MARIO CAPASSO

NARRATIVA         
 
 
 

Mario Capasso nació el 9 de Marzo de 1953, en Villa Martelli, localidad del Gran Buenos Aires, República Argentina, en la que continúa residiendo.

 

Literariamente, se ha formado con Beatriz Isoldi, Nilda Adaro y Federico Jeanmaire.

 

Ha publicado tres libros:

 

EL FUTURO ES UN TROPEL ABSURDO, cuentos, año 1999.

 

EL EDIFICIO, Una novela en escombros, novela, Ediciones AQL, año 2002.

 

PIEDRAS HERIDAS, cuentos, Ediciones Corregidor, año 2005.

 

Este último obtuvo el 2do. Premio del Fondo Nacional de las Artes, año 2003. El jurado estuvo integrado por Ana María Shua, Vicente Battista y Juan José Hernández. 

 

La  novela EL EDIFICIO y el libro de cuentos PIEDRAS HERIDAS están en proceso de traducción y serán publicados en Francia por la editorial “La Dernière goutte”.

 

Tiene prevista para el mes de abril 2011 la publicación de la novela “La Ciudad después del humo”.
 
Ha escrito, además, un volumen de cuentos y minificciones y tres obras de teatro. 

 

Ha escrito, además, un volumen de cuentos y tres novelas, que permanecen inéditos.

 

 


 

 

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TARDE Y FASTIDIO

                                                                      

     De dónde le vendría esa idea, la tarde como un fastidio de sol, si la mañana había transcurrido en el departamento con aire acondicionado, la botella y el cenicero bien a mano, con algunas fotos sobre el sillón y otras desparramadas por el piso. Si allí adentro había mirado por primera vez en años esa película de vacaciones los tres, rescatada vaya a saber cómo y para qué. Y si recién había estacionado el auto flamante y sólo lo separaba una cuadra hasta llegar a la plaza y ahí nomás, cruzando. Pero al sol debía sumarle el humo de los escapes entrándole como si fuera una novedad arrastrándolo a toser sin reconocerse en la tos, como si el que tosiera fuese aquel perro yéndose quién sabe adónde, o esa estatua condenada a permanecer, o el árbol que ahora le sirve al perro y ensombrece una parte de la estatua. Tosía pues, y resultaba absurdo, como absurdos se le antojaban los pensamientos de los últimos tiempos mientras caminaba siempre tan elegante por fuera, tan traje de corte inglés y corbata de seda, la piel bronceada a propósito en sesiones de doce minutos sin fastidio. Pero qué hacer ahora y aquí con los recuerdos, a quién recurrir cuando se descubre la soledad adentro, si ya es tarde y los muertos no pueden oír lo que no quiso, y los padres se fueron y no les ha preguntado si el abuelo era bueno o jugador o borracho. O si la guerra los había hecho andar descalzos antes que uno, buen hijo que había hecho carrera, les pagara el mejor lugar para verlos poco en horas de visita cada vez menos. La calle se mostraba entonces como la tarde misma, se diluía en un fastidio de gente al sol y de vehículos que echaban humo a su paso y él llegaría con demora y no importaba, pues temprano sólo llegan los perdedores, los que bajan la vista cuando entra para ser insultado en silencio, pues así lo reciben aquellos sobre los cuales lo ignora todo, y si alguna vez les rescató por casualidad algún nombre lo olvidó al instante por un asunto urgente que reclamaba atención. Es así nomás. Uno entra al banco por costumbre o para huir de los fantasmas, porque desde hace, ¿cuánto?, ¿y antes?, cómo era antes que no era lo mismo que ahora, cuando despilfarra su indiferencia contra clientes y subordinados, a los que ve y les da la mano y cuando aprieta el puño no hay fuerza, hay apenas un gesto blando, tan blando como inútil. Y puesto a decidir en su puesto debería hacerlo todo de nuevo, repetir cada movimiento como la primera vez, aunque hoy los pensamientos absurdos intentan trabarlo. Pero no hay salida que valga, debe resignarse a recibir a esas damas o a esos caballeros que lo tratan con cortesía, pues lo saben portador de las llaves del banco, aunque ya está cansado de lo que tanto le gustaba, cuando le pasaban un sobre blanco o gris o qué diferencia hay, si servía para comprar la felicidad a largo plazo y bajos intereses. Los señores gerentes son poderosos en ese instante, cuando negocian un expediente y lo firman o no, y si lo firman estampan sello y sonrisa y apretón de manos. Pero por qué maldición le toca atender justo hoy, con estos recuerdos como animales infatigables, a la señora que ya ve venir, con joyas hasta en las piernas para impresionarlo y chico rubio a su lado, y un velo se descorre en alguna parte e imagina que a lo mejor el chico podría parecerse, y se pregunta por qué no le aceptó esa vez la invitación para jugar al dominó y le dijo no al hijo, si el cansancio derivaba apenas de unas copas o de alguna secretaria a deshoras. Y por qué se negó a mirar cada día el cuaderno de clase e ignoró los dibujos en las paredes, y cuando los quiso mirar no encontró los cuadernos y las paredes se habían desmoronado, y ya no existía el hijo, existe quizá un ser desconocido, con barba y anteojos le pareció una vez a lo lejos, cuando no se atrevió a cruzar la calle. Entonces el hijo es un milagro crecido sin él, cómo ha podido ser sin él y ahora es sin él no sabe dónde. Y no hay remedio, se inclina y firma la solicitud de señora enjoyada con chico rubio y piensa que todo es lo mismo, la vida no tiene garantía y pase el que sigue, y si no sigue nadie mejor, porque alguien se acerca con bandeja y un café no pedido y lo saluda, cómo le va, señor, y él no adivina si ya le ha respondido algo o si acaso debe contestarle con la seriedad de antes pero no de ahora, cuando los recuerdos vuelven y lo llevan a una escena de allá lejos en el tiempo, te acordás Irene, en una mesa en un bar en una mañana con fastidio de sol en las mejillas de ella que dice no comprender cuando él le ha dicho ya es muy tarde, cómo tarde, te resistís Irene, y uno inventa algo para justificar palabras que se le descuelgan de la boca, fatales y huecas, como si un eco repitiera lo que no hubiera debido decir. Pero ya es la hora, el tiempo se ha cumplido y corresponde irse, aunque antes se impone la impostergable reunión para darles oportunidad a dos o tres de los que más lo odian de que le rindan cuenta y pleitesía y le recuerden que defienden con su honra y dedicación los intereses del banco. Ellos no saben de su desinterés de hoy por los intereses y tampoco que sólo le importan ahora las deudas contraídas en su vida y de las cuales no acierta a distinguir la caja para pagar. Y después existe de nuevo la calle, donde ya no asoma el sol y donde el humo ya no lo hace toser aunque el fastidio sigue firme adentro del que camina entre la gente, y la gente lo empuja a mirar una iglesia y a pensar si Dios alguna vez amenazó con decirle algo y Él tampoco tuvo tiempo. Entonces la tarde casi noche es una larga caminata hacia el bajo, rumbo al puerto, para qué. Y cuando llega la vida es un embrollo y hay una brisa y un barco alejándose, e imagina que quizás un rato antes y ese barco le hubiera servido aunque tal vez aún, porque ve sus luces yéndose y la memoria es un fastidio sobre el escalón que parece no acabarse y es un abismo de padres que se fueron antes de y de hijo que creció sin y de amor de Irene abandonada en una y el murallón es sólo un salto y entonces ya no es más ni la brisa ni el grito.


Cuento incluido en el libro “El futuro es un tropel absurdo”,  año 1999.

 



DE TANGOS Y HERIDAS

 

 

     Después del insulto, mientras se serenaba y trataba de parar la sangre, Juan escuchó la voz del cantor que por la radio le decía de cada amor que tuve tengo heridas. En esos momentos, le pareció que esa letra estaba dedicada a él. Entonces esbozó una sonrisa algo triste por cierto y pensó que, si la frase fuera verdad, su caso debería exhibirse ante el mundo como el del hombre más ileso de la historia, y la herida que recién se le había producido bien debería considerarse de lo más absurda. Terminó de afeitarse y se miró en el espejo, el corte no era muy importante aunque sangraba un poco todavía. Bajó la tapa del inodoro, se sentó sin prestarle atención a la molestia, se estaba acostumbrando a ella y así, bien sentado, empezó a acordarse de los sucesos de aquella no tan lejana jornada, a lo mejor casi un compendio de su vida. Total, es domingo, otro domingo que comienza, pensó Juan. La oficina no existía en lo inmediato y él no había repasado los hechos de aquella vez. Había transcurrido ya algún tiempo y no estaba muy seguro, algunas partes no resultaban del todo claras y tal vez, quién sabe, en una de esas ahora con la evocación conseguía algún beneficio y se sacaba la duda de encima.
     Esa tarde, un viernes de pleno verano porteño, si bien el trabajo no le había ofrecido alternativas de interés, Juan se largó a la calle cargado de sensaciones y una ardiente fantasía. Le pareció que el éxito le llegaría antes de abrir la puerta de su departamento. Todavía en el ascensor, empezó a cantar, las viudidas, las  casadas o solteras, para mí son todas peras en el árbol del amor. Y así cantando llegó a la vereda, miró el cielo y no vio ni una nube. Asándose a fuego lento, le dio un beso a su medallita de la suerte y arrancó, caminó hasta la parada y enseguida vio venir al interno 44. Qué buena fortuna la mía, se dijo.
     En el colectivo. Al primer intento la máquina le vendió el boleto y le dio el vuelto justo y entonces, al girar la cabeza con gesto ganador, vio a la muchacha de pelo negro. El que estaba a su lado, como obedeciendo a un mandato, se levantó y se fue, y en ese instante, o a más tardar en el siguiente, Juan intuyó un destino de cutis suave sentado junto a la ventanilla. Con alguna vacilación ocupó el sitio a su lado y la miró de costado. Visto de cerca,  no era tan negro el pelo de la muchacha, pero él igual abrió el libro en una página cualquiera y aguardó lleno de esperanzas. Ya había intentado el truco de llamar la atención de alguna ocasional compañera de viaje haciendo como que leía un texto medio difícil y poniendo cara de intelectual, lo había probado muchas veces, sí, unas cuantas veces, recordó. El viaje fue bastante prolongado, Juan leía y no entendía nada de lo que leía y cada tanto daba vuelta alguna página y espiaba a la bella y tosía con delicadeza. El viaje fue bastante largo. Ella solamente dijo, al final, dos cuadras antes del final, permiso, señor. Al menos había logrado hacerse respetar.
     En el subte. Seis y pico de la tarde, Estación Catedral. La historia vuelve a repetirse, supuso Juan, pero no. Verla en el andén y sentir como un puñal en la carne fue todo uno. Esquivó a algunos y se acercó lo más que pudo. Al subir, Juan logró acomodarse detrás de los pantalones rojos. Meditó entonces en lo azaroso del destino, ya que en verdad nunca lo había atraído el color rojo, al menos no lo tenía presente y no podía perder tiempo. La formación comenzó a moverse. En un par de estaciones, o tres o cuatro, algo se le podría haber ocurrido. Pero ella se bajó enseguida. Una mujer que toma el subte por una sola estación no me conviene, recuerda haber pensado con la satisfacción de haberla perdido para siempre.
     En el tren. Dejó salir uno y esperó el siguiente para viajar sentado, tal vez la casualidad le deparara ahora sí alguna sorpresa con curvas. Logró su primer cometido, claro que del lado del pasillo y junto a ese hombre tan robusto y tan sin bañarse, no le agradó demasiado y prefirió hacerse el dormido. El tren no se había movido todavía cuando una fragancia de mujer lo alcanzó y entonces Juan pensó ya no puedo equivocarme, esta vez sí, es ella, la gran mujer que ha llegado a mi existencia. Enseguida, emocionado abrió los ojos y la vio, sí, la vio, y al verla no tuvo más remedio que tomar la iniciativa y dirigirle la palabra para decirle venga, siéntese abuela, yo me bajo acá nomás.
     En el bar. Juan no quería darse por vencido, algo tiene que pasar, la pucha digo, cómo puede ser que siempre pase lo mismo, que nunca pase nada, pensó. Quizá por eso le hizo trampa a la rutina y entró a tomarse aunque sea el último café. Una sola mesa ocupada, una joven sola en ella. Y esa pollera tan corta dejaba ver unas piernas que le abrieron todavía más el apetito. La comida está servida, bien pudo haber pensado. Se ubicó a cierta distancia, tampoco era cuestión de pecar por precipitado y fracasar en el intento, se dijo. Una música sonaba en el lugar y parecía poner el mejor marco a un romance a punto de comenzar. Ella lo estuvo mirando fijo un rato largo, parecía suplicarle hablame, rompé el silencio. Él se movió reiteradamente en la silla y poco después de volcar el pocillo y ver cómo la muchacha sonreía, decidió que apenas pusieran un tema de Luis Miguel se le acercaría. El plan le pareció perfecto, sin fisuras, sólo era cuestión de saber manejar los tiempos. Pero ella no tuvo paciencia y fue por Manzanero y su Somos novios cuando la vio caminar y preguntarle algo al mozo, luego los vio alejarse, perderse en los fondos del local y no regresar. Juan dijo una o dos malas palabras, dejó la plata en la mesa, miró a los costados, dos veces, tres veces, se metió en el bolsillo un sobre de azúcar y se fue sin dejar propina.
     En el ascensor. Acá viene la parte más confusa de esa jornada. Juan no tiene muy claro el episodio. Recuerda, eso sí, haberla seguido durante algunas cuadras, mirando cómo su posible amor a primera vista se bamboleaba debajo de la pollera azul. También recuerda haber subido con ella al ascensor. Y hasta este instante llegó la supuesta claridad. Porque de lo ocurrido ahí adentro Juan no guarda mucha memoria. Es probable que se haya extralimitado, tal vez lo perturbó la desesperación de la última chance, o la transpiración le nubló la vista y el entendimiento, o quizá resolvió que al fin y al cabo él vivía en ese edificio y consideró tener ciertos derechos, el de propiedad por ejemplo. El intento acabó mal, muy mal, pero ahora el recordarlo le sirvió para aclarar los hechos posteriores, su cabeza los había omitido durante ese tiempo.
     En la cárcel. Estaba oscuro allí adentro, al principio nada más que tristeza y quietud, que no duraron mucho. Había tres tipos así que ojo con lo que hacés, vos quedate quietito ahí, vas a abrir la boca sólo cuando yo te diga, le dijo el único que tuvo la deferencia de presentarse. Este hombre tenía un apodo que, luego de los sucesos acaecidos, debió reconocer como muy apropiado. Y entonces Juan cerró fuerte los ojos y apretó fuerte los labios.
     En fin. La oscuridad. Las horas de encierro. El gigante del apodo. Su cuerpo y el otro cuerpo. Las risas de los demás, antes, durante, después. El olor encima. Nunca se había creído capaz de oler tan feo y de sudar tanto. En su cabeza ya no había puntos sin aclarar respecto a ese día. Juan debió admitirlo. Después de todo, tan errado no andaba el autor de la letra de ese tango, cada amor deja su herida, así que entonces no resultaba tan absurda la suya, la cuenta al final cierra bien. Qué lindo consuelo, pensó ya de pie frente al espejo. Y por qué mierda tuve que afeitarme si es domingo, otro domingo que para qué, se dijo en voz alta para tapar el sonido de la radio que emitía ahora una milonga. Sin muchas ganas de bailar, contuvo la salida de unas lágrimas y, con la mirada turbia, le echó la culpa al destino mientras se pasaba la mano por el sitio de la herida reciente, no demasiado grande en comparación.


Incluido en “Piedras heridas”, Ediciones Corregidor, año 2005.