ALEJANDRA MENASSA DE LUCIA

POESÍA   
 

 
Alejandra Menassa de Lucia nace en Buenos Aires en 1972 y reside en Madrid desde 1975.  Ama la poesía desde que aprendió a leer sus primeras palabras. A los siete años participó como ilustradora en la publicación de un libro de poesía. Escribe poesía en un taller de Poesía de la Escuela de Psicoanálisis Grupo Cero desde los 18 años. Publica su primer libro a los 21. Escribe en verso libre. Aborda también temáticas sociales (el racismo, la pobreza, la prostitución, el desempleo) y últimamente poesía erótica, teniendo en cuenta que él casi siempre es la poesía, con la que la poeta mantiene una relación apasionada y casi carnal. También escribe ensayo de Psicoanálisis y Medicina. Sus autores favoritos son cerca de 450 poetas y unos 10 novelistas, pero llenaría la página, así que menciona a Germán Pardo García, Vallejo, Girondo, Orozco, Carilda, Aleixandre, Apollinaire, Miguel Oscar Menassa. Novelistas: Faulkner, Miller… y por supuesto sus lecturas científicas: Freud, Marx, Nietszche, Darwin, Harrison.

 

Premios y menciones: Accésit al Premio Poeta del Mediodía en Alcalá de Henares, en 1992; Premio Nueva Gente 2001 de la Asociación de Artistas y Escritores Española; Premio de la Asociación Internacional de Escritores y Artistas al mejor libro de poesía 2006, por La piel del deseo, Editorial Grupo Cero; Premio de Poesía Pablo Menassa de Lucia, 2003, al libro La muerte en casa; Premio Estrella Digital 2005 al poema Criptomemoria.

 

Bibliografía: Talleres de Poesía I (En colaboración),  1995; Primera Inquietud, 1995; Al oído del Viento, 1999; La llave de los días, 2002; La muerte en casa, 2003; La piel del deseo, 2005; colaboración en revistas nacionales e internacionales.

Ensayo: Psicoanálisis y Medicina: Editorial Grupo Cero, 2001; Medicina Psicosomática I. Cuestiones preliminares, Editorial Grupo Cero, 2005.
 

 
(en colaboración)
EDITORIAL GRUPO CERO
 
 
 
 
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FIEBRE

 

Fiebre, fiebre de cuarenta encuentros,

de certeros grados, fiebre de flecha inmensa,

fiebre de soledad.

La mosca del sexo ha alojado en mi sangre

su veneno.

Lo digo por decir, en realidad,

la mosca del sexo ha nacido de mi carne,

se ha alimentado de mi sangre,

ha vivido años entre mis piernas.

 

Yo soy la mosca del sexo.

 

Fiebre, fiebre que no se calma

más que instantáneamente con tu semen,

fiebre que no desciende sino con tu saliva,

que no sabe inclinarse más que frente a tu voz.

 

Mi deseo encontró a quien rondarle.

Fiebre. Fiebre desesperada.

 

¿Te has tragado todos los imanes?,

que mi metálico pecho no quiere sino arremeter

contra tu pecho.

¿Te has comido la miel  que quedaba en

los panales del mundo?,

que mi sexo, abeja milenaria

escapa hacia tu boca en vuelo vertical.

 

Víctima de mis besos,

depositario del tesoro de palabras que te debo,

héroe de papel.


Tu voz es el incendio  en que se queman

todos mis prejuicios,

tu voz es una tea forjada con pétalos de rosa.

tu voz es mi condena.

 

Me ha picado tu voz en pleno corazón,

y es un veneno dulce como de alondras

anidando debajo de mi piel.

 

Fiebre, fiebre ....fiebre.

 

Del libro La piel del deseo. Editorial Grupo Cero 2005

 

 

ODA A LA POESÍA

 

Tú: la forma más pura del lenguaje.

Eres un hombre lúbrico y su semen.

Tú: decantación de la humana historia o su milagro,

su sostén y sus alas,

único acercamiento posible a lo indecible.

Refulgentes como astros se alzan de la tumba

tus poetas, los que moran en tu vientre,

los que haces nacer en plena página,

aquellos que pares cada día a la luz rosada del poniente.

Te arrastras por el barro con el soldado,

te me vuelas de noche con las trapecistas

gozas en la cama de las meretrices,

acompañas insomne las noches de trabajo del galeno,

te pierdes en la luz insistente de la fábrica,

en la luz tenue de los teatros,

en la luz cefálica de las minas.

Haces girar el mundo con tu ritmo,

con tus exhalaciones se pueblan las cantinas,

en tu sangre laten el poeta, el sacerdote y el mendigo.

El agujero por donde se entra al mundo,

no es ese que el pincel de Courbet inmortaliza;

son tus brazos ahuecando la muerte para que el poeta nazca,

son tus piernas abriéndose a la noche para exhalar su alma.

Eres del hombre, su diamante,

su gema maravillosa, pero también, el resto del lenguaje;

desperdicio, vacío que lo hace nacer,

el epitafio del sentido,

la muerte de la razón,

la burla de la carne.

Dama inmortal, hombre sacrílego,

muere el dolor acuchillado, en tu presencia.

 

 

LA TECLA DE LA VERDAD LA TOCA LA POESÍA.

 

La muerte nos escupe a la cara su negritud,

hemos sido arrojados al vacío sin nombre:

mortalmente heridos por la parca,

con el curare de la palabra paralizando nuestros músculos,

 

La libertad está en matar todas las aves que anidan en nosotros,

enjaularlas entre humanas palabras,

para que recuperen el aliento vital,

instilarles el hálito del deseo,

atarlas sin piedad al verbo.

 

El amor, cuando no es a la letra,

empoza el alma, ciega y ensordece

con su clamor, los ojos más preclaros,

 los más altos oídos.

 

La riqueza está en el camino,

pero ella no son los labios para el último beso,

ella no es el objeto del abrazo final,

su brillo es ácido para los ojos ciegos.

 

Es a ti poesía, a la que amo,

porque tú me enseñaste a amar al hombre,

a bendecir los partos de la tierra,

a recibir los restos de tu nombre en los jirones

de la ropa raída del poeta.

 

El poeta sabe que respira por tu boca,

y sólo tu presencia es su luz,

el poeta sabe que mira por tus ojos,

 y en esa hendidura por la cual el mundo

se le muestra, deposita las larvas de sus versos.

 

En este piano que es el mundo,

este concierto de veleidades y de máscaras,

sólo la poesía toca,

con maestría irrepetible,

La tecla de la humana verdad.

 

 

MORIR PARA NACER EN CADA VERSO.

 

“Un poema que todo lo contenga y que todo lo destruya a la vez”

Miguel Menassa. Aforismos y decires.

“La destrucción de un objeto no lo aniquila, nos enfrenta con una nueva

realidad del objeto, la carga de un sentido que antes no tenía”.

Aldo Pellegrini. Fundamentos para una estética de la destrucción

 

Hablábamos con Dios esa mañana,

Dios había muerto, yacían entre mis manos sus cenizas,

me dijo entre pavesas: haremos el mundo en siete libros.

Yo no quise renunciar a lo imposible, obnubilada por su brillo.

Comencé por mostrarle a la mañana

mi propia capacidad de aniquilamiento,

diluí mi alma en el tintero,

olvidé ideologías y nostalgias.

Puse luciérnagas al rostro de la noche,

me vacié los bolsillos,

busqué un corazón prestado

para latir a un ritmo universal, desconocido.

Perdí mi paso vacilante, de poeta apenas hecha

y otros hombres, que antes que yo hicieron sus caminos,

me cedieron sus pasos, y caminé con ellos por la letra,

con su cadencia de siglos en la cadera izquierda.

Mi mano renunció a juegos sexuales, a goces paroxísticos,

para intimar al punto con el verbo desasido,

un cuerpo de vacíos que entregaría al poema,

poniendo fin a un celibato de siglos.

La letra debe ir a la letra, como los ríos

al océano,

así, mi cuerpo ha de morir en el poema,

para nacer de nuevo en cada verso.

Y así, sin más Dios que el del verbo,

sin nada que recuerde mis maneras, sin manos y sin cuerpo,

roto el antiguo corazón a martillazos,

me dejaré bautizar por un líquido verso iluminado.

Esa poeta que soy, la hicieron estos versos,

la de ayer, yace como cenizas en mi mano,

quería hacer el mundo en siete libros,

le bastó con dejarse nacer al poema.

 
EDITORIAL GRUPO CERO
 
 
 
 
 
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UN HÉROE URBANO

 

El frágil cuerpo de la joven muchacha
estaba perfumado y era blanco e inmóvil.
Estaba horrorizada y las lágrimas
se negaban a brotar de los párpados.
Su lengua paladeaba aún
la última gota de café, algo cotidiano
para borrar esa violencia, su rodilla
golpeada contra el suelo rezumaba
unas gotas de sangre y negro
e intentaba salvar ese abismo
con sus ojos, con todas sus pupilas.
El hombre había tirado de su bolso
con extrema violencia,
como quien arranca gemidos de una virgen
y la muchacha había sentido el suelo
en todo el cuerpo y después,
el hierro congelado de los raíles.
Un amor olvidado por su madre
renació en su tierno corazón
y casi inundó el pánico.

Jakim se había levantado esa mañana
lejos de su país y le costó entender
qué era lo que pasaba.

Había soñado con su esposa de negros ojos
y piel tersa, más bella que la luna en primavera
y ahora no podía comprender su ausencia.

Recordó haber llegado un día hace tres meses,
pero esa noche, después de volver
a su país en sueños, era muy duro el despertar.

También a él lo congeló la escena,
cientos de observadores inmóviles
tejían una red de exclamaciones,
pero sólo Jakim se arrojó a aquel
pozo oscuro, porque para salvarla
no bastaban cien ojos, ni doscientas pupilas,
ni la red de las voces, ni las lágrimas,
ni el amor de una madre muerta.

El tren se acercaba con implacable paso
el silencio pintaba las paredes,
no había lugar siquiera para el llanto
y se habían detenido todos los corazones.

Jakim tomó en brazos a la muchacha,
que ascendía como por una escalinata
de aplausos, y la dejó en el suelo.
Por un momento, todos se habían
olvidado del tren, de su insistente
caminar, no oían el ruido de las ruedas
surcando los raíles, sólo vítores y palmas.
Jakim apoya las dos manos en el borde
y uno de sus pies para tomar impulso.

Pero ya llegó el tren,
ya se enredaron las ruedas en su ropa
y como un toro embravecido
que ha corneado al torero y ha olido su sangre,
lo arrastra golpeándole la cara contra el muro.
La esfera de su ojo derecho estalla,
se vacía, se pierde junto con trozos
de su piel y Jakim ya sólo
siente los golpes, no ve nada.
El tren ha huido y el héroe yace
ahora en el campo de batalla.
Le dieron una medalla,
le dieron un pequeño piso,
se olvidaron de darle un permiso de trabajo,
le cortaron el teléfono y la luz,
le detuvieron varias veces
por mendigar donde no correspondía
y la bella señorita de piel blanca
paladeaba como siempre su café.

 

Del libro La llave de los Días. Ed Grupo Cero

 
 
LLANTO DEL FIN DEL MUNDO,

O CONVERSACIÓN ENTRE EL MUNDO Y LA MUERTE

 

-Mundo:

El hombre inventó el holocausto,
porque no soportaba morir solo.

Dijo: sobrevendrán tectónicos movimientos
que abrirán en mi vientre hambrientas
bocas que sólo comen hombres distraídos

en el acto de amar desesperadamente
su propio corazón.

Dijo: La lava   abandonará los volcanes,
y lamerá, roja lengua de fuego

mi telúrico vientre.

De su fecundo recuerdo,
me nacerán vegetales hijos por doquier,
habrá, no obstante, algunas
inevitables pérdidas humanas.

Dijo: Huracanes con sugerentes
nombres de mujer arremeterán
contra mis masculinas costas del Pacífico,
del Índico y  Atlántico, 

 y provocarán en su seno
atroces marenoches,

desconsolado llanto de todo
lo que cae,
levantarán a las casas por
los precarios pies,
y a los hombres por su
hombría toda, desvaneciéndose.

-Muerte:

Son capaces de todo por burlarme,
y yo los amo en su insistencia,
en su perseverancia.

¿No se darán cuenta de las
veces que he salvado su vida?

¿No tienen ojos huecos para ver
que he detenido la ansiedad
de tus bocas con un beso?,

apaciguado la pasión de tus fuegos
con el sacrificio de mi nombre,
desviado el curso de  tus vientos femeninos
con mi cuerpo alzándose
como un escudo heroico

-Mundo:

Construyen día a día su final,
están llenos de robóticas esperanzas,
de fallidos intentos de romper
sus cadenas,
de ridículos actos de desesperación.

Pero yo también los amo,
son nuestros hijos,
y si la sangre valiera algo...
los amaría como una madre
ama a sus hijos.

Dijeron:

Ya nunca más un hombre
se enamorará de una mujer,
ya nadie hará el amor.
Nadie querrá ser el padre de nada,
y las madres abrazarán a sus hijos
hasta exterminarlos.

Ningún hombre escribirá
nada que le sirva a otro hombre,
es decir: ningún hombre escribirá.

¡Cómo se equivocaron!

-Muerte y Mundo al unísono:

No se puede acabar con los hombres,
han aprendido a escribir,
han aprendido a poner sus manos
en el mundo.

No se puede acabar con los hombres,
han aprendido a taracear papeles
con sus sueños, sus quimeras
y sus cavilaciones de altos vuelos.

Amaron una vez,
ya no podrán dejar de amar.

Y algunos no le temen
ni a la muerte.

 

Del libro La muerte en casa. Ed Grupo Cero