LA VI

 

Quiero decorar el bar que ahora pienso,

quiero el paisaje de una mesa de pino

tallada con esas palabras que no olvido.

Quiero volver a mis manos cuando

apretaban las suyas y a su andar de junco

y a esa leve similitud entre el azar y el designio.

Lleno está el vaso de la pócima esquiva,

volcado el licor de unos besos a tiempo,

herido el sobrenombre de la duna en su seno.

Tenía la virtud de la pantera en sigilo

y la ocurrencia de las madres altivas.

Recuerdo sus ojos tan parecidos a los míos

y su voz de caverna fingiendo ser luna.

 

 

LA CAPILLA

 

Tiene la forma de un iris blanco,

su actividad es de colmena,

casi todo se desnuda en bronces.

Y hay un espacio de increíble luz,

una linterna creando el aura contra fondo azul.

El día trae espejos que alumbran la vida fingida de los móviles

y les dan su materia furtiva, su locura de relojes prestados.

Quema la liturgia en los labios de la música, son impronunciables los signos,

inaudible el verso.

Desconozco la materia, el número de las escaleras, si hablan los pasillos.

Me pesa el cuerpo que se ha hecho flor

y descubre el paso efímero del tiempo, la luz-ceniza, lo que muere en silencio.