JORGE COLOMBO

   NARRATIVA  
  

Jorge A. Colombo MD, PhD (Buenos Aires, Argentina).  Doctor en Medicina, científico, Ex Profesor universitario en USA, Director Emérito de la  Unidad de Neurobiología Aplicada, Investigador Principal (CONICET), escritor de ensayo y literatura (narrativa de ficción), y artista plástico.
 
En literatura sus  obras versan sobre diferentes temas, pero centralmente sobre el Buenos Aires colonial.
 
Libros publicados:
 
En el género Narrativa:
 
 "Crimen en el barrio de Sant Telmo" (ficción policial), Ed. Buenos Aires Books, 2015.
"Muerte en las calles de Buenos Ayres" (el regreso de Jorge Ferrari)(ficción), Grupo Editor Latinoamericano, 2015.
"¡Se vienen los gringos!" (las invasiones británicas vistas desde abajo) (teatro) Ed. Ruinas Circulares, 2014.
"Quilmes, mi memoria oculta" (crónica),Ed. Buenos Aires Books, 2013
"El Motín del Bicentenario" (ficción), Ed. Distal, 2012.
"Encuentros en la fonda Los Tres Reyes" (Ed. Ruinas Circulares, Bs.As., 2010)
"La Logia de los anillos de amatista" (Ed. Grupo Editor Latinoamericano, 2010)
"Año 2206. Invasión a Buenos Aires" (Ed. Distal, Bs.As., 2010)
"Antología Los Malones" (Yo Maté a Dorrego), 2009
"El Oráculo de la Recova", 2008
"El Sobreviviente, 2008"
"Aventuras de un Porteño en tiempos de la Colonia, 2008
"El Alquimista y las Invasiones Inglesas", 2007
"Los Mil días del Adelantado", 2005
 “En busca de Adán y Eva”, Ed. Buenos Aires Books, 2016.
 “Viejos dilemas argentinos” (3 obras de Teatro), Ed. Nuevo Hacer-Grupo Ed. Latinoam., Buenos Aires, 2017.     
 
En el género Poesía:
"De Brumas, de Broncas y de Amores" (poesía) Ed. Ruinas Circulares, 2012.

En el género Ensayo:

"Los Homo Sabios "(¿globalizados o segmentados?) (ensayo), Ed. Buenos Aires Books, 2015.
"Epigénesis del Hombre" (en francés) (ensayo). Rèfractions (París, Francia), Número 33, 2014.
 Premio Internacional de Investigación (ensayo) Limaclara  Ediciones 2014
"Bajo libertad condicionada" (ensayo), Ed. ImagoMundi, 2013.
"¿Somos la especie equivocada?" (premiado por el Fondo Nacional de las Artes (2009)(Ed. EUDEBA, Bs.As., 2010)
"Poverty and Brain Development during Childhood" (2009)(American Psychological Association)
"Pobreza y Desarrollo Infantil" (2007)(Paidos)
"Hacia un Programa Público de Estimulación Cognitiva Infantil" (2005)(Paidos)
y numerosos otros artículos.
"Creatividad o domesticación (ed.Buenos Aires Books, 2017)

 
Poesía y Narrativa:

"La Noria" (relatos breves y poesía), por Editorial Nuevo Hacer-Grupo Editor Latinoamericano, 2016

Ha obtenido premios y menciones en el genero de Cuentos breves y en artes plásticas.


 

MATERIAS PUBLICADAS EN LA RED VIRTUAL
 
 
 

   
 
                            
  
            
                        
                                                                            
                                                 
                

  
                         

                               
                                                       
 
     
                                                               



 
 
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YO MATÉ A DORREGO 
 
 
  Era un 13 de diciembre del año 1828 en la estancia de don Almeyra. Cerca de las tres, pasado el mediodía. La tarde olía a fuego. Un regimiento de soldados intentaba descansar haciendo cuerpo a tierra contra los tiernos pastizales. Pero la tierra, ese día y a esa hora, estaba estéril de frescor y de ternura. Una leve brisa del Norte apuraba murmullos de sed y de muerte. Ya la hora acordada por el verdugo se cumpliría en breve plazo. La última hora de vida de Juan Manuel se cumplirá a las tres de la tarde.
  Bajo un tala incapaz de guarecer tanta sed y cansancio, intento dormitar. Es en vano. A unos metros se ha detenido hace rato una volanta. La han traído desde el Salto, con numerosa custodia —gente del coronel Pacheco—. Imagino habrá de ser alguien importante. Veo a don Lamadrid ir de un lado a otro, nervioso, irritable y apesadumbrado como no lo había visto antes. Se me acerca un sargento.
  —¡Usted, cabo, forme grupo con aquellos!...
  Volví a sentir el dolor que me causaban las botas. El cuerpo de infantería del general Lavalle no tenía con qué repararlas. Menos aún reemplazarlas. Hace pocos días habíamos tenido un encuentro feroz con la gente del coronel Dorrego —quién diría, yo un soldado raso de su pueblo, peleando para hacerle el juego a los cogotudos—. El graznido cercano de un cuervo se me metió de golpe, como puñalada, en los oídos. Levanté la vista —ya la llevaba casi enterrada de tanto penar entre pelea y pelea—. En la volanta alguien parecía escribir.
  Era verano antes de tiempo. Las lentas horas de un mediodía sofocante llamaban a la siesta. Los soldados se arremolinaban, buscando alguna efímera partícula de sombra donde guarecerse. Para Juan Manuel cada segundo era una gota de vida que se le iba. Encerrado en la volanta que intentó llevarlo al Uruguay, llenaba su último espacio con visiones de Ángela y de sus hijas. Nadie allí entendía por qué. Ni el propio Lavalle. La razón estaba más lejos, en la ciudad portuaria. De allí vino la orden. De señores con levita y modales de tertulia.
  En Navarro el calor cocinaba a fuego lento a los hombres y las bestias. Cerca del Talar agonizaban dos hombres que sabían de epopeyas y de arrojo. Dos muertes inútiles y malditas. Uno deambulaba como enfermo por los escasos metros de un espacio circunstancial y ajeno. Parecía anticipar su propio drama que se avecinaba. El otro relataba su perplejidad póstuma en breves notas a su Ángela y amigos. Hubiera querido verlos y darles un último abrazo. Pero sólo le dieron una hora más de vida.
  El sargento nos pidió que preparáramos los fusiles. Habrá una ejecución —dijo—.
  No pude contenerme.
  —Soy soldado, no verdugo —murmuré.
  —....¡Pucha, se me hace hiel la boca...! ¿Quién es el desgraciado...?
  —¡Son órdenes de Lavalle, así que aquí no se pregunta, cabo...!
  Me guardé a callar como pude. Una sensación de amargura empezó a subirme por la boca del estómago. Deben ser el calor y la sed —pensé—. Pero este entuerto me sabía a premonición. Esta vez miré el fusil como si fuera un enemigo. Tantas veces que mi vida había dependido de él, ahora me subía un odio incontenible. Se me acercó el suboficial Fuentes y trató de calmarme.
  —...son órdenes, cabo...son órdenes...
  El sol había recalentado los metales y el fusil me quemaba las manos. Cosa de Mandinga —pensé— que hoy no quiere que lo agarre. Con otros seis formamos línea. Nos llevaron a esperar cerca de la volanta. No podía aguantar ni el calor, ni el fusil, ni el graznido del cuervo, ni esa orden del sargento.
  Cuando lo vi bajar de la volanta se me heló la sangre. Quise salir corriendo —hubiera sido la única vez en mi vida—, o meterlo en la volanta y escapar a tiro limpio de esta madriguera. Quise llorar. No pude. Era tanto que se me atragantó todo aquí en el pecho. Alguien lo acompañó hasta el lugar donde recibiría la descarga. A pocos metros de nosotros. Nos miró a todos. Me miró. Sentí que mis rodillas se hincaban solas en la tierra pidiendo perdón. ¿Qué debía hacer? —pensaba mientras volvía a erguirme—. Evitar que sufra —me contesté casi de inmediato—. Si mis compañeros yerran sus tiros, no soportaría el espectáculo. De reojo vi que ellos no la pasaban mejor que yo. Por entre barbas crecidas, cicatrices y arrugas nacidas en cientos de combates y escaramuzas, caían gotas que no eran de sudor. Estos van a apuntar para cualquier lado —pensé—. Sin quererlo se la van a hacer más jodida para don Manuel. ¡La pucha que lo tiró con mi suerte!...
  Lo vi tieso y pálido. Su cabeza inclinada por aquella vieja herida en el cuello. Con un trapo amarillo le vendaron los ojos. Algo le gritó a su primo, el confesor. No escuché la orden del sargento. Sólo el graznido punzante del cuervo. La descarga sonó como trueno en mis oídos.
  Las aves espantaron sus alas al unísono. Se desplomó sin un quejido. Un silencio total partió hacia campo traviesa. Se acercaron a él.
  —...cerca de la sien... no hace falta el tiro de gracia...  —oí decir—.
  Todo entonces fue rojo sangre. Los campos, las bestias y los hombres se incendiaban sin remedio. Como si de golpe se hubieran abierto compuertas de venas subterráneas y sus contenidos vertidos en gruesas y macabras pinceladas, hasta donde cubriera la vista. Eran las tres, pasado el mediodía.
 

 

SUCEDIÓ EN EL HUECO DE LAS ÁNIMAS
 
 
El policía llegó a paso rápido al hueco de las ánimas. Durante todo el trayecto no había dejado de hacer sonar su silbato. La noche y el barro reciente de las calles dificultaban los intentos por apresurarse aún más.
Los delicados y breves tules de luz, sostenidos por faroles distantes y desfallecientes, apenas alcanzaban a decorar la densa penumbra que por las noches se depositaba sobre la Villa de Buenos Ayres. La bruma
del río se iba colando durante las tardes, hasta acumularse y sumir al poblado en una atmósfera densa y lechosa. Los habitantes se habían retirado a los espacios húmedos de sus moradas, y con ellos también
los animales de granja, luego de que por las mañanas tomaran por asalto las angostas calles de la Villa. Por entonces tan solo una cuantas torres lograban estirar sus pescuezos por sobre la densa niebla, para,
desde allí, producir alaridos metálicos, lastimeros, en desesperados reclamos por alcanzar la gracia divina y sacudir las almas somnolientas y pecadoras de sus vasallos. La presencia fantasmagórica del Fuerte
se reducía a una enorme masa negruzca, delineada entre los velos de seda que levantaba el río. Los espacios abiertos en la Villa se habían transformado en una única soledad, más próxima al desamparo que
a la ausencia.
Unos sollozos lastimeros orientaron al policía. A esa hora solamente los perros se interesaban por acompañarlo. Los mastines eran los carroñeros que participaban de la limpieza de la ciudad. En realidad,
nadie más lo hacía. Los descartes domiciliarios tenían destino de los Terceros o de los innumerables huecos que perforaban la primitiva urbanidad de la Villa. Recordó entonces su primera misión, un condenado
que había logrado escapar del cepo instalado en medio de la Plaza del Fuerte. Tuvo que rastrearlo por días, hasta que lo encontró en una pulpería del bajo. Lo reconoció enseguida porque le faltaban tres dedos de una mano. Lo llamaban el ladino, por sus hábitos. Otros, el manco, aunque en realidad era una exageración. Esa noche, en la pulpería, el ladino ya había excedido la cuota de tolerancia alcohólica y su humanidad se desplegaba sobre una mesa que apenas sostenía el peso de su cuerpo. En las muñecas se podían observar las marcas del cepo. También lo habían paseado encadenado, alrededor de la Plaza Mayor –como es costumbre– mientras un pregonero denunciaba sus delitos, desgañitándose a viva voz. Enfrente del ladino, otro individuo ensayaba sus mejores ronquidos con la cara cubierta por un chambergo. A pesar de que la oscuridad de su piel se confundía en la sombra que lo envolvía, el sargento Casimiro alcanzó a distinguir una cicatriz –tal vez un tatuaje– en su brazo derecho.
Se agachó hacia donde provenían los lamentos. Había logrado mantener encendido un pequeño farol de mano. Distinguió dos cuerpos tendidos en el barro. Por lo menos así le pareció, cuando un golpe traicionero lo dejó tendido. De a poco, el farol fue menguando
su lumbre. Casimiro tardó en recuperarse. Cuando lo hizo, se sintió desorientado. No lograba distinguir forma alguna en el mar de oscuridad que ahora lo rodeaba. Titubeando sobre sus pies, tomó en
dirección al cuartel. Sólo debía atravesar la Plaza, una enorme boca vacía que agujereaba el centro de la Villa.
A la mañana siguiente, en el cuartel de policía próximo al Cabildo, dos cadáveres habían sido colocados en una celda. Uno de ellos estaba completo y correspondía a una dama. El otro mostraba señales de ensañamiento. Le faltaban la mano izquierda y dedos de la mano derecha. Ambos habían sido degollados. Sus vestimentas indicaban que se trataba de gente adinerada. El doctor De La Fuente, criollo graduado del Protomedicato, recorría con minuciosidad los cuerpos. Un par de veces debió recuperar su monóculo, al que limpiaba en forma casi obsesiva. Se detuvo para observar en detalle el cuello de las víctimas. Por encima del tajo mortal parecía haber una marca. La penumbra reinante le impidió definirla. En una pequeña libreta anotó lo observado.
–¿Han sido reconocidos por alguien? –preguntó sin levantar la cabeza.
–Solo sabemos que eran forasteros y que se hospedaban en la calle del Comercio –contestó el Comisario.
–...una pena, pareja joven, bien parecidos... –continuó el doctor.
–Solamente a quien no conoce la ciudad se le ocurre caminar de noche por ese hueco. Pero no se preocupe usted, doctor, que pronto encontraremos a los vagos que perpetraron esta barbaridad.
El sargento Casimiro observaba con atención lo que ocurría allí. Hizo un gesto de acercamiento al doctor, intrigado por el comentario respecto de una marca en el cuello.
–¿Le alcanzo otra lumbre, doctor? –preguntó mientras echaba hacia atrás su gorra punzó. Su rostro aindiado, curtido por el sereno de infinidad de noches, de cuando era policía y de cuando fue niño, se arrugó en una mueca de curiosidad infinita. Recordó el duelo que había tenido cuando joven en una esquina cerca de la Ranchería. Fue por asunto de polleras. Esa vez la había sacado barata. Entonces descubrió cuán cerca de la camisa estaba la piel de su vientre. Un líquido tibio le inundó la prenda y le hizo doblar las rodillas. Se arqueó y se arrinconó detrás de su bronca y su vergüenza de varón. Recordó también que los relámpagos que se sucedían en el choque de facones habían iluminado una extraña marca en la ágil diestra del contrincante. Más tarde, esa noche, en el barrio de los tamboriles, una anciana le había cubierto la herida con cenizas de ombú, y por encima le había colocado unas hojas de plátano. Por detrás de la anciana y su pequeña pipa de caoba tallada, dos personas de tez oscura, renegrida, lo miraban fijo, con ojos que
relucían como faroles en la oscuridad de la choza. A pesar de su dolor alcanzó a oír el repiquetear de tamboriles, insistente, reiterado. Sabía que en esa zona de la ciudad se agitaban fantasmas de un submundo que él no comprendía. Los suyos provenían del Tucumán. El brebaje que le dio de beber la anciana canceló sus sentidos.
Los oidores del Cabildo se habían reunido en sesión de consejo. Su esmerado vestuario, colorido hasta el detalle más ofensivo, contrastaba con el aspecto harapiento de dos personas paradas frente a ellos. En
el ambiente competían aromas de palacio y de huecos abandonados a la buena de Dios, saturados de restos inmundos. En su afán por descartar la afluencia de estos últimos, los funcionarios sacudían con gestos nerviosos unos pequeños abanicos de carey. La resaca se arrojaba a las calles de la Villa de Buenos Ayres, pero se acumulaba en los espacios, aún libres, de la vieja traza de Garay. El hueco de las ánimas era uno de esos lugares.
Das Neves de Cajú poseía un cuerpo de estructura espectacular, el cual sustentaba una pequeña cabeza que parecía moverse con ritmos conocidos en las profundidades del Brasil. A medida que se expresaba, su cabeza se sacudía al son de algún tamboril que solo él podía escuchar. Debía tenerlo dentro del cráneo. En su lengua portuguesa las palabras parecían esconderse en sus manos, que gesticulaban como si intentaran explicar lo que no lograba hacer su lenguaje. Su compañero lo observaba asintiendo a cada rato con su pie derecho, que golpeaba el piso en forma acompasada. Entre los dos parecían definir una cadencia que poco a poco invadió la expresión verbal de Das Neves de Cajú. Al rato, sus respuestas se asemejaban más a una estructura musical que lingüística.
–¿Dónde estuvo usted esa noche, señor Cajú?
La pregunta parecía resbalar por las laderas de los oídos de Cajú hasta estrellarse en algún paraje desconocido de su cráneo. Cada uno de los oidores la había repetido sin que diera resultado alguno. Transcurrieron un par de horas. Los cañonazos disparados desde el Fuerte y el sonido de los campanarios inundaban el aire quieto de la ciudad. Habían dado las once horas y era cambio de guardia. Nada inmutó
a los acusados, que continuaron con su lenguaje acompasado, como si la selva tropical se hubiera instalado en la Sala de los Oidores. Los representantes del Rey optaron por aguardar a que el tañido de tanto
hierro alojado en el vientre de Buenos Ayres cesara de hacer vibrar a la ciudad. Lo mismo habían hecho una hora antes. Era como si todos se hubieran confabulado para hacer notar que, a pesar de la chata bonhomía
de la alejada Villa de Buenos Ayres, aquí también transcurría el tiempo.
El sargento Casimiro se había sacado el gorro punzó, por respeto a la autoridad del Cabildo. Sus largas crenchas caían y superaban la ajustada vincha amarillenta. Prestaba atención a lo que ocurría, de
pie, con su mano derecha por detrás, apoyada en el cinto, como acariciando el facón. No quería sorpresas. Todavía le molestaba la cicatriz en el vientre, transformada en su compañera inseparable, una especie
de alerta permanente. Le obsesionaban las manos de los acusados y la idea de encontrarles una marca que los delatara.
En la fonda del bajo Casimiro ahogaba sus ansiedades. La sesión con los oidores no había progresado mucho y se había pospuesto para el día siguiente. Con otros dos guardias acompañó a los reos de regreso a la prisión bajo la arcada del Cabildo. Se mantuvo detrás de ellos, como al acecho. Las ropas y las cadenas no le permitían ver la piel de las manos. Como no eran sus presos, sólo podía esperar la oportunidad.
Había pasado demasiado tiempo, y en la Villa muchos otros hablaban como Das Neves de Cajú y su compañero. En estos parajes, el tiempo, plagado de duros desafíos, transformaba los rostros a latigazos. Se
hacía difícil reconocerlos cuando dejaban de ser jóvenes.
El río se aproximaba a lamer ese costado de la Villa. La barranca no lo dejaba ir por más, pero Casimiro sabía que en cualquier momento podría tomar envión y ahogarle el vino en su propia mesa. Apuró el
trago y salió a hacer su ronda. Caminó unos pasos por Alameda hasta el hueco, luego dobló por Las Torres hasta la calle del Correo. A pesar de la oscuridad, difícil resultaba dar un mal paso con las botas de potro.
Eran las doce y algunos perros vagabundos caminaban a su lado. Ellos también habían estado la noche del crimen del hueco, y habían husmeado todo. Tal vez supieran algo que él ignoraba. Recordó la joven prenda perdida en aquel lance de cuchilleros y la estocada que de refilón que se le filtró por debajo del poncho enroscado. Se acarició la panza. Otro gallo cantaría hoy –pensó–. Pegó la vuelta en San José.
Cada esquina aumentaba el desafío, pero Casimiro lo sabía, por eso llevaba la mano derecha pegada al cinto. El facón era su seguro de vida, su madriguera.
Los oidores se arremolinaron alrededor de los sospechosos.
–Es patético lo que han hecho –dijo un oidor.
–Injustificable –agregó otro.
–Las víctimas se entregaron con mansedumbre. Sabíamos que no estaba en ellos resistir –intentó explicar Das Neves de Cajú–. Somos todos caracteres de destinos preestablecidos, sin escapatoria posible. No podemos sino aceptar lo que nos fue marcado. No nos pueden acusar, somos instrumentos de un guionista –completó.
–No nos fue fácil la tarea, señores, pero, entre nosotros, creemos que nadie podrá superar el realismo que se ha logrado –agregó el compañero.
Los oidores se miraron entre sí y finalmente se pronunciaron.
–Pasaremos a audiencia pública por el crimen de los dos forasteros –dijeron al unísono, como para demostrar consenso.
El público se había agolpado bajo las arcadas del Cabildo. Las Salas Capitulares estaban colmadas. El murmullo subía hasta la exagerada balconada que intentaba coquetear desde lejos con los paredones oscuros del Fuerte, si no fuera por esa otra hilera de arcos en medio de la Plaza.
–¡Al garrote vil! –exclamaban algunos.
–¡No son hijosdalgo! ¡No merecen la horca! –exclamaban otros.
Los acusados se miraron entre sí.
–Llegó nuestra hora... –murmuró Das Neves de Cajú.
–El momento de nuestra gloria... –completó el compañero.
Casi en andas, los acusados fueron sacados del Cabildo. Pronto alguien acercó el garrote vil, que fue instalado frente al Cabildo en la Plaza de la Victoria. De la multitud surgió un enmascarado –el
verdugo– y un sacerdote.
Casimiro no pudo esperar más, no podía permitir que otros tomaran venganza si ése era su hombre. Se sintió violado en sus derechos de saldar cuentas debido a aquel lejano entrevero donde mordieron el
polvo su orgullo y su sangre. En un rapto de furia y desesperación, se abalanzó sobre Cajú. De un manotazo le abrió la camisa sobre el brazo derecho. Allí estaba lo que buscaba. Como montada sobre un rayo, su
diestra desenvainó el facón y lo enterró en el vientre de Cajú. Sintió que su mano penetraba sin resistencia. El recorrido de la furiosa daga fue frenado por la breve empuñadura del arma. Ambos cayeron en un abrazo mortal. Gruesos hilos de sangre comenzaron a enhebrar el polvo de la Plaza de la Victoria, hasta tejer un breve tapiz color bermejo. La multitud miró en silencio, hasta que explotó en un grito.
–¡Asesino!
Lo maniataron y luego lo sentaron en el garrote vil. Un indio, que vestía un uniforme militar prestado, propiedad de sus conquistadores, comenzó a repiquetear el parche, aflojado para que sonara a tambor
batiente. Casimiro no sentía ni veía nada. Las crenchas se habían soltado de la ajustada vincha; el gorro había quedado adherido al pequeño charco color bermejo. Una sonrisa fue el único gesto visible.
El verdugo accionó la manivela. El rostro de Casimiro, hasta entonces lívido y agitado por el fugaz encuentro, comenzó a congestionarse. No pudo gritar. No se lo permitían las cinchas que lo sujetaban al
banquillo y al enhiesto tallo del instrumento. Una de ellas le ajustaba el pescuezo. El condenado no podía emitir ningún sonido, solamente intentar la mueca de un grito ahogado en silencio y sepultado en las
inútiles contracciones de su pecho. Un leve crujido, casi inaudible, acompañó un estertor de su cuerpo. Bajo la presión del penetrante punzón había cedido una vértebra cervical. Instantes después el compañero de Cajú corrió la misma suerte. Su menor talla obligó primero a corregir la altura del condenado sentado
en el banquillo del garrote vil. A su lado yacía el cuerpo de Casimiro. Su mueca aún no se había relajado.
Algunos de los presentes se desmayaron. Luego de un breve lapso, un aplauso general festejó el final del drama.
–¡Corten! ¡Corten! ¡Perfecto! ¡Hermoso! ¡Insuperable! –el Director y sus colaboradores se habían puesto de pie, entusiasmados con el resultado de las tomas y la entrega total de sus actores.
Las ambulancias pronto retiraron los cuerpos inertes. El de Casimiro parecía sostener la leve sonrisa. Un ejército de operarios comenzó a desmontar la escenografía, que desaparecía dentro de los enormes
camiones de exteriores. Un par de horas más tarde nada quedaba de la Villa de Buenos Ayres. Habían regresado la enorme plaza con sus eternos curiosos, las defensas policiales frente a la rosada Casa de Gobierno y la figura, mutilada y breve, del solitario Cabildo. Un perro vagabundo husmeó por unos instantes el lugar; luego, indiferente, siguió a paso lento en dirección a San Telmo.